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No solo de pan vive el traductor

De saraos traductoriles a pan líquido, pasando por nómadas y monjes de la Baja Sajonia

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CONTEXTO

CONTRAPORTADA

Colofón: No solo de pan vive el traductor

De saraos traductoriles a pan líquido, pasando por nómadas y monjes de la Baja Sajonia

Jordi Balcells Jordi Balcells (@jordibal) es traductor desde 2005 de ingenierías varias. En su tiempo libre se queja de que todavía no haya llegado la singularidad, pues le falta vida para ver tantas series de TV «imprescindibles» y novelas must. Como te despistes, puede estar dándote la chapa sobre cultura cervecera (nivel Legendary en Untappd) durante una hora sin salir a tomar aire. También es aficionado a la ciencia ficción y a la fantasía sucia, a la informática nivel pelea y a describirse a sí mismo en tercera persona.

Mmm… ¿de qué podría hablar yo en una sección de nombre «No solo de pan vive el traductor»? Veamos… Si el oro líquido es el petróleo, el pan líquido es… la cerveza. ¿Cómo? ¿Que las cervezas que tomas se parecen al pan como un huevo a una castaña? Eso es que has probado muy poca variedad. Y probablemente estés tomando cervezas malas, ea.

¿Por qué cuando vas a una cervecería se te ocurre conformarte con «una caña» o «un tercio»?

Soy pesao con las cervezas. Si me conoces, habrás aprendido a sonreír cuando le pregunto a un camarero «¿Qué cerveza tienen?». El vino es una bebida respetable, una bebida de señores y con poderío, como diría el académico bocachancla Pérez-Reverte. Si vas a una vinatería, no te conformas con «un vino». Pides un tinto, un blanco o un rosado, como mínimo. Probablemente distingas como mínimo el vino por procedencia: un Rueda, un navarro, un Priorat… Quizá especifiques un blanco «seco» o un tinto «con madera». ¿Por qué cuando vas a una cervecería se te ocurre conformarte con «una caña» o «un tercio»? Mal. A lo que íbamos. Soy malvado con los camareros. Cuando me enumeran las tres o cuatro típicas cervezas industriales, si estoy de buen humor les pido «una clara con limón» (muy importante especificar lo del limón, que en ciertas regiones le echan gaseosa). Si no, después de preguntar por cervezas, les encargo un agua. Total, para que me den agua sucia, mejor beber agua mineral. Ah, no quieras saber por qué los belgas dicen que la cerveza holandesa es cerveza belga después de pasar la frontera.

Cervezas con la Xarxa

Charla con la Xarxa en Las cervezas del Mercado de Colón en Valencia

Pruebo tantas cervezas distintas que necesito una app, Untappd, para recordar cuáles me gustaron en su día y cuáles prefiero evitar como la peste. En el momento de escribir este artículo, llevo 600 cervezas distintas probadas, aunque el logro máximo de esta app son 10 000 distintas: sí, cuatro ceros. Cuando voy de sarao traductoril y conozco a alguien, parte del ritual es enseñarle la app y dedicar unos minutos a darle la chapa (juego de palabras no intencionado) con mi afición alcohólica. Precisamente de aplicar esta tortura moderna me surgió la oportunidad de dar charlas desde el punto de vista de la lengua.

La gracia de todas estas charlas es que primero aprendemos sobre cerveza y luego ponemos en práctica los conocimientos adquiridos, con etílicos resultados.

En febrero de 2016, en una Tertúlia de les lletres, recibí la alternativa para aburrir a propios y a extraños con conocimientos inútiles que ocupan un lugar divertido en mi cabeza. Unos meses después, La Xarxa me pidió repetir. Y en la misma semana que escribo este artículo me han ofrecido dar una tercera charla en Madrid, ya fuera del entorno traductor. La gracia de todas estas charlas es que primero aprendemos sobre cerveza y luego ponemos en práctica los conocimientos adquiridos, con etílicos resultados. Nos lo pasamos muy bien, sí, y lo bueno es que los asistentes no recuerdan si he cometido algún error: ¡el cursillo perfecto!

Estas charlas están centradas en la terminología española e inglesa de la cultura cervecera. Así, hablo del proceso de elaboración de la cerveza, especialmente de la fermentación a partir de la cual se puede clasificar este líquido manjar (lager, ale y fermentación espontánea), sus componentes necesarios u opcionales, los diversos préstamos lingüísticos de los países productores tradicionales y modernos (Bélgica, Alemania, Reino Unido y EE. UU., entre otros), algunas posibles diferencias entre la artesana y la industrial (en realidad hay artesanas infumables e industriales maravillosas, que no te engañen), la terminología surgida con la revolución artesana de los EE. UU. (que unos cerveceros sean «nómadas» no significa que no tengan dónde vivir y unos grifos «rotatorios» no dan vueltas endemoniados), el mundo de la apreciación sensorial y sus adjetivos (hay cervezas saladas y picantes), los dialectos regionales para comunicarse con camareros (una «caña» en Madrid no es la misma cantidad que una «caña» en Valencia, los madrileños son un pelín incoherentes al servirte un «mini» y en Tarragona no te extrañes si alguien se bebe un «champú») o comprender que una cerveza con «14°» no tiene 14 grados alcohólicos (aunque las hay, y hasta con más grados que un whisky).

Que unos cerveceros sean «nómadas» no significa que no tengan dónde vivir y unos grifos «rotatorios» no dan vueltas endemoniados.

Además, introduzco notas históricas, aunque algunas son más bien leyendas simpáticas: que la verdad no te impida apreciar una buena historia. Así, tenemos la Ley de Pureza o Reinheitsgebot de 1516, que a menudo se considera la primera normativa alimentaria del mundo y que buscaba evitar el uso en la cerveza de, por ejemplo, trigo o centeno (para que no subiera el precio del pan) y sangre o bilis (para darle más cuerpo); la creación del estilo IPA, con extra amargante de lúpulo (conservante natural), para soportar en buen estado el largo viaje desde la metrópoli Reino Unido a las colonias del Imperio, especialmente la India; o uno de mis estilos favoritos, la doppelbock, originaria de Einbeck (Baja Sajonia) y que elaboraban los monjes para «sobrellevar» el ayuno estricto de la Cuaresma, durante la cual no podían comer, aunque sí beber: con unos 7,5 % de contenido alcohólico o ABV, seguro que pasaban una penitencia de lo más curiosa. Ah, se me olvidaba: a la doppelbock también se la conoce por su gran porcentaje de malta de cebada fermentada como «pan líquido». ¿Lo ves? Al final tenía su explicación.

Cervezas con la Xarxa

Charla cervecera en la tienda Espuma de Madrid

Espero que con este elogio a la cerveza hayas aprendido algo útil, te animes a salir de tu zona de confort y te dejes aconsejar por camareros expertos en una buena cervecería especializada, de las de verdad, no de las de perritos y hamburguesas. Este artículo es beerware: si te ha gustado y me ves en algún sarao traductoril, no dudes en invitarme a una (buena) birra. Yo a cambio prometo no darte la tabarra. Demasiado.

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