17 junio 2021
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El traductor como intérprete y el intérprete como traductor.
Experiencias y perspectivas

Desde la perspectiva de muchos años de profesión, voy a tratar de aprovechar estos minutos que me han ofrecido, no tanto para reflexionar acerca de los parámetros de nuestra profesión desde una perspectiva más o menos científica (muchos y mejores maestros que yo hay en esto) sino, sobre todo, para hacer ver desde la experiencia práctica algunas observaciones que puedan servir de reflexión para su actividad, para vuestra actividad, y sobre todo a los más jóvenes.

Si bien traductor e intérprete son dos profesiones diferentes en muchos sentidos, aunque a primera vista no lo parezca y muchos, incluso, las confundan o se refieran a ellas indiscriminadamente, sí es verdad aquello a lo que remito en el título de esta breve presentación:

  • El traductor es un intérprete. Es precisamente esto lo que sobre todo nos distingue de los famosos «traductores automáticos» con los que hoy en día la gente a veces osa compararnos: el traductor automático coloca en un texto palabras más o menos equivalentes de un texto que estaba en otro idioma, sin pararse a pensar (porque no piensa) ni en contextos, ni en matices, ni en registros, ni en un posible sentido metafórico de una frase, muchas veces intraducible. Aquí, nosotros interpretamos, damos un sentido a las palabras, a las frases, y las colocamos en la otra lengua en el contexto idóneo.
  • El intérprete es un traductor porque, obviamente, necesita un bagaje de vocabulario y conocimientos lingüísticos amplio y muy activo, que le permita trasladar rápidamente a otro idioma, y perdiendo lo menos posible de la riqueza del discurso, lo que está escuchando (en simultánea) o acaba de escuchar (en consecutiva).

Sin embargo, y como decía antes, ambas profesiones tienen muchas cosas en común, aunque otras muchas sean diferentes.

En común tienen, por supuesto, la necesidad de conocer muy bien, si no dominar a la perfección, las dos lenguas en las que se está trabajando. Y el dominio de la lengua no se limita al «simple dominio de diccionarios», como yo lo suelo llamar, y que, si bien es evidentemente necesario, no es suficiente. Más allá de un buen manejo de diccionarios, incluso más allá de una seria labor de búsqueda y hasta de investigación (hoy día más fácil y mejor gracias a las posibilidades que nos ofrece Internet), se requiere un profundo conocimiento de las dos (o más) lenguas en las que se trabaja, pero también de las culturas o entornos culturales en que se utilizan. Estoy convencida de que, para ser un buen traductor o intérprete, una cualidad que se requiere como condición sine qua non es la curiosidad, una curiosidad tremenda por las culturas que se esconden tras esas palabras.

Pero ya aquí habremos podido empezar a comprender entre líneas que existen diferencias importantes entre estas dos profesiones:

  • El traductor tiene ante sí siempre un texto, normalmente bastante elaborado y, ante todo, definitivo; un texto al que, además, no puede consultar. El texto está sencillamente ahí (en el mejor de los casos, rara vez, tendremos la gran suerte de poder consultar alguna duda con el autor). El traductor tiene mucho tiempo para su trabajo; sí, mucho tiempo, aun cuando los plazos aprietan. El traductor puede consultar en papel y en línea un término, puede contrastarlo en otros textos, puede consultar una duda con un colega, y puede revisar una y otra vez lo que ha escrito. La calidad de una traducción depende por ello en gran medida del esmero y de la seriedad del traductor.
  • El intérprete no puede hacer nada de eso. El intérprete «solo» puede prepararse lo mejor posible para su «actuación», y ni siquiera la calidad de su preparación depende únicamente de él. Tanto frente a una interpretación consecutiva o de enlace como frente a una simultánea, nos encontramos con que a veces solamente sabemos de antemano que «van a hablar de setas». Los intentos por nuestra parte de obtener con la suficiente antelaciónmanuscritos, documentación o información en general acerca de lo que se va a tratar se convierten muy frecuentemente en un calvario, muchas veces acompañado además del reproche tácito o incluso explícito de que «como somos intérpretes, tenemos que saber de todo y nos tiene que dar lo mismo el tema que se vaya a tratar». Lo que menos tiene el intérprete durante su trabajo es tiempo: la velocidad en trasladar bien lo que se ha dicho es, creo yo, lo que másdistingue la actividad del intérprete de la del traductor, y aún mucho más, por supuesto, si hablamos de interpretación simultánea.

Tras todos estos años de actividad profesional y, por tanto, de a veces dura experiencia, me atrevo a decir que pocas veces hay un traductor excelente que al mismo tiempo sea un intérprete excelente: será quizás bueno en las dos facetas, pero no excelente. El buen traductor es, o debería ser, un profesional dotado de mucha paciencia, perseverancia y disciplina; el buen intérprete tiene que ser sobre todo una persona de «reacción rápida», espontáneo (para poder encontrar rápidamente una alternativa válida a un término que no recuerda en ese momento) y, más que disciplinado, estar en condiciones de trabajar durante un tiempo literalmente «a destajo»: no vale aquí la disciplina del traductor de «cada día trabajo tantas horas, y el fin de semana trato de dejarlo libre». Un intérprete nunca puede posponer.

De las diferencias descritas entre las dos profesiones se desprende también en gran parte, para no quedarme anclada en el pasado y tratar de esbozar brevemente lo que (n)os espera, la situación de ambas en el mercado profesional actual:

  • El traductor, y sobre todo cuando se trata de determinadas lenguas, tiene que vérselas diariamente con la globalización pura y dura: a excepción del traductor jurado, cuyo trabajo tiene carácter más o menos presencial (por la necesidad de firmar y sellar personalmente un documento, y el hecho de que esa firma y ese sello valgan solo para un determinado ámbito geográfico), el traductor en sí es hoy en día sustituible fácilmente por otro traductor del otro extremo del planeta, otro traductor. más rápido o, sobre todo, más barato; no mejor.
Ilustración de Llorenç Serrahima
  • Este fenómeno es común a cualquier país (occidental) en el que uno resida; las traducciones del alemán al español se encargan en Alemania cada vez más a agencias del Este de Europa, de la India o de China: no porque sean mejores, sino porque son mucho más baratas. La respuesta acerca de lo que un traductor que comienza ha de hacer para sobrevivir en esta «pileta llena de pirañas», como lo definía hace poco un colega argentino, va implícita en lo anterior: si competimos o queremos competir mediante las tarifas, acabarán con nosotros (o, mejor dicho, nosotros acabaremos con nosotros mismos); la única alternativa es imponerse a través de una calidad excelente y, a poder ser, a través de una especialización en solo algunas áreas: no hay nadie más sospechoso que el que traduce de varias lenguas y a varias lenguas y en su sitio web ofrece una lista de cincuenta áreas en las que está especializado y en las que ofrece personalmente traducciones: es un mal traductor. Estoy segura de que seguirá habiendo clientes a los que les interese traducir algo, así, a secas, a los que les dé bastante lo mismo si ese «algo» se convierte en un texto infumable (hay empresas muy serias con sitios web de auténtica vergüenza), y que evidentemente se regirán solo por la tarifa que ofrece el traductor; pero os puedo asegurar que es posible convencer mediante calidad, aunque quizás se necesite más tiempo y más paciencia para lograr llegar a ese momento. La satisfacción personal es, sin duda, mucho mayor.
  • En los intérpretes, los condicionantes negativos del mercado están marcados por la globalización y por el ahorro. Respecto a las consecuencias de la globalización, los intérpretes lo tienen algo mejor (que los traductores) debido a su carácter de profesión necesariamente «presencial»; los intérpretes que trabajan con español (en cualquiera de las dos direcciones) sufren las consecuencias del creciente efecto del inglés como lengua franca. Sobre todo en interpretación simultánea, donde en un congreso internacional el presupuesto de interpretación supone una partida bastante alta, se percibe cada vez más que, por razones de ahorro, tratan de suprimir las «lenguas minoritarias» (sic) preguntando a los participantes cuando se inscriben «si entienden o pueden comunicarse» en inglés. Muchos, principalmente por cuestiones de imagen, no se atreverían nunca a contestar sinceramente con un no; y la cabina de español se suprime. La otra consecuencia de la necesidad de ahorrar se percibe en la mayor importancia que los clientes dan a los gastos de viaje y alojamiento, pese a que ello vaya en detrimento de la calidad del trabajo: se contrata a intérpretes locales aunque se sepa que el especialista está en otra ciudad (o en otro país). Cuando, tras la reunificación alemana, la capital volvió a ser nuevamente Berlín (tras haberlo sido durante cuarenta años Bonn, aunque siempre con carácter provisional), muchos de mis colegas se mudaron a Berlín porque sus propios clientes les hicieron saber que, a la larga, no correrían con los gastos de desplazamiento.

Y termino, con una recomendación «de persona mayor»: aprovechad todo lo que podáis para salir al extranjero, sobre todo a los países donde se utilice la lengua o las lenguas con las que trabajáis o vais a trabajar. Cuando os hayáis hecho mayores, cuando os hayáis establecido y asentado profesional o familiarmente, os resultará mucho más difícil moveros. Y la curiosidad de la que hablaba al principio como premisa número uno para ser un buen traductor o intérprete se «cultiva» mucho mejor y más fácilmente en el «lugar de autos». Es lo que más envidio de esta generación: lo que yo denomino la fase Erasmus, en mis tiempos impensable (y menos aún para una mujer).

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Nacida en Bilbao en 1950, se trasladó hace más de cuarenta años a Dusseldorf (Alemania), donde sigue viviendo y trabajando. Amante de las matemáticas y la sociología, es diplomada en trabajo social por la UPV, traductora e intérprete reconocida oficialmente en Alemania, e intérprete jurada en España nombrada por el MAEC. Sus estudios se reflejan también en su vida profesional, a caballo entre el trabajo social y político en cuestiones de inmigración, derecho de extranjería y refugiados, por una parte, y su actividad de varias décadas como traductora autónoma y, sobre todo, intérprete de alemán.

Isabel Basterra
Nacida en Bilbao en 1950, se trasladó hace más de cuarenta años a Dusseldorf (Alemania), donde sigue viviendo y trabajando. Amante de las matemáticas y la sociología, es diplomada en trabajo social por la UPV, traductora e intérprete reconocida oficialmente en Alemania, e intérprete jurada en España nombrada por el MAEC. Sus estudios se reflejan también en su vida profesional, a caballo entre el trabajo social y político en cuestiones de inmigración, derecho de extranjería y refugiados, por una parte, y su actividad de varias décadas como traductora autónoma y, sobre todo, intérprete de alemán.

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