La Linterna del Traductor
La voz de Asetrad: Socios sin fronteras

Con la casa a cuestas

Paula González Fernández

Continuamos en este número las entrevistas a socios de Asetrad que, por una razón u otra, no viven en España. En esta ocasión no salimos de Europa; nos responde desde Alemania Paula González Fernández, traductora y correctora que también ha vivido en otros países europeos.

1) ¿Cuánto tiempo llevas viviendo fuera de España? ¿Has tenido otras experiencias de estancias largas en el extranjero?
2) ¿Qué es lo que más echas de menos de España? ¿Y lo que menos?
3) ¿Hay algo que no valoremos en España que se aprecie más con la distancia?
4) ¿Cuánto hace que eres socia de Asetrad? ¿Qué valor tiene para ti ser socia, a pesar de que no resides en España?

Paula González Fernández
Paula González Fernández (Univerbum en las redes) nació en Oviedo y siempre soñó con vivir en el extranjero y aprender idiomas. Es licenciada en Filología Inglesa por la Universidad de Oviedo (2001) y cuenta con un máster en Lingüística Aplicada por la Universidad de Sheffield (2002). La vida saltimbanqui y las obligaciones familiares la llevaron en 2007 a dejar a un lado la docencia y la investigación doctoral para dedicarse al 100 % a la traducción como autónoma. Colabora también con diversas editoriales como traductora y correctora ortotipográfica. Viajar con la familia y la casa a cuestas no siempre es fácil, pero es la mejor manera de conocer un país, un idioma y su cultura.

Llegué a Alemania en septiembre de 2018, así que llevo por estas latitudes casi año y medio. Ya había vivido antes en el extranjero: un año en Irlanda del Norte, otro en Inglaterra y cuatro en Bélgica, a los que siguieron trece años en España, entre Barcelona y Vigo. Y lo que te rondaré, morena: creo que cuando se te mete el gusanillo viajero en el cuerpo, ya no hay manera de echarlo. Hubo una época en la que sí quisimos parar, darles a nuestros hijos unas raíces —aunque no fueran las nuestras— y estar cerca de mi familia, pero hemos vuelto a las andadas y aquí estamos, dándoles alas.

Lo que más echo de menos de España son las personas: la familia, los amigos. También poder tomarme en un bar un pincho de tortilla de patata o unas croquetas para acompañar mi cerveza. A nivel laboral mi vida ha cambiado poco o nada, aunque sí que echo en falta, por qué ocultarlo, los «tradusaraos» y «traducafés»: en la organización de eso no nos gana nadie.

Una givebox y una cabina con libros

En primer plano, una Givebox (negra) y, al fondo, una cabina con libros.

También hay cosas que no echo para nada de menos, como el ruido. En Alemania se respeta mucho el descanso de los demás; por ejemplo, me parece una idea muy acertada que el camión de la basura pase durante el día. Otra cosa que me gusta es cómo cuidan sus bosques durante todo el año, algo que ya podríamos copiar en España; o el moverme en bici sintiéndome respetada, sin tener que pedir perdón ni a automovilistas ni a peatones por cuidar no solo de mi salud, sino también del medioambiente; o lo bien que funciona el transporte público. El tranvía no es precisamente económico, pero en el tren tenemos buenos descuentos por viajar en familia, y su web y la aplicación para el móvil son una maravilla. También me fascina cómo, cuando menos te lo esperas, te das de bruces con una especie de cabinas para hacer intercambio de libros, y cajas (Givebox) donde puedes dejar las cosas que ya no usas y llevarte lo que te interese. No puedo pasar por alto el Sperrmüll: una vez al mes, el punto limpio viene a casa, la gente saca a la calle las cosas de las que se quiere deshacer y cualquiera puede adoptarlas. ¡Es como el día de los Reyes Magos, pero sin haber escrito la carta! Otra cosa en la que hemos salido ganando con el cambio es la seguridad, al menos en la zona donde vivimos; a diario veo a niños pequeños, de primaria, que van solos al colegio, ya sea en tranvía, en tren o andando.

Tenemos el complejo de venir de un país retrasado con respecto al resto de Europa y no es así en absoluto.

Tenemos el complejo de venir de un país retrasado con respecto al resto de Europa y no es así en absoluto. Nada más llegar a Alemania, lo segundo que hice, después de empadronarme, fue ir a buscar un proveedor de Internet. Me quedé anonadada cuando todas las compañías —y no exagero ni un ápice— me dijeron que tardaría un mínimo de seis semanas en tener Internet en casa, y eso que la instalación ya estaba hecha. Cuando llegase el módem, ¡ay de mí si se me ocurría instalarlo por mi cuenta! Y cumplieron lo prometido: siete semanas tardó el instalador en venir, sacar el módem de la caja y enchufarlo. ¿Cambiar yo la contraseña del wifi? ¡Ni que fuera ingeniera de telecomunicaciones! Además, en Alemania apenas hay conexión por fibra; es todo ADSL. Otro aspecto en el que tampoco andamos tan a la zaga como nos creemos: no he encontrado aún una farmacia adonde llevar los medicamentos caducados y tardé casi un año en dar con alguien que me supiera decir qué hacer con el aceite de cocina usado. No nos olvidemos tampoco de la cantidad de gestiones administrativas que podemos hacer por Internet; en eso, no tenemos nada que envidiar a muchos otros países. Y un gran avance que no os sonará a nuevo: el mantener mis dos apellidos para toda la vida. Lo malo es cuando tengo que explicar, por teléfono ¡y en alemán!, que no, que no me apellido como mi marido, y que sí, que mis hijos también tienen el mío.

Siendo egoísta, creo que en la asociación hay un montón de socios de los que tengo mucho que aprender.

Soy socia de Asetrad desde 2010. ¡Diez años ya! Espero volver pronto a una asamblea (la última fue la de Santiago; la del año pasado me la perdí in extremis «gracias» a los controladores aéreos). Seguir siendo socia me permite mantenerme en contacto con el gremio en España, pues ahora mi «traducueva» está aún más aislada; además, y siendo egoísta, creo que en la asociación hay un montón de socios de los que tengo mucho que aprender.

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