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El sacrificio a Mitra

Relato presentado al I Concurso Literario de Asetrad «Leyendas y tradiciones locales», Córdoba 2016.

Mª Carmen Bernardo
Mª Carmen de Bernardo Martínez (Córdoba, 1981) es licenciada en Historia por la UAM, MA en Traducción por la UIMP y el ISTRAD, y MITI. Ha combinado su trabajo como profesora de lenguas modernas (español, francés e inglés), tanto en España como en el Reino Unido, con su faceta como traductora y correctora de documentos comerciales, artículos académicos y libros. Actualmente participa en proyectos de lingüística computacional. Se considera a sí misma una escritora en ciernes. Uno de sus relatos, La sonrisa encantada, fue seleccionado entre los mejores en la segunda edición del concurso literario para traductores e intérpretes «De la traducción a la creación» de 2015. Su pasión por las lenguas y el placer por la lectura la han llevado a crear y dirigir el proyecto Algo para traducir.

Marco me había acompañado al teatro porque nuestro padre Tito Licinio así lo había requerido. Nos había reunido la víspera en el patio interior de la villa para advertirnos de que los tiempos no eran seguros y de que cualquier precaución era poca. Al marcharse para seguir atendiendo sus asuntos como patricio, me quedé absorta en el mosaico que tenía bajo mis pies. El tutor de Marco me había explicado que las piedrecitas pequeñas eran teselas de mármol y pasta vítrea que se utilizaban para conmemorar una escena o dar culto a alguno de nuestros tantos dioses. No me cansaba de mirar una y otra vez la representación del medallón central, a escasos pies de distancia, un Baco coronado de pámpanos con su cetro vegetal y montado con aire triunfante en un carro tirado por dos centauros. El tutor había añadido en su discurso que las hojas de hiedra y vid que decoraban los triángulos del mosaico eran los símbolos de ese dios y, aunque también me había enseñado el nombre de los cuatro vientos, representados en las esquinas, no los recordaba. Se lo podría haber preguntado a Marco, él tenía muy buena memoria.

El dios del vino era el motivo por el que habíamos acudido al teatro, había despertado en mí un interés por las costumbres y tradiciones del Imperio. Sentada en la ima cavea, muy cerca del altar en honor a Baco, disfrutaba de los ludi scaeni de aquella tarde. El público estaba agitado y Marco no podía ocultar la preocupación en sus ojos, por mucho que intentara disfrazarla con la sonrisa que me ofrecía, desde que era una niña, cuando algo no marchaba bien. La agitación iba en aumento y al cabo de un rato apenas se podía escuchar a los actores. Marco me cogió del brazo y me levantó bruscamente sin decir nada. Salimos a paso ligero por el aditus maximus que se encontraba a nuestra izquierda, subimos a un carruaje que nos estaba esperando en la vía principal y llegamos a casa sin cruzar una palabra. Había aprendido a respetar los silencios de mi hermano.

Todavía era de día cuando el carruaje se adentró a toda prisa en el amplio camino de entrada que conducía a la gran villa en la que vivíamos, próxima a la orilla del Betis. Desde el interior del carruaje, pude ver dos figuras de pie, cubiertas completamente con túnicas oscuras, al lado de la fuente de Mitra. Parecían estar enzarzadas en una discusión con mi padre, desde allí no podía oír lo que decían, pero el gesto desafiante y altivo de mi padre indicaba que no le agradaban ni los modales ni el tono que estaba tomando aquella conversación.

Las dos figuras enmudecieron de repente cuando se percataron de nuestra llegada, como presas de una vergüenza súbita, dieron media vuelta y se alejaron a grandes zancadas. El rostro de mi padre había cambiado de expresión, el color había vuelto a sus mejillas, la rigidez de su cuerpo había dado paso a cierto alivio, pero la angustia estaba marcada en su cara.

Tito Licinio se dejó caer sobre la fuente, apoyándose en el toro sacrificado por Mitra como símbolo de purificación. La historia que yacía tras aquel sacrificio vino a mi mente en forma de mal augurio, como si anticipase otros idus de marzo. El dios creador se me tornaba ahora en un dios de muerte, el sacrificio del animal no lograba purificar las almas, sino envenenarlas, y la serpiente y el alacrán dejaban de ser creadores de vida para convertirse en propagadores de muerte. Esa visión me turbó por unos instantes. Marco me sostuvo fuerte, no me había soltado desde que bajamos del carruaje, y entramos en la villa junto a nuestro padre. Nos dirigimos al patio interior y, allí, de nuevo sentados alrededor de Baco, Tito se sinceró con sus dos hijos.

Un grupo de adoradores de Mitra se había asentado en Corduba desde hacía algún tiempo y se sospechaba que realizaban sacrificios humanos en sus celebraciones. El nuevo cónsul romano había llegado a la ciudad para cerciorarse de la verdad de esos rumores y actuar acorde a la lex romana para mantener la paz en la provincia. Los seguidores de Mitra, cada vez más hostigados por las indagaciones del cónsul, se habían conjurado para acabar con su vida. Hacía dos días que le habían exigido a Tito su participación, lo habían confundido con un seguidor de Mitra por la estatua de la fuente del jardín a la entrada de la villa. Tras la primera negativa de mi padre, le habían dado un plazo de dos días para que cambiara de parecer, pero nuestra temprana llegada del teatro les había interrumpido.

Al amanecer, el tribuno del cónsul, acompañado de varios miembros de su cohorte, se presentó en la villa y arrestó a mi padre, acusado de asesinato. Un esclavo había hallado el cuerpo sin vida del cónsul, que había sido desangrado hasta morir, y una serpiente y un alacrán muertos a los pies de su cama.

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