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La pérdida de la inocencia: Charlotte Brontë

Este artículo es un resumen de la ponencia que la autora dictó el pasado 17 de noviembre de 2017 en la Universidad de Almería, en el marco del III Congreso Internacional Mujeres, Cultura y Sociedad: «Género, interseccionalidad y equidad social».

Carmen Albaladejo
Carmen Albaladejo Vivero es licenciada en Filología Inglesa (Universidad Complutense de Madrid, 1997), especialista universitaria en Traducción de inglés a español (UNED, 2001) y licenciada en Traducción e Interpretación (Universidad Complutense de Madrid, 2011). Traduce profesionalmente desde el año 2000 y es socia de Asetrad desde el 2004, pero ha trabajado también haciendo labores tan variopintas como transcribir libros a Braille o diseñar presentaciones de PowerPoint. Desde el año 2015 es autónoma y se dedica a la traducción técnica (ingeniería aeroespacial, TI, dispositivos médicos), a la revisión de calidad y la localización. Actualmente forma parte de la Junta Directiva de Asetrad.

Cada uno tiene sus manías; una de las mías es el orden cronológico, así que empezaré por el principio. Hace trece años me ofrecieron escribir una biografía, había escrito otras dos (una de ellas para la misma editorial), y habían quedado contentos, así que cuando se plantearon hacer una colección de biografías de mujeres me ofrecieron participar y me dieron la lista de mujeres para que eligiera. La cabra tira al monte, y esta filóloga inglesa se fijó inmediatamente en las dos escritoras en lengua inglesa que había en la lista: Jane Austen y Charlotte Brontë.

Ya sabía lo que conlleva escribir una biografía: dedicar varios meses a leer sobre un único personaje y sus circunstancias históricas, sociales, económicas, etc. Así que me planteé directamente cuál de las dos escritoras me iba a resultar más interesante. En la carrera las había estudiado a las dos, así que repasé lo que sabía de la vida de cada una de ellas.

De Austen sabía que era hija de un clérigo, que había vivido una temporada en Bath (ciudad que detestaba, algo que las autoridades turísticas de este lugar han sabido obviar, con gran éxito) y que había muerto relativamente joven y soltera. De Brontë sabía que también era hija de un clérigo, que tenía dos hermanas escritoras y que juntas daban largos paseos por los páramos de Yorkshire en los que se habían criado, con el pelo más o menos revuelto (como corresponde a unas buenas escritoras románticas), aunque no demasiado, porque eran unas chicas pulcras y hacendosas. También sabía que todas las hermanas habían muerto jóvenes y tenía la vaga idea de que no se habían casado.

Y ¿qué sabía de la obra de estas dos escritoras? Sabía que la de Jane Austen es, en cierto modo, contenida, tremendamente irónica y, más de dos siglos después, sigue siendo muy divertida. Por otro lado, sabía que la obra de Charlotte Brontë, especialmente Jane Eyre, no tiene nada de contenida. Posee una imaginería muy poderosa y, de hecho, la obra fundacional de la crítica literaria feminista, The Madwoman in the Attic (1979), toma su nombre de uno de los personajes de Jane Eyre, que en esta obra simboliza la rabia y la frustración sexual femeninas.

El caso es que la obra de Jane Austen me cuadraba con su vida, pero la de Charlotte Brontë, no.

El caso es que la obra de Jane Austen me cuadraba con su vida, pero la de Charlotte Brontë, no. ¿Cómo una pueblerina, que encarnaba perfectamente los valores de la mujer victoriana, había sido capaz de escribir una obra tan poderosa, no solo desde el punto de vista literario, con una imaginería perfectamente trabajada y unas técnicas literarias brillantes, sino, además, con párrafos en los que clamaba acerca del papel de las mujeres en su sociedad?:

Se da por supuesto que las mujeres son más tranquilas en general, pero ellas sienten lo mismo que los hombres; necesitan ejercitar y poner a prueba sus facultades, en un campo de acción tan preciso para ellas como para sus hermanos. No pueden soportar represiones demasiado severas ni un estancamiento absoluto, igual que les pasa a ellos. Y supone una gran estrechez de miras por parte de algún ilustre congénere del sexo masculino opinar que la mujer debe limitarse a hacer repostería, tejer calcetines, tocar el piano y bordar bolsos. Condenarlas o reírse de ellas cuando pretenden aprender más cosas o dedicarse a tareas que se han declarado impropias de su sexo es fruto de la necedad.

(Jane Eyre, traducción de Carmen Martín Gaite)

Esto me chirriaba mucho, y fue lo que hizo que me decidiera por Charlotte Brontë.

Si en la actualidad seguimos teniendo la imagen romántica (en el mal sentido) que tenemos de Charlotte Brontë es gracias a un gran esfuerzo por dulcificar su imagen.

Lo primero que descubrí es que si en la actualidad seguimos teniendo la imagen romántica (en el mal sentido) que tenemos de Charlotte Brontë es gracias a un gran esfuerzo por dulcificar su imagen, que empezó ella misma y continuó su primera biógrafa, Elizabeth Gaskell.

Charlotte BrontëHablar de Charlotte es, inevitablemente, hablar de sus hermanas y del resto de su familia. Su padre era un clérigo irlandés de una familia bastante humilde que, gracias a un benefactor, había estudiado en la Universidad de Cambridge y se había establecido en Inglaterra. Allí se casó con Maria Branwell, con la que tuvo seis hijos. Maria murió cuando Charlotte tenía cinco años.

Sus hermanas mayores, Maria y Elizabeth, murieron de tuberculosis con solo cinco semanas de diferencia, cuando tenían 11 y 10 años, respectivamente. Su muerte probablemente se debió a las malas condiciones sanitarias que había en el internado en el que estaban las cuatro hermanas mayores, Cowan Bridge (que serviría a Charlotte de modelo para Lowood, retratado en Jane Eyre). Charlotte, muy baja (no llegaba a los 1,50 m) y delgada, se describió siempre como rickety (raquítica) y aseguraba que se debía a la alimentación recibida en ese internado.

Más adelante, entre septiembre de 1848 y mayo de 1849 (es decir, en solo ocho meses), morirían los tres hermanos pequeños de Charlotte, Branwell (el único varón), Emily y Anne. Los tres, posiblemente, de alguna forma de tuberculosis, aunque Branwell era alcohólico (llegó a tener delirium tremens) y también adicto al opio.

Podemos afirmar que las hermanas Brontë no tenían referencias literarias femeninas, y si las tenían, eran anecdóticas.

Tras la muerte de las hermanas mayores, las demás hermanas continuaron su educación en casa, en la localidad de Haworth (condado de Yorkshire), donde todos los hermanos tenían acceso sin restringir a los libros y periódicos de su padre, entre los que, curiosamente, no había ni un solo volumen escrito por una mujer. También sabemos que todos eran asiduos de la biblioteca del Mechanic's Institute de Keighley, una localidad a seis kilómetros de Haworth, donde, hasta donde sabemos, tampoco tomaron prestado ningún libro escrito por una mujer. Por tanto, podemos afirmar que las hermanas Brontë no tenían referencias literarias femeninas, y si las tenían, eran anecdóticas.

No debemos pensar que esto sucedía por falta de escritoras. Las primeras escritoras inglesas habían irrumpido en el mercado literario alrededor de 1750, con gran éxito. Algunas editoriales llegaron a publicar en la segunda mitad del siglo xviii más novelas escritas por mujeres que por hombres. Buenos ejemplos son Frances Sheridan, Fanny Burney, Anne Radcliffe o Mary Shelley.

Eso sí, los temas que trataban estas novelistas del siglo xviii seguían el modelo de feminidad tradicional. Se pueden englobar en dos grandes corrientes, el realismo doméstico y la novela gótica, que tenía grandes dosis de romance y melodrama; es decir, temas que muchos consideraban «propios de mujeres» y con personajes femeninos débiles y poco asertivos. Conscientemente o no, estas novelistas se aseguraban así la complicidad de sus colegas varones, que, a pesar de sus ventas, no veían en ellas a rivales.

En el siglo xix (sobre todo a partir de 1840) algunas autoras empezaron a adoptar seudónimos masculinos. ¿Por qué, si había ya una tradición de escritoras femeninas de éxito?

Sin embargo, en el siglo xix (sobre todo a partir de 1840) algunas autoras empezaron a adoptar seudónimos masculinos. ¿Por qué, si había ya una tradición de escritoras femeninas de éxito? Porque empezaron a explorar nuevos temas y formas y veían un peligro en firmar como mujeres.

Según Elaine Showalter, «el seudónimo masculino marca la pérdida de la inocencia»; las mujeres empiezan a escribir cosas que ya no encajaban en el modelo de «ángel del hogar» victoriano y, de conocerse sus verdaderos nombres, las mujeres serían juzgadas como mujeres poco femeninas, egoístas y poco cristianas. Según la moral anglicana, estas mujeres están desafiando a Dios, que ha determinado ya su lugar en la sociedad como mujeres. El seudónimo masculino les permitía mantener el anonimato en su vida privada y, además, asegurarse el favor de los críticos (la crítica literaria en Inglaterra era muy influyente).

Pero volvamos a nuestra protagonista. Tanto Charlotte como sus hermanos habían escrito incesantemente desde niños. En una ocasión, después de la muerte de las dos hermanas mayores, el padre le regaló a Branwell unos soldaditos de plomo, que pasaron a ser protagonistas de los juegos de los cuatro hermanos, que acabaron escribiendo historias sobre ellos ambientadas en los reinos imaginarios de Angria y Gondal. Incluso hacían revistas y periódicos de tamaño diminuto para los soldaditos. En ellos, Charlotte siempre firmaba con seudónimo masculino.

Como hijas de un clérigo con pocos recursos, las hermanas Brontë estaban abocadas a las pocas salidas laborales que tenían las mujeres de su clase: profesoras o institutrices.

Como hijas de un clérigo con pocos recursos, las hermanas Brontë estaban abocadas a las pocas salidas laborales que tenían las mujeres de su clase: profesoras o institutrices. Charlotte probó ambas profesiones y las detestaba por igual. Sabía que tenía talento para escribir, así que, antes de dirigirse a ninguna editorial, escribió a Roberth Southey (que, como Poet Laureate era la máxima autoridad del país en materia de poesía) para pedirle su opinión sobre sus poemas. La respuesta fue demoledora. En su carta, Southey alaba su talento, pero le aconseja, basándose exclusivamente en su sexo, que no se dedique a la profesión de escritora, afirmando: «Una mujer no puede ni debe hacer de la literatura la razón de su vida. Cuanto más se consagre a sus propios deberes, menos tiempo tendrá para ella, sea como objetivo o esparcimiento. A esos deberes aún no ha sido llamada, y cuando lo sea tendrá menos ansia de celebridad». Su primer acercamiento como mujer y escritora a una figura de autoridad resultó ser decepcionante.

Entonces, si tenemos en cuenta que las hermanas Brontë no tenían referentes literarios femeninos, no querían ser juzgadas como mujeres, sino por su talento, y además querían mantenerse en el anonimato, no es de extrañar que en el primer libro que publicara Charlotte (un volumen de poemas suyos y de sus hermanas Emily y Anne que se costearon ellas mismas en 1846), cuando llegó el momento de firmar, eligieran tres seudónimos, como mínimo, ambiguos: Currer, Ellis y Acton Bell. Podríamos pensar que jugaron al equívoco, pero en su correspondencia comercial con las distintas editoriales con las que trataron hablaban en todo momento de ellas mismas en masculino.

Charlotte Brontë, después de que varias editoriales rechazaran el manuscrito de El profesor, logró unos meses más tarde que publicaran Jane Eyre, también firmada como obra de Currer Bell.

Al año siguiente, en 1847, Emily y Anne consiguieron que se publicaran Cumbres borrascosas y Agnes Grey (ambas con seudónimo). Y Charlotte Brontë, después de que varias editoriales rechazaran el manuscrito de El profesor, logró unos meses más tarde que publicaran Jane Eyre, también firmada como obra de Currer Bell. Es curioso que, durante el tiempo en el que estaban escribiendo sus grandes obras e intercambiando correspondencia con numerosas editoriales, no se lo contaran a absolutamente nadie, ni a su familia ni a sus amigas. De hecho, cuando Ellen Nussey, una de sus amigas más cercanas, le comentó a Charlotte que le habían llegado rumores de que había publicado un libro, en un primer momento lo negó tajantemente.

Charla Charlotte BrontëPodríamos preguntarnos si las hermanas Brontë no exageraban en esa protección acérrima de su identidad. Para averiguarlo, lo mejor es comprobar qué repercusión tuvo la publicación de Jane Eyre. La novela tuvo mucho éxito, y entre el subtítulo de «autobiografía» y el ambiguo nombre de Currer, empezó un debate en el mundo literario de Londres sobre si el autor era un hombre o una mujer. Algunos críticos interpretaron las referencias que aparecen en la novela a las ropas de los personajes y a la comida como pruebas claras de que el autor era una mujer. William Makepeace Thackeray, el autor de La feria de las vanidades, escribió una carta al lector de la editorial que había publicado la novela diciéndole: «Es la obra de una mujer, pero ¿de quién?». La autora Harriet Martineau, basándose en una escena en la que un personaje está cosiendo unas cortinas para una cama, dijo que el libro «solo podía haberlo escrito una mujer o un tapicero».

En cambio, otros críticos, como George Henry Lewes, afirmaban que era claramente la obra de un hombre («no se ha escrito jamás, por su vigor, un libro más masculino»). De la misma opinión era el crítico estadunidense E. P. Whipple, que discernía en la obra «la mano de un caballero», especialmente por el uso de las «blasfemias, la brutalidad y el lenguaje coloquial».

Aunque estos ejemplos parezcan pintorescos, el hecho es que la presentación de una mujer poco convencional y segura de sí misma que admite sus sentimientos por un hombre casado provocó la sorpresa y, en algunos casos, la indignación de los lectores. Por ejemplo, en la revista North British Review se dice sin tapujos que, si el libro había sido escrito por un hombre, merecía ser elogiado, pero si se demostraba que el autor era una mujer, entonces sería «odioso».

El crítico Tom Winnifrith, que estudió la recepción de Jane Eyre en su propia época, extrajo la conclusión de que las críticas más hostiles fueron escritas por mujeres.

El crítico Tom Winnifrith, que estudió la recepción de Jane Eyre en su propia época, extrajo la conclusión de que las críticas más hostiles fueron escritas por mujeres. Elizabeth Rigby, en The Quarterly Review (1848), dijo: «Jane Eyre es, de principio a fin, la personificación de un espíritu obstinado e indisciplinado, y su autobiografía es fundamentalmente una composición anticristiana»; más tarde, Charlotte Brontë pondría estas palabras en boca de uno de los personajes de Shirley.

En 1848, por problemas con un editor sin escrúpulos que quería reeditar Cumbres borrascosas como una novela del autor de Jane Eyre, Charlotte Brontë se vio obligada a revelar su identidad a sus editores. Aunque en un primer momento este dato no se divulgó abiertamente, el grupo de personas que sabían que ella era la verdadera autora de Jane Eyre poco a poco fue ampliándose, y los críticos y los literatos no tardaron mucho en saber de su existencia.

Una vez conocida su identidad, se tomó muchas molestias en intentar conocer a mujeres escritoras y establecer relaciones de amistad con ellas. A todas les mostraba su faceta más hogareña, se mostraba dócil, tímida y modesta (es verdad que lo era, pero ella misma dice en sus cartas que intentaba evitar en estos encuentros todo lo que pudiera considerarse extravagante o individualista). Acababa contándoles los aspectos más dramáticos de su vida, la muerte de su madre, su solitaria vida en los páramos y las enfermedades de todos sus hermanos (para esta época, todos sus hermanos habían muerto ya) como disculpa por sus escritos «escandalosos».

A su mejor amiga, Ellen Nussey, a la que en un primer momento negó tajantemente que hubiera publicado ningún libro, llegó a decirle que jamás escribiría por dinero, que preferiría volver a trabajar como institutriz.

En su correspondencia con sus editores o con críticos masculinos, no tenía ningún reparo en afirmar que lo que se calificaba en sus obras de inmoral era una concesión al mercado.

Sin embargo, en su correspondencia con sus editores o con críticos masculinos, no tenía ningún reparo en afirmar que lo que se calificaba en sus obras de inmoral era una concesión al mercado. Contrasta muchísimo la imagen dulce y apocada que tenían de ella sus amigas escritoras (entre ellas, Elizabeth Gaskell) y frases como la siguiente, extraída de la respuesta que envió a uno de sus críticos de The Economist: «Para usted no soy hombre ni mujer. Me presento ante usted únicamente como autor; es el único patrón por el que tiene usted derecho a juzgarme, el único argumento sobre el que acepto su opinión».

Sin embargo, no debemos interpretar estas incoherencias como hipocresía, sino como una muestra de las dificultades de una mujer para aunar los papeles de mujer y de autora a mediados del siglo xix.

En 1850, la editorial en la que Charlotte publicaba sus obras compró los derechos de Cumbres borrascosas, Agnes Grey y la obra poética de sus hermanas, y le pidieron que escribiera una nota biográfica sobre ellas para el volumen en el que iban a publicar todo junto. Charlotte vio la oportunidad de presentar las circunstancias dramáticas de sus vidas como atenuantes: eran unas pobres muchachas de campo, huérfanas de madre y criadas por un padre medio loco en un paraje hostil y no eran conscientes de haber escrito libros escandalosos.

Charlotte Brontë murió relativamente joven, con 39 años, en 1855. Muchos afirman que falleció de tuberculosis (de hecho, es lo que aparece en Wikipedia) pero, al parecer, Charlotte murió de hiperémesis gravídica, enfermedad que consiste en un exceso de vómitos en el embarazo. Porque Brontë se casó, con el cuarto hombre que se lo propuso nada menos. Murió unos meses después de su boda, eso sí, con 39 años.

Vida de Charlotte Brontë, de Elizabeth Gaskell, es una de las mejores biografías clásicas escritas en lengua inglesa.

Poco después de su muerte, Patrick Brontë, el padre de Charlotte, le encargó a la escritora Elizabeth Gaskell que escribiera la biografía de su hija. Vida de Charlotte Brontë es una de las mejores biografías clásicas escritas en lengua inglesa y constituye un valiosísimo documento de primera mano de una mujer que la trató y conoció con cierta intimidad; sin embargo, es necesario tener en cuenta el objetivo de su autora. Desde el momento en el que Gaskell empieza a narrar la redacción de Jane Eyre, comprobamos las molestias que se toma en destacar, en este periodo de su vida, su devoción como hija y hermana (en esta época al padre de Charlotte lo operaron de cataratas y su hermano era alcohólico y adicto al opio) y, en general, su faceta más femenina desde el punto de vista tradicional. Resalta muchísimo las tareas que hacía en el hogar, hasta el punto de presentar una escena, bastante ridícula, en la que Charlotte abandona la redacción de Jane Eyre para repasar las patatas que había pelado Tabby, una sirvienta ya mayor que no veía bien y cuyos sentimientos no quería herir.

La obra de las tres hermanas Brontë no se valoró en su verdadera dimensión hasta que Sandra Gilbert y Susan Gubar, en 1979, publicaron, como ya he mencionado, The Madwoman in the Attic, donde analizan en profundidad Jane Eyre y Cumbres borrascosas desde una perspectiva feminista.

Nos puede parecer que tenemos ya todo esto superado, que esto de firmar con un seudónimo masculino es cosa de hace siglo y medio y que no pasa hoy en día.

Por último, me gustaría acabar con una reflexión: nos puede parecer que tenemos ya todo esto superado, que esto de firmar con un seudónimo masculino es cosa de hace siglo y medio y que no pasa hoy en día.

Todos conocemos a la escritora de las sagas de Harry Potter y el detective Cormoran Strike: J. K. Rowling. Resulta curioso que no conozcamos su nombre de pila; esta autora está en todas las listas de autores vivos más vendidos del mundo y no sabemos su nombre.

Se llama Joanne, pero en 1999, cuando iba a publicar el primer libro de la saga de Harry Potter, su editor le dijo que un libro de fantasía para niños y adolescentes varones (se daba por hecho que no iba a interesar a las niñas) no se vendería igual si el autor era una mujer, así que tomó la decisión de que no apareciera por ningún lugar su nombre completo, sino solo sus iniciales, y que tampoco hubiera ninguna foto de la autora. Se da el caso de que Joanne Rowling no tiene segundo nombre, así que tuvo que tomar la 'K' de Kathleen, el nombre de su abuela paterna.

Quizá no sea tan fácil recuperar la inocencia.

Bibliografía

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Brontë, Charlotte. Jane Eyre (Carmen Martín Gaite, trad.). Libro electrónico. Barcelona: Alba Editorial, S. L., 2012.

Brontë, Charlotte. Shirley. Edición de Lucasta Miller. Londres: Penguin Classics, 2006. 664 p.

Brontë, Charlotte. Shirley (Gemma Moral Bartolomé, trad.). 2.ª ed. Barcelona: Alba Editorial, S. L., 2001. 748 p.

Brontë, Charlotte. The professor. Londres: Penguin Popular Classics, 1995. 256 p.

Brontë, Charlotte. El profesor: Una historia (Gemma Moral Bartolomé, trad.). Barcelona: Alba Editorial, S. L., 2014. 388 p.

Brontë, Charlotte. Villette. Londres: Penguin Popular Classics, 1994. 510 p.

Brontë, Charlotte. Villette (Marta Salís, trad.). Barcelona: Alba Editorial, S. L., 2014. 643 p.

Dukett, Bob. «Where Did the Brontës Get Their Books?» En Brontë Studies, volumen xxxii, ejemplar 3 (2007), p. 196-206. También disponible en línea [consulta: 02-02-2018].

Gaskell, Elizabeth. Vida de Charlotte Brontë (Ángela Pérez, trad.). 2.ª ed. Barcelona: Alba Editorial, S. L., 2001. 634 p.

Gilbert, Sandra M.; Gubar, Susan. The Madwoman in the Attic: The Woman Writer and the Nineteenth-Century Literary Imagination. 2.ª ed. Yale: Yale Nota Bene, 2000. 719 p.

Gilbert, Sandra M.; Gubar, Susan. La loca del desván: La escritora y la imaginación literaria del siglo xix (Carmen Martínez Gimeno, trad.). Madrid: Cátedra, 1998. 640 p.

Showalter, Elaine. A Literature of Their Own: From Charlotte Brontë to Doris Lessing. Londres: Virago, 1999. 395 p.

Winnifrith, Tom. The Brontës and Their Background: Romance and Reality. 2.ª ed. Houndmills, Basingstoke, Hampshire: Macmillan, 1988. 276 p.

Página oficial de J. K. Rowling, About. [consulta: 02-02-2018]

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