La Linterna del Traductor
Colofón: Las ilustraciones de este número

Una imagen vale más que mil palabras... (O no)

Javier Mallo
Javier Mallo

El poema me observa
a la altura de la ceja
y la mirada me escribe
como dolor de be(r)so.

Javier Mallo nació en Vigo. Empezó a estudiar Filología en Salamanca por convicción y, al mes, se cambió a Traducción por casualidad y mitomanía. Por si una licenciatura no fuera bastante, se enredó en un doctorado. Como (por suerte) no le dieron una beca de investigación, le tocó ponerse a trabajar como autónomo, a hacer la objeción de conciencia y a redactar una tesis doctoral a marchas forzadas. Leyó cosas sesudísimas durante dos años y, un día, en la calle del Espejo, decidió que, si aquellos señores tan barbados podían, él también. Defendió su tesis en un caluroso junio de 2000 con gran éxito entre crítica y público (mayormente su propia familia que se desplazó en masa). Dejó la vida universitaria y se fue a probar el mundo de las multinacionales de la «localización» en Irlanda. Se especializó en las «revisiones en nombre del cliente» y, al cabo de unos años, se trajo el trabajo para España. Ahora es autónomo, inquieto y babylancer. El resto prefiere contarlo en persona…

«Una imagen vale más que mil palabras», decían.

El traductor que había aprendido a fotografiar flores en el jardín de su casa con la cámara de su madre (que solo le daba presupuesto para revelar un carrete de 36 al mes), que se compró una cámara réflex con dos objetivos y empezó a fotografiar montañas, que ahora pasea por las calles sacando fotos con el móvil y jugueteando o no con los filtros, que marida imágenes y palabras… Ese traductor nunca se dedicó a la contabilidad de los píxeles ni de los céntimos. Realmente miento: con quince años, sacaba fotos con una libretita en mano en la que apuntaba la velocidad y la apertura del obturador de cada foto que tomaba y, con algunos más, empezó a hacer facturas de palabras y céntimos.

Pues entre palabras propias y ajenas, e imágenes robadas a instantes de la vida, este traductor va haciendo clic, con el ratón o con el disparador, en busca de la imagen que sea un 100 % de algún verso o de la rima que concuerde perfectamente con un brillo o un destello. Porque hay una sinestesia subterránea entre el contorno de las palabras que nos hablan y los perfiles de las imágenes que nos asaltan alrededor.

Sombra del fotógrafo

Proyectamos nuestras sombras
para tomar la fotografía
de nosotros mismos…
La luz como metáfora del olvido.

Y, por alguna razón, la fotografía se unió para siempre a la palabra en la poesía. Las palabras nos hablan al oído, igual que las imágenes nos cosquillean el nervio óptico. En mezcolanza de los sentidos, el fotógrafo-poeta oye una punzada cerca del silencio e intenta captar la luz con su voz.

Por eso, hace muchos años, hubo un poema de luz y fotografía:

Sólo tu cuerpo, sí, sólo tu cuerpo.
Sólo tu cuerpo
y la luz que se cuela por las persianas
destruyendo el sueño de tu frente.
Sólo tu cuerpo, sí, sólo tu cuerpo.
Sólo tu cuerpo
y los hombres que te gritan
entre escombros y cemento
en las noches y los días venideros.
Tu cuerpo, sí, tu cuerpo.
Tu cuerpo
y las respuestas que la camisa,
con la corbata que no llevo,
dan a la vida fugitiva
en los amaneceres rotos
por el canto del gallo iridiado.

Sólo mi cuerpo, sí, sólo mi cuerpo.
Sólo mi cuerpo
o la ensoñación en tus mejillas
y los labios de la ostra perlífera.
Sólo mi cuerpo, sí, sólo mi cuerpo.
Sólo mi cuerpo
o tus manos inimaginables
en mi pecho hundido por la depresión
de las calles que no me llevan a ti.
Mi cuerpo, sí, mi cuerpo.
Mi cuerpo
descompuesto en la tumba futura
que se hace presente
en el olvido de tus noches...
y mis manos inútiles.

Tu cuerpo y mi cuerpo,
ambos perdidos en uniones insensibles,
en amnesias blanquecinas y alcohólicas.
Tu cuerpo y mi cuerpo,
que encajaron en camas de granito
pulido por el pico de la gaviota
y cincelado con una nutria.
(Su sangre transluce en las piedras y el cemento)

Y pedías olvido,
auroras boreales que caían sobre mis manos
extendidas;
y pedías muerte,
amaneceres marchitos antes de nacer;
pero tus manos y tu pelo
nunca olvidaron la sonrisa
que huyó de la fotografía
robando el color.

Salamanca, octubre de 1992

Y ahora, muchos años después, las palabras me siguen asaltando de forma inquieta y multilingüe; se mezclan con los recuerdos y con los olvidos de algunos momentos. Las fotografías no fijan los recuerdos, sino que les dan una sobrevida donde la palabra se refleja en un espejo (pero arañando el azogue para romper el espejismo). Las palabras y las imágenes son huellas que nos remiten a la mano que las abandonó, pero siempre de forma diferida y diferente. Entonces, el fotógrafo-poeta vuelve al poema-imagen tan solo para descubrir que la tinta, el píxel y el tiempo han conjurado (DELE: 4.ª y 6.ª) el recuerdo. Porque la poesía y la fotografía son cargas de profundidad que dejamos a nuestro paso y se van hundiendo en un océano hasta que, en algún tiempo y en algún lugar, algo las hace detonar y afloran entre la espuma mentando/mintiendo recuerdo.

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