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Las inesperadas aventuras de una intérprete

A veces, un buen intérprete tiene que ser algo muy parecido a un todo terreno y estar dispuesto a salvar situaciones que no entraban dentro de sus planes. La autora nos cuenta que se vio en una de esas situaciones inesperadas y cómo salió airosa del trance. Porque no todo es interpretar cómodamente sentado en una cabina…

Sylvia Beltrán
Sylvia Beltrán López ejerce desde el año 2000 como intérprete de conferencias de alemán, inglés e italiano. Es licenciada en Traducción e Interpretación por la Universidad de Granada y tiene un postgrado en Administración y Gestión de Pyme por la Escuela de Organización Industrial del Ministerio de Industria. Ha vivido en España, EE. UU. y Alemania. Es la gerente de su persona jurídica, WAI Comunicación SLU, a través de la cual ofrece servicios directos de interpretación y traducción en Canarias. Además de organizar los servicios de interpretación, trabaja como jefa de cabinas e intérprete de conferencias, es jefa de proyectos de traducción, hace locuciones y es la apoderada de varios inversores extranjeros. Ha decidido vivir muy cerca de las montañas y del mar. En sus ratos libres canta, hace excursiones o se mete entre fogones para compartir su mesa con amigos en desenfadada reunión. Colecciona inolvidables tertulias.

Llevaba años involucrada en un proyecto hotelero como intérprete de alemán, representante y apoderada de Wikinger Reisen, un importante operador turístico alemán que acababa de invertir en el norte de Tenerife. Sin darme cuenta el cliente me había ido sisando mi disponibilidad y servicios hasta llegar a dedicarles tres cuartas partes de mi tiempo. Sin duda, un excelente cliente.

Mi misión consistía en ayudarles a comprar la parcela, contratar un equipo de profesionales y constructoras, seleccionar a proveedores, contratar los suministros, seleccionar al personal e ir obteniendo las pertinentes licencias hasta lograr la licencia de apertura para la explotación del flamante hotel. Un gran desafío, pero sin dudarlo les dije: «Sí, quiero».

Gracias a las múltiples gestiones que debía resolver como apoderada, conocí a muchísima gente de la administración pública, instituciones, empresas de servicios y profesionales con los que debía lidiar en nuestra andadura.

Tras haber comprado el terreno, el Gobierno de Canarias decretó la dolorosa moratoria turística y la suspensión de licencias. Entre las gestiones que realizamos para capear la situación, organizamos un almuerzo al que también asistió una incansable mujer que sigue ocupando un importante cargo en el ICEX. Nuestra empatía surgió según le pusimos cara a la voz. Intercambiamos tarjetas profesionales y, francamente, no pensé mucho más en un comentario que hizo a vuelapluma sobre una misión comercial de acuicultura; yo estaba más pendiente de cumplir satisfactoriamente con mi multifuncionalidad.

A la semana siguiente me llaman del ICEX y me contratan para asistir a su delegada comercial, Pilar, como intérprete ante una visita de empresarios alemanes que vendrían a Tenerife para negociar con empresarios de acuicultura. En principio debía acompañar a las empresas durante su visita a las naves de procesado y envasado del pescado, asistir a un almuerzo de trabajo y cubrir las reuniones b2b. Pero los empresarios canarios nos tenían preparada una sorpresa: un trayecto en barco hasta algunas jaulas para ver las doradas y las lubinas, explicarnos los procesos, darles de comer a los peces y regresar a tierra. La aventura estaba servida: yo me mareo horrores y los fármacos contra la cinetosis me producen muchísimo sueño.

Decidí no tomar nada para no adormecerme y hacer la travesía en cubierta. Tras zarpar, Pilar me daba conversación porque, tras mi disimulo, veía que mi rostro cambiaba de expresión y de color. Antes de aproximarnos a las jaulas, los empresarios alemanes y la intérprete ya estábamos muy callados y amarillentos. El capitán nos dice en tono jocoso que si queremos quitarnos el mareo lo mejor sería que nos diéramos un bañito, y los empresarios lo secundan dándonos permiso para nadar hasta las jaulas. Pilar no se lo piensa dos veces. Dice que no ha traído bikini, pero pide a un marinero un pantalón corto, una camiseta, gafas, tubo y aletas.

—Vamos Sylvia, date el baño conmigo, ya verás que se te quita el mareo y sales como nueva —me dice.
—¡Pero si tampoco tengo ropa de baño, no tenemos ni toallas! Vamos a llegar ensalitradas a las reuniones. En el fondo me encantaría, pero no sé si es buena idea…

Ella no esperó a que saliera de mi mareada confusión ni a que me decidiera. Sabía que en el fondo yo también quería. Era evidente, había que decidir por mí. Pilar consigue otro pantalón y una camiseta, gafas, tubo y decide que compartamos las aletas, cada una, una. Las risas no se hicieron esperar, en un barco lleno de hombres, las únicas dos mujeres de la tripulación se iban a zambullir para nadar hasta las jaulas de doradas. La comitiva alemana estaba expectante con sus cámaras. «¡Qué atrevidas son estas españolas!», decían.

Cuando saltamos al agua, nos dice el capitán: «Tengan cuidado no se vayan a dar un susto, que los delfines y tiburones suelen merodear para cazar a peces que se escapan de las jaulas…». No había vuelta atrás, ya estábamos en el agua. Desde el barco nos hacían fotos mientras nadábamos hacia las jaulas, la ropa no facilitaba la natación... Nos acercamos despacio; para los peces en cautiverio un humano es un predador que merodea, si te acercas demasiado pueden estresarse muchísimo y algunos pueden morir de infarto. ¡Allí estaba aquel inmenso cardumen de doradas nadando en acompasado círculo! Una maravillosa coreografía de brillantes colores. Algunos peces saltaron y escaparon de la jaula al acercarnos. Yo estaba tan embelesada que me olvidé del comentario sobre delfines y tiburones. Absortas en aquel espectáculo nadamos alrededor de la jaula antes de regresar a bordo. ¡Habíamos roto el hielo! Los empresarios alemanes estaban encantados, mientas nadábamos allí todos se refrescaron con unos cubos de agua fresca y capearon el mareo. Al llegar al barco, la tripulación nos prestó toallas y ropa de deporte inmensa pero seca para entrar en calor.

La vuelta a tierra fue entrañable, los alemanes nos enseñaron las fotos, hubo risas y hasta algún sincero achuchón. El ambiente estaba servido para comenzar a hacer negocios. En tierra nos esperaban para visitar las naves y ver (casi) todo el procesado del pescado y probar el pienso, un aperitivo antes de ir a almorzar al restaurante. Sabía a pescado, pero decidí que no lo incluiría en mi dieta.

Como no podía ser de otro modo, en el restaurante nos habían preparado lubinas y doradas a la sal y a la espalda, papas arrugadas, mojos, excelentes vinos y postres. Yo apenas pude comer, menos aún beber vino, tenía que interpretar y estar atenta. Pero los caldos blancos gustaron muchísimo a la delegación comercial, así que tuve que hacer de intérprete en una improvisada cata con el sumiller y mojar los labios con algunos de los maravillosos vinos de la nutrida bodega del restaurante.

Había llegado el momento de mantener las reuniones, mi plato fuerte del día. La excursión, nuestra pequeña aventura, el delicioso almuerzo y la cata de vinos habían logrado crear un ambiente súperrelajado, ideal para hacer los buenos negocios que se cerraron con la ayuda de mi puente lingüístico.

—Sylvia —me dijo Pilar de regreso en el coche—, te vi haciendo de intérprete durante las catas y me dije: «¡Pero esta mujer le pega a todo!». TourEspaña ha organizado una visita de un grupo de periodistas de diversas revistas europeas especializadas en vino para visitar viñedos, bodegas y redactar artículos sobre los vinos de Tenerife. ¿Qué tal tu inglés?
—Encantada, Pilar, cuenta conmigo. He trabajado varios años como intérprete de conferencias durante unas jornadas internacionales de viticultura y enología y en consecutiva durante las visitas de enólogos y empresarios a bodegas, tanto en inglés y alemán como italiano.

Nos despedimos y pensé: «Ay, mi madre, si para hacer negocios de pesca me he tenido que tirar al agua con esta mujer, qué no me pedirá cuando vengan los periodistas a visitar viñedos y bodegas». Pero esa es otra aventura profesional que, si les interesa, dejamos para otra ocasión.

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