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Experiencias que marcan

Memorias de África de un intérprete, ¿de camaleón a daltónico?

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Interpretación: Experiencias que marcan

Memorias de África de un intérprete, ¿de camaleón a daltónico?

Si decidimos crear una subsección dentro del apartado dedicado a la interpretación, la que llamamos en el número 10 «experiencias que marcan», es porque estamos convencidas de que la labor del intérprete puede ser extremadamente enriquecedora desde el punto de vista profesional, pero sobre todo desde el punto de vista humano. ¿Qué mejor que un viaje a África como intérprete para redescubrirse a sí mismo, a través de los ojos de los demás?

Paulo Alves
Paulo Alves ejerce desde el 2008 como intérprete de conferencias de francés, portugués y castellano. Tiene un máster de T&I por la Universidad de Alcalá, donde posteriormente ha sido profesor durante siete años. Nacido de padres portugueses en Francia, allí vivió hasta ingresar en una escuela de negocios, terminando su licenciatura en empresariales en España (ICADE). Tras cinco años viviendo en Lisboa, vive de nuevo en España desde 1998. Trabajó en varias multinacionales francesas hasta orientarse en 2007 hacia la interpretación. Por su doble formación y experiencia, el mundo empresarial y las finanzas son hoy su «taza de té» como intérprete. Amante de los viajes, junta esa afición con el deporte, descubriendo senderos de islas y montañas entre dos interpretaciones. Sigue viajando dedicándose a la cocina de la India, Tailandia e Italia. Un proyecto a corto plazo: escribir las memorias de su padre a través de los ojos de su hija.

Aprovecharé esta oportunidad de escribir sobre «interpretaciones que marcan» para relatar una que me ha influido más como persona que como intérprete.

Aprendí hace poco lo que era el poder de la declaración. Sin saberlo, ya lo utilizaba y hace unos años formulé el deseo de ir a interpretar a África. Por mis combinaciones, me podía tocar el Magreb, pero lo que anhelaba era lo que desconocía: el contacto con Angola, Mozambique, Guinea, Cabo Verde… En pocos meses se materializó el deseo y tras una muy buena primera experiencia, empecé a trabajar varias veces al año en un destino inesperado: Guinea Ecuatorial.

Petróleo, gas, transportes: los temas eran variados, tanto en cabina de francés como de portugués, y el equipo fijo de compañeros de cabina que viajábamos desde España éramos ya como una familia, de distintas nacionalidades, de otros países de África, apoyados por un equipo de sonido chino que no hablaba ni inglés ni español (esto daría lugar a otro relato). Una ocasión perfecta para repasar una geografía etnocéntrica europea y volver a localizar Guinea Ecuatorial, aunque también los países de procedencia de los compañeros y de los ponentes africanos.

Poco a poco he ido conociendo algo de Malabo, la isla (Bioko), las etnias, los mercados, la gastronomía local, etc., maravillado con tanto descubrimiento y gracias en gran parte a nuestro fantástico compañero hispano-guineano, Ladis.

Desde el primer viaje me sucedió algo que no me esperaba. Estando todo el día rodeado en un 99 % de gente negra, cuando me asomaba a cualquier espejo me asustaba ver el reflejo de alguien tan blanco, pálido (para no decir feo). Pero me fui acostumbrando a esos «sustos» que se repetían muy a menudo.

Se fueron sucediendo los viajes hasta que un día se presentó una nueva semana de interpretación cerca de Malabo; pero esta vez, no sé muy bien por qué, viajando yo solo desde Madrid para mezclarme con un equipo de contratación local. El tema también era más «peculiar»: asuntos internos, del aniversario del partido del señor Obiang… Ahí voy yo, feliz por esa nueva oportunidad de pisar el suelo africano, lejos de imaginar las aventuras que me esperaban…

Nada más llegar perdí la mochila que traía con ordenador, pasaporte, medicación para la malaria, dinero local, etc., lo cual complicó bastante los días siguientes, aunque no quitó nada de la magia de esos viajes.

El lugar de los acontecimientos, un nuevo descubrimiento: un pueblo en medio del campo al que me escapo durante los descansos para disfrutar de la vida local (música, colores, olores…). Además, el equipo de intérpretes local era muy majo, los temas variados y las jornadas retransmitidas integralmente en directo para la TV local.

Pasan los días, yo un poco agobiado por la mochila que sigue sin aparecer, pero sigo feliz de estar allí. El tercer día de mi estancia me encuentro con una sorpresa, una consecutiva pesada y larguísima para un ponente camerunés, delante del Sr. Obiang y claro, de las cámaras de TV.

Llega el cuarto día y fumando mi cigarro en un descanso, veo a unas señoras que, cámara en mano, de repente me sacan una foto. Sin avisar, sin pedir permiso, nada… Sorprendido por la situación, no digo nada, aunque sí lo comento con el cliente unos minutos después, antes de volver a la cabina, preguntándole si eso es normal y a qué se puede deber. Y me dice Concha (la jefa): «¿Pero no te has dado cuenta de que eres el único blanco aquí? Además, ya te identifican como el intérprete blanco del señor Obiang. Los que no te han visto aquí te han visto en la televisión». Le contesto: «Ah, pues no, no me había dado cuenta», y pensándolo mejor, digo: «Hombre… el público y los ponentes sí, pero los demás intérpretes también son blancos…». Contesta Concha: «Paulo, son todos negros…».

No, no me había dado cuenta, y a mí solo me confirmó que nunca he dado la más mínima importancia al color de la gente y, en este caso, de los compañeros… O a lo mejor soy daltónico… Lo cierto es que los humanos no tenemos el poder de los camaleones, aunque sí podemos cambiar de lugar y de perspectiva para ver las cosas de otra forma.

Y por cierto… apareció la mochila la víspera de mi vuelta con absolutamente todo dentro (cosa que debe pasar en muy pocos sitios del mundo) y para mantener el espíritu de aventura se canceló mi vuelo de vuelta, con lo cual me di el raro lujo de irme un día entero a la playa a ver si cambiaba de color (aunque ya no me sacarían fotos).

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