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Te lo he dicho por activa y por pasiva. Debate: ¿cabinas puras o both-ways?

AIIC y la interpretación hacia la lengua materna

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AIIC y la interpretación hacia la lengua materna

La interpretación hacia la lengua materna, siempre que sea posible, es un factor de calidad que puede determinar el éxito comunicativo de una reunión. Su corolario es la interpretación en cabinas «puras» (unidireccionales), una buena práctica tanto para la reunión en que se emplea como para la mejora continua del trabajo del intérprete.

Mary Fons i Fleming
Mary Fons i Fleming cumplirá el año que viene 30 años como intérprete de conferencias y 20 como miembro de AIIC. Su combinación de idiomas es la siguiente: español A, inglés A, catalán A, francés C e italiano C (este último homologado por las instituciones europeas, pero aún no por AIIC). Trabaja para la Unión Europea y para otras instituciones internacionales, así como en reuniones y congresos del sector privado, con un interés especial por los temas biomédicos y científicos, pero sin descartar la política, la cultura, las finanzas o la informática, entre otros. Compagina la interpretación con la traducción y es socia de MET y Tremédica. Es aficionada a la lectura y al canto. Actualmente es tesorera de Espaiic, la asociación constituida por los miembros de AIIC en España.

Desde siempre ha habido intérpretes que interpretan hacia lenguas distintas de su lengua materna: ¿por qué, entonces, hace hincapié AIIC en la preferencia por la interpretación hacia la lengua materna? A partir de ahora, hablaremos más bien de lengua A: en principio, la lengua materna, o una lengua que dominemos como si fuera una lengua materna.

La clave está en la calidad de la expresión, que no es una mera floritura, como parecen pensar algunos, sino que afecta a la transmisión fiel del mensaje a los oyentes. La coherencia, la fidelidad al original y la eficacia comunicativa del discurso dependen de la capacidad de expresión del intérprete en la lengua de llegada, y esa capacidad será mayor cuanto más profundo e instintivo sea el dominio de esa lengua. Si el traductor debe «dominar a fondo la lengua de destino» (escrita), como indica el código deontológico de Asetrad y nos recuerda Isabel Hoyos en el artículo «¿Tanto monta, monta tanto? La polémica de las inversas» de esta revista, tanto más dominio de la lengua (oral) necesitará el intérprete profesional, que trabaja condicionado no ya por el plazo más o menos urgente del encargo, como el traductor, sino por la velocidad del propio discurso y sin posibilidad de revisión.

Antes se consideraba que, a diferencia de lo que ocurre con los traductores, no era tan grave que un intérprete metiera la pata: Verba volant, scripta manent. Hoy en día, sin embargo, con Vimeo y YouTube, un solo desliz puede conservarse durante mucho tiempo y con mucha visibilidad (y empañar injustamente la reputación de intérpretes excelentes). Por otra parte, la elección de intérpretes que no están a la altura de sus funciones puede poner en evidencia a la organización que les contrata, como sucedió en el caso del juicio sobre el dopaje en el ciclismo. Así, aunque el presente artículo se centra en la interpretación de conferencias, no puedo dejar de señalar que los intérpretes de enlace o de servicios públicos también deben ser muy conscientes de sus limitaciones de expresión en modalidad inversa y tenerlas en cuenta, tanto para remediarlas y buscar estrategias compensatorias como para rechazar los encargos que quedan fuera de su ámbito de competencia.

La calidad en la interpretación inversa

Es evidente que hay intérpretes de conferencias perfectamente capacitados para trabajar muy bien hacia una lengua distinta de la que mejor dominan, por lo menos en determinadas circunstancias; al fin y al cabo, la mayoría de los pioneros de la profesión trabajaban en ambas direcciones, inversa y directa. Sin embargo, como las diferencias de competencia lingüística se perfilaron claramente a medida que se fue profesionalizando nuestro trabajo, AIIC creó desde sus inicios una clasificación que distingue entre lenguas A (lengua materna o equivalente), B (lengua activa, pero no al nivel de una lengua materna) y C (lengua solo pasiva). El intérprete de AIIC que trabaja hacia su lengua B se sabe más condicionado en ese idioma y tendrá en cuenta ese hecho a la hora de aceptar o rechazar un trabajo. Por ejemplo, algunos solo trabajan hacia su lengua B en modalidad consecutiva, pero no en simultánea; otros solo trabajan hacia su lengua B a partir de su lengua A, pero no de otras lenguas; otros trabajan en todas las modalidades y a partir de todos sus idiomas, pero no si van a salir en los medios de comunicación… La cuestión es ser consciente de sus limitaciones.

A veces, de las dificultades de expresión del intérprete en su lengua B solo se percata el colega en la cabina, sin que el público lo note (o, por lo menos, sin que lo señale). Ahora bien, en cuanto pueden comparar, algunos clientes y muchísimos oyentes expresan una clara preferencia por la interpretación hacia la lengua A. La primera queja y la más fácil es el acento: de hecho, Elisabeth Stévaux, en su artículo «Akzent», demuestra que, incluso cuando el oyente le atribuye poca importancia, el acento extranjero de un intérprete hace que su trabajo se perciba como menos fiel al original y, por ello, de menor calidad.

No obstante, hasta con un acento extranjero imperceptible, los oyentes a veces notan una diferencia sin saber identificar el porqué: simplemente, con el intérprete que habla su lengua materna entienden mejor lo que se dice y conectan más con el orador, porque el registro suele ser más ajustado; la entonación, más natural, y el vocabulario, más certero. Estoy hablando, por supuesto, de profesionales excelentes en su lengua B y de intérpretes equiparables en calidad y especialización, no de individuos que pululan por las cabinas sin dominar la interpretación, la entonación comunicativa, el tema ni el idioma y que dicen cosas como grain storage facilities por silos de información, no una vez por despiste, sino a lo largo de todo un congreso.

El tipo de reunión cuenta: el intérprete que trabaja con frecuencia hacia su lengua B en reuniones muy técnicas o científicas domina (y aprende a adquirir con rapidez) una serie de patrones de expresión que cubren bien la mayoría de situaciones. Así, el problema de la producción verbal se le plantea con menor intensidad, aunque no está ausente del todo, por ejemplo, cuando algún docto orador siembra de chistes y alusiones histórico-literarias su ponencia sobre, pongamos, las complejidades del estudio videofluoroscópico de la deglución en pacientes con trastornos del habla. En cuanto el discurso es de carácter más emotivo o apelativo, como en un encuentro político o una reunión de ventas, la capacidad de expresión adquiere mayor importancia, ya que un matiz aparentemente pequeño puede cambiarlo todo. Por esa razón, el Parlamento Europeo, a pesar de contar con intérpretes que trabajan bien hacia más de un idioma, asigna a cada intérprete un solo idioma principal de destino: una cabina que es su «casa». También lo hace la ONU y, de forma más laxa, la Comisión Europea.

Todas estas consideraciones enlazan con la clara preferencia de AIIC por las llamadas «cabinas puras», es decir, por organizar los equipos de modo que los intérpretes de cada cabina trabajen hacia un solo idioma o como mínimo, en caso de tener que trabajar hacia un segundo idioma, que tengan un refuerzo. Cuantos más idiomas haya en la reunión, mayor la importancia de trabajar así.

El sistema de cabinas puras

¿Qué ventajas aporta este sistema? En primer lugar, para esa reunión concreta reforzamos los automatismos en una sola dirección, lo que nos ayudará muchísimo cuando las cosas se pongan más difíciles. La preparación también será unidireccional, lo que reduce considerablemente el esfuerzo previo ¡y el agotamiento con que llegamos a la reunión! Además, fomenta una mayor coherencia terminológica: es más fácil percatarse de que en la organización del cliente comité de pilotage designa exactamente lo mismo que steering committee (y, por lo tanto, debería traducirse igual) si trabajamos solo del inglés y del francés al español que si estamos trabajando, además, del español al inglés.

También está la gran ventaja de sacar mucho provecho de aquellos momentos en los que se habla en la sala el idioma de nuestra cabina, ya que sirven para tomar buena nota de los usos orales de los hablantes de ese idioma, en lugar de tener que estar interpretando en inversa. Y es que, por mucho que nos hayamos documentado, nos conviene saber cómo hablan del tema nuestros oyentes, aunque solo sea para comprobar con tristeza que la mitad de los términos los dejan en inglés o que pronuncian algunas siglas a la española y otras a la inglesa. Ese es nuestro corpus más importante.

Además, el sistema de cabinas puras de AIIC tiene un valor incalculable para el intérprete que, como yo, trabaja habitualmente hacia más de un idioma, pues nos brinda la posibilidad de compartir cabina con los colegas que trabajan hacia un solo idioma y que, por ello, han podido centrar todo su esfuerzo de mantenimiento de la lengua activa en ese único idioma. La pérdida gradual del idioma materno es un peligro continuo que nos vemos obligados a combatir permanentemente los traductores e intérpretes, sobre todo, pero no únicamente, si residimos en un país en que ese idioma no es el de uso habitual. El desgaste es más probable si trabajamos mucho en inversa. Por otra parte, resulta especialmente insidioso cuando trabajamos hacia nuestro propio idioma, sí, pero con frecuencia o casi exclusivamente al lado de intérpretes que trabajan hacia su lengua B: o nos dormimos en los laureles, o nos acabamos acostumbrando a una «normalidad» que no debería serlo. No os imagináis el gozo que siento al escuchar la interpretación de un buen colega «monolingüe» ni los recursos que extraigo de su riqueza expresiva.

En el actual mundo multilingüe, el sistema de cabinas puras de AIIC tiene otra ventaja: permite celebrar reuniones «asimétricas» en las que se pueden hablar muchos idiomas, aunque solo se interprete hacia unos pocos. Hablando en plata y tomando el ejemplo más habitual, normalmente es preferible interpretar al español y al inglés a franceses, alemanes, chinos o rusos que hablen su propio idioma, en lugar de que destrocen el inglés y tengamos que preguntarnos qué quieren decir (volviendo a la idea de Seleskovitch de que en la lengua materna uno expresa lo que quiere y en las demás solo expresa lo que puede). El criterio principal es que, en la medida de lo posible, la interpretación se haga directamente a partir del idioma hablado en la sala, dejando el recurso al relé (es decir, a interpretar a partir de lo que emite otra cabina, como si jugáramos al teléfono) solo para los casos en que no hay más remedio. En cambio, el sistema según el cual cada cabina trabaja hacia un idioma de destino a partir de un solo idioma de origen (cada vez más, el inglés), pero también tiene que hacer la interpretación inversa hacia ese idioma, tiende a fomentar y normalizar el relé y, por ende, la relegación a un segundo plano de todos los idiomas distintos del dominante.

Yo he trabajado en ambos tipos de situación: el sistema de cabinas bidireccionales puede ser aceptable en determinadas circunstancias y con el equipo y el material adecuado. No reniego, ni mucho menos, de la interpretación bilingüe, que es mi fuente principal de ingresos y en la que trabajo con colegas absolutamente excelentes; pero me formé en el Parlamento Europeo, trabajando hacia un solo idioma, y estoy convencida de que fue esa base sólida de trabajo hacia un solo idioma, con otros colegas que hacían lo mismo que yo, lo que me permitió desarrollarme después como profesional en mis otros idiomas maternos. Asimismo, pienso que tener ese referente de calidad nos sirve para asesorar correctamente al cliente indicándole, en un momento dado, que necesita algo más de lo que está pidiendo, de lo que cree que le bastará.

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