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De la cocina a la cama

Hoy empezaremos hablando de cocina y gastronomía. Si hay algo que distingue al ser humano del resto de los animales es que ha convertido la necesidad de alimentarse en una actividad lúdica y deliberadamente compleja, diversa según las distintas culturas e incluso a menudo con tintes —¿tal vez ínfulas?— de arte. Lejos ya de aquel primer paso que consistió en cocinar algunos alimentos para hacerlos más digeribles y asimilables, la cocina es ahora más que nunca un vehículo para expresar las emociones, la creatividad, el cariño e incluso el estatus cultural y social.

Hace ya bastantes años (en una época anterior a la proliferación de cocineros mediáticos), dentro de un programa mañanero de la tele española, un cocinero (que no se hacía llamar «chef») tenía un microespacio en el que siempre decía al finalizar algo parecido a: «Cocine, porque con la cocina usted transmite a los suyos cariño y cultura». Ese señor —y lamento no haber encontrado cómo se llamaban él ni su segmento en aquel programa— era un visionario, porque en aquella época todavía cocinar se relacionaba casi exclusivamente con la actividad de alimentarse, era cosa de las madres y abuelas, y poca gente admitiría tenerlo como afición. Sin embargo, hoy ya nadie duda de ese concepto según el cual la gastronomía y la cocina —como acto de preparar la comida diaria— suponen un hecho cultural diferenciador, y uno especialmente atractivo. Porque cuando viajamos podemos elegir entre mar y montaña, ciudad o campo, turismo de museos y teatros o turismo de playita, gin-tonic y tumbona, pero ¡todos tenemos que alimentarnos! Y, aunque a buen hambre no hay pan duro, puestos a elegir, a todos nos gusta comer «cosas ricas». Luego cada uno puede decidir particularmente qué cosas son esas, si un huevo frito con patatas, una hamburguesa de cierta cadena de comida rápida o una «espuma de tortilla de patata», pero creo que el concepto está claro.

No digo nada nuevo si afirmo que la gastronomía es un campo en alza, que día a día gana mayor cuota de atención en los medios. Por eso mismo, también ofrece cada vez más oportunidades de trabajo para nuestras profesiones: interpretar a un famoso chef, subtitular una película sobre el tema o traducir libros de recetas exóticas, por nombrar algunas. No obstante, en un gremio en el que hay tanto comunicador y artista nato, resulta tentador combinar esas habilidades comunicadoras y artísticas con la afición por la cocina, como prueban los artículos temáticos que hemos elegido y las magníficas fotografías de Sylvain Vernay.

Pero, como diría el recordado Javier Krahe, no todo va a ser (que nadie se asuste)… comer. Para que haya un poco de todo y no empacharos en exceso, traemos otros contenidos, y aunque estamos muy satisfechos con ellos en general, me gustaría llamar vuestra atención concretamente sobre la columna «El dedo en el ojo» de este número, firmada por Virginia Cabañas: ¿Los intérpretes ofrecemos servicios sexuales? Somos conscientes de que, dicho así, a más de uno le parecerá una exageración o incluso una situación que se presta al chascarrillo fácil (nada más lejos de nuestro ánimo, porque es un tema muy serio), pero creemos que es nuestro deber visibilizar una realidad que por incómoda no es menos sangrante. Por supuesto, la profesión de intérprete tiene muchos otros problemas, como el de la falta de profesionalización que se comentaba en esa misma columna unos números atrás, pero esta cuestión que tratamos hoy incide directamente en la dignidad e incluso en la seguridad de nuestros colegas. Por una cuestión de principios, si me encontrara en la tesitura de tener que escoger uno solo de los artículos de este número para darle publicidad, sería ese el elegido, y por ese motivo os animo a compartir el enlace en las redes sociales, para educar a la gente y que se aprenda a distinguir entre dos profesiones que jamás deberían confundirse ni mezclarse. También fuera de la cocina existen maridajes nada aconsejables.

Después de esta digresión, retomo el hilo inicial para sugerir que degustéis y paladeéis este número con tranquilidad, fruición, ansiedad, hambre, glotonería, gula, parsimonia, delectación… y una buena copa de vino o de vuestra bebida favorita, con o sin alcohol. Si quedáis satisfechos, os esperamos de vuelta dentro de unos meses.

Gracias por leernos.

Isabel Hoyos

 

 



Directora

 

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