La Linterna del Traductor
Vena literaria

Humana

Miguel Jelelaty Obeid
Miguel Jelelaty
Miguel Jelelaty Obeid es intérprete de conferencias desde el año 1999. Fue profesor de interpretación en la UPF entre el 2006 y el 2012 y actualmente imparte el módulo de «mundo árabe» en el Máster de Protocolo de la URL. Da también talleres de interpretación en la SFT y otras organizaciones. Es bajo-barítono, no cree en dios y practica la natación para mantener su nivel de colesterol a raya. Habla siete lenguas y sueña con añadirles el griego. Le chifla la danza y le espantan los deportes de competición. Es consumidor compulsivo de cacao puro africano y de almendra, piñón, nuez y aceituna del mediterráneo. Es miope. Vive en Barcelona, viaja constantemente y quiere morir en una isla griega.

Por fin, ya puede descansar. Dieciocho meses de locura y sufrimiento la han dejado exhausta y este descanso se lo merece. Se acabaron las esperas desesperantes, la angustia permanente, el peligro que acecha en cada esquina, las tripas revueltas por el hambre, la garganta acartonada por la sed, las llagas en los pies, el frío, el calor, la desesperación, las mafias desalmadas y el horror cotidiano. Ya le habían advertido antes de marcharse que el viaje no iba a ser un paseo pero era joven, tenaz y la empujaba un optimismo irrefrenable que suavizaba las miserias, edulcoraba el sufrimiento y maquillaba la violencia. En su mente, miserias y sufrimiento no eran más que simples etapas en el camino que la llevaría inexorablemente a la luz. En su mente, miserias y sufrimiento no eran más que simples etapas en el camino que la llevaría inexorablemente a la luz. De hecho, el optimismo la mantuvo serena durante aquella noche sin brisa, sin grillos, sin cielo y sin estrellas en la que cerró los ojos, ajena al dolor que le provocaban los tres bárbaros que jadeaban encima de su cuerpo inerte. El optimismo la recargaba siempre de energía y escondía la infamia que la rodeaba. Lo único que ocupaba su mente era aquella costa anhelada donde las chicas jóvenes, inteligentes, ambiciosas y con estudios como ella tenían trabajo, vestían ropa elegante y salían con los amigos. Ha tenido que esperar dieciocho largos meses para llegar, por fin, a esta costa. No recuerda las horas de pelea desesperada contra las olas para acabar varada aquí, en esta orilla soñada. Es que después de días de navegación, la patera se había hundido, su vida había dado un vuelco y lo único que le quedaba era nadar, arrancar fuerzas de donde ya no las había y no olvidarse de respirar con el optimismo como único compañero de viaje. Un optimismo que la empujó y que la sostuvo durante horas y que la dejó exangüe en la arena. Ahora oye voces y vislumbra miradas bondadosas que la tranquilizan. Las voces le hablan suavemente en una lengua desconocida. Ella ya tiene su discurso ensayado y su mente extenuada intenta ordenar las palabras que relatarían su historia. No quiere hablar de sus dieciocho meses de infierno ni de las desgracias que ha sufrido. Espera solamente poder demostrar a quien quiera escucharla que es culta, valiente y trabajadora. Espera solamente poder demostrar a quien quiera escucharla que es culta, valiente y trabajadora. Dirá que no le asustan las tareas por muy duras e ingratas que sean. Ya tendrá tiempo para demostrar que es capaz de aprender, prosperar y romper la maldición que durante tantas generaciones ha anegado a los suyos. Las voces que la rodean se van haciendo cada vez más suaves. Ya no siente el cansancio, y el hambre deja poquito a poco de mascarle el estómago. Intenta pensar en su madre, en la aldea, en la universidad, en esta costa que por fin la acoge, en las chicas libres y felices, en su propio futuro, en sus sueños y en todo lo que quiere vivir a partir de ahora pero pensar le cuesta cada vez más. Las voces se vuelven murmullos inaudibles y sus párpados ya no consiguen entreabrirse para vislumbrar las sonrisas compasivas de sus salvadores. Entonces para, no lucha más y se deja ir. Por fin, ya puede descansar.

Volver arriba