La Linterna del Traductor
NÚMERO 10

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Tribuna universitaria: La universidad en primera persona

Entrevista a Manuel Mata Pastor, profesor de traducción e interpretación en el Centro de Estudios Superiores Felipe II (Aranjuez)

Manuel Mata
Manuel Mata es licenciado en filología inglesa y en traducción e interpretación por la Universidad de Granada. Su lengua materna es el castellano, y sus idiomas de trabajo, el inglés y el italiano. Desde 1989 se ha dedicado a la traducción técnica y a la localización por cuenta propia y como empleado de varias empresas españolas y extranjeras. Desde 1996 compagina el ejercicio profesional de la traducción con la formación de traductores y el asesoramiento técnico a empresas del sector. En la actualidad sigue traduciendo profesionalmente y da clases de localización y de tecnología aplicada a la traducción en el CES Felipe II (Aranjuez), así como en cursos de máster y postgrado de varias universidades. A menudo, imparte seminarios y talleres especializados para empresas y asociaciones profesionales. Es socio de Asetrad desde los inicios de la asociación.

En primer lugar, muchas gracias por aceptar responder a esta entrevista, Manuel.

Gracias a vosotros por hacernos un hueco en La Linterna a quienes nos dedicamos a la formación de traductores.

Los estudios universitarios de traducción e interpretación (TeI) del Centro de Estudios Superiores Felipe II (Aranjuez) se llevan impartiendo desde el curso 1998-1999. ¿Cómo se accede en este momento a los estudios de TeI en el CES Felipe II? ¿Existe examen de acceso?

Sí, siempre ha existido una prueba de acceso, cuyo principal objetivo es garantizar un mínimo nivel de competencia en las lenguas de trabajo y unas aptitudes básicas para este tipo de formación.

¿Qué idiomas maternos y extranjeros pueden cursar los alumnos de TeI del CES Felipe II?

En la actualidad, la única lengua materna es el castellano. Como idiomas extranjeros es posible estudiar inglés (como primera opción) y alemán o francés (como segunda). En el antiguo plan de estudios de licenciatura también se ofrecía la posibilidad de estudiar árabe, japonés o ruso como tercera lengua extranjera. Hoy, muchos estudiantes optan por complementar su formación estudiando otros idiomas extranjeros en las E. O. I. u otros centros.

¿Ha cambiado el perfil del estudiante de TeI a lo largo de las últimas décadas en tu facultad? En caso afirmativo, ¿en qué medida?

Cada vez hay más estudiantes provenientes de otros centros nacionales y extranjeros que se acogen a programas de movilidad, así como hijos de inmigrantes de primera o segunda generación que cursan estos estudios. Todo ello supone un indudable enriquecimiento recíproco para los estudiantes del que también nos beneficiamos los profesores.

En otro orden de cosas, los estudiantes llegan más alfabetizados en todo lo que tiene que ver con la tecnología. Sin embargo, a menudo se observan notables carencias en habilidades comunicativas básicas en su propia lengua.

Actualmente, al hablar de formación universitaria, es inevitable abordar el Plan de Bolonia. ¿Hace cuánto tiempo se ha implantado en tu facultad y cómo ha afectado este proceso al profesorado de TeI?

En nuestro centro, el grado se implantó en el curso 2009-2010. Así que este año saldrá a la calle la segunda promoción de egresados de la nueva titulación. No obstante, la mayor repercusión del cambio quizá se ha producido en los planos administrativo y organizativo, puesto que muchos de los presupuestos metodológicos propugnados por Bolonia ya venían aplicándose de facto en el aula desde hacía mucho tiempo. Desplazar el foco del proceso formativo de la enseñanza al aprendizaje para que el estudiante sea el verdadero protagonista y el docente adquiera un papel de facilitador-moderador, con todo lo que ello conlleva al plantear los objetivos, los contenidos, la metodología o la evaluación de una materia, es algo que muchos llevábamos años haciendo.

Así que, en el fondo, han cambiado algunos aspectos como la movilidad dentro y fuera de nuestras fronteras, el peso proporcional de determinadas materias en el plan de estudios, la denominación de algunas asignaturas o el seguimiento y el control de la calidad del proceso formativo. Sin embargo, por desgracia, una de las contrapartidas más negativas, amén del elevadísimo coste de un proceso muy politizado y extraordinariamente burocratizado, ha sido la drástica reducción del número de créditos; o, más bien, su velada transferencia a estudios de postgrado para que los estudiantes pasen más tiempo en la universidad pagando a precio de máster una formación que antes recibían antes de graduarse. En algunos centros como el nuestro, dicha merma ha provocado la desaparición de materias fundamentales y una reducción de las lenguas extranjeras ofrecidas.

¿Cómo incorporan los estudios de TeI la tecnología en la formación de sus alumnos?

Por un lado, el empleo de la tecnología en el proceso de aprendizaje ha experimentado una apreciable mejora gracias a los constantes avances en este terreno, y ello se plasma, por ejemplo, en la diversificación de los materiales docentes o en la flexibilidad para virtualizar parte de las actividades formativas. No obstante, los recortes de estos últimos años han tenido una repercusión atroz en la renovación, la actualización y el mantenimiento de los medios disponibles.

Por otro lado, las tecnologías aplicadas tienen un papel protagonista en nuestro plan de estudios, en diversas materias transversales, obligatorias en su mayoría, como documentación aplicada, terminología, tecnología aplicada I y II, traducción asistida, gestión de proyectos o localización.

A pesar de la importancia que hoy reviste la tecnología en el día a día del profesional de la traducción y la interpretación, los estudiantes olvidan a veces que no deja de ser un apoyo con carácter meramente instrumental, y que lo realmente importante es su competencia como mediadores entre lenguas y culturas y no solo su pericia en el manejo de la tecnología.

¿Y los aspectos profesionales? ¿Crees que actualmente los egresados salen mejor preparados para el mercado laboral?

Hoy los estudiantes tienen a su alcance muchos más medios para conocer el mercado laboral y las salidas que este les ofrece. A ello se suma la información que, de primera mano, les trasladamos quienes nos dedicamos profesionalmente a la traducción o la interpretación; en nuestro centro, la mayoría del profesorado. Por añadidura, casi todos los estudiantes realizan prácticas tuteladas en instituciones y empresas del sector, que a menudo acaban propiciándoles una primera oportunidad de empleo. Y todo ello se complementa con frecuentes actividades extracurriculares, como charlas, mesas redondas, seminarios, visitas a entidades del sector, etcétera.

Lamentablemente, hay empresas que aprovechan el marco legal que brindan los convenios de prácticas con universidades y la precaria legislación vigente en esta materia para encontrar mano de obra barata —muchas veces, gratuita—. Resulta paradójico el espectacular aumento de las ofertas de prácticas y de nuevos convenios de colaboración que se ha producido en el último lustro, coincidiendo casualmente con esta bendita crisis. Por fortuna, no obstante, sigue habiendo empresas que no solo remuneran mínimamente las prácticas sino que las convierten, con una concienzuda tutela y un seguimiento constante, en la deseable prolongación práctica de la formación que el estudiante recibe en las aulas.

Desde la creación de la licenciatura en TeI hace 15 años en el CES Felipe II, han existido por lo menos dos planes de estudios (licenciatura y grado en TeI, quizás de diferente duración y, tal vez, con y sin proyecto de fin de carrera). De todos ellos, ¿cuál crees que suple mejor las necesidades formativas de los estudiantes, teniendo en consideración el mercado laboral actual? ¿Consideras que conviene cambiar (crear, eliminar o adaptar) alguna asignatura del plan de estudios actual?

En ambos casos, opino que estos estudios no son sino el comienzo de un largo proceso formativo, que deseablemente le ocupará el resto de su vida al futuro profesional. Los dos planes son perfectibles, sin duda, pero si se analiza el poso que al cabo de unos años dejan en el estudiante —como el que en su día precipitaron en nosotros los estudios que cursamos—, no creo que existan diferencias relevantes. Personalmente considero que el bagaje de conocimientos y competencias que deja el paso por la universidad constituye solo uno de los ingredientes que acaban conformando el perfil profesional del estudiante. Tan decisiva como las aptitudes concretas es la actitud; durante los estudios reglados y después de finalizarlos.

Respecto al proyecto de fin de carrera, en mi opinión resulta muy necesario. Por una parte, exige un esfuerzo de sistematización y de aplicación de lo aprendido durante la carrera que, de otro modo, quizá no se realizaría, puesto que la inmensa mayoría de los estudiantes no seguirá luego el itinerario de la investigación o la docencia. Por otra, creo que nuestro sistema educativo sigue adoleciendo de una ausencia de actividades que potencien el análisis crítico de un problema u objeto de estudio y la plasmación ordenada de los resultados en un escrito académico o en una defensa oral, cosa que en otros países se hace cotidianamente desde los estadios más tempranos de la enseñanza.

¿Cómo se ve el mercado laboral de la traducción y la interpretación en estos momentos desde la facultad?

Como comentaba antes, procuramos relatar nuestra propia experiencia profesional en las clases y plasmarla en los materiales y actividades docentes. Como es lógico, cada cual cuenta la feria como le va en ella. Y, al igual que sucede en el mercado, hay compañeros que están sufriendo los efectos de la actual recesión, mientras que a otros les están pasando inadvertidos o incluso les va cada vez mejor.

Así que nos empeñamos en transmitir a los estudiantes una visión lo más realista y crítica que podemos y los invitamos a que contrasten analíticamente la información en diferentes fuentes y, cuando se tercia, la cotejen también con los profesionales del sector que nos visitan para participar en actividades extracurriculares.

En los primeros compases de la carrera, es común que muchos aspiren a convertirse en intérpretes de un organismo internacional o en traductores del último superventas editorial, cinematográfico o de los videojuegos, y que las actividades más creativas sean las que más les atraen. Sin embargo, no tardan en conocer y valorar los entresijos —también pecuniarios— de cada especialización ni en descubrir otros ámbitos de la profesión poco conocidos pero igualmente interesantes —y, a menudo, más rentables—. Muchos acaban barajando asimismo la posibilidad de compaginar varios campos de especialidad o hasta alguna actividad ajena a su formación, como de hecho sucede a veces en el mercado de la traducción y la interpretación.

¿Los alumnos suelen tener algún contacto con profesionales del sector, por ejemplo a través de listas de distribución o foros profesionales? ¿Crees que vuestro alumnado conoce las asociaciones profesionales?

Como decía, el contacto es, en primera instancia, a través de los propios profesores; durante toda la carrera, mediante la participación en foros y listas profesionales, amén de otros canales como blogs, portales temáticos o redes sociales —cosa que los instamos a hacer cuanto antes, aunque sea como meros observadores—; en el tramo final de sus estudios, en las empresas e instituciones en las que realizan prácticas. Además, tienen un contacto directo con los profesionales que nos visitan, entre los que se cuentan algunos ilustres miembros de Asetrad, cuya tercera asamblea se celebró en 2005 en nuestro centro.

Por supuesto que conocen las principales asociaciones; también las estudiantiles como AETI. Algunos asisten a las tertulias y otras actividades lúdicas organizadas por Asetrad u otras asociaciones, y unos cuantos llegan a hacerse socios extraordinarios incluso antes de finalizar sus estudios.

¿Qué opinas de la función que pueden desempeñar las asociaciones profesionales en el sector? ¿Qué crees que podrían aportar a los profesores y a las facultades de traducción e interpretación?

No me cabe duda de que su aportación es crucial. Creo que las asociaciones, tanto de ámbito estatal como comunitario, han madurado mucho en los últimos años, y todos los agentes del sector —profesionales, empresas e instituciones, comunidad estudiantil y docente, etcétera— nos hemos beneficiado de ello. En el caso concreto de la comunidad universitaria, me consta que las asociaciones en general, y Asetrad en particular, se han esforzado desde su constitución por establecer y mantener vínculos muy fructíferos con las instituciones académicas y su profesorado, y por participar activamente en la difusión de nuestra profesión y en el cultivo de su reconocimiento social. Como es lógico, profesores y estudiantes han sido beneficiarios directos de este proceso, como supongo que también lo son las propias asociaciones.

Hace muy pocas semanas la Universidad Complutense de Madrid aprobó la desadscripción del CES Felipe II para que pase a la Universidad Rey Juan Carlos. ¿Cómo se ve este cambio desde dentro de la facultad? ¿Crees que así quedan solucionados los problemas que el Consejo de Gobierno de la UCM apuntaba hace un año y que amenazaban con cerrar el CES Felipe II?

Para lo bueno y para lo malo, el CES Felipe II es un enclave muy peculiar por varios motivos: a lo largo de sus tres lustros de existencia, el estatus de centro adscrito y la lejanía física del campus principal de la UCM nos han acarreado un sinfín de obstáculos de índole administrativa, académica o logística. Así que, desde sus inicios, tanto los estudiantes como el personal de administración y servicios y el profesorado nos hemos acostumbrado a vivir —o, más bien, a sobrevivir— con el contratiempo por costumbre, una precariedad casi crónica y una siempre latente incertidumbre sobre nuestro futuro. Por paradójico que resulte, estos factores, coadyuvados por las reducidas dimensiones de nuestro centro y una mesurada ratio estudiantes/profesor, nos han cohesionado como centro y han acabado convirtiéndose en acicate para ofrecer, cada día con más ganas, ilusión y esfuerzo, una formación pública de primera calidad en el puñado de titulaciones que el Felipe II ha venido ofreciendo en su accidentada andadura.

Efectivamente, en las últimas semanas hemos vivido un nuevo episodio que no por previsible ha resultado menos desalentador, tanto por su fondo como, sobre todo, por la manera en que se han desarrollado los recientes acontecimientos, que han desembocado en la desadscripción de la UCM y la readscripción a la URJC de nuestro centro. Este acerbo proceso —que, a tenor de sus resultados y desenlace, parece venirse fraguando a hurtadillas desde hace bastante tiempo—, se ha caracterizado por una flagrante falta de transparencia y por incontables contradicciones, que ya la tozuda realidad va sacando a la luz.

Cabría discutir, tras un concienzudo análisis, la viabilidad y la conveniencia de la operación; podría incluso contarse como una solución plausible a un problema enquistado desde hace años que ninguno de los tres miembros de la Fundación Felipe II (la UCM, la Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento de Aranjuez) ha conseguido resolver hasta hoy; casi siempre por desavenencias de cariz político, que no académico ni social. Sin embargo, a la inmensa mayoría de los empleados y estudiantes del centro nos parece que se nos ha ninguneado con reiteración, se nos ha ocultado información y se nos ha excluido de un proceso cuyos principales perjudicatarios vamos a ser nosotros.

A pocos meses de la finalización del actual curso y el inicio del próximo, sigue habiendo un montón de incógnitas por despejar, tanto en los aspectos académicos y administrativos —compadezco a nuestros compañeros de Secretaría— como en lo tocante a nuestra situación laboral y al mantenimiento de nuestras condiciones actuales.

Ojalá que se hagan valer nuestros derechos y que todos estos problemas se resuelvan de manera satisfactoria para quienes tanto hemos luchado por que nuestro centro siga a la vanguardia de la formación de traductores e intérpretes en España, y para que quienes han pasado por nuestras aulas durante estos años tengan motivos para enorgullecerse de ello.

Por último, ¿se te ocurre algún tema que te gustaría que se tratara en La Linterna del Traductor?

La revista se ha ido consolidando en su nueva etapa hasta convertirse en una completísima publicación de referencia en el sector, dentro y fuera de España, a la que pueden ponérsele pocas pegas. Pero, por pedir, que no quede. En ocasiones echo en falta más información sobre asociaciones y prácticas profesionales en otros países.

¿Hay algo que no te haya preguntado que te gustaría comentar?

Os reitero vuestro agradecimiento por la entrevista y os felicito por sacar adelante un nuevo número.

Me gustaría finalizar con optimismo, pensando que en la UCM o en la URJC, en el CES Felipe II o dondequiera que acabemos (a)campando, quienes hemos pasado por esta escuela de traductores y tanto hemos aprendido —y padecido— en ella seguiremos alimentando esa voraz vocación que a los que nos dedicamos a la traducción o la interpretación nos mueve y tantas satisfacciones nos procura.

Muchas gracias, Manuel, por haber contestado a todas nuestras preguntas y dedicarnos tu tiempo, y mucha suerte con el futuro del CES Felipe II.

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