17 agosto 2022
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Repostería casera sin pretensiones: bollos de canela

Elaborar repostería tradicional en casa, idealmente alternando recetas ya conocidas y experimentadas con otras nuevas, es mi definición de la felicidad. Y si puedo complementarla con algo de punto en los ratitos en los que la masa tiene que hacer sus cosas de masa por su cuenta, mejor que mejor.

Nunca discutáis de mazapán y marquesas con alguien de Toledo: llevarán razón ellos.

Me gustaría comenzar con dos consejos:

  1. Nunca discutáis de mazapán y marquesas con alguien de Toledo: llevarán razón ellos.
  2. No olvidéis que Murphy no descansa. Nunca.

Lo primero viene a cuento de lo que no va a ser, del plan A de este artículo: que con la excusa de hablar de mi afición por la repostería casera sin pretensiones de tipo alguno, iba a compartir aquí la receta de marquesas que se ha hecho en mi casa «toda la vida». Receta clásica, clásica. La auténtica. La genuina. Además, con cantidades garantizadas porque ha sido probada y requeteprobada. Una joya, vaya.

Pero se me ocurrió hablarlo con una amiga. De Toledo. Vía Zoom, que entre el festival pandemia y que cada una vive en un país, somos asiduas de Zoom y Skype. Y me miró. Y se le arqueó la ceja derecha como cada vez que no se cree algo. Total, que tras un rápido interrogatorio, me sacó de mi error: las marquesas fetén de verdad llevan cuatro ingredientes y ninguno de ellos es harina. No he sido capaz de volver a mirar la receta familiar con los mismos ojos. El desencanto es así. Y mira que sale rica. Pero no, ya no es lo mismo.

Eso sería para mí lo mejor de todo: que a raíz de este textito alguien se animara a probar a hacer algún dulce tradicional en casa.

Pues nada: plan B. Será por letras. Mismo artículo, pero probando, en primicia y riguroso directo, la receta de marquesas del libro de recetas de la Diputación de Toledo que me pasa mi amiga. Sin harina. Y si no sale, unas risas que nos echamos y listo. Esas cosas pasan. Se vuelve a intentar en otra ocasión y chimpún. Y, a lo mejor, a alguien a quien le apetece hacer repostería en casa, pero le da un poco de cosilla por todas las maravillas que la gente publica en Internet, al ver aquí un desastre con fotos y todo, se anima a probar. Nunca se sabe. Porque, en el fondo, eso sería para mí lo mejor de todo: que a raíz de este textito alguien se animara a probar a hacer algún dulce tradicional en casa.

Mi plan perfecto, sin fisuras, fue cambiando (planes C, D, E…) a fin de ir sorteando los sucesivos embates de Murphy (entre ellos, una búsqueda de piso no prevista), hasta llegar a la receta de unos bollos de canela, unos kanelbullar, como los llaman en Suecia. ¿Y por qué esta receta en concreto? Pues porque el domingo suelo hacer pan y algo de bollería para desayunar algo rico el lunes por la mañana. El primer fin de semana después de comprometerme a escribir esto hice kanelbullar, y por si Murphy, que ya nos conocemos, saqué alguna foto del proceso. Además, la receta es sencillita, no requiere ingredientes que no se suelan tener en casa (quién no tiene hoy día levadura de panadero en casa, hombreporfavor), están riquísimos y anda que no da alegría desayunar o merendar algo así que has hecho tú.

Id sacando la leche y la mantequilla del frigorífico para que estén a temperatura ambiente, que empezamos.

Mis aficiones son simplísimas, y creo que lo único que tienen en común es que nos permiten a los torpes sacar a trompicones la creatividad.

Mis aficiones son simplísimas, y creo que lo único que tienen en común es que nos permiten a los torpes sacar a trompicones la creatividad. Pasé por la fotografía, hace muchísimos años, porque me entusiasmaba no solo hacer las fotos, sino meterme en el cuarto oscuro, revelar la película y positivar las copias. Ser capaz de completar todo el proceso me daba una alegría infinita. Por algún motivo, el paso a lo digital me apartó de mi afición y, ahora mismo, no soy capaz ni de enfocar decentemente.

Me gusta tejerme mis propios jerséis y calcetines, por lo general utilizando patrones propios y llenos de ochos y trenzas. El jersey con exceso de ochos y trenzas está por tejer aún. Me gusta embarcarme en chales calados complejísimos que me lleva una eternidad terminar. En parte, por falta de tiempo puro y duro, pero también porque es un tipo de labor que cuesta muchísimo retomar una vez la has aparcado durante algo de tiempo: identificar dónde te quedaste en el patrón no es a veces muy inmediato. Y si te equivocas y hay que deshacer la labor, hay que hacerlo punto a punto. Mis favoritos son los estonios. Cuanto más tejía, más me empezaron a llamar la atención otros pasos del proceso y así, empecé a aprender a hilar. Me encantaría retomarlo en algún momento. Empecé a aprender a coser y logré hacerme un par de prendas sencillas. Conseguí una máquina de coser y ahí está, la pobre, muerta de asco porque no ha habido manera (aún) de retomar la costura. Me encantaría aprender a trabajar la madera. Y muchas cosas más. Creo que, sencillamente, me lo paso bomba aprendiendo a hacer cosas que no sé y que me permiten hacer con las manos cosas que luego voy a utilizar.

Bajo ningún concepto se me ocurriría meterme en la cocina si tengo un mal día o un disgusto.

Esto de disponer de una pequeña vía de escape para la creatividad es algo que, con el tiempo, he descubierto que es crucial para mí. No tengo claro que mis aficiones me ayuden a relajarme, que es algo que me suelen preguntar si voy haciendo punto en el metro o en un autobús, por ejemplo. Y bajo ningún concepto se me ocurriría meterme en la cocina si tengo un mal día o un disgusto. Aparte de que estoy segura de que saldría incomestible y que el riesgo de que algo acabara chamuscado o peor es alto, es que ni siquiera me apetece. Para relajarme tengo que hacer deporte, por mucho que lo deteste. Como mínimo, salir a caminar un par de horas.

La atracción por los dulces tradicionales y el pan la recuerdo conmigo desde siempre. Me divierte buscar y probar recetas nuevas. Cuando las cosas salen bien, me llevo una alegría tremenda. Y cuando salen mal, me disgusto, claro, pero poco. Y se me pasa enseguida y pruebo otra vez.

Vamos con los bollos de canela. Esta receta es el resultado de combinar la que me pasó mi profesora de sueco hace un porrón de años (con las cantidades en tazas, que es algo con lo que no termino de apañarme), otras recetas que he encontrado por internet… y prueba y error. Con las cantidades que doy, a mí me salen unos 16 bollos. Mis piezas de bollería tienden a ser algo pequeñas porque creo que así se dosifican mejor. Manías.

  • 425 g de harina de trigo normal y corriente (todo uso);
  • 130 g de azúcar;
  • 250 ml de leche (ojo, que va en ml y lo demás, en gramos);
  • 75 g de mantequilla;
  • 2 g de levadura de panadero seca;
  • un pellizquito de sal;
  • más mantequilla para el «relleno»;
  • canela molida, como si la fueran a prohibir.

La encimera tiene que estar limpia y despejada porque vamos a amasar sobre ella. También vamos a necesitar un rodillo para estirar la masa.

La mantequilla tiene que estar muy blanda (no derretida) y la leche a temperatura ambiente o templadita. No puede estar caliente porque nos cargaríamos la levadura. Mi padre, que es quien me enseñó a cocinar, diría que hay que «quitarle el frío». La encimera tiene que estar limpia y despejada porque vamos a amasar sobre ella. También vamos a necesitar un rodillo para estirar la masa.

  1. En un bol grande ponemos la harina, la levadura, la sal y el azúcar. Mezclamos bien estas cuatro cosas con una espátula.
  2. Añadimos la leche. Mezclamos con la espátula.
  3. Añadimos la mantequilla. Mezclamos con la espátula.

Parece que la masa está demasiado blanda y que se va a pegar por muchísimo. Calma, está bien así. Resistid la tentación de añadir más harina o podréis usar los bollos para mampostería.

  1. Dejando la masa dentro del bol, amasadla con una mano hasta que toda la harina esté integrada;
  2. Echad la masa a la encimera y amasadla algo más hasta que quede homogénea. No hay que poner harina en la encimera. Con las cantidades que doy, no se va a pegar.
  3. Poned la masa en el bol de nuevo y tapadlo con papel film. Dejad que la masa repose y suba durante unos 90 minutos o dos horas en un sitio donde no haga frío.
  4. Pasado ese tiempo, la masa habrá subido y estará muy elástica. La ponemos en la encimera otra vez, la amasamos un poquito y la estiramos con el rodillo hasta conseguir un rectángulo de unos 20 × 40 cm.

A la hora de cocinar, aunque la receta sea sencilla y rápida, es crucial para que las cosas salgan bien no tener prisa ninguna.

Olvidé decir algo obvio, y es que, a la hora de cocinar, aunque la receta sea sencilla y rápida, es crucial para que las cosas salgan bien no tener prisa ninguna. De lo contrario, te pasa lo que a mí cuando hice los bollos este día, que no estiré la masa lo suficiente.

Se empieza a doblar la masa.
  1. Hora de utilizar la mantequilla que teníamos reservada, la canela en polvo y, en teoría, más azúcar. Untamos todo el rectángulo con una capa fina de mantequilla (tiene que estar muy blanda), lo espolvoreamos con canela como si no hubiera un mañana y, si queréis, con azúcar. Para mí, más azúcar los hace excesivamente dulces, pero añadirla aquí también es lo habitual. Yo suelo poner también cardamomo molido.
  1. Ahora hay que doblar la masa para que nos quede el relleno de canela por dentro. Cogemos el extremo derecho del rectángulo y lo doblamos hacia dentro. Que quede el tercio de la izquierda libre porque lo vamos a doblar hacia dentro también. Doblamos el extremo de la izquierda hacia dentro.
  1. Con el rodillo damos unos golpecitos para pegar bien la masa y la estiramos un poco de nuevo, con cuidado de no reventarla.
  2. Con un cuchillo cortamos tiras transversales de masa de 1 cm de grosor o un poco más para obtener una especie de cordón que tiene el relleno de mantequilla, canela y azúcar por dentro.
  3. La masa será muy elástica. Tenemos que conseguir estirar el cordón y enrollarlo sobre los dedos para formar los bollos. Para estirarlo, lo cogemos por los extremos y lo sacudimos un poco al tiempo que tiramos poco a poco. Como antes, sin prisa: tenemos que lograr estirar la masa sin romperla.

Hay muchas maneras de formar los bollos y es fácil encontrar vídeos al respecto en YouTube, que no cunda el pánico.

  1. Para formar los bollos, cogemos el cordón entre el pulgar y el índice de una mano y lo enrollamos sobre los dedos índice y corazón. Terminamos pasando el cordón alrededor de los primeros bucles de masa para formar una especie de pelota. (Hay muchas maneras de formar los bollos y es fácil encontrar vídeos al respecto en YouTube, que no cunda el pánico).
  1. Ponemos los bollos sobre una bandeja de horno protegida con papel de horno. Los tapamos de nuevo con papel film o un trapo para dejarlos crecer durante 1 hora, más o menos. Es mejor que estén algo separados para que no se peguen entre ellos.
  2. Cuando los bollos lleven unos 40 minutos de reposo, calentamos el horno a 190 ºC.
  3. Transcurrida la hora, pincelamos los bollos con huevo batido en el que ponemos un chorrito de leche y los metemos en el tercio inferior del horno con calor arriba y abajo durante 10-12 minutos.
  4. Sacamos los bollos del horno y los dejamos enfriar sobre una rejilla. Listo.

Sara es de entusiasmo rápido y tiene querencia natural por meterse en berenjenales. Llegó a la traducción a tiempo completo ya mayorcita por no hacer caso antes a su voz interior. Antes de eso, participó en anteproyectos de aeropuertos, dio clases de inglés (esto todavía lo hace) y se dedicó a la catalogación OTAN. Hacer pan, bollos y dulces tradicionales en casa le gusta casi casi tanto como la traducción técnica y la audiovisual (¿o es al revés?). Recientemente ha descubierto que se lo pasa bomba también con los textos de moda. Tiene muy poco tiempo libre y por eso tarda la intemerata en terminar las labores de punto y ganchillo que empieza (muchas; demasiadas), pero las termina todas.

Sara M. Morales Loren
Sara es de entusiasmo rápido y tiene querencia natural por meterse en berenjenales. Llegó a la traducción a tiempo completo ya mayorcita por no hacer caso antes a su voz interior. Antes de eso, participó en anteproyectos de aeropuertos, dio clases de inglés (esto todavía lo hace) y se dedicó a la catalogación OTAN. Hacer pan, bollos y dulces tradicionales en casa le gusta casi casi tanto como la traducción técnica y la audiovisual (¿o es al revés?). Recientemente ha descubierto que se lo pasa bomba también con los textos de moda. Tiene muy poco tiempo libre y por eso tarda la intemerata en terminar las labores de punto y ganchillo que empieza (muchas; demasiadas), pero las termina todas.

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