21 junio 2021
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Pasatiempos desengrasantes

Aunque pasamos la mayor parte de nuestro tiempo traduciendo, corrigiendo o interpretando (o eso intentamos), también hay otras actividades a las que dedicamos todas las energías que podemos. No nos dan de comer, ni falta que hace, pero tienen un lugar preferente en nuestras vidas porque nos ayudan a ser un poco más felices.

Siempre que hablo con colegas del gremio descubro que todos tenemos algún pasatiempo más o menos oculto al que recurrimos para despejar la mente y liberarla de trabajos engorrosos o excesivamente envolventes y poder mirar nuestra labor, pasado un tiempo, con nuevos ojos. Las actividades varían tanto como nuestras personalidades y gustos, pero si a ti te funciona, no hay más que decir, ¿no? Hay quienes hacen deporte, diseñan bolsos o mandalas, tienen un huerto o tocan algún instrumento musical. Y luego estamos los que no nos conformamos con una y tenemos varias aficiones que pugnan por hacerse con nuestro tiempo.

En mi caso, los detergentes son la literatura, la fotografía y la música. Y no siempre en ese orden.

En mi caso, los detergentes son la literatura, la fotografía y la música. Y no siempre en ese orden. A fin de cuentas, encuentro pocas cosas más agradables que leer un libro bien escrito tras quedar exhausto intentando traducir un artículo mal redactado, o fotografiar una puesta de sol después de revisar un texto sobre un tema que ni me va ni me viene… La cuestión es que todo lo anterior mejora con una buena melodía.

Me enamoré del saxofón escuchando a Supertramp, y de ahí pasé al jazz, como tantos otros.

Y aquí viene mi historia. Llegué al mundo de la música por una feliz casualidad tras otra. Me enamoré del saxofón escuchando a Supertramp, y de ahí pasé al jazz, como tantos otros. Soñaba con tocarlo, pero la verdad es que nunca me lo planteé en serio… hasta que un día un amigo pianista me ofreció su saxo alto. Me dijo que lo había tocado una temporada, pero que llevaba ya ocho años sin sacarlo de la caja. Se lo pedí medio en broma, pero él me tomó la palabra, y me encontré con un instrumento y corriendo a apuntarme a la escuela de música más cercana.

Creo necesario explicar que ese [BBC] era el rimbombante nombre que dimos a la Big Band de Coslada, el grupo de jazz de la escuela de música.

Y, como suele decirse, el resto es historia: de allí pasé a tocar el saxo tenor en la BBC. Tras soltar esta bomba, creo necesario explicar que ese era el rimbombante nombre que dimos a la Big Band de Coslada, el grupo de jazz de la escuela de música. Y (ahora sí) el resto es historia: tocamos en algunas de las salas más veneradas de la capital (Clamores, Café Berlín…) y en centros culturales de toda la Comunidad de Madrid y alrededores.

Santiago Rodríguez Villarta tocando el saxofón

Siempre digo que pocas cosas hay en esta vida que satisfagan más que tocar rodeado de quince, veinte o más músicos, todos concentrados en lo suyo, pero unidos para hacer algo que es mucho más que la suma de las partes. Estar en medio de todo, escuchar la respuesta de las trompetas a lo que acaba de decir el piano, o ver la cara del guitarrista cuando solea sobre nuestro riff de acompañamiento o incluso las sonrisas del público cuando (esta vez sí) reconocen la canción. Disfrutar de los matices desde dentro, notar que esa frase que tan poco me gustaba en la partitura cobra nueva vida cuando aparece justo antes o después de la de los trombones… es pura magia.

Ni que decir tiene que las cosas han cambiado: la pandemia ha cerrado las puertas a los bolos y, en gran medida, a los ensayos. Y tampoco ayuda que me haya mudado a Asturias. Como me pilla un poco a trasmano ir a practicar a Coslada, me he buscado la vida y he encontrado otra escuela de música por estos lares. Así que, cuando vuelvan los conciertos, si veis que va a haber alguno de la big band de Posada de Llanera, mirad entre los saxos tenores y me veréis allí.

Cuando estoy en medio de un contrato especialmente farragoso (…) recuerdo la frase del mítico baterista Art Blakey: «El jazz le quita el polvo a la vida cotidiana».

Nuestro gremio vive de la comunicación: la posibilitamos, la favorecemos y la potenciamos con nuestro trabajo. En el ámbito de la música, creo que el estilo que más fomenta el diálogo entre sus participantes es el jazz. Y, en mi caso, la simbiosis de ambos mundos funciona: cuando estoy en medio de un contrato especialmente farragoso, de un manual técnico redactado con los pies, o de algún documento cuyo tema no me apasiona especialmente, recuerdo la frase del mítico baterista Art Blakey: «El jazz le quita el polvo a la vida cotidiana». Entonces (si el plazo me lo permite mínimamente), me lavo las neuronas repasando alguna frase musical que me esté costando dominar, analizando la armonía de algún solo para saber por dónde llevar mi improvisación o escuchando lo que han hecho los maestros en sus grabaciones. La música me ayuda a volver a centrarme, a despejar la mente y a regresar a mi labor profesional con nuevos bríos.

Algunas recomendaciones

Y para quienes no hayan tenido demasiado contacto con esta música, quisiera aportar unas pinceladas, con alguna recomendación entre paréntesis. En primer lugar, el jazz es un estilo musical increíblemente variado: entre sus practicantes podemos citar a grandes figuras históricas, como Frank Sinatra o las orquestas de Count Basie (Sinatra-Basie: An Historic Musical First), Duke Ellington y Ella Fitzgerald (Ella Fitzgerald Sings the Duke Elington Song Book), Charlie Parker (Charlie Parker with Strings), Miles Davies (Kind of Blue) y John Coltrane (A Love Supreme). Pero es que además se ha fusionado con la música clásica (las composiciones de Maria Schneider [The Thompson Fields] podrían estar en el repertorio de cualquier orquesta), con la brasileña (Getz/Gilberto, o Joe Henderson: Double Rainbow), con el flamenco (Paco de Lucía, Al Di Meola y John McLaughlin: Friday Night in San Francisco) o incluso con valses, polcas y rap (Georg Breinschmid: Brein’s World). Y luego están los gustos de cada uno. Entre mis favoritos están: el guitarrista Pat Metheny (Secret Story, What’s It All About…), los pianistas Keith Jarrett (My Foolish Heart, Budapest Concert…) y el recientemente desaparecido Chick Corea, los saxofonistas Michael Brecker y Joe Lovano, los cantantes Karrin Allyson y Gregory Porter… Es un universo casi inagotable.

Soy un traductor profesional, y también un músico y fotógrafo aficionado; pero sinceramente opino que es lo segundo (más la lectura) lo que me permite ser lo primero.

Resumiendo: soy un traductor profesional, y también un músico y fotógrafo aficionado; pero sinceramente opino que es lo segundo (más la lectura) lo que me permite ser lo primero. Si no tuviera estos pasatiempos desengrasantes, ya me habría quemado y no podría rendir de forma competente. Obviamente, todos somos diferentes y no quiero decir con todo lo anterior que si no eres músico, pintor, gimnasta o modisto no puedas ser un traductor (o intérprete, o corrector…) excelente. Pero si ya eres un gran profesional, ¿quién te dice que no puedas ser aún mejor si repartes tu excelencia en otros campos?

Santiago ejerce de madrileño en Asturias y llegó al mundo de la traducción con el milenio. Los primeros cuatro años los pasó en una agencia en la que traducía, revisaba y gestionaba proyectos, lo que le dio las tablas necesarias para poder ponerse por su cuenta en 2004 y trabajar a su propio ritmo. Reparte su tiempo entre teclas: las del ordenador, las de la cámara en sus paseos diarios y las de Tenorio, su saxofón.

Santiago Rodríguez Villarta
Santiago ejerce de madrileño en Asturias y llegó al mundo de la traducción con el milenio. Los primeros cuatro años los pasó en una agencia en la que traducía, revisaba y gestionaba proyectos, lo que le dio las tablas necesarias para poder ponerse por su cuenta en 2004 y trabajar a su propio ritmo. Reparte su tiempo entre teclas: las del ordenador, las de la cámara en sus paseos diarios y las de Tenorio, su saxofón.
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