La Linterna del Traductor
Corrección

No a la caza (de erratas)

Mónica Basterrechea Arteche

Aunque vemos a diario imágenes que recogen faltas ortográficas y erratas como manera de visibilizar la profesión del corrector, en realidad esta práctica tan extendida puede volverse en nuestra contra. La superficialidad con la que se trata un oficio de por sí complejo devalúa su valor y lo pone en entredicho.

Mónica Basterrechea Arteche
Mónica Basterrechea Arteche es correctora editorial. Tras acabar la carrera de Filología Hispánica, cursó un máster de Edición que la introdujo en el mundo de la corrección y edición profesionales. Lleva veinte años dedicada al oficio.

Una de las razones por las que acepté esta pequeña colaboración con La Linterna del Traductor fue que me ofrecieron total libertad a la hora de elegir sobre qué escribir. Como hay un tema que sale a relucir con cierta frecuencia en mis charlas con otras colegas correctoras y, al menos en los últimos tiempos, no he visto ninguna discusión o reflexión al respecto en foros públicos, he considerado que merece la pena dedicarle estas líneas. La superficialidad con la que se trata un oficio de por sí complejo devalúa su valor y lo pone en entredicho. Me estoy refiriendo a las llamadas cacerías de erratas, e incluyo en esta expresión asimismo cualquier imagen o pantallazo en redes sociales que busque señalar precisamente eso: erratas (y errores).

No seré yo quien tire la primera piedra proclamando que es algo que nunca he hecho. Por supuesto que he caído en ello y hasta me he llegado a sentir orgullosa de mis hallazgos. Y es que a veces resulta tentador, por ejemplo al encontrar un rótulo en la televisión con una falta de ortografía que hace que te sangren los ojos, subir una foto a Twitter para señalar el error con una buena dosis de indignación. Si, además, ese tuit tiene repercusión, el convencimiento de que has hecho algo bueno es total: vivimos rodeados de faltas de ortografía y los correctores somos más necesarios que nunca, así que el mundo se tiene que enterar de que existimos. Vivimos rodeados de faltas de ortografía y los correctores somos más necesarios que nunca, así que el mundo se tiene que enterar de que existimos. Sin embargo, con el tiempo llegué a una conclusión bien distinta: quizá no estaba haciendo algo tan bueno y solo tiraba piedras contra mi propio tejado. Intentaré explicarme.

Tengo la sensación de que, cuando señalamos estos errores (que, ojo, no son disculpables y muchas veces se merecen el escarnio al que los sometemos), estamos mostrando la parte más superficial de nuestro trabajo. De hecho, si atendemos únicamente a estos pantallazos, parecería que nuestra labor consiste en poner tildes y corregir haches (ya me entendéis). ¿Es eso la corrección? Sí, pero solo una parte (a mi modo de ver, importante pero pequeña). Y es precisamente la parte que cualquier persona con un mínimo de educación podría hacer sin ningún problema. Y estoy hablando muy en serio: las personas formadas deberían ser capaces de detectar cualquier falta de ortografía, más de una incongruencia gramatical y algún que otro fallo de puntuación. Justo lo que se suele indicar en estas cacerías. Es decir, que poniendo el foco en estos errores quizá nuestra aportación sea casi anecdótica, al menos para la gente que podría mostrar una cierta preocupación por los textos bien escritos. Aun así, no me cabe ninguna duda de que nuestro trabajo sí que les aporta, y mucho.

Si cualquier persona se ve capaz de hacer lo que estamos mostrando en redes, ¿para qué van a contratar a un profesional para corregir?

Que las personas instruidas puedan llevar a cabo esta labor de identificación de los errores y erratas tiene una consecuencia que es, en realidad, lo que me preocupa, porque afecta directamente a la percepción que se puede estar creando de nuestra profesión. Si cualquier persona se ve capaz de hacer lo que estamos mostrando en redes, ¿para qué van a contratar a un profesional para corregir? Parece que ya no solo tenemos que competir contra el corrector de Word (mucho más rápido y eficiente que nosotros, según muchos), también contra quienes «como pillan todos los errores que ven en redes» (frase que he oído ya en varias ocasiones), te ayudan gustosamente con los textos.

Incluso podemos ir un paso más allá: en el caso de que (¡oh, milagro!) alguien decidiera contratar a un corrector profesional, ¿cómo y por qué va a acceder a pagar el precio que le pidamos por unos servicios que cualquiera es capaz de ofrecer? ¿Dónde quedan toda nuestra formación, nuestros años de experiencia y nuestro buen saber hacer? ¿Son conscientes nuestros potenciales contratadores de lo que implica la corrección profesional y están dispuestos a valorarla y retribuir nuestros servicios de un modo justo?

Dibujo de un cazador frente a tres leones gigantes con aspecto muy manso

¿Cazamos o no?

Si la corrección es lo que se muestra en esas fotos que nosotros mismos colgamos en la red (muchas veces con la etiqueta de #ponuncorrectorentuvida), no me extraña que la impresión que le quede a mucha gente sea la de que el nuestro es un trabajo fácil, que requiere poca formación y que aporta poco. Si al dar a conocer la corrección no demostramos que sí aporta valor (para mí, inestimable), esa ansiada visibilidad, en el mejor de los casos, se queda en agua de borrajas; en el peor, devalúa la profesión. Y esto es lo que creo que está sucediendo. Me parece un problemón de los gordos, que no supimos prever cuando empezamos con las cacerías de erratas. No me extraña que la impresión que le quede a mucha gente sea la de que el nuestro es un trabajo fácil. Que conste que su principal objetivo, darnos visibilidad, me sigue pareciendo encomiable y necesario, pero tengo la sensación de que nos hemos equivocado en el modo.

Y aquí entono el mea culpa, no por haber participado en las cacerías de erratas en el pasado, sino por este texto. Nunca he sido partidaria de la crítica por la crítica, la que no es constructiva. Pero aquí no soy capaz de construir. Confieso que no tengo una solución para esto: no sé cómo dar a conocer la corrección profesional sin caer en las trampas que impone la superficialidad de los canales a través de los cuales podemos ejercer esa búsqueda de visibilidad. No encuentro alternativa a las cacerías de erratas (aunque defiendo el fin de esta práctica).

Y me encantaría conseguirlo. Me encantaría que pudiéramos transmitir las virtudes de nuestro oficio, a ratos complejo y, a pesar de las tecnologías, de lo más artesanal; y que todo el mundo percibiera lo mucho que se gana cuando un texto pasa por las manos de un corrector profesional. Porque por supuesto que ponemos tildes y corregimos haches, pero nuestra tarea va mucho más allá. Buscando la excelencia, nuestra misión es que el mensaje del autor llegue con claridad (y algunas veces, con belleza) al lector. Buscando la excelencia, nuestra misión es que el mensaje del autor llegue con claridad (y algunas veces, con belleza) al lector. Y para ello buscamos esa palabra que va a proporcionar el matiz justo a la frase. O dudamos sobre una preposición que, sin querer, nos cambia el significado. O detectamos rimas internas que solo producen un ritmo mecánico y machacón. Pulimos las pequeñas aristas que haya podido dejar el autor para entregar un texto lo más redondo posible, un texto que brille. Y, además, hacemos todo de puntillas, sin que se note que hemos pasado por allí. Obviamente, es una labor compleja. La formación, la experiencia, la curiosidad… nunca son suficientes. Jamás acabamos de aprender y las posibilidades son infinitas. Ojalá supiéramos transmitir todo esto. Ojalá encontráramos una manera de que el mundo percibiera todo esto sin caer en lo fácil y superficial. Lo que tengo claro desde hace tiempo es que, desde luego, las cacerías de erratas no son el camino. Al menos, no el mío.

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