21 junio 2021
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Sonatas extremeñas

Relato presentado al Concurso de Narrativa 2017 convocado por Asetrad («Viaje por tu Extremadura real o imaginada»).

ESTÍO

En aquellos días, cuando empezaba a trabajar como intérprete, pensaba que a quién se le había podido ocurrir la idea de celebrar una reunión de departamentos de informática de compañías de seguros en pleno mes de julio en Extremadura; ahora sé que la gente organiza reuniones y congresos de cosas inimaginables en lugares y momentos absurdos.

De día las reuniones se celebraban en dos sesiones dentro de una sala con aire acondicionado. Por la noche nos llevaban a visitar la ciudad. En la primera visita desembocamos en la plaza con la colosal estatua de Pizarro tocado con aquel casco extraño de Medusa a la que le faltasen serpientes.

He was the head of the Inquisition, wasn’t he? —me había preguntado uno de mis informáticos.

Pizarro
Estatua ecuestre de Pizarro
Carlos Delgado, CC BY-SA 3.0 es

Una podía pensar que después de haber vivido en Santiago ya no habría calles ni plazas de piedra en el mundo que pudieran impresionarme (quizás alguna en Machu Picchu o Chichén Itzá, más por su pátina de misterio antiquísimo que por otra cosa); sin embargo, el inmenso espacio pétreo de la Plaza Mayor de Trujillo me dejó atónita. Puede que fuera el hecho de que aquella piedra seca y ardiente no era el mismo material aterciopelado de musgos y líquenes con el que estaba hecho Santiago. Esta piedra tensa bajo un sol de justicia estaba más cerca de sus orígenes telúricos e incandescentes.

Las noches de aquellos días de informática y seguros las pasé con un intérprete finlandés. Como el extranjero de la copla, era hermoso (a su peculiar manera) y rubio como la cerveza, y tenía la espalda tatuada con un halcón. En aquellas tórridas horas de julio, mi finlandés cantarín me deleitó con algunas cancioncillas sami que sonaban como letanías antiquísimas y enigmáticas, y con algunos tangos que interpretaba sorprendentemente bien (viejos tangos de mi flor…); sonreía mucho con sus bonitos ojos rasgados y luego me decía cosas con ternura en su idioma tan musical y saltarín.

OTOÑO

Otoño
Otoño, de Giuseppe Arcimboldo
Wikimedia Commons

Aunque ya habían pasado unos años desde Trujillo, la  pétrea eternidad indestructible de Cáceres ya no me pilló por sorpresa cuando estuve allí interpretando en un congreso sobre la función educativa de los museos.

En la ciudad de las torres desmochadas y los balcones de cuento, viví unos días sumergida en las posibilidades que tienen las maravillas creadas por la humanidad en el pasado para salvar del negro abismo a la humanidad del futuro. Perseguí con constancia y lánguido fervor otoñal a un profesor que expresaba estas ideas de forma sublime, y que insistía en jugar conmigo al gato y al ratón. Pasé mi última noche en Cáceres deambulando por sus calles, comiendo perrunillas y hablando hasta el amanecer con la que se convertiría en una de mis mejores amigas.

INVIERNO

Fui a la comarca de La Vera a trabajar con un etnógrafo irlandés que recogía información y documentación fotográfica sobre fiestas relacionadas con los rituales de invierno. Llegamos a Jarandilla de la Vera el día de la fiesta de Los Escobazos, con la noche incendiada por la lumbre de las escobas de brezo y las hogueras.

A la mañana siguiente Jarandilla y sus alrededores aparecieron bañados por una lluvia muy fina. Para hacer tiempo antes de algunas entrevistas que teníamos por la tarde, fuimos a visitar la zona. Camino del monasterio de Yuste, el verdor empapado de la Sierra de Gredos, moteado por el blanco de las torrenteras que se veían a lo lejos,  me recordó que tenía un alma verde que Madrid casi me había hecho olvidar y por primera vez sentí un pánico urgente por abandonar la metrópolis en la que vivía.

Después de visitar el monasterio y con el alma aún medio encogida por su sobria solemnidad (un lugar perfecto para morir), llegamos al cementerio alemán de Cuacos de Yuste, un sitio tan triste y desesperanzado como el recuerdo de una guerra. Y fue allí en medio de una bruma impalpable y de aquel ejército de pequeñas cruces negras en donde empecé una nueva etapa de mi vida, persiguiendo por toda Europa fantasmas de espíritus del bosque, restos de terrores campesinos ya olvidados e inquietantes fantoches enmascarados, siempre detrás de aquel infatigable buscador de sentimientos invernales. Cuatro años más tarde y a unos dos mil kilómetros de distancia, en otro cementerio alemán que también chorreaba tristeza en las montañas de Wicklow, me di cuenta de que el amor y mis rituales de invierno habían terminado.

PRIMAVERA

Y una vez más he vuelto a Extremadura, esta vez interpretando a María Estuardo en un drama moderno sobre vampiros en la Inglaterra isabelina.

Proserpina
Proserpina, por Dante Gabriel Rossetti
Wikimedia Commons

Aunque hace ya dos años que decidí dedicarme durante cuatro meses al año al mundo de la farándula, aún no estoy segura de que pueda sobrevivir económicamente a esta aventura, pero soy feliz con esta doble vida de intérprete.

Y hasta aquí he llegado, hasta este bellísimo atardecer de primavera metida hasta la cintura en las aguas de un arroyo muy cerca del Guadiana, el que quedó marcado en mi memoria de niña como el río más poético del mundo, porque mientras los demás nacían, engordaban y se morían, el Guadiana desaparecía bajo tierra y renacía en un lugar llamado Los Ojos del Guadiana.

Miro hacia la izquierda y veo el increíble muro de la presa romana dedicada a Proserpina; siento la inmensa serenidad engañosa del Sur y se me ocurre que el progreso, ese devorador de tiempo y creador de tragedias, también puede ser, además de práctico, hermoso. En la orilla está Poto, el chico del sonido y las luces, que es además nuestro maquillador y auxiliar de utilero. Poto es dócil e inteligente, gracias a él y a las oportunas sonrisas que me dedica, sobrevivo cuando los ánimos pretenciosos y sabiondos de algunos de mis compañeros se enjambran, y las divas salen a reclamar su condición esencial en lo que es obra de todos. Cuando se ponen de aquella manera, procuramos no hacerles caso; Poto es de Porriño, aunque extremeño por parte de madre, y me entiende.

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Lleva traduciendo profesionalmente casi 25 años, siendo su relación con la traducción una de las más duraderas y estables de su vida. Formada originalmente en la noble y vagabunda escuela de los historiadores, ha ejercido desde currita de inventario hasta jefa de departamento en un museo, guionista de documentales, investigadora etnográfica, periodista esporádica y profesora sin paciencia. Empezó en el mundo del doblaje y actualmente lleva un tiempo fondeada en las embalsadas aguas del mundo empresarial (software y materiales de gestión empresarial, imagen corporativa), la localización y la traducción de marketing. Sueña a menudo con navegar en alta mar hasta las aguas del Ártico y disfrutar de la palidez luminosa del norte extremo y de sus auroras boreales.

Cruz Losada
Lleva traduciendo profesionalmente casi 25 años, siendo su relación con la traducción una de las más duraderas y estables de su vida. Formada originalmente en la noble y vagabunda escuela de los historiadores, ha ejercido desde currita de inventario hasta jefa de departamento en un museo, guionista de documentales, investigadora etnográfica, periodista esporádica y profesora sin paciencia. Empezó en el mundo del doblaje y actualmente lleva un tiempo fondeada en las embalsadas aguas del mundo empresarial (software y materiales de gestión empresarial, imagen corporativa), la localización y la traducción de marketing. Sueña a menudo con navegar en alta mar hasta las aguas del Ártico y disfrutar de la palidez luminosa del norte extremo y de sus auroras boreales.

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