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Lucas

Este relato pertenece a una colección que se recogerá bajo el título En la piel de ellas y está orientada a lectores jóvenes y adolescentes. En ella se narran experiencias personales de acoso y violencia tal y como sucedieron, pero intercambiando el sexo de los protagonistas. La gravedad de las agresiones va aumentando en cada capítulo. Esta es la segunda historia.

Blanca Rodríguez
Blanca Rodríguez estudió Traducción e Interpretación en la Universidad de Vigo y es traductora autónoma desde 2001. Tras una década larga dedicada a la traducción técnica decidió pasarse a la editorial, su verdadera vocación. Fue jefa de redacción de la primera etapa de La Linterna del Traductor, ha sido finalista del X Premio Esther Benítez (por la traducción, a cuatro manos con Marc J. Buzzi, de La constelación del Perro) y se enorgullece especialmente de contar con Conrad y Stevenson entre sus autores. Además, escribe cuando le dejan y su primer libro infantil Las aventuras de Undine. La gran tormenta (Bambú) ha agotado la primera edición, con más de 4000 ejemplares vendidos. Actualmente está trabajando en la segunda parte y tiene otros cuatro libros en la cabeza.

Buscó un banco a la sombra porque el sol de mediados de julio picaba bastante a primera hora de la tarde. Milagrosamente, el bus había llegado antes de tiempo y tenía algo más de una hora muerta antes de su cita con la oculista a las cinco y media, así que decidió sentarse a leer un rato en la Alameda y disfrutar del silencio de un Santiago que en verano se quedaba casi vacío. En un par de meses entraría en la universidad y, aunque iba a estudiar en Vigo, le había parecido muy propio leerse La casa de la Troya ese verano. Estaba convencido de que le iba a parecer un poco ñoño, pero la verdad es que le estaba gustando bastante. Carmiña se acababa de enterar de que Gerardo sí había ido a verla cuando una voz lo sacó del libro.

—¿Te importa que me siente, neniño? —Una señora, aproximadamente de la edad de su abuela, lo miraba sonriente.

Normalmente, Lucas reaccionaba con bastante prevención hacia las señoras mayores. No sabía cómo se las apañaba pero las atraía como la miel a las moscas: si había una vieja en cinco kilómetros a la redonda, acabaría acercándose a él y diciéndole alguna obscenidad… si es que no le tocaba el culo directamente. Sus colegas siempre se cachondeaban de él y le llamaban «el imán de viejas». Una vez, en un bar, incluso se le acercó una a invitarlo a tomar algo precisamente mientras él le estaba comentando a unos amigos lo irresistible que era para las señoras de cierta edad. El cachondeo fue generalizado.

Siempre se había preguntado por qué era así. Por supuesto, las viejas verdes no se caracterizan por ser especialmente selectivas con sus víctimas, pero Lucas no podía dejar de notar que, aunque estuviese con amigos, siempre iban a por él. Su teoría era que les gustaba su tipo que, pese a sus 18 años recién cumplidos, recordaba más al de los galanes de pelo en pecho de los años 50, a lo Clark Gable o Charlton Heston, que a los actores lampiños de cara aniñada como Orlando Bloom o Robert Pattinson.

El caso es que un escaneo rápido de la señora en cuestión no alertó su sentido arácnido, así que le contestó que se sentase si quería y volvió al libro.

—¿Qué estás leyendo, La Casa de la Troya?—La voz volvió a sacarlo de la lectura y empezó a darse cuenta de que no iba a poder seguir leyendo, porque la mujer buscaba cháchara. Le dio un poco de pena («Seguro que no tiene nadie con quién hablar», pensó) y decidió cumplirle el gusto.

—Sí —respondió, sonriendo y apoyando la novela en el regazo.

—¡Ay! Pues ese libro es de aquí, de Santiago, ¿sabes? ¿Tú estás en la universidad?

—Bueno, todavía no, empiezo en octubre, pero no voy a estudiar aquí; voy a Vigo.

—¿Y eres de aquí?

—No, soy de Ferrol, he venido a la oculista. La tengo ahí al lado, pero como ha llegado pronto el bus, me he venido a leer un rato a la sombrita.

—Así que eres de Ferrol… ¿Y te gusta leer?

—Mucho.

—A mí mucho, también. Seguro que eres muy buen estudiante.

—Bueno, no me va mal.

—Ya tienes pinta de formalito. ¿Y cuántos años tienes?

—Dieciocho acabo de cumplir.

—¡Ay, quién los pillara! —Lucas sonrió—. Pues disfrútalos mucho, neniño, que enseguida se pasan.

—Se hace lo que se puede —dijo Lucas mientras pensaba: «Mira qué abueleta más maja».

—La pena es que no los podamos disfrutar juntos.

—¿Perdón? —Lo había pillado con la guardia baja.

—Que es una pena que no los podamos disfrutar juntos tú y yo. —La expresión de abuela cándida de la mujer cambió rápidamente por una mirada lasciva que a Lucas le puso los pelos como escarpias—. Tengo un piso aquí cerca y vivo sola. Yo soy muy generosa, ¿sabes?

Lucas no sabía si estaba más asqueado o cabreado; con la vieja por ser tan repugnante y consigo mismo por haberse dejado engañar tan fácilmente. Se levantó del banco como un resorte.

—Pues no, no es ninguna pena —la voz le salió en un tono bastante alto—. Y no los vamos a poder disfrutar juntos, en primer lugar porque es usted de la edad de mi abuela, y en segundo, porque es una vieja verde asquerosa.

La mujer se quedó en el banco, impertérrita, mientras Lucas se alejaba a grandes zancadas, farfullando cosas como «vieja de mierda», «encima me entra de riquiña», «me tenía que venir a joder mi hora de tranquilidad» y «mierda de sentido arácnido».

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