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Estancia en la Lusitania

Relato presentado al Concurso de Narrativa 2017 convocado por Asetrad («Viaje por tu Extremadura real o imaginada»).

Mª Carmen de Bernardo
Mª Carmen de Bernardo Martínez (Córdoba, 1981). Licenciada en Historia por la UAM, MA en Traducción por la UIMP y el ISTRAD, DipTrans (CIoL) y MITI. Combina su trabajo como traductora, correctora y preparadora de oposiciones con su faceta como profesora de traducción y lenguas modernas (español, francés e inglés), tanto en España como en el Reino Unido. También ha participado en proyectos de lingüística computacional en España y Australia. Se considera a sí misma una escritora en ciernes. Uno de sus relatos, Del sentir del bosque (o del alma maltratada), obtuvo el segundo premio en la tercera edición del concurso literario para traductores e intérpretes «De la traducción a la creación» del 2016, organizado por Palabras + y la AFIE. Su pasión por las lenguas y el placer por la lectura la han llevado a crear y dirigir el proyecto Algo para traducir.

Ha pasado tiempo desde que mi padre fue arrestado por el asesinato del cónsul en Corduba, fue en martius, y sigo sin tener noticias de mi hermano Marco, quien me envió a Emerita Augusta a la domus de Quinto Vatinio, un patricio amigo de la familia, para mi protección.

—¡Helvia! —gritó Sabina—. ¿Qué haces otra vez ahí? Ven, vamos al caldarium.

—Ya sabes que me encantan los mosaicos. Y más este, con tantos dioses que aprender: Saeculum, Caelum, Chaos, Polum, Boreas, Nebula

—Para y ven ya. Siempre igual —dijo mientras sonreía.

Sabina no tenía hermanos; su madre y hermano pequeño habían muerto en el alumbramiento, así que había crecido sola con su padre, Quinto Vatinio, que le había proporcionado casi la misma educación que recibía un varón. Sabina era agradable y nada arrogante para su condición de patricia, su preceptor era igualmente amable, y yo estaba aprendiendo mucho sobre dioses y mosaicos durante mi estancia allí. La domus disponía de termas y, cuando Sabina sabía que nadie iba a usarlas, nos escapábamos un buen rato, casi a la puesta del sol, para disfrutar de un gran baño de agua caliente.

—¡Helvia! Ya estás otra vez ensimismada con esos peces.

—Sabina, es una bóveda maravillosa y hoy parece que los peces aletean en el agua, incluso murmullan.

—Ya estamos —resopló Sabina.

Todo lo que tenía de agradable y risueña, a Sabina le faltaba de profundidad. Cumplía con su obligación y punto, para poder dedicarse a los placeres que le ofrecía su condición. Ella no paraba de hablar y hablar contándome la última representación teatral a la que había asistido o lo ocurrido al principio del cardus maximus. Mi atención volvió sobre los peces azules que murmuraban cada vez más alto. Ahora podía distinguir voces hablando en una lengua que no reconocía, espera, sí. Reconocía algunas partes, era griego, lengua que había mejorado desde que atendía las lecciones de Sabina con su preceptor. Solo pude entender algo sobre un ritual y sobre un cuervo.

—¡Helvia! —gritó Sabina con tanta fuerza que mi nombre estuvo resonando por toda la bóveda y los peces se callaron de repente—. Helvia, por favor, vuelve, estás muy pálida. ¿Te encuentras bien?

—Sí, disculpa, Sabina, no sé qué me ha pasado. Creo que lo mejor será que nos retiremos —contesté sin pensar. Sentía el mismo mal presagio que la víspera del amanecer en que mi padre fue arrestado.

Sabina se había quedado muy preocupada con el incidente del caldarium, así que al día siguiente le pidió a su preceptor que fuéramos de excursión. La Lusitana fue una gran sorpresa para mí, la sentía como si fuera la Bética misma, provincia que me vio nacer. Solo me separaba de ella el flumen Anae, el río de los patos. Me hacía gracia el nombre porque todavía no había visto ninguno, pero eso se iba a acabar. Ese día el carruaje siguió el cauce del río hasta llegar a otro más pequeño, llamado fluminus Barraeca, justo en el punto donde se levantaba una gran arcada. El preceptor me corrigió enseguida.

—Este acueducto está formado por una gran arquería construida con granito y ladrillo. —Yo no salía de mi asombro.

Nos acercamos a pie todo lo que pudimos. Sabina reía con los comentarios del preceptor, pero yo había dejado de escuchar, pues volvía a oír voces y, esta vez, reconocí una muy familiar:

—Las mujeres no son aceptadas, dejad a mi hermana fuera de este…

—¡Aaaaaaaaaaaaaaaaah! —bramé. Era Marco, mi hermano, ¿qué hacía ahí? ¿Y mi padre?

Sabina y el preceptor corrieron hacia mí.

—Helvia, me estás empezando a preocupar. En cuanto regresemos mando llamar al médico. —No respondí, me dejé llevar hasta el carruaje y regresamos a la domus.

Recién llegada a Emerita Augusta estuve pensando mucho en lo que había sucedido en Corduba. Recordé lo que nuestro padre Tito Licinio nos había contado a Marco y a mí sobre el culto a Mitra, recordé los detalles de la fuente y los de la muerte del cónsul. Al cabo de unas pocas lecciones con el preceptor de Sabina le pregunté sobre el dios Mitra, pero me contestó escurridizo y con evasivas. Así que sin darme cuenta dejé de pensar en eso hasta la víspera en el caldarium.

El médico le comentó a Quinto Vatinio que debía reposar durante unos días y le indicó expresamente que no debía levantarme de la cama hasta que pasaran las nonas.

Emerita Augusta era una colonia que bullía en constante actividad. Se celebraban muchos espectáculos en el circo, en el anfiteatro, en el teatro y hasta en los rincones más inesperados. Sabina y Quinto habían salido a ver las carreras de bigas, así que me vestí y aproveché para escabullirme por el viridarium, el jardín que había en el último patio de la casa tenía una puerta pequeñita que nunca cerraban. Me cubrí con la túnica que había sido de mi madre y aligeré el paso sin saber muy bien a dónde me dirigía.

Caminé por todo el cardus maximus y llegué hasta el castellum aquae, donde se almacenaba el agua que abastecía a la colonia. Regresé sobre mis pasos y escuché una conversación entre el tumulto de la gente, la voz era nítida, era mi hermano.

—No podemos matar a cada magistrado, tribuno o senador que no comulgue con…

—Chis —fue interrumpido.

—Se nos acabará echando el Imperio encima —susurró Marco.

¡Bum!

Me desperté en el caldarium con dolor de cabeza y con sangre reseca en la frente. No sé cuánto tiempo había transcurrido. Me dirigí a mi habitación y, ante lo que vi, empecé a chillar y chillar sin parar hasta que acudieron Quinto Vatinio y Sabina.

Había mucha sangre derramada y dos cuerpos inmóviles. No podía decir si estaban vivos o muertos. Uno pertenecía al esclavo de Quinto, Escauro, que tenía un cuervo clavado con una lanza en su pecho; el otro, a mi hermano, atado de pies y manos al cadáver de un perro.

Era un aviso.

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