La Linterna del Traductor
Traducción editorial: Escritores traductores

Traductores, creadores
Traducir y escribir: una historia entre dos orillas

Jordi Doce y Berta Vias Mahou, entrevistados por Amelia Pérez de Villar Herranz

No son pocos los traductores que desempeñan su tarea en el ámbito de la literatura y, además, escriben obra propia. Unos llegan a la traducción llevados por el amor a la creación literaria, otros recurren a ella para completar unos ingresos siempre insuficientes en estos tiempos, malos para la lírica. Pero hay muchos que se han adentrado en los dos ámbitos con todas las de la ley, autores por derecho propio y traductores que ocupan una primera línea indiscutible. De todos los nombres que se mueven entre las dos orillas hemos destacado los de Berta Vias Mahou, novelista, y Jordi Doce, poeta. La Linterna ha querido conocer de primera mano cuáles son sus motivaciones, cómo llegaron hasta aquí, cómo abordan la traducción y la escritura. Dos puntos de vista diferentes, pero no opuestos, de esta forma de ejercer la profesión. Hemos encomendado la misión a Amelia Pérez de Villar, otra escritora traductora, que se ha incorporado recientemente al equipo.

Jordi Doce
Jordi Doce (Gijón, 1967) es doctor en Letras por la Universidad de Sheffield. Ensayista, poeta y escritor de aforismos, es autor de una amplia obra poética. Como traductor, ha preparado ediciones de la poesía de Paul Auster, William Blake, T. S. Eliot, W. H. Auden, Ted Hughes, Charles Simic, Anne Carson y John Burnside, entre otros. Destacan sus poemarios Lección de permanencia (2000), Otras lunas (2002), Gran angular (2005) y No estábamos allí (2016) y su libro de aforismos Perros en la playa (2011).

Berta Vias Mahou
Berta Vias Mahou (Madrid, 1961) es licenciada en Geografía e Historia, con especialidad en Historia Antigua. Ha traducido a Ödön von Horváth, Stefan Zweig, Arthur Schnitzler, Joseph Roth y Goethe, y es autora del ensayo La mujer en la literatura (2000) y de las novelas Los pozos de la nieve (2008), Venían a buscarlo a él (2010, ganadora del Premio Dulce Chacón 2011 de Narrativa Española), Yo soy El Otro (2015, ganadora del XXV Premio Torrente Ballester de Narrativa) y Una vida prestada (2018), sobre la fotógrafa Vivian Maier.

Amelia Pérez de Villar Herranz
Amelia Pérez de Villar Herranz (Madrid, 1964) es licenciada en Filología Inglesa por la Universidad Complutense de Madrid y traductora por el Institute of Linguists of London. Ha traducido obras de Henry James, Harold Bloom, Emily Brontë, R. L. Stevenson, Edith Wharton, Dino Buzzati, Vasco Pratolini, Mario Soldati, Graham Swift, Hans Kundnani, Olivia Butler, Lucy Hughes-Hallet, Rudyard Kipling y Gabriele d’Annunzio. Es autora de varios relatos y artículos publicados en revistas literarias (Renacimiento, Litoral, Cuadernos Hispanoamericanos), del ensayo biográfico Dickens enamorado (2012) y de las novelas El pulso de la desmesura y Mi vida sin microondas (2016 y 2018, respectivamente). Recientemente ha publicado el ensayo Los enemigos del traductor (2019), un conjunto de reflexiones sobre el oficio.

Los comienzos de cualquier traductor son siempre curiosos e interesantes para propios y extraños, y siempre conviene indagar en lo que mueve a un profesional a dedicarse a esto, conocer los vaivenes profesionales o vitales que llevan a cada uno por la senda de la traducción. Hemos pedido a nuestros dos protagonistas de hoy que nos cuenten su experiencia. ¿Traductores por casualidad o por vocación? ¿Por una mezcla de ambas o por ninguna de ellas?

La idea de traducir poemas surgió de manera natural, a la vez que mi descubrimiento de la poesía. Quiero decir, de la poesía como espacio de escritura, de creación. (Jordi)

El primer contacto de Jordi Doce con la traducción fue, nos cuenta, en una empresa de informática en la que trabajó tras dejar los estudios de Ingeniería Industrial y antes de comenzar Filología: «Pasé un trimestre traduciendo manuales de programación, hasta que un alma caritativa pensó que mis días estarían mejor empleados instalando ordenadores y enseñando a manejar el Autocad. Hace más de treinta años de aquello, pero aquella labor mecánica y tediosa me curtió para los restos. Comparadas con ese primer trabajo, todas mis traducciones posteriores han sido una bendición. La idea de traducir poemas surgió de manera natural, a la vez que mi descubrimiento de la poesía. Quiero decir, de la poesía como espacio de escritura, de creación. Me pasaba el día leyendo poemas y eso incluía no solo traducciones, sino también poemas en inglés o en francés, que son los idiomas extranjeros que manejo con cierta soltura. Lo curioso es que ya entonces, siendo un lector inexperto y primerizo, era capaz de percibir si una traducción no “funcionaba”: algo en el ritmo, en la dicción, una palabra que no casaba con las demás, problemas con el tono, con la sintaxis…». Para Berta Vias Mahou fue una combinación de ambos factores, aunque hubo un tercero que resultó providencial: «Fue, sobre todo, por cabezonería. De pequeñas, mi hermana y yo empezamos a odiar el alemán (que nos tocó estudiar por deseo de nuestra madre) porque escuchamos algunos comentarios despectivos hacia aquel idioma “de nazis”. Con el tiempo aprendí a amar esa lengua difícil, de una precisión tan irritante como poética, y me enamoré de su literatura, aunque soñaba con ser egiptóloga, de modo que estudié Historia Antigua. Al acabar, no quise dedicarme a la enseñanza y trabajé en un par de empresas. Años después, para no pasarme la vida encerrada en una oficina, volví a la Universidad y me matriculé en un máster de Traducción». Ambos muestran también un rasgo propio de los profesionales de la traducción literaria: la decisión, a veces, de tomar la iniciativa. Si la traducción no llega, el traductor da el primer paso. Explica Berta que «estaba empeñada en verter al castellano una novela de Ödön von Horváth, Juventud sin Dios, cosa que hice sin consultar a ninguna editorial. Para ver si era capaz. Cuando terminé, ofrecí aquel libro inquietante de un autor entonces casi desconocido en nuestro país a la colección Austral». Jordi recuerda que llenó un cuaderno con versiones corregidas de muchos poemas cuya versión no le convencía: «De ahí a traducir esos mismos poemas —u otros análogos— solo había un paso».

Con el tiempo aprendí a amar esa lengua difícil, de una precisión tan irritante como poética, y me enamoré de su literatura. (Berta)

A pesar de que los primeros tiempos que pasaron en el mundo laboral fue, en ambos casos, en el ámbito de la empresa, Berta Vias Mahou no se ha dedicado nunca profesionalmente a la traducción comercial o técnica: «Durante el máster en la Universidad Complutense de Madrid tuve que estudiar todas esas otras modalidades de la traducción que no me interesaban mucho, aunque algunas acabaron por gustarme gracias al buen hacer de los profesores. De todos modos, no me habría dedicado a la traducción técnica, comercial o jurídica ni por todo el oro del mundo. No me habría dedicado a la traducción técnica, comercial o jurídica ni por todo el oro del mundo. Mi otra pasión era la literatura y, como he dicho, quería traducir a Horváth. (Berta) Mi otra pasión era la literatura y, como he dicho, quería traducir a Horváth. Después vendrían otros autores en lengua alemana (Goethe, Gertrud Kolmar, Joseph Roth, Schnitzler, Zweig), aunque a aquellos por los que siento mayor admiración (Musil, Kafka, Kleist o Robert Walser) aún no los he traducido. Y no creo que lo haga. Me siento mayor. Y más indolente que el ruso Oblómov. Prefiero escribir, disfrutar de la conversación científica y guasona de mi padre o contemplar la vida fugaz de los Hemerocallis, que abren sus pétalos al amanecer y se marchitan al caer el sol». Las primeras experiencias de Jordi Doce como traductor fueron de lo más variadas: «Tras la experiencia en la empresa de informática, mi primer encargo externo fue una traducción de una guía de viajes que nunca se publicó. De hecho, a punto estuve de no cobrar: fue una educación en todos los sentidos. He hecho muchas traducciones en las oficinas y redacciones por las que he pasado (cartas, convenios de colaboración, artículos breves, entrevistas, notas biográficas…), pero, dada mi incapacidad para leer textos legales o convivir con el lenguaje administrativo, decidí muy pronto que aquello no era para mí».

Libros de Berta ViasA la pregunta de si llegaron a la traducción por la escritura —o por algún otro camino— o viceversa, responde Berta que en su caso llegaron de la mano: «Durante el máster de Traducción, una noche que no podía dormir empecé a escribir. Sin proponérmelo. Estoy convencida de que fue un empacho de lecturas. Como si lo que leía —y empecé a leer buscando una armadura con la que protegerme del mundo— no encontrara ya espacio en mi interior y necesitara volver a la superficie. Procesado. Como un libro que acaba en un contenedor de papel y sale al cabo del tiempo convertido en otro de título, autor, trama y estilo muy diferentes». El camino de Jordi estuvo mucho más dirigido por su actividad cotidiana en la prensa escrita: «No tardé en percibir con claridad que la traducción me permitía aprender más rápidamente los aspectos técnicos de la escritura. Tengo que dar las gracias a Juan Malpartida, entonces subdirector de Cuadernos Hispanoamericanos, por darme carta blanca para traducir todo tipo de textos para la revista: artículos, reseñas extensas, entrevistas… Fueron tres o cuatro años muy intensos, de 1997 a 2001, en los que aprendí mucho y adquirí la experiencia y la confianza necesarias para centrarme en escritos más extensos. Creo que el momento en que me sentí, por fin, traductor fue cuando publiqué la edición española, en Pre-Textos, de la Memoria de los poetas de los lagos de Thomas de Quincey. Disfruté muchísimo con el libro, aunque el trabajo de anotación y luego de corrección en pruebas me hizo recordar los peores momentos de mi tesis doctoral. Por lo demás, qué típico de uno el sentir que solo habiendo vertido al castellano un libro en prosa de cuatrocientas páginas me podía llamar “traductor”…».

Creo sinceramente que, si alguien traduce poesía, y lo hace bien, y el resultado son nuevos poemas, entonces es poeta, aunque no haya escrito nada presuntamente “propio”. (Jordi)

Ciertamente, la poesía y la prosa tienen lenguajes diferentes: un alma propia, un registro particular, un código de signos que a veces es difícilmente transferible cuando se pasa de una lengua a otra y que es más exigente en la poesía. Esto nos lleva a preguntarnos por otro de los temas eternos cuando se habla de traducir verso: la traducción de poesía, ¿ha de hacerla un poeta? La respuesta de un poeta que también traduce poesía no puede ser más clarificadora: «Creo sinceramente que, si alguien traduce poesía, y lo hace bien, y el resultado son nuevos poemas, entonces es poeta, aunque no haya escrito nada presuntamente “propio”. Es la obra la que hace al creador, no al revés. Me parece que a estas alturas deberíamos poner en cuestión, como poco, esa lógica según la cual el poema va después que el poeta. Esa lógica nos lleva a validar el sistema de estrellato editorial y el protagonismo del autor en detrimento de su obra. Prefiero la ecuación inversa: son los poemas los que hacen al poeta, los que lo convierten en poeta o justifican que lo llamemos así. El pasado nos dice que algunos nombres ilustres son recordados por sus traducciones, es decir, que fueron sus traducciones las que les dieron rango de creador: pensemos en el Rubaiyyat de Omar Jayam en la versión de Edward Fitzgerald o, más cerca en el tiempo, las versiones homéricas de Christopher Logue (que solo se encontró a sí mismo cuando encontró a Homero)», explica Jordi Doce, que sin embargo afirma que a, estas alturas, la traducción de prosa le resulta más difícil, o más problemática, que la de poesía: «El verso suele ser un ámbito mucho más rígido, en el que el espacio de maniobra se reduce drásticamente. Lo difícil es establecer los parámetros iniciales de tu labor, pero una vez lo has hecho todo se vuelve mucho más sencillo, no hay casi alternativas. La prosa te permite un abanico mayor de opciones y por tanto introduce, al menos en mi caso, un elemento de duda o de vacilación que puede llegar a bloquearme. (Jordi) Mientras que la prosa te permite un abanico mayor de opciones y por tanto introduce, al menos en mi caso, un elemento de duda o de vacilación que puede llegar a bloquearme. Aunque resulte paradójico. El encargo que más problemas me ha dado, con diferencia, es Cuentos de perros de Rudyard Kipling. Eliot o Blake nunca me exigieron tanto. La prosa de Kipling está llena de datos circunstanciales o especializados, de palabras dialectales, de la jerga técnica de los protagonistas, etc., y solo gracias a los diccionarios en red y a la página web de la Rudyard Kipling Society (¡bendita sea!) pude verter con cierta seguridad esos cuentos a nuestro idioma. Y aun así… Mi admiración por los primeros traductores de Kipling, los que no tuvieron la suerte de contar con esas ayudas, es infinita.»

La traducción es una suerte de autopsia milagrosa, porque concede una vida nueva al sujeto sobre la cual se practica. (Berta)

Hablando de ayudas… preguntamos a Berta si traducir le ha supuesto una ayuda a la hora de escribir. Su respuesta no debería sorprendernos, aunque nos sorprenda, eso sí, que se diga tan poco: «Creo que lo que más me ha ayudado, tanto para traducir como a la hora de escribir, ha sido leer. Y observar. De todos modos, la traducción es un ejercicio magnífico para un escritor. Exige un trato tan concienzudo con las palabras de otro autor como el que tiene un cirujano con los órganos internos de otra persona, hurgando, cortando y cosiendo para que vuelvan a funcionar como es debido. La traducción es una suerte de autopsia milagrosa, porque concede una vida nueva al sujeto sobre la cual se practica».

Libros de Jordi DoceDada la línea, tan fina a veces, que separa la traducción de la creación literaria, cabe pensar que son dos disciplinas que pueden contaminarse o influirse mutuamente. Queremos saber en qué medida se produce esa transferencia entre las dos disciplinas y qué similitudes y diferencias hay entre ambas. Nos responde Berta: «La similitud sin duda está en el material con el que operan. La lengua. Sin embargo, la escritura me proporciona una sensación de libertad que casi únicamente alcanzo cuando corro por una playa. Y sin duda porque la busco con aguja magnética he acabado dedicándome más a ella, a la escritura, que ofrece un margen mucho mayor a la espontaneidad. En la traducción, para mí, es muy importante la fidelidad al autor con el que estoy trabajando, hasta el punto de que el miedo a traicionar sus intenciones a menudo no me dejaba dormir. Es una disciplina mucho más esclava. Pero obliga a ejercitar la paciencia y la humildad, algo muy saludable para cualquier escritor». ¿Debemos, entonces, establecer unos límites que separen a la traducción de la creación literaria, aislar los factores de una que no deben afectar a la otra? «La verdad es que siempre he distinguido bien entre uno y otro ámbito», afirma Jordi. «Mi inseguridad suele ser tan grande que nunca me he tomado libertades, al menos no de manera consciente: cuando lo he hecho —en La caza del carualo de Carroll o alguna canción de cabaret de Auden— es porque el género o la forma particular del poema lo exigía. Además, la traducción se diferencia de la creación original en que carece del elemento de incertidumbre, de la tensión asociada a crear algo de la nada. Cuando uno escribe no conoce el rumbo a ciencia cierta, solo lo intuye; no hay falsilla ni camino trazado de antemano que le indique por dónde ha de ir. Al traducir esto no ocurre: el original ya existe, el camino ya está hecho y basta con seguirlo. Me gustaría añadir que la traducción, como la creación, nunca es libre. Ahí está la gracia: uno tiene que aprender a moverse en el reducido espacio que te da el texto y sobreponerse a los límites y limitaciones que te pone delante. En cuanto a los límites, están precisamente en el respeto hacia la obra que se traduce. No debemos dejar huellas del sello que nos caracteriza como escritores. (Berta) Traducimos porque hay una resistencia. Si no la hubiera, este oficio perdería todo su atractivo, al menos para mí». Berta Vias Mahou afirma que «para un escritor traducir es una excelente escuela: sin duda, ser escritor ayuda a la hora de dedicarse a la traducción literaria, lo que no significa que todo escritor sea un buen traductor. Ni lo contrario. Ser traductor literario no es una garantía para escribir bien. Como no lo es ser profesor de literatura. O crítico. En cuanto a los límites, están precisamente en el respeto hacia la obra que se traduce. No debemos dejar huellas del sello que nos caracteriza como escritores». ¿Y ser editor?, nos preguntamos. Jordi Doce nos explica que las labores de edición —que aún ejerce en la actualidad— no le han ayudado particularmente a la hora de traducir: «Es verdad que revisar y editar el trabajo de los demás te da un punto mayor de exigencia y de cuidado, pero se corre el riesgo de volverse un maniático y perder soltura y agilidad». ¿Y ser bilingüe?, preguntamos a Berta, cuyo contacto con el idioma extranjero del que traduce, el alemán, se remonta a la infancia: «Lo primero que aprendí en el máster es que los mejores traductores literarios no suelen ser bilingües. Para dedicarse a la traducción literaria se necesita un amplio bagaje cultural y, sobre todo, una gran sensibilidad con respecto a la propia lengua. Naturalmente, también con respecto a la lengua desde la cual se traduce, aunque, en mi opinión, no es necesario dominarla hasta el extremo que se requiere en el caso de aquella a la que se vierte el texto».

Cuando hablamos de traductores, profesión y España en un mismo párrafo es inevitable referirse a los problemas que se perciben actualmente, en nuestro país, en esta práctica. En opinión de Jordi Doce, «parece evidente que la traducción literaria ha mejorado en líneas generales: se ha profesionalizado, ha dejado de ser una labor de diletante o unas vacaciones en la literatura de los demás, pero eso mismo le puede haber quitado cierta frescura… y ese elemento de necesidad, de búsqueda interior, que me parece casi indispensable en este ámbito. La poesía no debería traducirse a destajo o por encargo, o al menos no de forma habitual. (Jordi) Me refiero a que la poesía no debería traducirse a destajo o por encargo, o al menos no de forma habitual. Uno tiene que ocuparse de aquellas obras con las que tiene un vínculo cercano, personal, con las que ha desarrollado una cierta intimidad a lo largo del tiempo. Claro que un exceso de intimidad puede dificultar, justamente, ese trabajo de traducción: no hay distancia suficiente. Yo, cuando traduzco poesía, necesito sentir que me ofrece resistencia, que debo profundizar en su lectura y masticar bien las palabras, vencer los obstáculos que me presenta. Cuando el trabajo se vuelve automático o entra en una senda de sospechosa fluidez, inmediatamente recelo y me tomo un descanso. Es decir, tomo distancia antes de volver sobre la obra. Es una especie de salvoconducto, mi forma de asegurar una relación honesta con el original». Berta Vias Mahou pone el dedo en la llaga hablando de uno de los problemas que aquejan al sector en la actualidad: «Hace tiempo que no traduzco, pero resaltaría la abundancia de editoriales y traductores, algo que tiene sus pros y sus contras. Si bien las condiciones en las que trabajamos los traductores estaban mejorando —un poco, tampoco nada del otro mundo—, la calidad de lo publicado puede verse perjudicada con las avalanchas de novedades con frecuencia producto del más puro oportunismo. A veces los textos no se pulen lo bastante. E incluso me temo que en ocasiones se saquean trabajos anteriores. Ocurre lo mismo con la escritura. Da la sensación de que hoy día cualquiera puede dedicarse a ella. Basta con no ser analfabeto y estar dispuesto a contar una experiencia personal más o menos truculenta. De todos modos, desde mi contumaz escepticismo prefiero ser optimista. Siempre hay gente que hace las cosas bien».

Jordi Doce tampoco quiere dejarse llevar por el pesimismo: «Me molesta mucho la reiteración de esas fórmulas derrotistas y a la vez perezosas, amén de injustas, que dicen que el traductor es un traidor o que (Robert Frost mediante) “la poesía es lo que se pierde en la traducción”. No es solo que la traducción de poesía haya existido siempre, en todas las épocas históricas y en todas las tradiciones… sino que es el medio mismo por el cual esas mismas tradiciones se han renovado y enriquecido, ampliando sus cauces expresivos y formales. Sin traducción no seríamos nada, o menos rotundamente: nuestra cultura no existiría en la forma en que lo hace. Prefiero darle la vuelta a esa frase gandula y decir que “la poesía es lo que se transforma en la traducción”. Lo escribí hace años y lo repito ahora: “Si aceptamos que la poesía es una forma de energía verbal y que la energía, como nos enseñaron en la escuela, no se crea ni se destruye, solo se transforma, entonces quizá podríamos definir al traductor como aquel que fija o establece las condiciones más propicias para esa transformación”». Todo texto literario es, entre otras cosas, el fruto de una sensibilidad en pugna con la historia y la tradición literaria particulares de cada lengua. (Jordi) Nos habla también de un factor que suele dejarse de lado cuando se habla de traducción: su aspecto interpretativo, lo llama. «Creo que la analogía con el trabajo del actor sigue siendo válida; se trata de “interpretar” el papel del poeta original, hablar con su voz, ponerse en su piel. Obviamente, el poema tiene rastros de la sensibilidad del traductor, pero uno tiene que jugar a ser Eliot, o Charles Simic, o Paul Auster… tiene que jugar a ser otro. Así que lo enfoco como un proceso creativo, pero también como un juego, como una representación teatral: una forma de escapar de la tiranía de ser siempre uno y el mismo. En todo esto hay un dilema, claro está. Y es un dilema que puede resumirse así: debo escribir el poema que X hubiera escrito de ser mi compatriota o escribir en mi lengua, pero es posible, de igual modo, que si X fuera mi compatriota o escribiera en mi lengua no hubiera escrito ese poema, puesto que todo texto literario es, entre otras cosas, el fruto de una sensibilidad en pugna con la historia y la tradición literaria particulares de cada lengua. Es un poco perverso, quizá, pero me encanta que la llamada traductología esté llena de paradojas o dilemas aparentemente insolubles que se disuelven en cuanto uno se pone a traducir».

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