21 junio 2021
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El efecto polisón

Cuando abordamos traducciones literarias, no solo se pone en juego nuestra pericia a la hora de documentarnos, entender un contexto y trasladar una prosa. Esas son las herramientas que nos ayudan a llegar al destino final, que no es otro que ponernos en una situación en la que es imposible que lleguemos a estar. Conseguir algo tan contradictorio precisa cierta dosis de inspiración, que en ocasiones llega de donde menos lo esperamos.

Cuando abordamos traducciones literarias, no solo se pone en juego nuestra pericia a la hora de documentarnos, entender un contexto y trasladar una prosa.

Llegada a la madurez, Julio Verne seguía siendo para mí ese autor que los mayores siempre querían que leyera cuando era pequeña. Sin embargo, más que letras, en mi cabeza Verne era cine. No es de extrañar, porque las ediciones que tenía a mi alcance estaban plagadas de fórmulas enrevesadas como «veíanseles entrelazados», «oyose el ruido» o «partieron cautelosamente». ¿Cómo iba a competir eso con James Mason en el papel del capitán Nemo o con David Niven como Phileas Fogg?

Cuando volví al teclado, en mi cabeza estaba vestida con corsé y polisón.

Tardé mucho en entender que en las novelas de Julio Verne hay capas para contentar a todas las edades. Son mucho más que historias pensadas para la infancia o famosas precursoras de hallazgos científicos: son obras amenas y divertidas, incluso cuando se alejan enormemente de los ideales de la sociedad actual porque se escribieron en una época en la que el racismo y la misoginia estaban a la orden del día. Si cuesta superar esa incomodidad como lectora, más difícil resulta como traductora. En este caso, el primer y clamoroso ejemplo está en la primera página. Nada más empezar el libro tuve que sujetar a la mujer moderna que soy, porque me encontré al señor Maston explicándole a mistress Scorbitt que «dada su conformación cerebral, no hay mujer capaz de convertirse en una Arquímedes». Pasar de esas líneas me costó un paseo, a lo largo del cual me solidaricé con la pobre mistress. Cuando volví al teclado, en mi cabeza estaba vestida con corsé y polisón, como ella. Esa inesperada inspiración me ayudó a ponerme en la perspectiva de la época y, de paso, a enderezar la espalda en la silla. Paradójicamente, con la incomodidad del corsé y el polisón empezó lo divertido. Ya estaba dentro de la novela, ya tenía la música. Además, gracias al efecto polisón, a partir de ese momento los personajes del libro pasaron a ser mortadelos y filemones que podían hacer las mayores barrabasadas sin afectar a mis convicciones —de lo que más adelante, al llegar con ellos al Kilimanjaro, me alegré mucho—.

En esta  ocasión, las intenciones del Gun Club tienen mucho más que ver con su propio beneficio que con el interés de la humanidad.

Cualquier novela te puede llevar a lugares con un vocabulario y una geografía con los que no estés familiarizada. En Del revés tuve la oportunidad de viajar en expediciones árticas y africanas, ir a una subasta y manejar las operaciones matemáticas del último capítulo del libro. Publicada en 1889, Del revés puede considerarse como la tercera parte de De la Tierra a la Luna y Alrededor de la Luna, grandes éxitos que Verne había escrito veinte años antes. En Del revés reaparecen los miembros del Gun Club que enviaron un cohete a la Luna, pero en esta  ocasión sus intenciones tienen mucho más que ver con su propio beneficio que con el interés de la humanidad y nos traen un anticipo de lo que hoy conocemos como cambio climático.

En español se publicó con los títulos El secreto de Maston y Sin arriba ni abajo; y con el tiempo cayó en el olvido. Cuando me puse a investigar sobre la obra, descubrí que más cosas habían caído en el olvido: pocas ediciones reproducían las notas del autor, que son abundantes, y tampoco tenían un último capítulo que Verne insistió en que se incluyera con el fin de atajar a los críticos que le acusaban de escaso rigor científico. «Lo que la novela muestra, este trabajo lo demuestra», afirma Verne solemne en la introducción de este capítulo final cuyo autor es un amigo suyo, el ingeniero y matemático Paul Albert Badoureau. A Verne le costó tanto trabajo convencer al editor de publicar este capítulo suplementario que llegó a adelantar de su bolsillo los honorarios del ingeniero. Finalmente, el capítulo suplementario desapareció en posteriores ediciones francesas, y hasta ahora no se había traducido al español.

Portada del libro «Del revés»
Verne, J. Del revés. Barcelona: Alba Editorial, 2021. Trad. de Elena Bernardo Gil.

Uno de los mayores escollos por superar en el proceso de traducción ha sido, precisamente, la intervención de Badoureau, pues, además de su aportación final con complicadas operaciones matemáticas, intervino a lo largo de la novela con sus conocimientos. Resultaba evidente que necesitábamos a un Badoureau contemporáneo que, además, fuera capaz de situarse en la perspectiva científica de 1889. Esa rara avis es el físico Eugenio Manuel Fernández Aguilar, con quien ha resultado apasionante colaborar y que nos cuenta cómo fue esa experiencia de revisión en este mismo número de La Linterna.

El original, Sans dessus dessous, es un juego de palabras tomado de la expresión sens dessus-dessous, que significa ‘patas arriba’.

La traducción del título no fue tarea sencilla. El original, Sans dessus dessous, es un juego de palabras tomado de la expresión sens dessus-dessous, que significa ‘patas arriba’. Pero en vez de sens (sentido, dirección), Verne escribió sans (sin). Madame de Sévigné ya había preferido sans en el siglo xvii, pero en el siglo xix se escribía sens, al igual que hoy en día. Ya entonces los críticos pidieron explicaciones al propio Verne sobre ese cambio de letra que, naturalmente, no era una errata. Con ese galimatías, no es de extrañar que en la primera edición en español se cortara por lo sano publicándolo como El secreto de Maston. Para esta edición queríamos ser más fieles al sentido que Verne quiso dar al título, y así fue como, en un largo mano a mano con el editor en el que barajamos muchas posibilidades, llegamos a Del revés.

Para traducir la parte de la novela que relata las expediciones nórdicas, me documenté sobre la geografía ártica conocida entonces y la toponimia de la época.

Como hizo con todas sus novelas, Verne se documentó a conciencia y expuso los conocimientos más avanzados de su época. Eso mismo me tocó hacer a mí, de modo que, poco después de empezar el trabajo, estaba inmersa en la conquista del Ártico. Mi cabeza tendía puentes constantes con nuestros tiempos: el presidente estadounidense Donald Trump quiso comprar Groenlandia en 2019 igual que los personajes del libro quieren comprar el Polo Norte; se pretende descongelar el Polo y provocar un cataclismo que se describe con pelos, señales y ciencia: los Polos fundiéndose, la inundación de muchas partes del globo y un cambio climático de dimensiones bíblicas. Al margen de aquella fantasía, que ahora nos resulta tan real, a través del libro viajé y conocí increíbles historias verdaderas, como la escalofriante expedición ártica del Erebus y el Terror en busca del paso del Noroeste, que incluye envenenamiento, canibalismo y amor. Los navíos fueron vistos por última vez en 1845, se buscaron activamente hasta 1880 y no aparecieron hasta hace unos años, en 2014 uno y 2016 otro. En 2018 se estrenó una serie basada en esta historia, The Terror, producida entre otros por Ridley Scott. Para traducir la parte de la novela que relata las expediciones nórdicas, me documenté sobre la geografía ártica conocida entonces y la toponimia de la época. Sin embargo, esos no fueron los lugares más inhóspitos a los que me llevó Verne.

Regresé a mis inicios, cuando Verne para mí era cine porque la insistencia de los adultos en que leyera sus novelas me parecía sospechosa.

El lugar del que más trabajo me costó salir fue la sala de subastas a la que Verne me llevó en el tercer capítulo. Para entender esa actividad, leí con fruición la legislación que la regula y procuré encontrar la más antigua posible. Como la palabrería legal no me decía cómo se habla de verdad en las subastas, recurrí a YouTube y presencié unas cuantas; me ayudaron especialmente las que se hacen en los Encants de Barcelona. Sin embargo, yo necesitaba otra cosa, algo más antiguo y preferiblemente estadounidense porque, sabiendo cómo se las gastaba monsieur Verne, que no daba puntada sin hilo, bien pudo haber asistido a alguna cuando viajó a Estados Unidos en 1867 o, al menos, hacer que alguien le contara con todo lujo de detalles cómo eran. Era un camino discutible desde el punto de vista traductológico y estaba a punto de darme por vencida cuando vino Cary Grant a salvarme. En una escena divertidísima de Con la muerte en los talones, Cary Grant está en una subasta. Esta película de Alfred Hitchcock cuyo título original es North by Northwest, de 1959 —un título viajero y una película situada en el tiempo más o menos a medio camino entre Verne y nosotros—, recrea una sala de subastas en la que suceden cosas tan esperpénticas como las que Verne inventa en su novela. El efecto polisón actuó de nuevo. Es más: en esa película, aunque no en esa escena, sale también James Mason, con lo cual regresé a mis inicios, cuando Verne para mí era cine porque la insistencia de los adultos en que leyera sus novelas me parecía sospechosa. Y no digamos ya el hecho de que me dijeran que había escrito para niños cuando resultaba que uno de aquellos niños era mi abuelo. Las ediciones de la colección Historias de Bruguera, tan habituales en las bibliotecas juveniles de la España de los setenta y que tanto acercaron la literatura a toda una generación, habían sido mi mayor aproximación lectora a Verne a través de sus páginas de viñetas intercaladas. ¡No sabía lo que me estaba perdiendo!

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Periodista de formación y licenciada por la Universidad Complutense de Madrid, donde reside actualmente. Trabajó como corresponsal de prensa durante cinco años en París. Empezó en 1996 su labor como traductora de francés e inglés a español. Desde entonces combina la traducción de textos de índole comercial para casas del sector del lujo con la traducción de libros. Entre sus más de veinte obras traducidas se cuentan clásicos, novela histórica, autobiografías, guías de viaje, obras de historia, divulgación y guías del escritor.

Elena Bernardo Gil
Periodista de formación y licenciada por la Universidad Complutense de Madrid, donde reside actualmente. Trabajó como corresponsal de prensa durante cinco años en París. Empezó en 1996 su labor como traductora de francés e inglés a español. Desde entonces combina la traducción de textos de índole comercial para casas del sector del lujo con la traducción de libros. Entre sus más de veinte obras traducidas se cuentan clásicos, novela histórica, autobiografías, guías de viaje, obras de historia, divulgación y guías del escritor.

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