La Linterna del Traductor
Interpretación: Experiencias que marcan

Mito y realidad de la interpretación en un organismo internacional

Sergio Marcelo Rodríguez Rivollier

«Muchos, después de ver a Nicole Kidman en la película La intérprete, han pensado seguramente que trabajar para la ONU es un premio al que no todos los intérpretes pueden aspirar». ¿Realidad o pura ficción? El intérprete de conferencias Marcelo Rodríguez Rivollier presenta su experiencia como traductor e intérprete de francés, inglés, español y portugués del Colegio Interamericano de Defensa de la Organización de Estados Americanos (OEA), en Washington D. C.

Marcelo Rodríguez Rivollier
Sergio Marcelo Rodríguez Rivollier estudió Traducción e Interpretación y Letras Modernas y cursó un máster en Interpretación de Conferencias en Cluny I.S.E.I.T. Obtuvo también la licenciatura en Traducción e Interpretación en la Universidad Europea de Madrid. Actualmente es doctorando del Programa de Doctorado en Estudios Franceses en la Universidad Complutense de Madrid, donde está preparando una tesis doctoral sobre la interpretación simultánea francés-español. Lleva veinte años trabajando como intérprete autónomo en todas las modalidades de interpretación. De 2013 a 2017 fue traductor e intérprete de francés, inglés, español y portugués del Colegio Interamericano de Defensa de la Organización de Estados Americanos (OEA), en Washington D. C. Es profesor asociado de Interpretación simultánea y consecutiva español<>francés en el grado de Traducción e Interpretación de la Universidad Autónoma de Madrid (cursos 2017-18 y 2018-19).

Hay mucha gente, incluso alumnos de la carrera de Traducción e Interpretación, que piensa que trabajar en un organismo internacional es la culminación de la carrera profesional de un intérprete. Yo mismo he pensado o fantaseado en muchas ocasiones, por qué no decirlo, que trabajar en la ONU se convertiría en el zénit interpretil (permítaseme el neologismo, o la invención pura y dura si se quiere).

Muchos, después de ver a Nicole Kidman en la película La intérprete, han pensado seguramente que trabajar para la ONU es un premio al que no todos los intérpretes pueden aspirar. Muchos otros, tras haber leído Corazón tan blanco del gran Javier Marías, seguramente han pensado que la escena en la que el protagonista de la novela hace decir a los dos dignatarios para los que está interpretando lo que él considera más interesante para la política internacional es una escena muy divertida que da una imagen apasionante de la interpretación.

Muchos, después de ver a Nicole Kidman en la película La intérprete, han pensado seguramente que trabajar para la ONU es un premio al que no todos los intérpretes pueden aspirar.

Sin embargo, es una escena más bien lejana de la realidad. Se trata de un intérprete que, según las propias palabras de Marías, trabaja dos meses para organismos internacionales y luego tiene dos meses de asueto. Y lo dice así, textualmente, como si trabajara en todos a la vez o como si todos fueran iguales e hicieran lo mismo.

Recuerdo una anécdota que me ocurrió hace varios años mientras trabajaba para un grupo de guionistas y escritores europeos en Irlanda y que explica de alguna manera cómo se alimenta el mito del intérprete todopoderoso. Resulta que uno de los participantes de la reunión me dijo, durante una de las pausas del café en la que estábamos charlando animosamente, que estaba escribiendo una novela sobre un intérprete al que consideraba el hombre más poderoso del mundo (¿y por qué no «la mujer»?, pienso yo, ya que la profesión de intérprete es mayoritariamente femenina; pero esto es harina de otro costal y tema, quizás, de otro debate) porque tenía a su disposición la posibilidad de modificar lo que sueltan por sus boquitas los líderes políticos. Y hay también mucha gente que piensa que la única organización internacional digna de dicho nombre es la Organización de las Naciones Unidas. Y de esta equivocación intentaré escribir aquí.

Organizaciones internacionales hay muchas y no todas son iguales, pero lo que sí es verdad es que en todas se exigen unos estándares éticos y profesionales muy altos.

En todo este marasmo de ideas en el que se entremezclan la realidad y el mito, hay un aspecto que, sin duda, tenemos que resaltar. Trabajar como intérprete en una organización internacional da prestigio. Organizaciones internacionales hay muchas y no todas son iguales, pero lo que sí es verdad es que en todas se exigen unos estándares éticos y profesionales muy altos. Pero ¿no ocurre lo mismo en el mundo de los intérpretes freelance? La respuesta es un aplastante sí. Eso es lo que tiene el mito: que la realidad es aumentada hasta límites insospechados, y no como la tecnología de la realidad aumentada que nos permite en ocasiones ver la realidad más real que nunca.

No quiero aquí echar por tierra las ventajas de trabajar para una organización internacional, porque sería cínico por mi parte después de haber estado tres años y medio trabajando en una, sino que me gustaría poner las cosas en perspectiva.

Edificio de la OEA

Sede de la OEA en Washington

Mi experiencia de trabajo como intérprete en uno de los organismos de la Organización de los Estados Americanos, o como se la llama comúnmente, OEA, ha sido una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida profesional y, desde el punto de vista personal, los beneficios intangibles numerosos.

Pero no todo es color de rosa. Tres años y medio de interpretación simultánea todos los días, bueno, salvo sábados y domingos… —siempre y cuando no estuviéramos en viaje oficial, donde las jornadas eran interminables y los domingos no eran fiestas de guardar, sino un día laboral como cualquier otro—, te dan un rodaje y una resistencia digna de cualquier fondista olímpico que se precie.

Llegar a trabajar todos los días a las ocho de la mañana para abrir el micro puede hacer palidecer a un empleado de banco que tiene que abrir la ventanilla a la misma hora, pero os aseguro que, al cabo de varios años de hacer lo mismo, tu compañero de cabina no es eso, un compañero, sino un salvavidas al que aferrarte para no asesinar al ponente de turno. Es verdad que el o la ponente puede ser una presidenta, un primer ministro, un almirante de la marina de los EE. UU. o incluso el mismísimo papa de Roma, pero a las ocho de la mañana de un lunes, el plato no es gustoso de comer, os lo aseguro.

Llegar a trabajar todos los días a las ocho de la mañana y tener que interpretar cómo funciona un barco de guerra, o cuál ha sido la estrategia para combatir el cambio climático en el Caribe no es algo que uno hace con mucha alegría de vivir, más bien lo contrario.

Llegar a trabajar todos los días a las ocho de la mañana y tener que interpretar cómo funciona un barco de guerra, o cuál ha sido la estrategia para combatir el cambio climático en el Caribe no es algo que uno hace con mucha alegría de vivir, más bien lo contrario. Es verdad, de todas formas, que al acabar el día y cuando los participantes preguntan en función de lo que el o la intérprete ha interpretado a las ocho de la mañana, el corazón se te ensancha inexplicablemente.

Esto que le ocurre a un intérprete de plantilla en una organización internacional es lo que también viven los intérpretes freelance, aunque estos últimos con menos frecuencia. Por suerte, la mayor parte de los congresos empiezan, o al menos esta es mi experiencia, a partir de las nueve o nueve y media de la mañana, una hora mucho más normal, ¡dónde va a parar!

Pero no solo de horarios vive el hombre. El mito, entonces, de la estabilidad laboral de un intérprete de plantilla se ve descompensado con la obligatoriedad de cumplir un horario. En este sentido, se corre el riesgo de convertirse en funcionario, y encender el micro ya no tiene el mismo sentido de abrir la puerta a lo desconocido que tienen las conferencias a las que asistimos como intérpretes freelance.

Mención aparte merecen los ponentes. En una organización internacional como el Colegio Interamericano de Defensa (CID), donde tuve el honor de trabajar casi cuatro años, los ponentes son una especie a considerar. Al tratarse de una organización cuyos Estados Miembros son los países del Hemisferio —así es como se llama en la Organización al Continente Americano—, uno puede pensar que el español es la lengua mayoritaria.

Puede que lo sea, sí, pero no saquemos conclusiones precipitadas. Un argentino que dice: «Como dice mi abuelita, no confundas gordura con hinchazón», o el costarricense que deja caer: «Al mejor mono se le cae el zapote», o el uruguayo que afirma que «muchos botijas cruzan solos la frontera» ponen al intérprete, cuando menos, en un aprieto, si no en un cruce de miradas con el compañero o compañera de cabina, que, con una sonrisita disimulada, intentará tirar de contexto para poder dar una versión lo más aproximada posible en el idioma de llegada.

Lo que se convierte en un verdadero tormento para el intérprete es el portuñol, o espagués según se mire y se quiera poner de manifiesto que es un brasileño hablando español o un hispanohablante intentando hablar portugués.

Pero el español de América no es una complicación, salvo en las excepciones que acabo de relatar, sino que lo que se convierte en un verdadero tormento para el intérprete es el portuñol, o espagués según se mire y se quiera poner de manifiesto que es un brasileño hablando español o un hispanohablante intentando hablar portugués. Ni uno ni otro se dan cuenta de que para los intérpretes es mucho más difícil intentar descifrar lo que para ellos es totalmente comprensible en su cabeza. Por no hablar de la risa que te entra cuando lo que escuchas es español y una, en general, pobre imitación del acento brasileño. Por no hablar de cuando el ponente hispanohablante o francófono se empeña en hablar inglés. Los acentos son inenarrables, pero, eso sí, como sabes lo que quieren decir porque «piensan» en español o en francés y a sus esquemas mentales les suelen poner las palabras en inglés, no siempre con mucho acierto, la interpretación es mucho más fácil.

Pero ¿y los ponentes estadounidenses que quieren hablar en español? Pues lo mismo: suelen ser estructuras anglosajonas con palabras en español, lo que hace que la interpretación sea algo complicada. Esto sí que es un mito, y uno de los grandes. Hay infinidad de personas que siguen creyendo que interpretar es, sencillamente, cambiar palabras de un idioma a otro. Y todos los intérpretes, sean de una organización internacional o no, sabemos que nuestro oficio no consiste en esta «transcodificación», como afirman Danika Seleskovitch y la teoría interpretativa de la traducción.

El problema con el representante en cuestión era que decidió, y así lo dijo textualmente, que para hacer el trabajo a los intérpretes más interesante iba a mezclar los dos idiomas en su intervención.

Claro que no siempre esto es así con los ponentes. Recuerdo una situación estresante que viví interpretando a un representante, «diputado» diríamos en España, de uno de los estados de Estados Unidos en el Capitolio. El señor hablaba perfectamente inglés y español, y su discurso no era como lo que describí hace un momento, es decir, a sintaxis en inglés se le ponen palabras en español y listo, sino todo lo contrario. Su inglés era perfecta y sintácticamente inglés, y su español era perfecta y sintácticamente español. El problema con el representante en cuestión era que decidió, y así lo dijo textualmente, que para hacer el trabajo a los intérpretes más interesante iba a mezclar los dos idiomas en su intervención. Vale, no hay problema, pensé, te sigo. ¡Nunca imaginé, sin embargo, que iba a mezclar idiomas en la misma frase! Mientras él aprovechaba para lucir sus capacidades lingüísticas, los intérpretes sufrimos una verdadera pesadilla. Esto mismo le puede ocurrir a un intérprete freelance cuando va a una conferencia, es verdad, pero en una organización como la OEA esto es el pan de cada día, ya que, constantemente, todos sus integrantes se convierten en habitantes de Babel, y la diversidad de lenguas se hace patente en la vida cotidiana.

El mito, por tanto, de que en las organizaciones internacionales los discursos les llegan a los intérpretes con la antelación suficiente como para prepararse no es siempre realidad. 

No obstante, no todos los ponentes son así. En una organización internacional los ponentes son muy dispares y de distinto nivel, como en todos los órdenes de la vida, por cierto. Mi experiencia en el Colegio Interamericano de Defensa fue muy variada: desde Michelle Bachelet, que se dirigió a sus compañeros en términos bastante íntimos y personales ya que ella fue alumna del mismo en su momento, a embajadores, ministros y secretarios de Estado, pasando por el conocido diputado antes mencionado, y por el senador y candidato presidencial John McCain, a quien tuve que hacerle chuchotage durante el turno de preguntas y respuestas —puedo asegurar que tener a unos palmos de ti a un personaje de semejante talla política y moral impone muchísimo respeto—; o el ministro de una de las islas del Caribe con unas rastas que le llegaban casi a la cintura y cuyo acento en inglés fue para todos motivo de dificultad, pero cuya erudición nos dejó a todos impresionados; o aquel maestro de ceremonias en otro país del Caribe con voz de actor de telenovela y cuyo entusiasmo nos facilitaba mucho la tarea. El mito, por tanto, de que en las organizaciones internacionales los discursos les llegan a los intérpretes con la antelación suficiente como para prepararse no es siempre realidad. 

A diferencia de Bruselas y Estrasburgo, donde se encuentran varias de las sedes de la Unión Europea, o de París, que cuenta con la UNESCO y la OCDE, o de Roma, donde se encuentra la sede de la FAO, o de Nueva York, que alberga la sede central de la ONU, o de los países en los que están ubicadas sus distintas sedes (Ginebra, Santiago de Chile, Bangkok en Tailandia, Beirut en el Líbano, Nairobi en Kenia o Addis Abeba en Etiopía), o incluso de Washington D. C., donde se encuentran la OEA, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Interamericano de Desarrollo, sin contar la larga lista de otras organizaciones internacionales repartidas por el resto del mundo, Madrid carece de la tradición de las ciudades antes mencionadas. En ninguna de las mencionadas instituciones existentes en Madrid hay intérpretes fijos, sino que todas recurren a intérpretes freelance para satisfacer sus necesidades de interpretación cuando lo requieren. A pesar de ser la capital europea en la que tenemos la sede de la Organización Mundial del Turismo (OMT), una organización perteneciente a la ONU, a pesar de ser España uno de los Estados Miembros de la Unión Europea y contar con las representaciones de las instituciones europeas en el país y de haber también en Madrid representaciones de otras organizaciones internacionales, como, por ejemplo, ACNUR, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, en ninguna de las mencionadas instituciones existentes en Madrid hay intérpretes fijos, sino que todas recurren a intérpretes freelance para satisfacer sus necesidades de interpretación cuando lo requieren. Así que los intérpretes españoles que deseen trabajar en una organización internacional no tienen más remedio que emigrar, salvo aquellos que hayan aprobado los exámenes para intérpretes freelance de las instituciones europeas y que se desplazan a las mismas durante temporadas.

Como indiqué anteriormente, Washington D. C. es sede de varias organizaciones. Y hacia allí me dirigí unos pocos días antes de la Navidad del 2013. La realidad es que instalarse en una nueva ciudad, en un país distinto, no es tan fácil como parece. Hay muchos elementos a tener en cuenta, pero a la vez la experiencia es fascinante. No es un mito que la inmersión en una nueva cultura te hace aprender, y aprender a convivir con personas de otros bagajes socioculturales es una riqueza inmensa. El Colegio Interamericano de Defensa es ese crisol de razas y culturas que se entremezclan. Desde Canadá hasta Argentina, los países del Hemisferio envían a sus delegados a estudiar durante un año en un ambiente de libertad académica y multiculturalidad donde cada uno puede expresarse de forma escrita u oral en cualquiera de los cuatro idiomas oficiales de la OEA: español, francés, inglés o portugués. Como intérprete, esta situación es un regalo, porque se hace necesario enfrentar situaciones, cuando menos, divertidas, como interpretar por las calles del sur de Manhattan a antiguos brokers de Lehman Brothers, o empresas del estilo, reconvertidos en guías turísticos mientras cuentan cómo se produjo el vendaval de las hipotecas subprime que sumió al mundo en una crisis económica de la que aún vemos los coletazos; o interpretar en la Reserva Federal de los Estados Unidos rodeado, literalmente, de lingotes de oro; o interpretar la explicación de las danzas sagradas de los nativos americanos de Colorado Springs; o interpretar la explicación de cómo se destila el ron en una de las más antiguas destilerías de Barbados y… ¡probar el ron!; o interpretar en consecutiva a un mago mientras hace sus trucos y convertirse en su ayudante; o interpretar la historia de la independencia de cada uno de los países con delegados o alumnos presentes cada año y luego probar las delicias de su cocina; o interpretar qué ha de hacerse en caso de un inminente ataque armado y cuál es la estrategia a seguir para estar preparado ante tamaña eventualidad; o interpretar dentro de un submarino; y esta lista no es exhaustiva…

Los dos elementos, rutina y diversión, se dan la mano en muchas ocasiones.

Si antes dije que trabajar en un organismo internacional puede convertir al intérprete en un funcionario cuyo trabajo cotidiano se vuelve tedioso y repetitivo, esta lista demuestra que también lo contrario es real. Los dos elementos, rutina y diversión, se dan la mano en muchas ocasiones.

Otro de los mitos existentes en torno a los intérpretes de organizaciones internacionales es que los viajes suelen estar rodeados de glamur y que son una razón de peso a la hora de elegir trabajar en una organización internacional. ¿Mito o realidad? Pues una vez más, depende del punto de vista que se tenga. En mis tres años y medio en el CID realicé varios viajes: Nueva York y la academia militar de West Point; Colorado Springs, donde se encuentran el Comando Norte de los Estados Unidos y el centro de entrenamiento olímpico de EE. UU.; la Universidad de Miami y Key West, donde está el Comando Sur de los Estados Unidos; San Diego (California), para visitar la base naval de los Marines; el campo de batalla de Gettysburg (Pensilvania), y fuera de Estados Unidos: México, Honduras, Guatemala, Canadá, Brasil, Panamá, República Dominicana, Trinidad y Tobago, y Barbados. Suena interesante ¿verdad? Y lo es, sin duda alguna. Pero no es oro todo lo que reluce.

Las jornadas cuando se está de viaje, o al menos esta fue mi experiencia, son interminables y las condiciones de trabajo no son siempre las más adecuadas.

En algunas organizaciones los viajes están estrictamente regulados, y la recompensa se produce, o bien monetariamente, o bien en forma de horas complementarias de descanso, porque la verdad es que las jornadas cuando se está de viaje, o al menos esta fue mi experiencia, son interminables y las condiciones de trabajo no son siempre las más adecuadas, ya que no hay cabinas de simultánea en todos los sitios que se visitan y se recurre con mucha frecuencia a la simultánea con equipo portátil, lo que agrega otro elemento de estrés y complejidad a un trabajo que, de por sí, tiene una carga cognitiva y de gestión mental muy elevada.

Uno de los puntos positivos de este tipo de viaje institucional es que se puede conocer el país que se está visitando «desde dentro», conocer sus instituciones y sus mandatarios e incluso participar en eventos que, como turistas, es algo inalcanzable.

Si no te desanimas y enfrentas los nuevos desafíos con un espíritu abierto y libre, trabajar en una organización internacional fortalecerá tus cualidades adaptativas y te enseñará más de lo que imaginas.

Trabajar como intérprete en una organización internacional tiene, como hemos visto, ventajas y desventajas, pero la experiencia merece la pena vivirla. Por ello, si como me ocurrió a mí, una noche de desvelo recibes un correo electrónico que te lleva a pensar en una oferta de trabajo de este tipo, no lo borres tan a ligera, piensa que, aunque parezca ficticio, el mensaje puede esconder una gema de preciado valor. Sigue tu instinto y no temas frente a lo que, aparentemente, es una tarea titánica, extremadamente complicada de conseguir y que solo les ocurre a unos pocos privilegiados. Si no te desanimas y enfrentas los nuevos desafíos con un espíritu abierto y libre, trabajar en una organización internacional fortalecerá tus cualidades adaptativas y te enseñará más de lo que imaginas. Pero nunca, nunca, dejes de prepararte para ser mejor intérprete cada día porque no sabes nunca cuándo, en una noche de insomnio, te podrá llegar el mensaje.

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