La Linterna del Traductor
La voz de Asetrad: Una asociación sin fronteras

Entre Madrid y el mundo

Elisa Orellana Huhn

Continuamos en este número las entrevistas a socios de Asetrad que, por una razón u otra, no viven en España. Esta vez nos vamos hasta la otra punta del continente americano. Desde Oakland (California), nos responde Elisa Orellana Huhn, traductora, revisora, gestora de proyectos de localización y nómada asentada, por ahora.

1) ¿Cuánto tiempo llevas viviendo fuera de España? ¿Has tenido otras experiencias de estancias largas en el extranjero?
2) ¿Qué es lo que más echas de menos de España? ¿Y lo que menos?
3) ¿Hay algo que no valoremos en España que se aprecie más con la distancia?
4) ¿Cuánto hace que eres socia de Asetrad? ¿Qué valor tiene para ti ser socia, a pesar de que no resides en España?

Elisa Orellana Huhn
Elisa Orellana Huhn nació en Madrid, pero siempre tuvo el corazón dividido entre la tierra de su padre (España) y la de su madre (California). Es licenciada en Traducción e Interpretación por la Universidad Autónoma de Madrid (2008). Desde muy pequeña anhelaba irse lejos y conocer otros lugares. Su primer destino fue Versalles, donde trabajó como revisora en Blizzard Entertainment. En 2009, volvió a Madrid con intención de quedarse, pero le duró poco. El corazón viajero volvió a tirar de ella en 2015. Partió rumbo a California, donde conoció a su pareja, con quien se pasó dos años dando saltos de aquí para allá (Tailandia, Camboya, Vietnam, Israel, Turquía, Alemania, Francia, España…). En 2018, la familia al completo (con dos gatos ceporros incluidos) se instaló en la bahía de San Francisco, donde Elisa dirige el departamento de Localización de Vida Health.

Llevo once años yendo y viniendo. La primera vez que me fui a vivir fuera de España fue a Versalles en 2009, recién acabada la carrera. La experiencia laboral fue increíble, pero echaba de menos estar cerca de los míos, así que me duró poco la estancia.

Mi segunda aventura en el extranjero fue en 2015. Con solo dos maletas, partí hacia Los Ángeles a casa de unos conocidos sin saber qué me deparaba el futuro. A los seis meses, cogí un avión rumbo a Tailandia acompañada por un chico al que acababa de conocer. La cosa salió bien, porque nos pasamos dos años dando la vuelta al mundo juntos. En 2018, nos mudamos a San Francisco con nuestros dos gatos. Ahora estamos asentados en Oakland, pasando la pandemia lo mejor que podemos cerca del lago Merritt. Visto con distancia, me alegro de haber vivido la experiencia de nómada digital en aquel momento.

Nos pasamos dos años dando la vuelta al mundo juntos. En 2018, nos mudamos a San Francisco con nuestros dos gatos.

De España echo de menos muchas cosas. Me faltan las croquetas, el Mercadona, la tortilla de patatas, el «ejque», los amigos, la familia, la sobremesa. Lo resumiría en la interacción social, el valor que le damos a ver a amigos y familiares, y lo directos que somos al expresarnos. Con los años, mis amistades se han transformado, algunas se han consolidado de manera sorprendente y mantengo el contacto con ellas lo mejor que puedo.

Echo de menos un servicio de sanidad pública digno, un sistema multipartido, un gobierno que se preocupe por sus habitantes y una sociedad más familiar, menos individualista.

No obstante, hoy por hoy, lo que más echo en falta es la democracia social española. Cualquiera que lea por encima las noticias puede ver que Estados Unidos en estos momentos es una bomba de relojería, una revolución social a punto de estallar. La zona de la Bahía es un hervidero de cambio social. Estoy expuesta a una diversidad multicultural inmensa y ver cómo crece un movimiento de tal calibre es fantástico, pero echo de menos un servicio de sanidad pública digno, un sistema multipartido, un gobierno que se preocupe por sus habitantes y una sociedad más familiar, menos individualista.

Elisa Orellana Huhn

París, 2008, recién salida de la carrera

Lo que no extraño es mi ignorancia. Vivir en California me ha abierto mucho los ojos a problemas sociales; muchos de ellos son específicos de Estados Unidos, pero otros son globales, como la cultura poscolonial y la opresión sistémica.

En unos años he pasado de ferviente seguidora de los preceptos de la RAE a cuestionar los planteamientos de una entidad que se resiste a la inclusividad de género. En California se enfatiza mucho el uso del lenguaje genderless en inglés. Los primeros meses me negaba a considerar ese uso de género no marcado en español, hasta que la experiencia me fue mostrando los motivos por los que se aboga por ese lenguaje inclusivo. La base de la inclusividad de género y racial está en cómo hablamos.

Uno de mis mayores aprendizajes es que las etiquetas dan visibilidad a los grupos más oprimidos. Negarles el derecho a esa etiqueta es hacer uso del sistema de opresión que nos concede nuestro lugar en la sociedad.

Uno de mis mayores aprendizajes es que las etiquetas dan visibilidad a los grupos más oprimidos. Negarles el derecho a esa etiqueta es hacer uso del sistema de opresión que nos concede nuestro lugar en la sociedad. En mi trabajo diario, cuando localizo aplicaciones al español, trato de evitar los marcadores de género para ofrecer un lenguaje más inclusivo a mujeres y personas que no se ven representadas por un género binario. En los videojuegos de rol se hace, por ejemplo, a través de variables; ¿por qué no esforzarnos de la misma manera en todas las aplicaciones?

Imagen de una playa

Cuando la niebla no impide ver el atardecer en San Francisco, ocurren maravillas como esta

Algo que aprecio con la distancia es el tamaño de nuestro país en comparación con Estados Unidos. Un país más pequeño tiene sus facilidades. Nos podremos quejar, pero el transporte público y el sistema ferroviario son una maravilla en comparación con el sistema obsoleto de Estados Unidos. Incluso si comparáramos el Interraíl europeo con el sistema de trenes estadounidense, Europa sigue a la cabeza. El continente europeo es más compacto, lo que facilita muchas cosas, entre ellas la movilidad.

Otra de mis mayores quejas es que para todo hace falta coche, algo que en España no pasa. Aquí es más difícil encontrar un bar, una panadería, un súper que queden al lado de tu casa. Incluso en Rivas-Vaciamadrid, donde me crie, teníamos todo lo necesario a dos o tres manzanas. Por ahora me las apaño sin coche; tengo la suerte de vivir en uno de los pequeños núcleos urbanos que se parecen a las ciudades europeas. Además, tengo unos amigos maravillosos que me prestan el suyo cuando de verdad me hace falta. Lo malo es que, con la pandemia, estoy más limitada si me apetece irme a pasar el día a la playa o a la montaña.

Creo que sigo en la asociación porque me da la oportunidad de participar en el programa de mentorías, que me encanta.

Soy socia de Asetrad desde 2016. Me afilié para mantenerme en contacto con los compañeros en España. Con los años, además, me han surgido buenas colaboraciones. Creo que sigo en la asociación porque me da la oportunidad de participar en el programa de mentorías, que me encanta. Mi experiencia con Asetrad es muy buena. Si no salgo de la «traducueva», está bien tener con quién compartir las penas y alegrías traductoriles.

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