2 julio 2022
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El placer de ‘tradugrinear’

Cuando me reuní con mis amigos una tarde calurosa de julio en El Retiro, no era consciente de que el plan que hicimos para pasar el verano acabaría formando parte de mi vida para siempre.

Ese primer camino a Compostela que recorrí no fue el más placentero ni el que me trae mejores recuerdos, pero plantó una semilla en mi interior que todavía me impulsa a ponerme la mochila sobre los hombros, andar varios kilómetros al día durante muchas horas, dormir cada día en un sitio y conocer a gente de toda índole. Además, en ese contexto es inevitable que la mezcla de idiomas que hablan los peregrinos y mi vocación traductoril se den la mano, por lo que durante estos días me convierto en un auténtico tradugrino. En este artículo os cuento por qué no puedo parar de echarme la mochila al hombro y ponerme a andar.

En mitad de una conversación tan corriente como cualquier otra, unos amigos del colegio y yo nos pusimos a hablar del Camino de Santiago, que por aquel entonces estaba alejado del turismo de masas y de los filtros de las cámaras de nuestros smartphones. Ninguno de nosotros podía esperarse que, al final de esa calurosa tarde del mes de julio de 2003 en El Retiro, hubiésemos decidido liarnos la manta a la cabeza y formar un cuarteto para emprender la aventura de la peregrinación hacia Santiago.

Casi sin tiempo para organizar el viaje, nos plantamos en un albergue de León a principios de agosto, dispuestos a comenzar el camino al día siguiente.

Casi sin tiempo para organizar el viaje, nos plantamos en un albergue de León a principios de agosto, dispuestos a comenzar el camino al día siguiente. La primera etapa fue muy poco halagüeña: anduvimos durante horas a temperaturas que ese día fueron récord histórico por un páramo castellano, sin sombras ni nada parecido en varios kilómetros a la redonda y, para más inri, descubrí en mitad de ninguna parte que mi cantimplora tenía una fuga. Cuando llamé a mi madre para contarle que había sobrevivido a la primera etapa y que estaba en Hospital de Órbigo, se creyó que era un hospital diferente y cundió (solo un poco) el pánico.

Conseguimos llegar a Santiago y, desde entonces, conecté con el camino de una forma que no sé muy bien cómo explicar.

El resto del camino no fue la experiencia de la que tenga un mejor recuerdo precisamente, en especial, por la diferencia entre nuestras personalidades. Yo quería pararme en los pueblos, hablar con la gente y disfrutar del paisaje (la prisa mata, como dicen los árabes), mientras que a mis amigos les preocupaba más el llegar antes para coger sitio en el albergue y poder dormir la siesta por la tarde. Además, éramos adolescentes y, como todo adolescente, teníamos las hormonas demasiado revolucionadas. No obstante, conseguimos llegar a Santiago y, desde entonces, conecté con el camino de una forma que no sé muy bien cómo explicar.

Por diversas circunstancias, no volví a ponerme la indumentaria de peregrino hasta octubre de 2015. La asamblea de Asetrad de ese año se celebraba en Santiago de Compostela, adonde no había vuelto hasta entonces. Mientras organizaba el viaje desde Madrid, pensé que sería una buena ocasión, no para terminar el camino, sino para empezarlo, así que me cogí unos días libres después de la asamblea para ir caminando desde Santiago hasta Fisterra en cuatro etapas. A pesar de que salí de Santiago con alerta naranja por lluvias y viento y de que llegué al albergue lavado y centrifugado, el hecho de llegar unos días más tarde a Fisterra, el fin del mundo, disfrutando del camino a mi manera y en mi soledad; hizo revivir la llama, la cual no se ha apagado hasta hoy.

Desde entonces, he tradugrineado varias veces ya, empezando al principio siempre solo, pero acabando con otros peregrinos, con quienes siempre terminas hablando a fuerza de coincidir en albergues o en las paradas en los bares a mitad de etapa.

A pesar de que estos viajes coinciden con mis vacaciones, un traductor nunca deja de serlo.

A pesar de que estos viajes coinciden con mis vacaciones, un traductor nunca deja de serlo. Debido a que la gran mayoría de los peregrinos con los que me encuentro son extranjeros, no hay día que me libre de tener que hacer de intérprete entre ellos y las gentes locales, o incluso entre peregrinos de diferentes nacionalidades. Hay quien chapurrea un poco el español, pero la cosa se complica en zonas donde predomina el gallego, el bable o el eonaviego o una mezcla de ellos con el castellano (todo ello fascinante para quienes amamos la lingüística). Por tanto, a un servidor le toca hacer de enlace a menudo, hasta el punto de que se ha quedado casi sin comer o cenar alguna vez por tener que interpretar a dos o tres idiomas, tanto en la combinación directa como en la inversa, mientras quienes precisaban de sus servicios no dejaban de llenarse el estómago de distintas viandas. De ahí saqué el término tradugrino, que me precio de utilizar para describir mis andanzas.

Al planificar los viajes solo tengo dos reglas: evitar los meses de verano, ya que mis genes pasiegos me hacen huir del calor, y buscar los caminos menos mediáticos y transitados, donde más pueda disfrutar del contacto con la naturaleza, caminando a mi ritmo y, sobre todo, desactivando los datos del móvil para que las únicas distracciones sean las que me ofrece el entorno por donde ando.

Comer un menú que podría haber cocinado mi abuela en un pueblo de la España vacía es para mí mil veces mejor que cualquier restaurante con estrellas Michelin.

Caminar bajo el orvallo al amanecer o en medio de un bosque en otoño oyendo la berrea de los ciervos en Zamora o ver el atardecer en el faro de Fisterra mientras recuerdas todo lo vivido, por poner varios ejemplos, son experiencias que no tienen precio. Y luego está la gastronomía: después de andar durante varias horas, comer un menú que podría haber cocinado mi abuela en un pueblo de la España vacía es para mí mil veces mejor que cualquier restaurante con estrellas Michelin. En mi caso, estas cosas sencillas que me regala el camino son las que a mí me bastan y me sobran para alegrarme la vida.

Otra de las ventajas de mis vacaciones como tradugrino es que, aparte de descansar, puedo charlar con otros peregrinos, lo cual me ayuda a relativizar mis problemas. Por ejemplo, cuando hablas con alguien que ha sobrevivido de milagro a un cáncer muy agresivo y te enseña su foto de DNI donde se ve cómo era en épocas anteriores de su vida, casi seguro que aquella cuestión que antes se te hacía un mundo ahora no te parezca para tanto.

En esta etapa de mi vida, siempre estoy pensando cuándo será el siguiente camino. Leo guías y relatos de otros peregrinos casi todos los días y hasta veo vídeos de caminantes en el autobús o en el tren. Incluso me da por meterme en Google Maps, poner Street View y buscar los lugares que más recuerdo de mis caminos, quizás para que no se me despeguen de las retinas. También me descubro planificando posibles etapas de un lugar a otro, mirando a ver cuándo me puedo coger unos días libres para echarme la mochila al hombro y volver a la senda. Espero que sea muy pronto.

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Es licenciado en Traducción e Interpretación por la Universidad Autónoma de Madrid y cursó el Experto en Tradumática, Localización y Traducción Audiovisual de la Alfonso X El Sabio. Tras un breve paso como traductor en plantilla, en 2010 se lio la manta a la cabeza y comenzó su andadura como traductor autónomo de inglés a español especializado en la localización de aplicaciones y sitios web.

Con un perfil profesional a medio camino entre el traductor y el ingeniero de localización, compagina la traducción con la asistencia técnica y la asesoría a sus clientes con cuestiones relacionadas con las herramientas TAO, a la vez que imparte cursos personalizados de Trados Studio y memoQ. Desde septiembre de 2021 ejerce como vocal de Asuntos Tecnológicos y Web de Asetrad.

José Manuel Manteca Merino
Es licenciado en Traducción e Interpretación por la Universidad Autónoma de Madrid y cursó el Experto en Tradumática, Localización y Traducción Audiovisual de la Alfonso X El Sabio. Tras un breve paso como traductor en plantilla, en 2010 se lio la manta a la cabeza y comenzó su andadura como traductor autónomo de inglés a español especializado en la localización de aplicaciones y sitios web. Con un perfil profesional a medio camino entre el traductor y el ingeniero de localización, compagina la traducción con la asistencia técnica y la asesoría a sus clientes con cuestiones relacionadas con las herramientas TAO, a la vez que imparte cursos personalizados de Trados Studio y memoQ. Desde septiembre de 2021 ejerce como vocal de Asuntos Tecnológicos y Web de Asetrad.

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