La Linterna del Traductor
NÚMERO 10

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Filomena es inmigrante

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CONTRAPORTADA

Colofón: Vena literaria

Filomena es inmigrante

Filomena es inmigrante. Viene de un país muy pequeño en el que reina el caos. Un país con recursos naturales escasos, un territorio diminuto, pocos habitantes, un ejército ridículo y un nulo peso político en el mundo.

Filomena habla siete idiomas y un dialecto y desde que tiene uso de razón ha ido dedicando gran parte de su energía a construir, reforzar, apuntalar y blindar una habilidad camaleónica que le ha permitido siempre fundirse en cualquier entorno.

Filomena se adapta.

Filomena sobrevive.

Filomena es inmigrante pero como viene de un país pequeño, ni siquiera se le permite gozar de la satisfacción beata, la satisfacción satisfecha de los naturales de civilizaciones mayoritarias, extensas, colonizadoras e intransigentes.

Para acabar de adobarlo todo, antes de acceder a la condición de inmigrante, Filomena era ya minoría en su propio país pequeño. La civilización que supuestamente es la suya no la reconoce y no para de ponerla continuamente frente a frente con representantes de la rama dominante, disfrazados de todo tipo de personajes, con el único fin de mantenerla permanentemente hundida en la miseria del ser ninguneado. A Filomena le hubiera encantado ser discriminada porque, al menos, la discriminación contiene ese ingrediente de violencia activa y directa que, a pesar de su dureza, tiene el mérito de otorgar al discriminado una importancia, un peso. Ser digno de odio otorga entidad y, en definitiva, enaltece. El ninguneado simplemente no existe, no tiene forma, ni importancia. Humillante. En algunas ocasiones, la condición de minoría entre las minorías de Filomena puede llegar a provocar un atisbo de sorpresa en los representantes de las mayorías dominantes. Unas cejas que se redondean fugazmente, una mueca poco convencida, un sonido semiexclamativo, que desaparecen inmediatamente después para dejar paso a la indiferencia.

Filomena se refugia en sus viajes incesantes a todos los rincones de la fotografía de su abuela y de su madre. Dos mujeres elegantes, altivas, la mirada fija y sobre todo, perfectamente conscientes de su pertenencia a una estirpe fina.  Filomena se llena los ojos con la prueba fehaciente de la finura de una estirpe a la que ella también pertenece, a pesar de ser ninguneada, a pesar de no ser ni la sombra de lo que fueron sus antepasadas. Se llena tanto los ojos con la finura que llega a olvidar a veces que es inmigrante. Una inmigrante desubicada, reubicada y hasta su muerte, mal ubicada.

Filomena lee historias de gente desubicada. Gente camaleónica que se funde en las mayorías omnipresentes, que se integra hasta el punto alarmante de dejar de ser quien es para transformarse en una sombra que proyecta una imagen comercialmente aceptable. Entonces, Filomena escribe, se desahoga y a través de su letra, vuelve a reencontrarse con su verdad. Filomena es camaleónica, perfectamente adaptable, fundida en el entorno, pero secretamente verdadera. Secretamente. Sola, secreta y verdadera.

Filomena es una superviviente. Su sociedad de origen la expulsó como un cuerpo extraño, un absceso no deseado. Ahora, trasplantada, Filomena se ha vuelto un hongo que sobrevive en la sombra de las razas autóctonas y mayoritarias.

Filomena sobrevive.

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