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Los tres hermanos

Relato presentado al I Concurso Literario de Asetrad «Leyendas y tradiciones locales», Córdoba 2016.

Hélène Barnoncel
Hélène Barnoncel es una traductora francoespañola que aprovecha cualquier oportunidad para escribir. Nació hace unos años en el Pirineo francés, y a pesar del cariño que les tiene a sus montañas se trasladó hace casi diez años a Madrid. La faceta de la escritura que más la ocupa es la traducción, que practica tanto como traductora literaria como técnica. Sus trabajos abarcan desde novelas hasta ensayos, pasando por literatura técnica específica, pero todos tienen un factor común: el gusto por transcribir tanto el fondo como la forma del escrito, sin obviar aspectos culturales ni olvidarse de las particularidades de cada lengua y de cada país.

Érase una vez, en tiempos más remotos que nuestro conocimiento, una tierra recorrida por temblores y en la que corría la lava. Temblaba la tierra de tanto intentar ir el Norte hacia el Sur y el Sur hacia el Norte. Corría la lava por el desgarrador deseo que tenían ambos de unirse, y no existía alma con suficiente valor para cruzar este paraje de desolación e incandescentes ríos. Paulatinamente, milenio tras milenio, tanto ardor alzó las tierras. Norte y Sur, en su lucha por ser uno, crearon rincones de ensueño y claros ríos ubicados en unas montañas de paisajes cálidos y áridos en su vertiente sur, fríos y húmedos en su vertiente norte.

Allí, en un lugar de estas montañas de fuego, y en tiempos que ya sabemos rememorar, nacieron dos niños y una niña. Los hermanos vieron la luz en alguna falda de estas montañas que se erguían como infranqueable barrera entre lo que hoy llamamos Francia y España.

Rodeados sobre todo por villanos, ladrones y animales salvajes, los hermanos, a los que el destino trajo la orfandad por regalo, hicieron de estos paisajes su tierra. Sin el recuerdo de cómo sus padres murieron, lograron sobrevivir invierno tras verano por los peligrosos bosques y acusadas pendientes de sus montañas natales. Siempre que podían disfrutaban del sabor ácido de los arándanos, de las frambuesas y de las fresas del bosque que la naturaleza ponía a su alcance. Saciaban su sed con esa agua tan clara que se desliza por los torrentes y que cae directamente desde lo alto de las cumbres. Colocaban ingeniosas trampas para cazar alguna lagartija y, si había suerte, atrapaban una liebre con la que festejar la fortuna de seguir con vida en tan bellos lugares. Luchando contra el frío y el hambre, la lluvia y el viento, aprendieron a amar su tierra tanto como se amaban como hermanos.

Aprendieron a luchar también. Los villanos deseaban lo poco que tenían y en muchas ocasiones la lucha era a vida o muerte. Sin piedad alguna los bandidos saqueaban sus escasas reservas de comida, les robaban las pieles trabajosamente curtidas para protegerse del frío, o intentaban llevarse un rato a la hermana. Siempre los hermanos se defendían con pasión y destreza, pero nunca fueron ellos quienes atacaron a sus semejantes.

Sabían de algún pueblo más abajo en el valle. Habían avistado las casas y el humo de sus chimeneas algún día de invierno que, como cualquier poblador de estos montes, se habían atrevido a bajar hasta altitudes mínimas en busca de alimentos. La gente del pueblo también sabía de ellos. Incluso los más viejos recordaban a sus padres como los amantes infelices a los que tanto sus allegados como la agreste geografía impidieron cumplir su más emocionante sueño: vivir su amor y fundar una familia como tantos otros lo hacían. Lo que les llevó a su triste destino fue haber nacido cada uno en una vertiente de estas montañas ardientes. Habían tenido algún contacto con los ganaderos que en verano subían las vacas a pastar. Esto les permitía cambiar queso y leche por pieles o ayuda con el ganado, y les enseñó un básico, pero útil, lenguaje con el que comunicarse con la poca gente con la que se cruzaban.

Los hermanos eran ya hombres y mujer hechos y derechos cuando una mañana, no habiéndose levantado todavía la bruma que envolvía la borda abandonada en la que se habían instalado ese invierno, oyeron una voz gruesa llamar: «Jean, Pierre, Ana». Y de nuevo: «Jean, Pierre, Ana».

A esta extraña llamada los tres hermanos respondieron con un silencio sepulcral. No sabían a quiénes se estaba llamando con estos nombres, pues ahí solo moraban ellos. Se iban oyendo, más y más cerca, pisadas. Lentas y cuidadosas, pero para quienes habían crecido con todos los sentidos en continua alerta no había duda, quien fuera el que hubiera pronunciado estos tres nombres se estaba acercando.

Y de repente, antes de que el intruso hubiera tenido tiempo de llegar hasta la puerta, se vio rodeado por los dos hombres y la mujer, como surgidos de la nada. Pálido, solo pudo decir: «Ayuda».

Los hermanos se miraron, lo examinaron, se interrogaron con la mirada, y tras unos eternos segundos el más pequeño de los hermanos dijo:

―¿Quién Jean, quién Pierre, quién Ana?
―Tú Jean, él Pierre, ella Ana.
―¿Ayuda para qué?
―Los bárbaros han llegado al pueblo. El pueblo de vuestros padres. Rompen, matan, queman. Ellos son malos. Vosotros sois buenos, sois fuertes. Ayuda.

Sin saber por qué, sin que fueran necesarios más ruegos ni más explicaciones los tres cogieron sus mejores armas y corrieron valle abajo. Al mensajero no le había dado tiempo a recuperarse del susto cuando un viento cálido rozó sus mejillas y sus ojos vieron la montaña convertirse en fuego, aquí… y allí.

Tembló la tierra, corrió la lava.

Los bárbaros que no fueron quemados por los ríos incandescentes fallecieron por la mano de Jean y de Pierre, que se abalanzaban sobre ellos surgiendo del centro de un volcán enfurecido. Los que, desesperados, intentaban huir hacia el Sur se encontraban con Ana, que se alzaba desde otro volcán no menos feroz para defender su tierra.

No quedaron ni bárbaros ni hermanos para contar la batalla, pero las brujas del lugar, al ver tanta valentía y generosidad, y con el fin de que la memoria de tal hazaña no se perdiera, petrificaron los cuerpos de los tres héroes en el lugar mismo de sus hazañas.

Así, hoy en día, en un hermoso valle pirenaico, todavía siguen en pie las estatuas de nuestros tres valientes hermanos. Jean es el pequeño y Pierre el gran pico del macizo del Midi d’Ossau, y Ana domina la vertiente sur desde la cumbre del Anayet.

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