6 octubre 2022
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Poesía visual. ‘Ceci est un poème aussi’

Aproximación a la poesía visual, una modalidad artística aparentemente reciente, pero que se remonta a los orígenes de la literatura y cuyos antecedentes directos son las vanguardias, de las que bebe su carácter transgresor, y que libera a la poesía del corsé de las palabras y las barreras lingüísticas, despojándola al mismo tiempo de su aureola de solemnidad.

La poesía experimental se expresa de diversas formas, todas ellas muy conectadas. Su gran eclosión se produce en los años sesenta, y se mantiene viva hasta hoy, al margen de las leyes y los dueños del mercado.

Pese a su carácter rebelde, ya ha entrado en las universidades, es objeto de certámenes y de numerosas antologías y exposiciones.

«¿Qué es la poesía visual?», preguntas mientras clavas en mi pupila tu mirada ojiplática. Entonces tomo tu retrato y sustituyo tus ojos por los platitos pequeños del juego de té y te respondo: «Poesía eres tú».

Y es que la poesía, que etimológicamente quiere decir creación, no tiene que conformarse con la palabra como único medio de expresión, sino que puede servirse de todos los recursos a su alcance para lograr su objetivo, que no es otro sino revelarnos los aspectos extraños y sorprendentes de la realidad cotidiana, quebrar el automatismo en la percepción que el hábito ha implantado en nuestros sentidos.

La poesía visual fue todo un descubrimiento que me abrió un territorio mestizo donde confluían diversas manifestaciones artísticas.

Para mí, que procedo de la poesía discursiva, la poesía visual fue todo un descubrimiento que me abrió un territorio mestizo donde confluían diversas manifestaciones artísticas, y que me liberaba del corsé de las palabras y las barreras lingüísticas, permitiéndome piruetas líricas hasta entonces insospechadas, brindándome un sincretismo en el que todas las posibilidades estaban abiertas.

Esta hermana díscola ha sacado a empujones al creador de su olimpo, lo ha despojado de su aureola de solemnidad, de su categoría de demiurgo, y le ha dado a cambio algo mucho más valioso, como es la libertad.

Y es que la poesía visual tiene mucho de gamberra y transgresora; no en vano, aunque su origen es tan antiguo como el de la poesía tradicional, sus antecedentes directos son las vanguardias: futurismo, cubismo, dadaísmo y surrealismo, y ultraísmo en España, movimientos que demolieron los cánones hasta entonces conocidos de la creación poética.

Desde aquel huevo primigenio de Simmias de Rodas en el año 300 a. C., la poesía visual o experimental ha jugado con diversos materiales y perspectivas, imbricadas con las diferentes etapas de su historia. Atravesó la Edad Media y el Renacimiento y los siglos posteriores en forma de caligramas y laberintos, y otros juegos de ingenio para gentes eruditas, hasta llegar a Apollinaire, Duchamp y Tristan Tzara, quien opinaba que «la obra poética no tiene valor estático, puesto que el poema no es el fin de la poesía y esta puede existir muy bien en otra parte».

Tras el desolador panorama que dejaron las sucesivas guerras de los años treinta, se abre un espacio de silencio hasta los años sesenta, en que las nuevas tendencias plásticas prestan atención a esta modalidad artística y se produce una eclosión, abanderada en España por la actividad divulgativa del uruguayo Julio Campal y la creación de los emblemáticos grupos Problemática-63 y N.O., y donde la figura más relevante en la segunda mitad del siglo xx será la del catalán Joan Brossa1.

La poesía experimental se ha plasmado en el letrismo, que se sirve de las letras en su dimensión plástica.

La poesía experimental se ha plasmado en el letrismo, que se sirve de las letras en su dimensión plástica, aunque tiene en cuenta que, de forma inconsciente, no dejan de ser signos del lenguaje, lo que influye inconscientemente en la percepción del lector; en la poesía concreta, donde es la palabra emancipada la que asume el protagonismo; en la poesía fonética, cuya esencia es el sonido de las palabras; en la poesía semiótica, que emplea cualquier clase de imagen susceptible de decir algo; en los poemas-objeto, que dotan de dimensión simbólica a un objeto o conjunto de objetos de la vida diaria descontextualizados o manipulados, para transmitir un mensaje poético; o en el poema-acción2, happening o performance, y en el videoarte, etc.

Hoy en día, todas esas formas están conectadas y surfean sobre las nuevas tecnologías que abren aún más vías, no solo de creación, sino también de difusión.

En la actualidad, las convocatorias de arte postal tienen lugar a escala global y suelen girar en torno a un tema.

Y es que, durante mucho tiempo, la divulgación de la poesía experimental ha sido su talón de Aquiles, y de ahí su desconocimiento. Fue ignorada por la industria editorial, lo cual, si miramos su aspecto positivo, la ha mantenido ajena a las leyes y los dueños del mercado, en la estela de su espíritu rebelde. Se movía en un pequeño circuito de artistas, en las galerías de arte, a través de revistas ensambladas3, libros de artista, y en particular gracias al arte postal, cuya expansión —ahora enormemente amplificada a través de Internet— se debe al grupo Fluxus y a iniciativas exitosas como la que en su momento puso en marcha Ray Johnson. En la actualidad, las convocatorias de arte postal tienen lugar a escala global y suelen girar en torno a un tema. La participación en ellas es libre: los artistas envían sus obras, que se aceptan sin selección ni jurado y sin intercambio económico. Se organizan exposiciones o catálogos, físicos o digitales, donde se exponen las obras enviadas desde cualquier parte del mundo, lo que da lugar a un mosaico creativo de una riqueza impresionante.

La editorial valenciana Babilonia es una de las pocas en nuestro país que ha apostado por publicar de manera regular la obra de poetas visuales contemporáneos.

La poesía visual ha entrado también en las universidades, donde es objeto de estudios y tesis doctorales, y en los museos, cohabitando con el denominado «arte académico»4. Cabe destacar, asimismo, la proliferación de antologías, entre las cuales la pionera fue la crucial realizada en 1975 por Fernando Millán y Jesús García Sánchez, titulada La escritura en libertad, a la que seguirían en las décadas posteriores otras muchas que vinieron a completar y actualizar el panorama experimental español, algunas muy exhaustivas como las dos coordinadas por Alfonso López Gradolí. En la actualidad, la editorial valenciana Babilonia es una de las pocas en nuestro país que ha apostado por publicar de manera regular la obra de poetas visuales contemporáneos, tanto de los más veteranos como de las nuevas incorporaciones; creadores que participan habitualmente en los cada vez más numerosos certámenes de poesía visual que se convocan dentro y fuera de España.

Internet y las redes han facilitado los contactos entre los artistas, y entre estos y el público. La poesía experimental está más viva que nunca, con los pies siempre fuera del plato, haciéndonos guiños desde los lugares más inesperados.

Bibliografía

Cózar, R. de. Poesía e imagen. Sevilla: El Carro de Nieve, 1991.

Millán, F. y García Sánchez, J. La escritura en libertad. Madrid: Alianza, 1975.

Morales Prado, F. Poesía experimental española (1963-2004). Madrid: Mare Nostrum, 2004.

Muriel Durán, F. La poesía visual en España. Salamanca: Almar, 2000.


1 Para más información, véase fundaciojoanbrossa.cat.

2 Cabe destacar al grupo ZAJ, ya mítico.

3 Entre las más reseñables: Píntalo de Verde, Piedra Lunar, Mondragón, El Paraíso (la más longeva de España).

4 Pueden citarse el Museo Vostell Malpartida, en Cáceres, o el Museo del Objeto Encontrado, en Cuenca.

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Ana Ibánez (Córdoba, 1966) es traductora y escritora. Coautora de los relatos Pepe el okupa (2001) y Sincuentos (2004); el cuaderno poético Dedos, delirio, dulzura (2016); la plaquette Visiones (2016) y el libro Ecuaciones de segundo grado (2017). En solitario ha publicado el libro Salvar el fuego (2019) y 4 plaquettes en la colección «Cuadernillos Heliotropo». Ha sido coeditora de la revista de poesía Mediterránea (1994-2005), así como de las plaquettes Encuentro de Escritores por Ciudad Juárez (2012 y 2013) y Regando las raíces (2014), y del cuaderno Corazón que crece. Homenaje a Enrique Pleguezuelo (2016). Ha participado, igualmente, en los libros colectivos: Ni una más (2014), Diez y cuento (2016), Cada palabra cuenta (2017) e Imágenes que cuentan (2021). Cultiva tanto la poesía visual y discursiva como los microrrelatos, que han aparecido en diversas publicaciones literarias y experimentales nacionales y extranjeras, en papel y también en línea.

Ana Ibáñez
Ana Ibánez (Córdoba, 1966) es traductora y escritora. Coautora de los relatos Pepe el okupa (2001) y Sincuentos (2004); el cuaderno poético Dedos, delirio, dulzura (2016); la plaquette Visiones (2016) y el libro Ecuaciones de segundo grado (2017). En solitario ha publicado el libro Salvar el fuego (2019) y 4 plaquettes en la colección «Cuadernillos Heliotropo». Ha sido coeditora de la revista de poesía Mediterránea (1994-2005), así como de las plaquettes Encuentro de Escritores por Ciudad Juárez (2012 y 2013) y Regando las raíces (2014), y del cuaderno Corazón que crece. Homenaje a Enrique Pleguezuelo (2016). Ha participado, igualmente, en los libros colectivos: Ni una más (2014), Diez y cuento (2016), Cada palabra cuenta (2017) e Imágenes que cuentan (2021). Cultiva tanto la poesía visual y discursiva como los microrrelatos, que han aparecido en diversas publicaciones literarias y experimentales nacionales y extranjeras, en papel y también en línea.

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