La Linterna del Traductor
Vena Literaria

Filomena es multilingüe

Miguel Jelelaty
Miguel Jelelaty
Miguel Jelelaty. Intérprete de conferencias desde 1999. Profesor de interpretación en la Universitat Pompeu Fabra entre el 2006 y el 2012. Imparte desde el 2014 el módulo de «Mundo árabe» en el máster de Protocolo de la Universitat Ramon Llull. Da también seminarios de interpretación en la Société Française des Traducteurs y de oratoria y persuasión en la Toulouse Business School. Es bajo-barítono, habla siete idiomas y su lengua materna es el árabe levantino septentrional (variante libanesa). Es ateo desde que tiene uso de razón y soltero practicante desde que prefirió enamorarse y casarse con el mar Mediterráneo. Nació en Madrid, creció en Beirut, maduró en París, vive en Barcelona y fantasea con morir en una isla griega.

Filomena es multilingüe y se gana la vida con los idiomas. Con ellos teje redes, construye puentes, allana caminos y ayuda a las personas a hablarse, relacionarse, entenderse y crecer.

Filomena no para de recorrer, con sus idiomas a cuestas, países varios. Hace unos meses aprovechó su viaje a Francia para hincharse de pasteles y de preciosos paseos. Justo después y durante tres días, la fachada policromada de una maravillosa iglesia italiana la saludó cada mañana al abrir los ojos, y ella no se cansó durante esos días de darles las gracias a los mármoles verdes, blancos y rosas por regalarle tanta belleza. Luego le tocó cambiar de continente y alojarse durante varios días en un hotel de muchísimas estrellas, muchísimo oro, muchísimo mármol y muchísima madera maciza. Era cómodo estar allí porque Filomena dormía, comía y trabajaba en el mismo sitio sin necesidad de desplazarse. De todas maneras, aquello no era Francia y ya se podía olvidar de los paseos preciosos. Lo único que había ahí fuera eran edificios modernísimos, carreteras anchísimas, coches carísimos y centros comerciales sin alma. El hotel era enorme, la habitación inmensa, los bufés pantagruélicos y las pausas para el café parecían festines de boda por la cantidad obscena de comidas y bebidas que se ofrecían allí. A Filomena, el lujo, los mármoles, el oro, las maderas macizas y las bandejas abarrotadas de vituallas le importaban bien poco. Sabía que no iba a comer el doble por estar rodeada de montañas de alimentos, ni iba a dormir más por tener una cama de dos metros ni tampoco iba a limpiarse mejor por tener la bañera de Cleopatra en su habitación. A Filomena, el lujo, los mármoles, el oro, las maderas macizas y las bandejas abarrotadas de vituallas le importaban bien poco. Eso sí, le molestaba sobremanera estar permanentemente muerta de frío porque no había forma de escapar del aire helado y malsano que escupían día y noche los sistemas de climatización.

Pero a Filomena no le habría importado ni el gélido aire ni los groseros mármoles ni el vulgar oro ni la ridícula opulencia, si no fuera porque, mirara por el lado que mirara, lo único que veía era un joven ejército de mayordomos asiáticos embutidos en unos incómodos chalecos de otro siglo que gesticulaban sin parar. Parecían unas legiones de hormigas sumisas, silenciosas y bien adiestradas equipadas con escobas, escobillas, paños, bayetas, trapos y cepillos para frotar, limpiar, rascar y barrer incansablemente cualquier superficie que se les pusiera por delante. Era inútil que Filomena repitiera una y otra vez que no le hacía falta que entraran veinte veces al día en su habitación para doblar la toalla, limpiar otra vez el baño, recolocar los cojines y abrir o cerrar las cortinas. Lo único que conseguía era asustar a las legiones de hormigas porque tenía que entender que para eso estaban ellas precisamente, para limpiar, frotar, rascar y estar alerta en las pausas para el café, con un paño en la mano, hieráticas, esperando que algún delegado terminara de mear para precipitarse a lustrar los bordes del urinario, no fuera a ser que la visión de una gotita sin limpiar molestara al delegado siguiente. Los delegados habían venido a hablar de asuntos importantes para el planeta y tenían el derecho de mear a gusto. Ellos habían nacido en el lado bueno del mundo, el de los que riegan los urinarios en vez de tener que limpiarlos. Ellos habían nacido en el lado bueno del mundo, el de los que riegan los urinarios en vez de tener que limpiarlos. No tenían tiempo para fijarse en el ejército de hormigas que un día no tuvieron más remedio que alejarse miles de kilómetros de sus familias para estar con un paño en la mano, en la puerta de un lavabo de un hotel de muchísimas estrellas con un solo objetivo: limpiar las gotitas depositadas en los bordes de un urinario. Ellos habían venido a hablar de asuntos importantes para el planeta que Filomena traducía entre pausa y pausa, y así, el mundo podía avanzar serenamente hacia un futuro mejor.

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