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Entre las letras y las ciencias: a medio camino y un paso

Cuando comento que, además de ser intérprete de conferencias, me dedico a la traducción científica, a veces mis amigos enarcan la ceja:

—La terminología científica es difícil, pero la traducción automática está mejorando a pasos agigantados. ¿No te da miedo que algún día te sustituyan las máquinas?

La respuesta corta es no; la respuesta larga intento darla en este artículo.
Maya Busqué

Maya Busqué Vallespí es licenciada en Traducción e Interpretación (Universidad Pompeu Fabra, 2000), traductora-intérprete jurada de inglés-castellano (MAE, 2001) y máster en Interpretación de Conferencias (Universidad de Vic, 2001). Trabaja como profesional autónoma desde el año 2001. Se dedica principalmente a la interpretación simultánea, consecutiva y de enlace, pero también a la traducción de divulgación científica. Trabajó diez años en Redes, el programa de Eduard Punset, y en la actualidad colabora con un programa de ciencia de La 2 presentado por Pere Estupinyà: El cazador de cerebros.

Es socia fundadora de APTIC (la Asociación Profesional de Traductores e Intérpretes de Cataluña) y ha ocupado varios cargos en la junta directiva de la asociación, incluido el de presidenta. En la actualidad representa a APTIC en Vértice y forma parte de la Comisión de Exteriores, la Comisión de Traducción Científica y la Comisión de Actividades. También es socia de Asetrad.

En lo que concierne a la terminología, hoy en día disponemos de una enorme cantidad de recursos: desde el imprescindible Libro rojo de Fernando Navarro hasta el Cercaterm del TERMCAT, amén de infinidad de diccionarios, glosarios, bases de datos y foros de consulta. Pese a todo, la neología sigue siendo un reto: la mayoría de los conceptos científicos se acuñan en inglés y los traductores, igual que los periodistas y los comunicadores científicos, solemos encontrárnoslos cuando todavía se están gestando.

En el mundo ideal, el lenguaje científico debería ser preciso, objetivo, unívoco, denotativo y monosémico: a cada significado debería corresponderle un solo significante. Sin embargo, a menudo coexisten varias traducciones para un mismo concepto, además del anglicismo crudo, que también suele estar muy extendido. Esta ambigüedad puede confundir al público no experto: si ya es difícil comprender algunos conceptos científicos, más confuso todavía resulta encontrarlos traducidos de cuatro o cinco formas diferentes en los medios de comunicación. Los traductores científicos debemos ser conscientes de ese problema y usar la terminología de una forma rigurosa, sistemática y coherente.

En realidad, la terminología suele ser lo más fácil de resolver de cualquier texto o discurso científico. Cuando me preguntan por mi trabajo, intento explicar (con más o menos capacidad de convicción, según el día) que lo importante para traducir es detenerse donde procede, documentarse, comprender los conceptos científicos y comunicarlos de una forma clara; en resumidas cuentas, valernos de lo que nos diferencia de las máquinas y pensar.

En el mundo ideal, el lenguaje científico debería ser preciso, objetivo, unívoco, denotativo y monosémico: a cada significado debería corresponderle un solo significante.

Me gustaría ilustrarlo con una frase, extraída de una entrevista al investigador japonés Shinya Yamanaka que traduje hace unos meses para el programa El cazador de cerebros:

One Japanese scientist has already started a clinical trial using iPS cells for age-related macular degeneration.

El cazador de cerebros

En apenas 16 palabras hay muchísimo por comentar. Para empezar, cabe preguntarse por qué el entrevistado usa one en lugar de a para referirse a su colega. ¿Realmente se trata de un estudio realizado por una sola persona? ¿El entrevistado empieza la frase así porque el inglés no es su lengua materna? ¿O está intentando destacar, como me inclino a pensar, que es un ensayo excepcional o pionero?

Luego está, por supuesto, el término iPS cells. De hecho, Yamanaka obtuvo el premio Nobel de Medicina por su descubrimiento de estas células. En inglés, iPS alude a induced Pluripotent Stem Cells. En castellano, la sigla suele dejarse igual («células iPS»), pero para desarrollarla hay varias posibilidades: la más común (y la que yo propuse) es «células madre pluripotentes inducidas», como figura en la entrada de la Wikipedia. «Pluripotente» también es el adjetivo que recoge el cuadro S7 del Diccionario de dudas y dificultades de traducción del inglés médico de Fernando Navarro, que recomienda traducir pluripotent stem cells por «citoblastos pluripotentes». Me pareció que «citoblastos» tenía un registro demasiado elevado para un contexto divulgativo (la adaptación del registro a la cultura científica del receptor es una de las peculiaridades de la traducción de textos divulgativos que las máquinas no dominan), pero consideré que el término «pluripotente» quedaba confirmado. De todos modos, al mandar la traducción añadí un comentario para advertir a los redactores de que los científicos españoles también usan el adjetivo «pluripotenciales». Al final, la directora de producción del programa me comentó que la opción que más les gustaba no era ni «pluripotente» ni «pluripotencial», sino «de pluripotencialidad inducida». Y así se quedó… o así debería haberse quedado, porque otros expertos españoles entrevistados en el mismo capítulo usaron «pluripotentes» y «pluripotenciales», por lo que, al final, se acabaron mezclando las tres variantes. Para rematarlo, el doblador pronunció la sigla mal. ¡Ay!

Pero volvamos a la frase: One Japanese scientist has already started a clinical trial using iPS cells for age-related macular degeneration. Hemos visto ya los problemas con one y los problemas con iPS cells. La dificultad de la frase no estriba ahí.

Me atrevo a decir que el traductor científico siente una profunda curiosidad por los temas sobre los que traduce y disfruta especialmente con la fase de investigación.

No me cansaré de recalcar la importancia de la documentación en la traducción de la ciencia. Es imposible traducir sin entender. Es más, me atrevo a decir que el traductor científico siente una profunda curiosidad por los temas sobre los que traduce y disfruta especialmente con la fase de investigación, puesto que no puede hacer bien su trabajo sin documentarse. Si la ciencia se basa en el método científico, la traducción científica se basa en la duda metódica. Detenerse, buscar, comprobar. Volver a detenerse. Reflexionar sobre las palabras, pero sobre todo interiorizar las ideas para poder reformularlas. Seguro que cada uno tiene su estrategia para esa última parte. La mía, cuando estoy traduciendo sobre un tema complejo en un contexto divulgativo, es imaginar que se lo estoy contando a mi hermana o a una buena amiga. Un recurso extremadamente simple, pero que me ayuda a mantener la claridad y el registro.

Cuando estaba traduciendo la frase de marras, aún no sabía el lío que se originaría con iPS cells. En ese momento tenía muy claro que usaría «células iPS». La degeneración macular tampoco me planteaba demasiado problema, pero tenía que decidir si primaba el criterio de uso y usaba «asociada a/con la edad» (no hacía ni dos meses que había interpretado en un congreso sobre retinopatías y todos los oftalmólogos lo llamaban así) o bien seguía las recomendaciones de Navarro y optaba por «senil».

No obstante, aunque el ensayo clínico oftalmológico se mencionaba de pasada, sentí una necesidad imperiosa de saber quién lo había llevado a cabo, si de verdad era one scientist, qué resultados había obtenido, etcétera. Bingo. A un solo clic de distancia, con solo teclear Japanese clinical trial using iPS cells for age-related macular degeneration, el primer resultado de Google me mostró el nombre y la foto de… la investigadora. La ciencia, afortunadamente, ya no es solo cosa de hombres.

Mi reacción inicial fue preguntarme, recordando la coletilla de mis amigos cuando les digo a qué me dedico, qué haría una máquina en mi lugar. Pues bien, el traductor de Google, por ejemplo, nos propone: «Un científico japonés ya comenzó un ensayo clínico utilizando células iPS para la degeneración macular relacionada con la edad». DeepL afina un poco más: «Un científico japonés ya ha comenzado un ensayo clínico con células iPS para la degeneración macular senil». Pero ningún traductor automático puede resolver bien ese scientist, porque averiguar si corresponde a un hombre o a una mujer es algo que solo podemos (y debemos) hacer los traductores humanos.

Ningún traductor automático puede resolver bien ese scientist, porque averiguar si corresponde a un hombre o a una mujer es algo que solo podemos (y debemos) hacer los traductores humanos.

A continuación, decidí realizar un experimento: mandé la frase a un pequeño grupo de traductores pidiéndoles que la tradujeran. La mayoría me devolvieron propuestas con la terminología correcta, pero casi todos cayeron en la trampa y tradujeron scientist por «científico». Una sola compañera respondió bien: «científica japonesa». Otros dos colegas se dieron cuenta del problema, pero ambos se quedaron a un paso de resolverlo: «lo primero sería buscar en internet o preguntar al cliente si se trata de una científica o de un científico», me dijo una. «Menos mal que normalmente no tenemos que traducir frases sueltas sin contexto», mencionó el otro. Pero en este caso, la frase ya llevaba el contexto incorporado y la confirmación se encontraba con una simple búsqueda en Google.

El experimento me dejó un poco preocupada porque, aunque dio lugar a un debate muy interesante, hubo quien afirmó que traducir scientist por «científico» no era un error y que los traductores no estábamos obligados a comprobar ese tipo de cosas «o nuestras traducciones se eternizarían». Me pregunto qué opinarían esas mismas personas si cada vez que el término scientist pudiera corresponder a un hombre o a una mujer, lo tradujéramos en femenino sin investigarlo. Seguro que entonces ya no les parecería tan bien. O al menos empezarían a darse cuenta del problema.

Me pregunto qué opinarían esas mismas personas si cada vez que el término scientist pudiera corresponder a un hombre o a una mujer, lo tradujéramos en femenino sin investigarlo.

Huir de los sesgos sexistas y no traducir sistemáticamente términos como scientist, researcher y biologist en masculino no me parece un capricho ni una pérdida de tiempo, sino una necesidad y un acto de justicia. De hecho, iría más allá: si queremos seguir siendo relevantes, los traductores tenemos que aportar valor añadido y detenernos allá donde las máquinas no se detendrán nunca. Y la investigación —desde la más elemental, como la que requiere la frase del ejemplo, hasta la más compleja— no solo nos dota de sentido y relevancia, ¡también es la parte más divertida y gratificante de traducir ciencia!

Cuando, hace casi 15 años, me propusieron traducir una entrevista a Paul Davies (uno de mis astrofísicos favoritos) para el programa Redes, sentí en el estómago como si un enanito empezara a dar saltos de alegría. Aunque me había decantado por las letras, llevaba obsesionada con la astronomía desde la infancia. Me costaba creer que me dieran la oportunidad de expresar en mi idioma unas ideas tan fascinantes. Más adelante llegaría el reto de traducir a Robert Sapolsky, Janna Levin, Max Tegmark, Sherry Turkle, Benoît Mandelbrot, Lisa Randall, Oliver Sacks… pronto la lista empezó a ampliarse tanto que el enanito interior ya no saltaba: bailaba.

He tenido el enorme privilegio de trabajar para divulgadores de la talla de Eduard Punset o Pere Estupinyà y comunicadores científicos como Sebastián Grinschpun, Luis Quevedo, Miriam Peláez u Octavi Planells. Con los años, algunos han llegado a decirme que lo que más valoraban de mis traducciones eran los comentarios que añadía a los guiones. Al principio, usábamos un código de colores: marcaba en verde las frases que vertebraban la entrevista; en fucsia, las más emocionantes, los puntos de encuentro entre la ciencia y la poesía, que llamábamos incluso «frases camiseta» porque las imaginábamos estampadas. Luego llegaron los comentarios insertados en el texto con anotaciones de lo más variopintas: digresiones terminológicas, claro, pero también advertencias sobre información mal citada, estrellas que no estaban a la distancia indicada, guerras en países remotos que empezaban en un año diferente al mencionado, etcétera. En cualquier caso, la fase de documentación ha sido siempre, con mucho, la que más he disfrutado.

Como dice Pilar Comín, el traductor científico no tiene que estar a medio camino entre las letras y las ciencias, sino a medio camino y un paso.

Los traductores científicos ejercemos de puentes entre las letras y las ciencias. Tenemos que conseguir que los científicos y divulgadores nos acompañen en el empeño de unificar y sistematizar la terminología especializada, pero también debemos acercarnos nosotros a la ciencia y comprenderla para ser capaces de darle voz. La emoción se contagia: si a nosotros nos entusiasma la ciencia, la comunicaremos mejor, porque transmitiremos esa emoción. Como dice Pilar Comín, el traductor científico no tiene que estar a medio camino entre las letras y las ciencias, sino a medio camino y un paso.

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