La Linterna del Traductor
Panorama: El dedo en el ojo

Teletrabajo: el peligro de estar siempre disponible

Isabel Hoyos Seijo

Por motivos de sobra conocidos, el teletrabajo está experimentando un auge sin precedentes en todo el mundo. Paralelamente a ese auge, han surgido también algunas voces de alarma sobre el peligro de la falta de desconexión digital. Pero eso hace tiempo que lo sabemos quienes decidimos trabajar por nuestra cuenta y desde casa, ¿verdad? Esta columna pretende ser una llamada de atención sobre uno de los peligros a los que se enfrenta cualquier persona autónoma que teletrabaje: ¿es saludable estar siempre disponible?

Isabel Hoyos Seijo
Isabel Hoyos Seijo lleva treinta años trabajando como traductora autónoma. Actualmente, cumple lo que ella llama «mi turno de servicio a la comunidad» en la Junta Directiva de Asetrad, de la que es secretaria. Además, es la orgullosa directora de esta revista.

Éramos unos bichos raros

Según un estudio de la compañía de recursos humanos Randstadt1, en España teletrabajan actualmente 3,01 millones de personas, 3,2 veces más que hace un año. Eso quiere decir que, en los últimos meses, muchas personas que no estaban acostumbradas a teletrabajar han experimentado en qué consiste algo que en nuestro gremio es una constante diaria. Muchas personas que no estaban acostumbradas a teletrabajar han experimentado en qué consiste algo que en nuestro gremio es una constante diaria. Empresas privadas y organismos públicos que, por muy variados motivos, nunca lo habrían contemplado lo han «permitido» como solución de compromiso —en muchos casos, a regañadientes— para no interrumpir su actividad o para mantenerla en unos mínimos aceptables. Bueno, por eso y porque no tenían más remedio.

A muchos teletrabajadores de largo recorrido, entre quienes me incluyo, nos ha hecho sonreír este repentino descubrimiento de la sopa de ajo: ¡se puede trabajar desde casa! Es más, ¡se puede incluso cumplir un horario! ¡Las reuniones pueden ser virtuales! O, parafraseando un famoso meme: aquella reunión presencial podría haber sido un correo. Confieso que no puedo evitar una cierta ternurita al ver en la tele a tanto periodista que hace reportajes sobre lo que supone teletrabajar. Ya veis, tantos años siendo una incomprendida y explicando a todo el mundo que eso de trabajar en casa no significa vivir la vida loca, trabajar dos horitas y escaquearse de todo, que mis jornadas tienen muchas horas, y ahora tengo que morderme la lengua para no saltar cuando alguien que jamás había teletrabajado me explica lo estresante que es teletrabajar porque «se curra más que en la oficina». Es en esa última frase en la que me gustaría detenerme.

No es conciliación todo lo que reluce

En lo que va de año, algunas personas han descubierto lo que otras ya sabíamos: el teletrabajo puede ser un arreglo ventajoso para el trabajador (autónomo o no), pero también es un arma de doble filo. El teletrabajo puede ser un arreglo ventajoso para el trabajador, pero también es un arma de doble filo. Personalmente, me encanta teletrabajar, pero hay que ser consciente de lo que conlleva si no se planifica bien. Incluso en los escenarios que parecen menos complejos (por ejemplo, si se trabaja por cuenta propia, con libertad de horarios y sin niños en la ecuación), no solo propicia jornadas de trabajo más largas —contrariamente a lo que mucha gente creía—, sino que, en el caso de los autónomos, puede llegar a poner más difícil la necesaria y tan cacareada conciliación entre vida privada y vida laboral porque las divisiones entre los horarios y los espacios tienden a diluirse. Claro, si no tienes que cumplir un horario fijo, puedes salir a cualquier hora a hacer la compra e ir al gimnasio fuera de la hora punta o darte el lujo de ir un miércoles por la mañana a una actividad cultural (hablo de un universo no pandémico, claro está). Pero, como contrapartida, el ordenador está siempre a mano, el móvil suena a todas horas, las interrupciones cotidianas restan tiempo laboral y pueden llegar a alargar la jornada innecesariamente, y todo se complica si no dispones de un sitio más o menos exclusivo (aunque solo sea un rinconcito del salón) que consideres «el despacho» y al que decidas no acercarte a partir de una determinada hora. En mi caso —soy una privilegiada— dispongo de una habitación propia, y ni siquiera eso evita que mis jornadas sean interminables (corramos un tupido velo).

Un inciso necesario

No es mi intención entrar aquí en la problemática de los trabajadores en plantilla, mucho más compleja. Pero, efectivamente, se curra más cuando se teletrabaja. Antes de seguir, un inciso: no es mi intención entrar aquí en la problemática de los trabajadores en plantilla, mucho más compleja. Pero, efectivamente, se curra más cuando se teletrabaja, en el sentido de que hay que hacer un esfuerzo extra, aunque supuestamente se compensa con menos tiempo dedicado al desplazamiento. En cierto modo, tienes la obligación de rendir más para que nadie piense que el teletrabajo afecta a tu capacidad de trabajo o que te estás escaqueando y, encima, estás a disposición de tus jefes, que pueden llamarte a cualquier hora para «vigilar el prado», se olvidan de que en casa también tienes un horario, etc. Precisamente para evitar ciertos abusos se ha puesto en marcha el Real Decreto que intenta regular el trabajo a distancia2. Entre otras cosas, se habla allí del derecho a la desconexión digital fuera del horario laboral. Fin del inciso.

Cuando los límites se difuminan

Lamentablemente, la pandemia no ha hecho más que poner en peligro ese precario equilibrio que se llama «conciliación». De repente, todos, incluso tu jefe de proyectos/cliente o esos colegas con los que compartes un proyecto están en casa. Con mucho tiempo libre y sin actividades extraescolares. Con el mismo acceso continuado al ordenador que tú. Con tiempo para darle vueltas a tal o cual proyecto y sin poder cogerse vacaciones.

Prácticamente de un día para otro, todos nos hemos visto permanentemente «localizados», sin horarios y muy desorientados por la pérdida de nuestra rutina diaria. Por descontado, siempre se habían dado esas situaciones de colegas, jefes de proyecto o clientes (incluso de clientes que se creen que vuestra relación es de jefe-empleado, algo lamentablemente muy frecuente) que no respetan horarios, pero teníamos herramientas o excusas para escaparnos y no responder inmediatamente aquel mensaje de WhatsApp, la llamada o el correo de turno: servían de coartada las actividades fijas como el gimnasio, la clase de yoga, hacer de chófer para los niños, los compromisos familiares o sociales y las escapadas de fin de semana o las vacaciones. A regañadientes, pero los clientes (e incluso los colegas) workahólicos no tenían más remedio que respetar unos horarios de trabajo. Es más, si tú eras uno de esos clientes o colegas adictos al trabajo, también te refrenaban tus propias actividades externas, porque quien esté libre de culpa… Sin embargo, prácticamente de un día para otro, todos nos hemos visto permanentemente «localizados», sin horarios y muy desorientados por la pérdida de nuestra rutina diaria.

Foto de un escritorio. En el ordenador, la hora 21:41 con dígitos enormes

¿Y si llega el mágico momento y no estamos disponibles?

¿El resultado? Que desde marzo no nos hemos podido «escapar» de videoconferencias o reuniones a deshoras («como estás en casa...»), mensajes apremiantes en cualquier momento del día, presión para aceptar tal o cual proyecto en fin de semana, colegas que no miran la hora y nos consultan sus dudas y esperan una respuesta en cualquier momento, intentos de desconexión y buenos propósitos que acaban en nada…

Creo que, en mayor o menor medida, muchos hemos sufrido el estrés de estar en nuestra propia casa y no ser capaces de establecer un límite entre el teletrabajo y la vida privada. Incluso hemos caído en todo esto que comento y nos hemos convertido en parte del problema porque hemos sido incapaces de esperar al día siguiente para consultar tal o cual duda terminológica. Por supuesto, hay gente muy capaz de poner límites, pero a la inmensa mayoría nos cuesta. Una duda que se nos ha ocurrido a las 21:00, y esa nos parece una hora tan buena como cualquier otra. Total, todos estamos en casa. Todos los días. Por supuesto, hay gente muy capaz de poner límites, pero a la inmensa mayoría nos cuesta y, cuando nos queremos dar cuenta, estamos respondiendo —o, lo que es peor, enviando— mensajes de trabajo por WhatsApp a las nueve de la noche o un día de fiesta.

Entonces, ¿qué hacemos?

De acuerdo, ya os he metido el dedo en el ojo, que para eso tenemos esta columna. Ahora, toca ser constructiva y proponer soluciones, que debería estar dispuesta a aplicarme yo misma, claro.

En teoría, nosotros decidimos nuestra jornada laboral, por extraño que pueda parecerles a los demás. La teoría es bien sabida: en primer lugar, no hay que poner excusas, sino comunicar claramente un horario de atención al cliente/colega/aspirante a jefe y ser coherentes con ese horario; a partir de esa hora, salvo excepciones muy puntuales, ni se responden ni se envían mensajes instantáneos. Se apaga Skype o se pone en «ausente». Incluso se silencian selectivamente los chats de ciertas personas y se desactivan las notificaciones del correo. Si puedes permitirte un segundo número de móvil (y WhatsApp) solo para el trabajo y eres capaz de activar un mensaje de «mi jornada de trabajo es de tal a tal», ya es para nota. Por supuesto, a partir de esa hora no se atienden llamadas laborales. En teoría, nosotros decidimos nuestra jornada laboral, por extraño que pueda parecerles a los demás. No es lógico —ni saludable— que otros te impongan un horario, salvo que seas un falso autónomo que ha pactado con su cliente trabajar a unas determinadas horas (y ese es otro tema).

En cuanto a los mensajes de correo, lo ideal es no enviar ni responder nada a deshoras, pero algunas personas tienen la costumbre de gestionar el correo al terminar la jornada, cuando ya no hay llamadas ni mensajes y se pueden concentrar mejor, o cuando, por ejemplo, los niños están acostados. Por descontado, no falta quien recibe el mensaje y asume inmediatamente que estás disponible, suena el WhatsApp… Para esas ocasiones, puede venir bien una función que tienen algunos gestores de correo (como Gmail) y que sirve para programar el envío: escribes el mensaje a las 19:00, pero lo programas para el día siguiente a las 08:00. Funciona de maravilla. Bueno, eso dicen…

No seamos parte del problema

No obstante, por muchos consejos que nos den, nuestro cerebro de autónomos siempre irá por libre. No obstante, por muchos consejos que nos den, nuestro cerebro de autónomos siempre irá por libre. Intentará convencernos de que el mundo se va a acabar si no estamos pendientes del teléfono todo el día. Nos susurrará que a cualquier hora puede caer el encargo mágico que nos salvará el mes o que si no respondemos las consultas de un colega a las 21:00 vamos a quedar fatal. No contento con eso, también nos incitará a ser parte del problema: si todos lo hacen, por qué yo no, por qué respetar los horarios ajenos. Es una espiral tóxica que puede acabar con nuestros nervios. Necesitamos desconectar, olvidarnos del teléfono, del correo y de todo, aunque sea para estar en casa tirados en el sofá, tener una charla tranquila de sobremesa o hacer, yo qué sé, ¿galletas? Pero para eso tenemos que ser conscientes del problema y ponerle remedio.

¿Qué os parece? ¿Alguien se anima a intentarlo?

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1 A la fecha de cierre de esta edición, el estudio no es accesible en línea, pero sí que se encuentran múltiples referencias a él, como por ejemplo este artículo de Europa Press del 17 de septiembre de 2020.

2 El Real Decreto-ley 28/2020, de 22 de septiembre, de trabajo a distancia.