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Confieso que he vivido

Te lo he dicho por activa y por pasiva. Debate: ¿cabinas puras o both-ways?

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Confieso que he vivido

Me llamo Rosa Ginestà Gil, soy intérprete jubilada, aunque todavía activa en virtud del artículo 165.4 de la Ley General de la Seguridad Social, y en mi empeño por convertir mi recién estrenada condición en algo enriquecedor que añada contenido y renovado sentido a esa nueva etapa de mi existencia, pensé que —entre otras muchas posibilidades— tal vez podría aventurarme a exponer algunas conclusiones a que me ha llevado mi trayectoria personal en el mundo de la interpretación.

Rosa Ginestà Gil
Rosa Ginestà Gil, nacida en Barcelona, realizó estudios primarios y bachillerato superior en el Colegio Alemán San Alberto Magno, y Filología Hispánica en la Universidad de Barcelona (interrupción de la carrera en 5.º curso). Titulada como traductora/intérprete de conferencias por el Sprachen-und-Dolmetscher Institut München. Diversos cursos de perfeccionamiento del catalán (Universidad de Barcelona), inglés (Georgetown University, Washington D. C.), terminología jurídica (Polytechnic of Central London). En ejercicio de la profesión como intérprete desde 1978 en plantilla y como autónoma en diversos campos, sector público y privado. Actualmente jubilada activa en virtud del artículo 165.4 de la Ley General de la Seguridad Social.

Mediados de febrero de 1988, sede del Círculo de Lectores en Barcelona. Presentación del libro de Willy Brandt La locura organizada. Carrera armamentista y hambre en el mundo. Sala de actos abarrotada, gran expectación, numerosos representantes del mundo de la política, del sindicalismo y de los medios de comunicación. Consecutiva densa, pasajes larguísimos a base de frases principales seguidas de una prolongada concatenación de subordinadas. Un auténtico reto. Fue —dicho sea sin falsa modestia— un trabajo logrado cuyo mérito principal recayó, sin embargo, en el propio orador: pausado, estructura mental impecable, con un «humilde poder de convicción», tal como lo describió posteriormente Emilio Romero en su crónica. Jamás se me olvidará ese día realmente agotador —recepción, interminables entrevistas con los medios, conversaciones con sus anfitriones, etc.—, lleno de momentos mágicos de absoluta compenetración con el personaje, de admiración desacomplejada por una personalidad realmente única, con un dominio tal de la sintaxis que me permitía deambular cómodamente por los recovecos de su compleja estructura. Son esos instantes tan especiales que justifican por sí mismos toda una trayectoria profesional.

Günter Grass fue otro de esos genios a los que tuve el honor de interpretar en marzo de 1992, con ocasión de la presentación de su obra gráfica. Si lo menciono es por su reciente pérdida. Son personas excepcionales, generosas, ajenas a los fastos y a toda gesticulación, que te abren las puertas de su mente y te iluminan.

Cambiemos de tercio. Centro penitenciario. Un psiquiatra visita a un interno de nacionalidad alemana que ha dado muerte a su hija de corta edad en un hotel de la costa durante las vacaciones. Interpretación de enlace, conversación serena. Veo a un hombre triste, deprimido, que con voz queda nos cuenta su vida, y a un psiquiatra sensible y amable que le escucha con atención. Se me encoge el corazón. De regreso a casa, el doctor me pregunta por mi estado de ánimo y mantenemos una interesante conversación sobre cómo gestionar situaciones tan delicadas que, por otro lado, son consustanciales a su profesión. De él aprendí el arte de combinar distanciamiento, objetividad, conmiseración, empatía. Satisfacción personal por un trabajo difícil bien hecho, pero en circunstancias muy distintas: la exploración del dolor ajeno, el acercamiento a la tragedia, sin luz ni taquígrafos. Eso también forma parte de nuestra profesión.

Después están esos momentos menos gratificantes. Los días en que sales de la cabina de simultánea o de una conferencia con la sensación de no haber hecho un buen trabajo. Acuden a tu mente el término inadecuado que has usado en un contexto determinado, el orador que se te escapa a mil palabras por minuto, tu irritación que debieras haber controlado, tus conocimientos insuficientes sobre el tema concreto de un trabajo porque no has enfocado bien la preparación, tus limitaciones, en suma. Te sientes desgraciada. A veces —ironías de la vida— un asistente ingenuo te dedica incluso un elogio que por inmerecido tú conviertes en sarcasmo. Lo llevas fatal, pero pienso que en realidad estos episodios constituyen la faceta más interesante de nuestra profesión, puesto que ellos nos permiten corregir el rumbo. Son lo que la fiebre es a la enfermedad: un aviso. Y eso es bueno porque nos hacen mejores si tenemos la lucidez y humildad necesarias para abordar el problema. Porque nos permiten calibrar correctamente nuestras capacidades y bajar del pedestal, caso de haber cedido a la tentación de subirnos a él… El error como acicate para perseguir la excelencia.

Confieso que he vivido mi profesión con verdadera pasión. Lo habré hecho mejor o peor, pero siempre he puesto el alma en ello. Ha sido un camino jalonado de satisfacciones y sinsabores. Cierto. De todo ha habido, como en la vida misma. Pero no me arrepiento de haber elegido este oficio tan noble porque conecta a la gente, hace posible la comunicación, allana el camino de la diferencia y facilita la comprensión. Sí, confieso que he disfrutado de esta profesión con sus virtudes y defectos porque ha nutrido mi vida, le ha dado intensidad.

Sí, confieso que he vivido.

Y pido perdón a don Pablo Neruda por tomar prestado el título de su biografía. Ya admití al principio que no soy original. Pero estoy segura de que don Pablo se mostrará magnánimo conmigo porque sabe que «la poesía no es de quien la escribe, sino de quien la necesita» (El cartero/Il postino, 1994, director: Michael Radford).

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