La Linterna del Traductor
Vena literaria

Tres minutos

Blanca Rodríguez
Blanca Rodríguez
Blanca Rodríguez estudió Traducción e Interpretación en la Universidad de Vigo y es traductora autónoma desde 2001. Fue finalista del X Premio Esther Benítez por la traducción, con Marc Jiménez Buzzi, de La constelación del Perro, de Peter Heller. Ha sido juntera de AGPTI, jefa de redacción de la primera época de La Linterna del Traductor (2002-2004), tutora del programa de prácticas de Asetrad, y ahora colabora con el programa de mentorías de esa asociación para orientar a los nuevos socios. Habla de traducción allí donde la dejan y ha traducido a autores como Joseph Conrad, Robert L. Stevenson, Ursula K. Le Guin o James Tiptree Jr. También escribe cuando puede, y su libro Las aventuras de Undine. La gran tormenta (Bambú) lleva vendidos 5000 ejemplares. Ahora trabaja en la continuación y en su primera novela para adultos. En Twitter es @bandarrita.
  1. Introducir la tira en la orina con la flecha apuntando hacia abajo.
  2. Retirar la tira después de 15 segundos y colocarla en posición plana sobre una superficie limpia, seca y no absorbente.
  3. El resultado positivo se podrá observar a los 60 segundos, pero para obtener un resultado fiable se requiere el tiempo de reacción completo de 3 minutos.
  4. No esperar más de 5 minutos antes de leer el resultado.

Me cuesta leer la letra del prospecto, tan pequeña. Se me nubla la vista de puros nervios. Lo tengo todo preparado: el vaso de plástico, el reloj, una bolsita de plástico opaco para que nadie lo vea por casualidad en la basura… y el test. El test que tanto me ha costado comprar: seis pavos cincuenta, más el bonobús de ida y vuelta hasta la otra punta de la ciudad, para no encontrarme a nadie por casualidad en la farmacia, y todo mi valor. Ahora siento que no me queda ninguno.

Al llenar el vasito me mancho las manos. Me tiemblan. Lo dejo sobre el borde de la bañera y me las lavo a conciencia, como me han enseñado en la facultad: froto primero las palmas, luego los dorsos con las palmas, los dedos entrelazados, el dorso de los dedos, los pulgares, las yemas en las palmas. Solo lo hago para retrasar el momento, porque mientras no moje la tira, todavía es posible que no esté preñada. El embarazo de Schrödinger. Ojalá pudiera retrasarlo indefinidamente, pero cada día que pasa me acerca más a las malditas 14 semanas y no sé exactamente de cuánto puedo estar, si es que estoy. Mojo el puto palito y pongo el temporizador del móvil.

TemporizadorNo quiero mirar, aunque sé cuál será el resultado. Me lo dice el sueño que tengo, el dolor de tetas. No dejo de pensar en las 14 semanas. ¿De cuánto estaré? Ojalá no tuviera reglas tan irregulares, no hay forma de saber cuándo ovulé. Las cosas que he visto en Internet no sirven a toro pasado, es imposible averiguarlo. ¿Por qué no nos enseñaron todas esas cosas? Nunca me las ha explicado nadie, ni siquiera la chica que vino a darnos la charla de educación sexual en tercero de ESO. Nos enseñó los tipos de anticonceptivos y todo eso… Nos trajo hasta un preservativo femenino. ¡Un preservativo femenino! ¿Pero quién se pone eso? ¿Y cómo? La chica lo explicó, pero nos pareció complicadísimo. Lo que no explicó es cómo le dices a tu novio que no quieres hacerlo sin condón cuando te insiste una vez y otra y otra, cuando te dice que así no disfruta, que le cuesta empalmarse, que le cuesta correrse, que no tengas miedo, que él controla… ¿Cómo consigues que acepte una negativa? No es justo. ¡No es justo! ¿Qué pasa con el «No es no»? ¿Él no tiene ninguna responsabilidad? Porque ahora el marrón me lo como yo. Ahora estoy sola. Que «cómo sé yo si es mío». ¡Qué sinvergüenza, el cabrón! La furia me arrasa los ojos de lágrimas. No quiero llorar, ¿pero qué me queda? Enfurecerme, frustrarme, gritar y llorar. Mi novio se ha desentendido y no puedo contárselo a mamá y papá: me llevarían a hablar con don Álvaro, ¡qué vergüenza!, y entre todos me obligarían a tenerlo. No quiero dejar el grado, ¡lo acabo de empezar! Y quiero estudiar. Quiero ser enfermera, no madre. No puedo criar un bebé. No puedo. ¡Tengo diecisiete años, joder!

Dicen que cuesta al menos 350 euros. ¿De dónde saco yo tanto dinero? ¿A quién se lo puedo pedir? Me da vueltas la cabeza. ¿Y qué más da? Aunque lo consiguiera, no tengo los dieciocho, y sin autorización no hay nada que hacer. ¿Por qué coño habré nacido en diciembre? ¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer? ¿A dónde voy? ¿Aquí hay sitios de esos clandestinos? No tengo ni idea de a quién preguntar, ni cuánto cuesta eso. Es que no sabría ni por dónde empezar. Me tiemblan las rodillas. Dicen que es peligroso, que te puedes morir. Pero eso será por ahí, por sitios pobres, en Latinoamérica y tal. Aquí no pasan esas cosas, ¿no? Aquí ya no se muere nadie de eso…

Tres minutos. La alarma.

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