19 junio 2024
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El símbolo misterioso de ‘El origen de las especies’: despistes y franquezas de una traductora obstinada

Mario Benedetti1

La traducción de la obra cumbre de Charles Darwin supuso para mí una gran responsabilidad profesional e histórica. Las dificultades que plantea el texto radican en la terminología especializada (que es muchísima), la estructura sintáctica de un inglés decimonónico y darwiniano o la exposición de unas ideas tan novedosas en su tiempo que, por entonces, apenas existía un léxico adecuado para nombrarlas ni en la lengua inglesa ni en la nuestra. Desde luego, no fueron pocos ni pequeños los escollos que acabo de mencionar, pero sí los esperables.

Lo realmente difícil de resolver en una traducción se presenta como los percances en la vida cotidiana, todo va bien hasta que confluyen varias circunstancias insospechadas y se produce el contratiempo. La concurrencia de diversos detalles inopinados favorece el ofuscamiento y, a veces, el estancamiento. Y entonces el desafío consiste en zafarse de ellos y mirar desde otro ángulo.

Tuve a mano varias de las traducciones que han circulado en nuestra lengua, entre ellas la que más se ha publicado y vendido hasta ahora: la que preparó Antonio de Zulueta y Escolano en 1921.

Para elaborar mi traducción de El origen de las especies publicada en Alianza Editorial2 me basé en una versión facsímil de la reimpresión que se hizo en 1876 de la sexta edición inglesa y también tuve a mano varias de las traducciones que han circulado en nuestra lengua, entre ellas la que más se ha publicado y vendido hasta ahora: la que preparó Antonio de Zulueta y Escolano en 1921. Durante la traducción de las primeras páginas fui consultando fragmentos en mi ejemplar de esta última por curiosidad; después, a medida que me sumergía por completo en la tarea, me pareció interesante ir señalando ciertas disparidades entre su texto y el mío por si pudieran tener alguna utilidad futura.

Son muchas las diferencias entre ambas versiones, pero algo que me sorprendió desde el principio fue el tino terminológico de la traducción de 1921. Cierto es que Zulueta se había licenciado en Ciencias Naturales, se había doctorado con una tesis sobre zoología y fue uno de los iniciadores de la genética en España3, pero la cantidad de detalles sobre organismos muy diversos que expone Darwin en su volumen rebasa con creces la formación de cualquier naturalista no especializado en cada uno de esos temas. ¿Con qué herramientas de consulta contaba Zulueta? Tal vez bibliotecas próximas a su lugar de residencia, compañeros científicos cercanos y la posibilidad de plantear preguntas a través del correo postal a especialistas de otros rincones del planeta, con la tediosa lentitud que eso implicara. Quienes traducimos en el siglo xxi sabemos bien lo desesperante que es lanzar una consulta al océano de la comunicación electrónica y no recibir una respuesta inmediata el mismo día o, como mucho, el siguiente. La duda sin resolver obliga a dejar una marca de provisionalidad en nuestro texto, una mancha fastidiosa e inquietante.

Empecé a detectar ciertas diferencias en la versión de Zulueta incompatibles con el rigor observado, que se debían a discrepancias insólitas con la obra original.

Entre las aguas procelosas de estas reflexiones fui avanzando en la traducción a lo largo de dos años de pandemia y restricciones de movilidad que facilitaron mi concentración en el proyecto. Y en algún momento empecé a detectar ciertas diferencias en la versión de Zulueta incompatibles con el rigor observado, que no respondían a preferencias, a cuestiones de estilo o a una interpretación desigual del texto original (que también abundan), sino que se debían a discrepancias insólitas con la obra original. Así, por ejemplo, encontré «extensión» donde Darwin hablaba de «extinción», «antenas» donde debía constar «anteras», «alcantarillados» en lugar de «acantilados», «instinto» donde debería poner «insecto», «extrema» en lugar de «externa», «geológicos» en lugar de «geográficos», «senil» en lugar de «sésil», «alteraciones» en lugar de «alternancias», «genealógicos» en lugar de «geológicos»… La lista es muy larga, pero no considero necesario ni práctico recopilarla íntegra aquí, así que no insistiré más en esta cuestión salvo para añadir que llegó un momento (en concreto, la página 590 de mi ejemplar de la traducción de Zulueta, es decir, cuarenta páginas antes del final) en que me topé con una diferencia que llevó mis pensamientos algo más allá: encontré «seis» donde Darwin había escrito «sus». ¿Cómo se puede confundir una cosa con la otra?

Todos estos deslices son anteriores al empleo de OCR. Otro hallazgo, curiosísimo además, fue que en torno a la mitad de ellos no está en el texto original de Zulueta que se publicó en 1921.

La naturaleza de estas disparidades me condujo a plantearme cómo traducía Zulueta. Yo lo había imaginado siempre escribiendo a máquina, pero ahora empecé a pensar que casi todas las divergencias que encontré con la obra original se debían a errores de trascripción al mecanografiar el texto original manuscrito del traductor, ya fuera a través del copiado o del dictado. Mi ejemplar de la traducción de Zulueta es una reimpresión moderna de su texto de 1921 que tuvo que digitalizarse de alguna manera. Por tanto, cabía la posibilidad de que algunos errores se debieran al sometimiento de la versión en papel a un reconocimiento óptico de caracteres (OCR)4, pero un análisis detenido de varias versiones previas y posteriores a la era de los procesadores de texto me brindó algunas revelaciones. Una de ellas fue que todos estos deslices son anteriores al empleo de OCR. Otro hallazgo, curiosísimo además, fue que en torno a la mitad de ellos no está en el texto original de Zulueta que se publicó en 1921 (disponible en Internet), sino que se deslizó más tarde, al prepararlo para otras ediciones. Y, por último, que todos estos fallos (ya fueran debidos a la copia o el dictado del texto manuscrito o impreso por parte del traductor o de terceras personas) se han reproducido una y otra vez hasta la actualidad, puesto que mi volumen con la traducción de Zulueta es una edición de Austral de 20215 (justo un siglo después de la primera publicación de su trabajo).

Los ejemplos que acabo de mencionar revelan las dificultades inherentes a la edición de libros en los tiempos en que se escribía a mano y a máquina. Cada época se caracteriza por una tecnología particular, y cada tecnología nos educa y nos acostumbra a una clase determinada de posibles errores y problemas. Durante el tránsito del siglo xix al xx era habitual que los autores escribieran sus textos a mano y que, más tarde, se encargara de mecanografiarlos otra persona especializada en el manejo de aquellas máquinas de tecnología avanzada, aunque no siempre conocedoras de la materia tratada, lo que explica este tipo de desviaciones.

Pero ahora vivimos en un mundo muy diferente al de los tiempos en que se imprimió la obra de Darwin, y esto también dificulta la detección de defectos a los que la tecnología actual no nos tiene acostumbrados. O eso al menos es lo que me pasó a mí con el único detalle de la obra original que dejé sin resolver en mi traducción. Veamos el «símbolo misterioso» que aparece en el capítulo VII de la edición facsímil que usé para preparar mi traducción:

Texto con símbolo misterioso.

Veámoslo ampliado:

Símbolo misterioso ampliado.

Cuando tropecé con este carácter impreso con tanta claridad, pensé que debía de ser otra ligadura, tal vez una abreviatura de each.

Sabemos que la imprenta inglesa es más dada que la española a las florituras tipográficas; el caso más conocido lo ofrece el uso generalizado en inglés del signo llamado ampersand en ese idioma (&), que es una estilización en un solo tipo de la palabra latina et. Y encontramos otro ejemplo en la abreviatura i.e. (id est) tan presente en esta obra darwiniana. Por eso, cuando tropecé con este carácter impreso con tanta claridad, pensé que debía de ser otra ligadura, tal vez una abreviatura de each. Dediqué varias búsquedas y consultas a desentrañar el significado del «símbolo misterioso», pero todas resultaron infructuosas, y el asunto quedó sin resolver antes de enviar mi traducción a imprenta. Por suerte, el contexto en el que aparece este signo solo permite interpretarlo de dos maneras, y ambas arrojan una traducción coherente con el texto original de Darwin, de modo que dejar este detalle abierto no supuso ningún problema para la versión en castellano, aunque sí lo fue para el runrún mental de esta traductora.

El 26 de octubre de 2023 llegó a las librerías mi traducción, y el 3 de noviembre me invitaron a hacer su primera presentación pública: por la mañana, en la Biblioteca del Campus de Puerto Real de la Universidad de Cádiz, y por la tarde, en el Ateneo de la ciudad. La contrariedad de no haber cerrado este detalle me animó a presentarlo como una anécdota simpática al final de mi intervención durante la sesión de la mañana, y fue Rafa Alba, compañero traductor y amigo, quien vio al instante la solución sin el ofuscamiento en el que había caído yo: «¡Es una a!», dijo, y entonces lo entendí. Como he comentado, el contexto solo permitía dos interpretaciones posibles: o a (el artículo indeterminado ‘un’) o each (el cuantificador ‘cada’), pero ¿para qué iba a emplearse un signo tipográfico especial para escribir a, un artículo que en inglés ocupa igualmente un solo espacio?

Veamos ambos signos yuxtapuestos:

Símbolo misterioso y letra "a" uno al lado del otro.

Y ahora, superpuestos:

Superposición animada del símbolo misterioso y la letra "a".

Lo que yo había interpretado como un símbolo tipográfico especial (una ligadura) solo es una letra mal estampada.

En efecto, lo que yo había interpretado como un símbolo tipográfico especial (una ligadura) solo es una letra mal estampada. La impresión con tipos móviles es un proceso físico complejo, sucio, mecánico, sujeto a defectos accidentales, como que se cuele una mota entre el tipo y el papel y deje un hueco en la impresión que esparza la tinta de un modo inesperado, emborronado. Eso es exactamente lo que pasó.

Lo que sí resulta extraño y merecería un estudio aparte es que estos desatinos se hayan propagado edición tras edición, incluso de editoriales diferentes, a lo largo de todo un siglo.

Hoy vivimos en un mundo de computadoras e impresiones digitales que siguen deparando erratas en los libros, pero hemos olvidado los posibles fallos en la trascripción (por dictado o copia) de textos manuscritos y los errores debidos a la imprenta con tipos móviles. Cada generación tiene sus usos tecnológicos, convenciones y costumbres. Los errores de trascripción detectados en la traducción de Zulueta no son consecuencia de la desidia o un trabajo mal hecho, sino el resultado natural de las técnicas y tecnologías empleadas en su tiempo. Lo que sí resulta extraño y merecería un estudio aparte es que estos desatinos se hayan propagado edición tras edición, incluso de editoriales diferentes, a lo largo de todo un siglo.

Del mismo modo, nuestra forma de trabajar en la actualidad conlleva sus vicios y virtudes, y no descarto que mi empleo de «cada» en lugar de «un» en este pasaje de la traducción se mencione como un ejemplo de ello si alguien analiza mi texto dentro de otro siglo.


1 Benedetti, Mario. Despistes y franquezas Madrid: Alfaguara 1990.

2 Darwin, Charles. El origen de las especies mediante selección natural. Madrid: Alianza Editorial, 2023. Trad. de Dulcinea Otero-Piñeiro.

3 Antonio de Zulueta y Escolano, nacido en 1885 y fallecido en 1971, es uno de los grandes científicos y difusores de la ciencia que ha tenido España en el siglo xx, y también uno de los grandes olvidados que merecería un reconocimiento público por su trabajo.

4 Agradezco a Maribel Bolívar Pérez, compañera traductora, que llamara mi atención sobre esta posibilidad tras leer un borrador de este artículo.

5 Darwin, Charles. El origen de las especies. Barcelona: Austral, 2021. Trad. de Antonio Zulueta.

Dulcinea Otero-Piñeiro
Dulcinea Otero-Piñeiro
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Es filóloga alemana. Desde el año 1998 se dedica profesionalmente a la traducción de obras científicas (sobre todo de física, matemáticas, astronomía y biología), así como de historia y filosofía de la ciencia. Entre los más de 120 títulos que ha vertido al castellano del alemán, el inglés y el catalán también se cuentan biografías de personalidades como Johannes Kepler, Albert Einstein, George Orwell, James Watson o John Allen Paulos. Además, traduce para la Oficina ESERO Spain de la Agencia Espacial Europea (ESA) y para la Fundación Descubre e imparte charlas, talleres y conferencias sobre traducción científica. Es socia de ACE traductores y de Asetrad.

Dulcinea Otero-Piñeiro
Dulcinea Otero-Piñeiro
Es filóloga alemana. Desde el año 1998 se dedica profesionalmente a la traducción de obras científicas (sobre todo de física, matemáticas, astronomía y biología), así como de historia y filosofía de la ciencia. Entre los más de 120 títulos que ha vertido al castellano del alemán, el inglés y el catalán también se cuentan biografías de personalidades como Johannes Kepler, Albert Einstein, George Orwell, James Watson o John Allen Paulos. Además, traduce para la Oficina ESERO Spain de la Agencia Espacial Europea (ESA) y para la Fundación Descubre e imparte charlas, talleres y conferencias sobre traducción científica. Es socia de ACE traductores y de Asetrad.

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