La Linterna del Traductor
Colofón: Las ilustraciones de este número

De cómo me hice fotógrafo también

Xosé Castro
Xosé Castro

Xosé Castro. Aprendí inglés, porque, en los veranos de mi infancia, mi pandilla de amigos estaba formada por hijos de emigrantes gallegos en los Estados Unidos. Creo que ahí empezó todo. Me mudé a Madrid en 1989 y abandoné mi carrera de Geografía e Historia cuando me hice traductor y corrector autodidacta en 1990. No nos engañemos: me hice traductor también, porque era rentable. Además, desde 1995, imparto charlas, cursos y talleres —en España y América, sobre todo— sobre traducción especializada, corrección, crematística y comunicación.

Siempre he sido lector compulsivo y amo el lenguaje y la etimología. A eso le debo gran parte de mi éxito profesional. No tengo coche, pero tengo una biblioteca con más de dos mil libros.

He trabajado en docenas de traducciones de programas informáticos, de documentos sobre tecnología, informática, marketing, publicidad... series y películas para cine y televisión. Codirigí la sede española de una agencia multinacional de traducción, lo que me sirvió para entender mejor lo que quiere un cliente.

Aun así, en mis principios, cometí errores garrafales, fruto de la edad, la osadía y la falta de formación reglada. Sigo cometiéndolos, pero creo que en menor grado. También me sirven ahora para recomendar a los traductores noveles lo que no deben hacer. Me apasiona mi profesión y hago un gran esfuerzo por usar mi limitada exposición para darle visibilidad en medios, por animar a mis colegas a competir en calidad... y recordarles que el techo de cristal lo marca la cultura y la lectura.

Soy miembro de Asetrad y de UniCo, y, desde 1995, de la ATA.

Soy el sexto de siete hermanos. Mi padre tenía un par de cámaras fotográficas e invirtió el noventa por ciento de sus carretes en el primogénito. Un nueve por ciento de las fotos las protagonizaban las dos hermanas siguientes, y el resto... tuvimos que apañarnos con un mísero uno por ciento. El resumen es fácil: apenas me sacaron diez fotos desde que nací hasta que cumplí los dieciocho. Lo sé con exactitud porque fui el encargado de digitalizar todo el fondo fotográfico familiar para que no se perdiera.

Salvo una en la que aún era un bebé, puedo recordar qué pasó, a grandes rasgos, el día que me sacaron cada foto.

Las fotografías tienen un poder especial. No nos cansamos de mirarlas ni de hacerlas. Salvo una en la que aún era un bebé, puedo recordar qué pasó, a grandes rasgos, el día que me sacaron cada foto. De ahí mi obsesión con la fotografía. Me ayuda a recordar.

Camino del congresoCon uno de mis primeros sueldos me compré una Nikon F70. Y la llevaba siempre conmigo. La llevé a Praga de vacaciones, me despisté en una tienda, y un tipo decidió llevarla siempre consigo desde ese momento. Tras un periodo de luto y pena, me pasé a la fotografía digital, que en aquel entonces era una porquería —en lo que a calidad se refiere—, pero, eh, podías grabar las fotos en un disquete. Sí, de esos que ahora uso de posavasos vintage.

Dentro de mi vida profesional (tan solitaria y tediosa, a veces) he intentado convertir mis aficiones en fuentes de ingresos. Todo empezó con la traducción, que me apasiona, y empecé a practicar de manera autodidacta, estudiando por mi cuenta. El otro día me dijeron que era «traductor empírico», que es un eufemismo para definir lo que yo llamo «Dejé una carrera a medias para dedicarme a una profesión que aún no tenía estudios universitarios y me tuve que buscar la vida». Me di de alta como autónomo en enero de 1990.

Me siento orgulloso e ilusionado de saber que más de medio centenar de personas —la mayoría, traductores— eligieron como foto de perfil un retrato que yo les hice.

Aun siendo de mis aficiones más antiguas, la fotografía fue la última que convertí en una fuente de ingresos. Me di de alta como fotógrafo hace unos diez años, pero como mi verdadera profesión es la de traductor y corrector, me permito el lujo de aceptar únicamente los trabajos que me gustan. Me siento orgulloso e ilusionado de saber que más de medio centenar de personas —la mayoría, traductores— eligieron como foto de perfil un retrato que yo les hice.

Visiones desde aquellos lugares dispares en que acabé una traducciónComo fotógrafo, lo que más me gusta es hacer retratos. Aquí hay una pequeña muestra. Entre los proyectos fotográficos más estimulantes en los que he tenido el honor de participar está una serie de retratos a personalidades de la cultura y de la ciencia para un programa de entrevistas de Canal Cultura presentado por David Cantero. Otro de los trabajos que supusieron un reto fue una serie de reportajes que hice, a lo largo de dos años, junto a Sandra Blasco. Viajamos por toda España retratando y entrevistando a conocidos chefs; la mayoría, galardonados con estrellas Michelin. Los reportajes se publicaron en varios medios, como Hacid Magazine y, sobre todo, en Orden45.

Dentro de la fotografía, me gusta, en especial, retratar a aquellas personas que creen no ser fotogénicas o que dicen salir siempre mal en las fotos.

Dentro de la fotografía, me gusta, en especial, retratar a aquellas personas que creen no ser fotogénicas o que dicen salir siempre mal en las fotos. Me gustan esos retos. No en vano, una sesión fotográfica tiene algo de desentrañar, de averiguar, de documentarte... de terapia. La traducción, también. El buen retrato —ya sea una pintura o una fotografía— es aquel que logra plasmar una buena parte de la identidad del sujeto en una imagen limitada y estática. El retrato debe transmitir la vivacidad y el carácter —detenidos en el tiempo— de una persona que, lógicamente, expresa una gran variedad de emociones.

Un retrato es un relato.

Por eso, a mi modo de ver, la fotografía guarda esa similitud con la traducción: trasladamos las emociones, ideas y conceptos ajenos de tal modo que los lectores o espectadores los puedan reconocer y sentir como próximos. Un retrato es un relato.

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