17 abril 2024
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El océano de la ciencia

Logotipo del Congreso 20.º Aniversario de Asetrad.

Como una brújula del conocimiento que orienta la navegación en un océano de posibilidades, la ciencia debe servir lo mejor posible a las necesidades de una sociedad. Fruto de las complejas relaciones que entretejen los factores económicos, políticos, culturales y sociales del tiempo y lugar en el que se produce, la ciencia es como un ecosistema. Por eso son los conceptos de la ecología los que urden el entramado de la metáfora en clave marina que he imaginado para bucear en el océano de la ciencia. Este artículo se basa en mi intervención en la mesa redonda «Volcanes, virus, océanos y estrellas: cómo comunicar conceptos complejos de actualidad con un pie en la ciencia y otro en las letras» que tuvo lugar en el Congreso 20.º Aniversario. ¿Listos para la inmersión?

La ciencia, como los océanos, está muy necesitada de medidas de conservación y sostenibilidad, sobre todo desde que afronta una exigencia creciente de utilitarismo tecnológico económica y políticamente orientado que restringe el acceso al conocimiento científico académico (Acevedo Díaz, 1998), y lucha contra el «calentamiento global» generado por la comunicación mediática de la ciencia, surgida del enfrentamiento entre una cultura mediática —donde prima la emoción— y una cultura de ciencia moderna —donde prevalece la razón—.

El físico y periodista canario Carlos Elías (2008a) constata que «cada día dependemos más de la ciencia y la tecnología» porque «cada día la ciencia sabe más cosas y nos explica mejor el mundo, pero también cada día la gente siente menos aprecio por ella». En un intento de describir la situación de la ciencia en la tercera década del siglo xxi he querido ponerme las gafas de la ecología y proponer una metáfora que ve la ciencia como un ecosistema oceánico.

LA ECOLOGÍA COMO METADISCIPLINA

Allí donde hay individuos u objetos que interactúan con un entorno, allí podemos echar mano de la ecología.

En la Tierra, la vida se organiza en distintos niveles de complejidad, que van desde la molécula más sencilla hasta el conjunto de la biosfera que habitamos. De los flujos y dinámicas de estos sistemas vivos y de su relación con el medio que los rodea se ocupa la ecología. Por eso, los conceptos de esta ciencia son muy socorridos para explicar cosas complejas: allí donde hay individuos u objetos que interactúan con un entorno, allí podemos echar mano de la ecología.

El uso de los términos y conceptos de una ciencia para describir rasgos esenciales de sistemas reales muy diferentes y encontrar leyes generales aplicables a la comprensión de su dinámica es una de las ideas de la teoría general de sistemas1, que busca integrar y enriquecer el objeto de estudio con nuevas propiedades y características sin reducirse a una mera integración de disciplinas (Duval, 2014), a la vez que proporcionar herramientas que capacitan a otras ramas de la ciencia en su investigación práctica.

En esta ocasión el objetivo es guiar la reflexión sobre el lugar que debe ocupar la ciencia, junto a las disciplinas humanísticas, en la construcción de sociedades cultas, justas y responsables.

Hace unos años publiqué un pequeño artículo donde también tomé prestados conceptos de la ecología para demostrar la importancia del contexto en la traducción científica (Fernández Núñez, 2020). En esta ocasión el objetivo es guiar la reflexión sobre el lugar que debe ocupar la ciencia, junto a las disciplinas humanísticas, en la construcción de sociedades cultas, justas y responsables.

LA CIENCIA COMO ECOSISTEMA

En la naturaleza, las biocenosis (conjunto de organismos vivos de un ecosistema) se establecen en biotopos (medios inertes de características fisicoquímicas particulares), donde tejen una red de complejas interacciones e intercambios a través de los cuales fluye la energía y circula la materia. Gracias al conjunto de ciclos biogeoquímicos (rutas y procesos seguidos por los elementos necesarios para la síntesis de materia orgánica, desde el medio hasta los organismos y viceversa) se reciclan tanto los macronutrientes (carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, fósforo, silicio, calcio, magnesio y potasio) como los micronutrientes (p. ej., zinc, hierro, cobre, manganeso) que, aunque necesarios en menor cantidad, son igualmente esenciales para la vida.

1. EL MEDIO FÍSICO O BIOTOPO

En cualquier ecosistema, la variación gradual de una serie de factores abióticos (inertes) hace que los organismos se dispongan en función de estos gradientes según sus posibilidades ecológicas, creando zonas de distribución para distintas comunidades de organismos vivos. En el mar, son básicamente el agua, la luz, la temperatura, la disponibilidad de nutrientes, el sustrato, la profundidad y la hidrodinámica quienes determinan la sucesión de comunidades a distintas profundidades y en distintos lugares.

1.1. El agua marina: la ciencia

El agua es el principal elemento abiótico del ecosistema marino natural y en nuestra metáfora representa a la propia ciencia.

El agua es el principal elemento abiótico del ecosistema marino natural y en nuestra metáfora representa a la propia ciencia. Las aguas marinas cubren aproximadamente un 70 % de la superficie de la Tierra, pero en nuestro ecosistema imaginado las aguas de la ciencia bañan el 100 % de las actividades humanas. Nos interesan especialmente su transparencia y su liquidez.

1.1.1. Un agua transparente

La ciencia está cada vez más diluida en el conglomerado que los anglosajones denominan STEMM (ciencia, tecnología, ingeniería, matemática y medicina), en cuyo seno está dejando de existir como tal (Fara, 2015) para transformarse en una metadisciplina al servicio de saberes muy especializados y cada vez más compartimentados. Para Diéguez Lucena (2021) actualmente se le concede «menos importancia al progreso conceptual y [a] los contenidos teóricos que al éxito práctico proporcionado, sobre todo, por la ciencia aplicada y la tecnología», de modo que se tiende a juzgar a toda la ciencia solo en función de su aporte al éxito tecnológico, mucho más concreto de percibir.

Parece que al «publica o muere» que sigue amenazando al científico se une ahora el «patenta o muere».

Las concepciones que se tienen de la ciencia y la tecnología, así como de sus relaciones y diferencias, condicionan las finalidades y los objetivos de la educación científica y tecnológica, pero si la ciencia está cada vez más dirigida por finalidades tecnológicas la línea divisoria entre ciencia y técnica es cada vez más difusa. Para Acevedo Díaz (1998), la creciente imposición de objetivos tecnológicos a la investigación científica está progresivamente sustituyendo la racionalidad científica por la racionalidad tecnológica en un contexto donde el desarrollo cada vez más precede a la investigación (D+I) y no al contrario, como hasta finales del siglo xx (I+D). Para este autor, dar primacía a la investigación científica «industrial» y orientarla exclusivamente hacia objetivos a corto plazo (según intereses económicos, políticos, militares, de prestigio nacional, etc.) genera «restricciones y controles externos al dominio público del conocimiento científico» y mengua los recursos destinados a la investigación básica de la ciencia «académica», que prepara científicos y genera conocimientos. Con esta inversión parece que al «publica o muere» que sigue amenazando al científico se une ahora el «patenta o muere».

Tanto la ciencia como la tecnología poseen una capacidad de intervención en busca del progreso de la humanidad, de modo que, si actualmente las posibilidades científicas han generado unas capacidades tecnológicas de información e interacción social más orientadas hacia la creación de nuevas condiciones de posibilidad para la investigación (científica y tecnológica), de desarrollo (social, cultural, económico, político) y de innovación razonada, debemos ser capaces de mantenerlas en equilibrio para evitar un tecnocentrismo utilitarista donde, transparente como el agua marina de mi símil, la ciencia se invisibilice.

1.1.2. Un agua líquida

El estado líquido del agua refleja perfectamente tanto la dificultad de acotar lo que es ciencia —una palabra de bellísimo significante pero complejísimo significado— como la coherencia del método científico que todo lo impregna.

La imagen popular de la ciencia identifica el conocimiento científico con el conocimiento demostrado. Con frecuencia se dice que son «científicas» aquellas disciplinas que «siguen un método especial propio, según el cual se recogen observaciones para construir hipótesis, se diseñan experimentos para producir resultados consistentes y se prueban las teorías comparando las predicciones con la realidad» (Fara, 2015). Cencillo (1973) añade que todo saber científico se compone «de un contenido informativo y de las formalizaciones conceptuales del mismo», así como «de unos métodos de positivación y control» y, aunque no se debe reducir el contenido de las ciencias a una trama de modelos formalizadores que anulen el elemento informativo, es cierto que en cada disciplina prevalece un elemento determinado: por ejemplo, el elemento informativo en las ciencias descriptivas (como la biología o la geología) o el conceptual formalizador en las matemáticas.

El método científico debe permitir, con un estudio serio y responsable de la naturaleza, generar y validar un tipo de conocimiento científico que no se construye con una sucesión de modas pasajeras.

El método científico debe permitir, con un estudio serio y responsable de la naturaleza, generar y validar un tipo de conocimiento científico que no se construye con una sucesión de modas pasajeras a base de «teorías efímeras de usar y tirar» en el sentido posmoderno que le dieron, cada uno a su manera, Kuhn, Popper, Lakatos o Feyerabend. Para Theocharis y Psimopoulos (1987), son estos cuatro pensadores quienes han sembrado la semilla del desprestigio social de la ciencia, pues negaron desde su relativismo epistemológico la posibilidad de existencia de una verdad científica establecida, objetiva y respaldada por la evidencia que proporciona observar la naturaleza. Fuera de polémicas filosóficas, quizá lo más adecuado sea definir la ciencia como «lo que hacen los científicos» (Fara, 2015).

El carácter líquido de la ciencia podría también interpretarse como si todas las disciplinas, métodos y resultados tuvieran el mismo valor. Pero esto es solo a primera vista, porque el agua de mar no es la misma en todos los puntos, sino que depende de variables como presión, temperatura, cantidad de oxígeno disuelto, sales minerales, etc. Variables todas ellas que los pobladores del ecosistema deben aprender a percibir e interpretar correctamente si quieren sobrevivir. Por eso es necesario que los estudiantes de ciencias reciban instrucción humanística y los humanistas instrucción científica formal: en otras palabras, desandar el camino de la superespecialización para regresar a la mezcla de conocimientos empíricos y hermenéuticos en una misma persona que la dote de criterio suficiente para analizar racionalmente cualquier información.

1.2. El sustrato: los centros generadores de conocimiento

El fondo marino representa las universidades y centros de investigación que generan el conocimiento científico basal y, a su vez, contiene las aguas de la ciencia.

El fondo marino representa las universidades y centros de investigación que generan el conocimiento científico basal y, a su vez, contiene las aguas de la ciencia.

Existen muchas voces críticas con el contenido y la organización de unos estudios universitarios que, en España, avalan por igual todas las carreras dentro de un sistema que no favorece la excelencia ni premia el esfuerzo añadido. Ya en 1973, Jiménez-Blanco escribía que la Universidad «ha sido el puente tendido entre la ciencia como sistema social y la sociedad global» y apuntaba que «solo cuando el científico juega un papel en una sociedad en general se puede hablar con propiedad de la institucionalización de la ciencia», por lo que consideraba «condición necesaria que la sociedad reconozca al científico en cuanto portador de los valores de la creatividad, un papel social entre otros muchos». Para este autor, «el sistema social al que llamamos Universidad» debía introducir el valor de la creatividad en la sociedad para incorporarse desde ella «al techo valorativo de todo el grupo social» porque, «de no seguirse este camino, difícil será que haya ciencia en una sociedad».

Las zonas de subducción representan aquellos lugares donde el conocimiento científico básico choca con las placas de sociedades atrasadas.

En la naturaleza, el fondo marino va alterándose lentamente por el juego de la tectónica de placas que, en las zonas de subducción, hace desaparecer una placa cortical bajo otra provocando seísmos y orogénesis, mientras que, en las profundidades abisales, es el basalto escupido por las dorsales medioceánicas el que extiende el fondo de las cuencas marinas. En mi símil oceánico, las zonas de subducción representan aquellos lugares donde el conocimiento científico básico choca con las placas de sociedades atrasadas en las que, al no fomentarse las vocaciones científicas en sus ciudadanos, se hunde el conocimiento, se provocan seísmos pseudocientíficos y surgen cordilleras de incultura que cuestionan el papel de la ciencia al servicio del progreso social.

1.3. Nutrientes: el lenguaje científico

Al fluir sobre el sustrato de conocimiento que son las cuencas oceánicas y, por íntimo contacto con él, las aguas frías y densas —más profundas— de la ciencia se cargan de lenguajes simbólicos (matemáticas, vectores, curvas de nivel, circuitos eléctricos, programación, etc.), nomenclaturas (botánicas, zoológicas, microbiológicas, químicas, notación genética, etc.) y terminologías que, como macro y micronutrientes esenciales para la vida científica, se encargan de repartir precisión y universalidad cada vez que afloran cerca de costas textuales necesitadas de un lenguaje formal, dotado de reglas que faciliten su comprensión.

La triste realidad es que el divorcio entre las ciencias y las letras ha llevado a pensar que, en ciencias, «lo importante es lo que se dice, no cómo se dice».

La ciencia es una fuente de discursos muy variados, que van desde el artículo científico especializado a los manuales escolares de asignaturas científicas, pasando por el informe técnico, las claves taxonómicas para la identificación de especies o el sinfín de formatos que adopta la divulgación científica. Sea cual sea el formato del documento, hablar de ciencia y hacerla llegar al público objetivo requiere conocer a fondo y escoger los micro y macronutrientes del lenguaje científico que mejor se difundan en el agua marina. La triste realidad es que el divorcio entre las ciencias y las letras ha llevado a pensar que, en ciencias, «lo importante es lo que se dice, no cómo se dice», olvidando que se deben incorporar los nutrientes científicos adecuados para producir textos digestibles de los que se extraiga fácilmente la energía de haberlos comprendido.

Restaurar la riqueza de macro y micronutrientes en las aguas de la ciencia implica rediseñar una formación superior que abandone la enseñanza oligotrófica (pobre) en nomenclaturas, terminologías y lenguajes simbólicos que alimenta hoy día a los licenciados en Humanidades (consumidores secundarios) incorporando más glucosa científica. Quizá convendría inspirarse en el modelo orteguiano para rediseñar la enseñanza de las grandes disciplinas culturales de modo que hagan confluir ciencias y letras en bellas corrientes al servicio del conocimiento: Física para el mundo palpable; Biología para los temas fundamentales de la vida; Historia para entender el proceso histórico de la especie humana; Sociología para comprender la estructura y el funcionamiento de la estructura social y Filosofía para cuestiones universales. Formar intelectuales globales, capaces de nutrirse de los dos lenguajes fundamentales que ha creado el ser humano: el literario y el científico, es clave porque, como reza el título del libro de Bertha Gutiérrez Rodilla (1998): «la ciencia empieza en la palabra».

1.4. Hidrodinámica

1.4.1. Corrientes geostróficas: portadoras del conocimiento científico y tecnológico

El océano superficial es el lugar donde se producen los intercambios con la atmósfera: los vientos empujan las corrientes, los flujos de calor modifican la temperatura superficial y el balance de precipitaciones y evaporación modifica la salinidad. Se generan así las corrientes geostróficas (EPhysLab Universidad de Vigo), que desplazan horizontalmente enormes cantidades de agua superficial y regulan los intercambios térmicos con la atmósfera. Estas corrientes a gran escala resultan del equilibrio dinámico entre el efecto de la rotación de la Tierra (la fuerza de Coriolis) y el gradiente horizontal de presión debido tanto a diferencias de densidad en el agua como a la inclinación de la superficie del mar, producida por variaciones de presión atmosférica, el viento, etc. (Font y Miralles, 1978).

En nuestro ecosistema imaginado son estas corrientes superficiales a gran escala las que vehiculan las grandes teorías y principios de los distintos ámbitos de la ciencia.

En nuestro ecosistema imaginado son estas corrientes superficiales a gran escala las que vehiculan las grandes teorías y principios de los distintos ámbitos de la ciencia, llevando el acervo de conocimientos científicos y tecnológicos bien estructurados, firmes y argumentados empírica y conceptualmente hasta las orillas de todos los continentes.

1.4.2. Circulación termohalina: densidad de la ciencia

La densidad del agua de mar depende principalmente de la temperatura y la salinidad, dos factores abióticos con especial incidencia en el océano superficial, donde los intercambios aire-mar forman unas masas de agua que el viento desplaza horizontalmente hacia lugares donde se vuelven más densas, bien por la evaporación intensa —que aumenta su salinidad— o por entrar en contacto con masas de aire frío —que disminuyen su temperatura—. Conforme van haciéndose más densas, se hunden y se mezclan con aguas más profundas. Estos movimientos de agua en todo el océano, desde la superficie hasta las profundidades, constituyen lo que se denomina circulación termohalina.

También las aguas oceánicas de nuestro ecosistema marino han subido de temperatura con el calentamiento global provocado por la aparición en escena de los científicos sociales.

En el océano, las aguas cálidas superficiales de los trópicos se calientan mucho y difícilmente se mezclan con las aguas frías y profundas que están debajo de una zona de transición muy rápida (termoclina). Sin embargo, cuando por efecto del viento y las corrientes geostróficas estas masas de aguas cálidas alcanzan los polos, se vuelven frías y se hunden en unas pequeñas zonas de convección que, como las agallas de los peces, ventilan el océano gracias al aporte de aguas frías, saladas y ricas en oxígeno. También las aguas oceánicas de nuestro ecosistema marino han subido de temperatura con el calentamiento global provocado por la aparición en escena de los científicos sociales. Estos han adoptado una metodología y unas técnicas muy similares a las de los demás campos científicos. Para algunos, esto tiende un puente entre las ciencias tradicionales y las humanidades, pero para otros resulta negativo que la sociedad fundamente en las ciencias sociales ciertas decisiones legislativas y gubernamentales de calado.

La ciencia debe recuperar la confianza de unos ciudadanos que viven en una sociedad que los forma y prepara para consumir sus productos, pero no para producirla y, mucho menos, para comprenderla.

Ciencias y humanidades arrojan resultados interesantes, pero en ningún caso equiparables, porque no miden lo mismo: no es igual un ensayo clínico sobre la eficacia de una vacuna que una encuesta poblacional sobre la percepción de la eficacia de esta misma vacuna, y confundir la eficacia con la percepción de la eficacia es cometer un error de bulto. Sin embargo, más que subir la temperatura del debate centrándolo en la mayor o menor cientificidad de las distintas disciplinas del conocimiento, oponiendo ciencias «duras» a «blandas», el camino podría pasar por apoyarse en el diferente «relieve» de cada disciplina y en sus distintas «densidades» para generar corrientes estables que hagan fluir el conocimiento, nutrido y oxigenado para, como la circulación termohalina oceánica, distribuirlo por todas las cuencas oceánicas. Conocer exactamente estos relieves y densidades es la premisa fundamental de un fluir tranquilo donde a cada resultado se le atribuye el valor que le corresponde en función de los límites y restricciones de su diseño experimental. En cambio, rebajar la densidad científica y aplanar el relieve social de las humanidades provocará fenómenos atmosféricos extremos que, como la variabilidad interanual de la temperatura superficial del mar en el océano Pacífico tropical —conocido como fenómeno de El Niño/Oscilación del Sur (ENOS)—, generan anomalías climáticas en diferentes regiones del planeta (Navarro-Monterroza et al., 2019) causantes de catástrofes por exceso de bulos o defecto de precipitaciones científicas.

Con tacto, pero con firmeza, la ciencia debe recuperar la confianza de unos ciudadanos que viven en una sociedad que los forma y prepara para consumir sus productos, pero no para producirla y, mucho menos, para comprenderla.

1.4.3. Oleaje, mareas, afloramientos

Cerca de la costa, son los accidentes topográficos los que determinan y condicionan la circulación marina. De modo que, entre oleaje, flujo y reflujo mareal, las teorías científicas llegan a implantarse a escala local, tremendamente influidas por lo accidentado del perfil costero: costas donde las salpicaduras de la ciencia apenas alcanzan a humedecer un paisaje ribereño hostil y árido, como el que suelen tener los países de tradición cultural latina, o costas bajas y arenosas que se dejan empapar con facilidad por las aguas de la ciencia, como las de tradición anglosajona.

En ocasiones, el fenómeno del transporte de Ekman (relacionado con la fuerza de Coriolis), la acción de vientos constantes o las diferencias de densidad generan afloramientos de aguas más profundas (upwellings) que fertilizan ciertas porciones de aguas costeras, lo que da como resultado una abundancia de recursos vivos (EPhysLab Universidad de Vigo). Este fenómeno ocurre en costas desérticas y sedientas de ciencia, como la española, cuando recibe el soplo favorable de un genio científico que rompe esa dinámica de esterilidad. La productividad en términos de conocimientos científicos es entonces espectacular, como ocurrió con Santiago Ramón y Cajal y su Escuela Neurológica Española a principios del siglo xx (De Castro, 2019). Una ola de creatividad científica —y no solo científica— cubrió entonces la península ibérica y hoy ni siquiera sabemos cómo aprovechar los restos «fosilizados» de un legado que merece, como mínimo, un museo que nunca llega.

La exploración de las costas del ecosistema de la ciencia nos lleva a encontrarnos con las desembocaduras de los ríos, asimilables al conjunto de valores sociales, culturales, artísticos, políticos y económicos de las sociedades ribereñas, cuyo caudal de aguas dulces suele rebajar la salinidad científica del mar donde desembocan. Si, además, estos ríos han transitado por territorios culturales en los que se considera «que una persona puede ser culta, o asumir responsabilidades de interpretación del mundo, sin saber ciencia, sin estudiarla al menos a nivel universitario» (Elías, 2008a), entonces su caudal científico llegará exangüe y al borde de la asfixia.

Para Jiménez-Blanco (1973) si, a principios de los años 70, España no había producido científicos era «porque de ella ha estado ausente el valor de la creatividad científica».

Para Jiménez-Blanco (1973) si, a principios de los años 70, España no había producido científicos era «porque de ella ha estado ausente el valor de la creatividad científica». Apuntaba que el valor de la creatividad «fue propio de las castas vencidas» (judíos y musulmanes), pero tuvo que doblegarse al sistema de la casta vencedora (la cristiana) para hacer prevalecer su sistema de valores. Un sistema de valores que hizo que España no tomara parte en la revolución científica de los siglos xvii, xviii y xix, provocando un retraso de dos siglos hasta que en 1847 se creó, por fin, la Real Academia de Ciencias. En palabras de Sánchez Ron (2020) «la historia de la ciencia en España se ajusta bastante bien a su historia sociopolítica», en la que abundaron acontecimientos que «perturbaban la normalidad» y en la que se echa de menos a «personas o grupos que se elevasen por encima de las circunstancias nacionales específicas» y «con la suficiente curiosidad o interés intelectual para dedicarse a intentar entender lo que existe en la naturaleza y las leyes que la rigen, sin otro fin que el de comprender», en lugar de «aristócratas e hidalgos más preocupados por salvar su alma, su estilo de vida o su “honor”».

En 2020, la «Cita con la Ciencia 20» de la Fundación Lilly reunió a tres científicos que analizaron desde distintos puntos de vista los retos y las oportunidades que ahora se presentan para que la ciencia «sea otra rueda más del carro de nuestra cultura»2. Como muestra el resumen gráfico del encuentro (en la imagen a continuación), hay que lograr un compromiso masivo de la sociedad con la educación como paso previo a la difusión de la ciencia y al fomento de la cultura, porque un país sin ciencia es un país sin influencia. Concretamente, hay que invertir más en ciencia, retener el talento investigador, crear simbiosis entre universidades y empresas y recompensar al investigador con el reconocimiento social y económico de un esfuerzo que no arroja frutos con inmediatez.

1.5. Luz y oscuridad: ciencia y pseudociencia

La zona fótica o iluminada es comparable al método científico que alumbra las teorías simples y eficaces de la «ciencia útil e ilustrada».

En el ecosistema oceánico, la luz es un factor abiótico que delimita dos zonas totalmente distintas3: la zona fótica o iluminada (que recibe el 99 % de la luz que incide sobre la superficie del mar y que llega hasta una profundidad media de unos 200 m) es comparable al método científico que alumbra las teorías simples y eficaces de la «ciencia útil e ilustrada», y la zona afótica u oscura donde, al no penetrar la luz de la racionalidad, prospera a sus anchas la pseudociencia y el bulo. Entre ambas, la penumbra de la zona oligofótica —que se extiende hasta la oscuridad de los 1000 m de profundidad— está habitada por organismos que, en su mayoría, migran durante la noche hacia aguas superficiales en busca de alimento. Las más conocidas de estas migraciones nictemerales —repetidas cada 24 horas siguiendo la alternancia noche y día— son las que realizan miles de millones de diminutos crustáceos del zooplancton en lo que es el mayor desplazamiento del mundo animal.

El océano de la ciencia debe permitir a todos sus pobladores subir a las zonas iluminadas por la luz de la cultura general.

En general, los moradores de la zona oligofótica desarrollan características morfológicas adaptadas a la falta de luz: órganos de la vista muy potentes y estructuras bioluminiscentes si son predadores o cuerpos translúcidos y transparentes que los invisibilizan si son presas. Dentro del ecosistema metafórico, es en las zonas científicas afóticas y oligofóticas del océano donde el razonamiento científico, como los cuerpos de los crustáceos zooplanctónicos, se vuelve cada vez más invisible. Y si la ciencia no se ve, deja de usarse y ocupa su nicho ecológico la pseudociencia que, gracias a las eficaces estrategias de visión mediática hiperdesarrollada y trampas bioluminiscentes que despliega en la penumbra y la oscuridad de los océanos, logra devorar a sus presas antes de que puedan alimentarse de la ciencia fitoplanctónica de la zona fótica superficial. El océano de la ciencia debe permitir a todos sus pobladores subir a las zonas iluminadas por la luz de la cultura general —que obviamente incluye a la científica— para que allí se nutran de conocimientos empíricos, demostrados y útiles para su supervivencia.

2. LAS BIOCENOSIS

En un ecosistema encontramos tres niveles tróficos: productores, consumidores y descomponedores.

Según la zona del océano donde viven, los seres vivos marinos pueden clasificarse en tres grandes grupos: el plancton (constituido por los diminutos organismos que flotan, como algas e invertebrados microscópicos y protozoos), el necton (formado por los organismos medianos o grandes que nadan libremente en el agua, como medusas, peces y cetáceos) y el bentos (que agrupa a todos aquellos organismos fijos o dependientes del sustrato, como corales, algas, plantas marinas, gusanos, erizos, corales, esponjas, crustáceos, moluscos y ciertos peces). Según el modo de obtener su alimento, los organismos de un ecosistema son autótrofos (o productores) cuando producen su propia materia orgánica y heterótrofos (o consumidores) si no son capaces de hacerlo y deben conseguirla alimentándose de otros seres vivos. Por eso en un ecosistema encontramos tres niveles tróficos (o grupos de especies biológicas con el mismo tipo de interacciones nutritivas con el resto de organismos del ecosistema): productores, consumidores y descomponedores.

2.1. Productores u organismos autótrofos: los autores científicos

Los productores sintetizan su propia materia orgánica gracias a la fotosíntesis, que les permite captar luz solar (método científico), agua (ciencia) y CO2 (lenguaje científico) para producir glucosa (resultados de investigación) en un proceso que, además, libera oxígeno (desarrollos científicos y tecnológicos que dan vida al progreso de una sociedad).

En el nivel trófico de los productores encontramos a las plantas marinas, las algas macroscópicas y las microscópicas o fitoplancton, así como a ciertas bacterias fotosintéticas (como algunas cianobacterias) y quimiosintéticas. En el ecosistema de la ciencia y, en concreto, de su comunicación, los productores son las fuentes primarias, representadas por los investigadores, cuya fotosíntesis genera la glucosa científica del conocimiento que nutre a los herbívoros o consumidores primarios. Como la fotosíntesis necesita luz, los productores se acumulan en las capas fóticas y más cálidas de mares y océanos, donde el fitoplancton sustenta la mayoría de las redes tróficas marinas. Por eso es en esta zona iluminada donde se genera la ciencia genuina básica o «académica», la de los científicos que publican.

Me gusta pensar que, incluso en zonas alejadas de la luz de la ciencia existen focos productores de racionalidad y materia orgánica científica.

En las zonas afóticas, es decir, privadas de luz, la producción de materia orgánica solo es posible gracias a la quimiosíntesis que realizan algunas bacterias, en oscuridad total o sometidas a enormes presiones, aprovechando la energía derivada de la oxidación de compuestos inorgánicos (amonio, azufre…). Me gusta pensar que, incluso en zonas alejadas de la luz de la ciencia existen focos productores de racionalidad y materia orgánica científica, gracias a quienes oponen su quimiosíntesis científica a la superstición y la magia de los fondos abisales donde se difunde lenta y seguramente la pseudociencia. Surgen así florecimientos de vida marina en torno a las emanaciones hidrotermales de las dorsales oceánicas, que son las grandes heridas oceánicas por donde supura el miedo a la razón que resquebraja las cuencas marinas, sustrato de los centros productores de conocimiento.

Considerado como «el producto final por excelencia de la actividad investigadora» (Fernández Núñez, 2018), el artículo científico es la glucosa que sustenta el conocimiento científico, pero esta transformación requiere energía, creatividad y paciencia porque presentar los métodos que aplican los científicos y escribir con la misma claridad con la que razonan es un auténtico reto. Como Rogers (2007), pienso que el modo de expresarnos refleja nuestro modo de pensar, algo que Lindsay (2011) reafirma en el título de su libro Scientific Writing = Thinking in Words. Por eso deberíamos tomar ejemplo de nuestros colegas anglosajones y formarnos para redactar correctamente artículos académicos, una disciplina individualizada que registra un crecimiento exponencial, pero en la que desgraciadamente también la ciencia hispanohablante lleva retraso. En el ámbito de la traducción especializada, este tipo de formación abre un abanico de oportunidades profesionales al servicio de la publicación académica que conforman un nicho ecológico muy interesante para traductores, intérpretes y correctores dentro del ecosistema de la ciencia.

La literatura gris sustenta, igual de discretamente que lo hace el fitoplancton marino, buena parte de la producción científica.

Sin embargo, el artículo científico no es la única contribución de los productores primarios, porque la fotosíntesis científica produce mucha glucosa en forma de documentos tan científicos como el artículo académico, e igualmente dirigidos a una audiencia especializada y restringida, pero fuera de los circuitos comerciales de la edición académica: la literatura gris. La literatura gris son todos aquellos documentos producidos por gobiernos, administraciones públicas e instituciones de enseñanza, investigación, comercio o industria que, protegidos por los derechos de propiedad intelectual y con una calidad suficiente para recogerse y conservarse en bibliotecas o archivos institucionales, no han pasado por el control de las editoriales comerciales (Schöpfel y Farace, 2010; Schöpfel, 2012). Mucho menos vistosa y conocida que los arrecifes de coral que construyen las revistas científicas con los artículos académicos, la literatura gris sustenta, igual de discretamente que lo hace el fitoplancton marino, buena parte de la producción científica en lo que es otra prueba de la riqueza extrema del océano de la ciencia, cuyas aguas son como las de los mares de la Tierra, que contendrían hasta un 75 % de especies aún no identificadas (Costello y Chaudhary, 2017).

2.2. Consumidores primarios (herbívoros): público especializado

Los consumidores son organismos heterótrofos que para sobrevivir deben alimentarse de otros seres vivos. Dentro de esta categoría, los herbívoros son consumidores primarios que se nutren directamente de la glucosa científica de los productores y en el océano están fundamentalmente representados por el zooplancton —que se alimenta de productores primarios microscópicos o fitoplancton y pequeños peces e invertebrados —que se nutren de algas y vegetales de mayor tamaño—.

En nuestra metáfora, los herbívoros son todos aquellos que disponen de conocimientos especializados o semiespecializados para digerir la materia orgánica científica de la que se alimentan, como los docentes y los investigadores no productores de ciencia. Cabría incluir aquí a personas curiosas con inquietudes científicas que quieren mantenerse más o menos al corriente de los conocimientos existentes y, por supuesto, a los traductores, correctores e intérpretes científicos y técnicos. Podríamos imaginar también en este nivel trófico a divulgadores y periodistas, pero me gusta más imaginar a los divulgadores en el papel de descomponedores y prefiero situar a los periodistas científicos actuales entre los consumidores secundarios porque solo una minoría está lo suficientemente formada en cuestiones científicas y son pocos los que dominan sus lenguajes.

2.2.1. Unos herbívoros especiales: editores y gabinetes de prensa de revistas académicas de impacto

La ciencia mediática ha convertido los comunicados de prensa de estas revistas en fuentes primarias de información para comunicadores adeptos del «periodismo de cuchara».

Science o Nature son ejemplos paradigmáticos de la ciencia mediática porque cuentan con profesionales que reescriben en clave periodística los hallazgos científicos que consideran más relevantes. A pesar de hallarnos en el segundo nivel trófico —el de los herbívoros que se nutren de las fuentes de glucosa de los científicos productores primarios—, la ciencia mediática ha convertido los comunicados de prensa de estas revistas en fuentes primarias de información para comunicadores adeptos del «periodismo de cuchara» o perezoso que ilustra el fenómeno de la «noticia acatamiento» (Elías, 2008b). Este alejamiento de las fuentes originales genera una dinámica muy perversa para la ciencia porque se promociona lo que mediáticamente es más rentable en detrimento de contenidos más nutritivos por su densidad o interés científico, sin calibrar los sesgos que esto implica. Es como si, para explorar las aguas de la ciencia, se usaran únicamente los focos de un vehículo submarino operado a distancia que solo muestran lo que ilumina su haz de luz, es decir, los temas relevantes escogidos por los intereses periodísticos (o de otro tipo), que no científicos, del momento.

2.3. Consumidores secundarios y terciarios (carnívoros): periodistas y público en general

En los ecosistemas marinos, los consumidores secundarios son carnívoros que se alimentan de herbívoros, mientras que los consumidores terciarios o superdepredadores se nutren de otros carnívoros. Todos se aprovechan de la materia orgánica vegetal que les sirven los productores y reelaboran en primera instancia los consumidores primarios. En este segundo nivel trófico es donde el periodista científico actual cohabita con el público en general.

2.3.1. El periodista especializado: diferencias entre divulgación y periodismo científico

Quizá es más acertado hablar de «periodistas acostumbrados» que van adquiriendo experiencia y especializándose a fuerza de cubrir informativamente el mismo tipo de acontecimientos.

En traducción, como en periodismo, también existe el eterno debate sobre si el mejor profesional especializado es el que se ha formado en la disciplina científica que domina antes de aprender a traducir o viceversa. Hay argumentos a favor y en contra, pero quizá es más acertado hablar de «periodistas acostumbrados» que van adquiriendo experiencia y especializándose a fuerza de cubrir informativamente el mismo tipo de acontecimientos (Elías, 2008a), algo muy similar a lo que ocurre con muchos traductores especializados.

De nuevo, tanto en un caso como en otro es imprescindible contar con una buena formación científica que nos permita interpretar correctamente la información de las fuentes. El insuficiente bagaje de conocimientos científicos es muy peligroso para la imagen de la ciencia cuando se trata de «divulgación periodística de la ciencia», que une «divulgación o explicación de conceptos científicos puros, al tiempo que se contextualizan con criterios periodísticos» (Elías, 2008b) en un ejercicio donde tan necesario es comprender la ciencia como dominar el periodismo, pero donde el enfoque para abordar, seleccionar, enfocar y contextualizar las noticias varía según el perfil del cronista.

En el océano está subiendo la temperatura media del agua y también las aguas del océano imaginado están calentándose por un cambio que se corresponde con lo que se denomina ciencia posnormal, donde «los factores son inciertos, hay valores en disputa, los riesgos son altos y las decisiones urgentes» (Functowicz y Ravetz, 1993). Para Bruggëmann (2017) esto justifica que el periodismo posnormal sea «esencialmente interpretativo» y se caracterice por «borrar las fronteras entre periodismo, ciencia y militancia». Bruggëmann coincide con Parrenin y Vargas (2020) en que ciertos discursos divulgativos hacen gala de un rigor científico ejemplar, mientras que otros pueden estar mal orientados cuando los informadores simplifican en exceso la ciencia y presentan hechos dependientes del contexto o preliminares como establecidos y probados. Otro argumento a favor de generalizar una base de conocimientos científicos lo suficientemente sólida como para forjar el espíritu crítico de cada ciudadano y protegerlo de sesgos, desestructuraciones informativas y manipulaciones.

2.3.2. Comunicadores y público no especializado

Mucha de la ciencia que ingerimos está adulterada y, como ocurre en el mar, los metales pesados van acumulándose en cada nivel trófico hasta concentrarse al máximo en los niveles superiores.

En teoría, los consumidores secundarios y terciarios deberían recibir un alimento, si no de mayor valor nutritivo que el que reciben los herbívoros, por lo menos equivalente. Sin embargo, desde que el componente económico de la ciencia pasó a primer plano y el conocimiento científico dejó de ser un objetivo epistémico para convertirse en un medio de alcanzar otros objetivos (políticos, militares, sociales, económicos…), mucha de la ciencia que ingerimos está adulterada y, como ocurre en el mar, los metales pesados van acumulándose en cada nivel trófico hasta concentrarse al máximo en los niveles superiores.

Desde que en los años 80 se consolidó la tecnociencia propiamente dicha gracias a la inversión privada que financiaba el trabajo investigador de grandes equipos de científicos e ingenieros en empresas tecnocientíficas de investigación, desarrollo e innovación (I+D+i), la competitividad y la rentabilidad han alumbrado por hibridación de la ciencia y la tecnología una sociedad apoyada en ellas, pero desinteresada de sus devenires. Para Elías (2008a), la ciencia, que hasta el siglo xix e incluso mediados del siglo xx se vio como «la mejor manera de explicar la realidad y de luchar contra las supersticiones y la magia, nefastas para la humanidad», está ahora amenazada de estrangulamiento. Los frutos más revolucionarios de la sociedad tecnocientífica son las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC) que, como esas misteriosas olas gigantes que aparecen en alta mar o los tsunamis provocados por los seísmos, han trastocado el paisaje mediático y, desde hace unas décadas, pescamos en las aguas revueltas de la (r)evolución tecnocientífica unos modos radicalmente distintos de comunicarnos y relacionarnos, pero también de apre(h)ender el mundo que nos rodea.

Explica De Fontcuberta (2000) que la sociedad de la información está constituida por datos, mientras que la sociedad del conocimiento lo está por los significados que les aportan sentido.

Explica De Fontcuberta (2000) que la sociedad de la información está constituida por datos, mientras que la sociedad del conocimiento lo está por los significados que les aportan sentido. Hoy en día, los medios de comunicación son tanto vías de acceso al conocimiento como lugares que almacenan parte de él. Es un conocimiento vinculado a la actualidad, más bien efímero e inconsistente; que se transmite utilizando distintos códigos, lenguajes y soportes; que ofrece contenidos plurales —en cantidad, no en calidad—; pero que nos llega desestructurado y frecuentemente inscrito en el conflicto, muy necesitado de comunicadores competentes y formados para contextualizar adecuadamente o, dicho de otro modo, para trasformar el dato en conocimiento.

La ciencia compite a duras penas con los formatos visuales y las nuevas tecnologías están eliminando el esfuerzo que supone buscar respuestas a las preguntas que surgen en un mundo real que han sustituido por otro virtual, donde la aceleración de los tiempos obedece a la tiranía de una inmediatez que no deja lugar para la abstracción, el razonamiento, la duda o la reflexión. Es como si una fracción de la población (sobre todo jóvenes) renunciara a vivir en la zona iluminada por la racionalidad científica y decidiera establecerse en la zona oligofótica, donde solo lo vistoso y llamativo (contenidos multimedia) atrae. En aguas mecidas por el mantra de «ver para comprender» quien ve mejor devora al otro. Lejos de la capa fótica, los pobladores del ecosistema quedan expuestos al adoctrinamiento de las pantallas en esa zona de penumbra donde prospera la superstición y la ignorancia, y se convierten en presas fáciles de los superdepredadores mediáticos. Si en los océanos de verdad hablamos de focas, atunes, delfines, marlines, tiburones, pulpos, calamares, cetáceos odontocetos, etc., en mi ficción ecosistémica hablamos de comunicadores no especializados que han tomado el control de la información sin tiempo de verificar fuentes ni de contextualizar noticias.

El estómago del público de carnívoros se va llenado siempre de las mismas presas (noticias), en una dieta monoespecífica poco variada y nada estimulante para la curiosidad.

En este contexto, el estómago del público de carnívoros se va llenado siempre de las mismas presas (noticias), en una dieta monoespecífica poco variada y nada estimulante para la curiosidad, dictada por una agenda informativa a base de noticias espectaculares y asombrosas, muy saciantes, pero nada nutritivas desde el punto de vista de su contenido en glucosa científica y poco oxigenadas por la razón.

2.4. Descomponedores: divulgadores científicos

Junto a productores y consumidores, el tercer elemento vivo del ecosistema oceánico son los descomponedores, que yo identifico con los divulgadores. Los microorganismos descomponedores se encargan de transformar la materia orgánica compleja de la ciencia en sustancias minerales simples fácilmente asimilables (formatos, géneros y lenguajes inteligibles) por el público al que se destinan.

El papel de la divulgación, como el de los descomponedores, es invisible pero vital porque se sitúa en el corazón de los ciclos biogeoquímicos del océano de la ciencia. Divulgar la ciencia significa enfrentarse a retos inversamente proporcionales al tamaño microscópico de los descomponedores, algo no exento de riesgos.

El primero de estos retos es «traducir» los contenidos científicos especializados al lenguaje profano y salvar el obstáculo de sus lenguajes simbólicos, nomenclaturas y terminologías.

  • El primero de estos retos es «traducir» los contenidos científicos especializados al lenguaje profano y salvar el obstáculo de sus lenguajes simbólicos, nomenclaturas y terminologías. Creo que solo una educación que regrese sin miedo a las costas de la ciencia y empape ola tras ola las playas de los conocimientos humanísticos será capaz de reconciliar a la ciudadanía con el saber científico y la cultura en general. Volver a las costas de la ciencia significa también limpiarla de los errores, calcos semánticos, sintácticos y ortotipográficos que origina la presión del inglés o el desconocimiento del lenguaje científico y que, como los plásticos y sus microrresiduos que invaden mares y océanos, contaminan el mar. Disponemos sin embargo de dos buenos descontaminantes: la iniciativa de la Fundación del español urgente (Fundéu), que ofrece cotidianamente recomendaciones y alternativas eficaces a palabras extranjeras, y autores como el propio Javier Bezos, que en sus publicaciones explica de maravilla las normas de tipografía y notación científica.
  • El segundo reto surge porque la divulgación científica «no finaliza con la publicación de los trabajos», ya que requiere de la fase clave de diseminación e impacto «a través de nuevos canales, antes impensables […]: redes sociales comunes, redes sociales científicas (específicamente diseñadas para este fin y de uso exclusivo para la comunidad de investigadores), canales audiovisuales (como YouTube, Vimeo y otros), repositorios institucionales, hemerotecas selectivas…», de manera que existe «un amplio abanico de posibilidades para que los trabajos se muevan y visibilicen más allá de cualquier frontera física» (Aguaded, 2021) . Adaptarse a los géneros informativos y retextualizar la información aprovechando los nuevos formatos digitales requiere conocerlos para evitar sus trampas de posicionamiento y selección de contenidos. Por eso la contrapartida de la entrada de la divulgación en la «ciencia mediática» es que hoy se reelabora el contenido para construir una historia atractiva, que enganche y logre cosechar miles de «me gusta». Así que el segundo reto del divulgador es mantener la «invisibilidad» de los descomponedores en el ecosistema, resistiendo a la tentación de ganar prestigio en las redes sociales a costa de rebajar el nivel de exigencia y relevancia de sus publicaciones, algo que altera los ciclos biogeoquímicos del océano de la ciencia.
  • El tercer reto tiene que ver con la lucha que deben librar los divulgadores para hacer frente a los microorganismos patógenos que degradan unos contenidos para disfrazarlos de científicos al servicio de intereses políticos, ideológicos, económicos o militares. El parasitismo de las pseudociencias trata de suplantar el verdadero conocimiento, robando los recursos de las ciencias y camuflándose gracias a ellos.

El segundo reto del divulgador es mantener la «invisibilidad» de los descomponedores en el ecosistema.

En el océano de la ciencia, los divulgadores deben actuar con responsabilidad para reciclar correctamente los elementos y cerrar los ciclos biogeoquímicos de la información científica que hacen fluir la energía del conocimiento por todas las redes tróficas, mostrando la ciencia tal y como es, no como ciertos intereses quieren que sea.

3. RELACIONES INTERESPECÍFICAS

Como en cualquier ecosistema, en el mar coexisten distintas especies y poblaciones de seres vivos que se asientan en distintos lugares donde compiten por los recursos finitos del biotopo. Todo ello genera un sistema de geometría variable donde la confluencia de objetivos, necesidades y capacidades provoca una serie de interacciones que dan lugar a múltiples fenómenos.

3.1. Depredación

La biocenosis de la comunicación científica, con sus productores, consumidores y descomponedores es tan compleja y frágil como los arrecifes coralinos.

La biocenosis de la comunicación científica, con sus productores, consumidores y descomponedores es tan compleja y frágil como los arrecifes coralinos. Extremadamente biodiversos y productivos —a pesar de que solo ocupan un 1 % del ecosistema marino— su cercanía al clímax ecológico los convierte en ecosistemas muy frágiles y vulnerables ante la acción de cualquier agente perturbador externo. Víctimas de una serie de enfermedades de difícil tipificación que las perturbaciones antropogénicas agudizan, muchos arrecifes agonizan por la asfixia de sus pólipos (Gil Agudelo, 2009). Algo similar le está ocurriendo a la estructura coralina de la comunidad científica, devorada por los efectos adversos de la cultura mediática.

La lógica que está detrás de que un artículo citado es uno que ha generado mucho interés es legítima, pero convertir el factor de impacto en la piedra angular de la evaluación del quehacer científico es un despropósito que actualmente solo beneficia a un modelo de negocio editorial muy lucrativo para pocos autores, principalmente anglosajones, y un puñado de editoriales superdepredadoras. Las limitaciones de este sistema están ampliamente recogidas en la Declaración de San Francisco sobre evaluación de la ciencia (DORA).

El arrecife científico está enfermo: no se publica todo sobre lo que se investiga, pero cuando se decide hacerlo, el camino está lleno de obstáculos.

Esta voracidad de la ciencia mediática pasa factura a la ciencia primero y a la sociedad en general después. El arrecife científico está enfermo: no se publica todo sobre lo que se investiga, pero cuando se decide hacerlo, el camino está lleno de obstáculos: tener financiación, pertenecer a un equipo de una institución con buena reputación, trabajar sobre determinados temas o campos y publicar ¡en inglés! Superados todos estos escollos, cuando el artículo está por fin publicado, interviene la nueva selección de contenidos y el modo en que se presenta para servirlo en forma de comunicado a la prensa. La presa final de todo este sistema es el científico, que sostiene un gigantesco arrecife de bellísimos colores y jugosos beneficios de los que no participa en absoluto, pero al que le roban toda su energía para fotosintetizar ciencia. Quizá los sistemas de acceso abierto gratuito y de ciencia abierta aporten oxígeno al sistema de publicación académica, transformado por unos pocos en una lucrativa empresa de escritura que va en contra del compromiso social de la ciencia. Rebajar el nivel de estrés en los bellos arrecifes coralinos productores de ciencia nos permitirá a los ciudadanos bucear libremente en aguas marinas transparentes.

3.2. Competición

3.2.1. Sistemas de evaluación de la actividad científica

El mejor ejemplo de competición es la pugna por publicar en revistas especializadas de alto impacto para ascender en la jerarquía científica y financiar los proyectos de investigación. El científico es competitivo porque los sistemas de evaluación de la actividad científica se basan en índices de citas a los trabajos que publica en revistas de impacto. Lo que debería ser un medio de difundir el saber y ponerlo a disposición de la sociedad se ha convertido en un fin en sí mismo y el sistema genera una fuerte competencia dentro de la comunidad científica.

Reducir las macroalgas al papel de simples productoras primarias equivale a reducir la actividad científica de un investigador a sus publicaciones académicas en revistas de impacto.

Aunque es indiscutible el valor de la publicación académica, Maltrás (2003) advierte de que esta únicamente sanciona públicamente los resultados científicos en sí mismos, pero no reconoce la actividad científica en su conjunto. En este sentido, la figura del investigador es tan poliédrica como la de las macroalgas, verdaderos motores de los sistemas marinos de las costas templadas, y no solo porque gracias a la fotosíntesis producen glucosa científica y oxigenan el desarrollo tecnológico (como los investigadores con sus publicaciones), sino que además desempeñan muchas otras funciones: sirven de hábitat a otras especies de flora y fauna acompañantes a las que ofrecen sustrato, refugio, zonas de cría y alimento; secuestran CO2; protegen frente a la erosión costera y son fuente de materias primas para el ser humano. Reducir las macroalgas al papel de simples productoras primarias equivale a reducir la actividad científica de un investigador a sus publicaciones académicas en revistas de impacto.

Afortunadamente, existen alternativas tan interesantes como la propuesta de Redalyc4, un sistema de información científico de revistas de América Latina, el Caribe, España y Portugal que propone basar los modelos cienciométricos en las entidades de investigación y sus actores: los investigadores. Sugiere analizar si publican en su país o fuera de él, si lo hacen o no en su institución, con quién colaboran (miembros de su equipo, de otros equipos, del mismo o de otro país), medir las descargas de sus publicaciones, indicar en qué revistas publican (nacionales, internacionales, locales) en qué área y sobre qué temas (interés local, regional, nacional, internacional), quién lee la revista y desde dónde lo hace, etc. Se busca proporcionar una visión más global y amplia de la actividad científica porque esta no solo integra la producción escrita, sino también las relaciones humanas que esa producción implica. En relación con el compromiso social de la ciencia, también debería valorarse enseñar a estudiantes de primaria, secundaria y bachillerato como medio de fomentar la cultura y las vocaciones científicas entre los más jóvenes. A pesar de la existencia de tiempos y objetivos muy diferentes entre la ciencia y la empresa, sería igualmente oportuno tener en cuenta las sinergias entre la investigación y la empresa. En el océano cabe toda la ciencia porque nunca se sabe en qué caladero habrá que echar las redes para pescar soluciones eficaces a futuros problemas. Por eso, también convendría incluir en estas evaluaciones de la capacidad investigadora la capacidad de los científicos para resolver un enigma, en algo que se antoja objetivo y revelador del pensamiento abstracto y el razonamiento científico.

3.2.2. El inglés como lengua franca de la publicación científica

Lo que comenzó como una competición está convirtiéndose en depredación: el inglés devora la riqueza idiomática del mundo científico en otras lenguas y se ha impuesto como el idioma de publicación académica por excelencia.

En el mar de la ciencia, lo que comenzó como una competición está convirtiéndose en depredación: el inglés devora la riqueza idiomática del mundo científico en otras lenguas y se ha impuesto como el idioma de publicación académica por excelencia. Esta situación es cómoda y barata para la ciencia globalizada, aunque beneficia en exceso al pensamiento anglosajón e invisibiliza el trabajo investigador de quienes no acceden a la publicación en inglés. Además, el caparazón formal de un idioma fuerza al cerebro lingüístico a adaptar su razonamiento al esquema anglosajón, más inductivo que deductivo.

Sin renunciar al inglés como lengua de intercambio común a escala internacional en el ámbito científico, preservar la (bio)diversidad lingüística de la ciencia es una cuestión de supervivencia de la propia ciencia en los distintos países. Como el mar Caspio, que desaparecerá víctima de un desequilibrio hídrico fruto de la actuación humana y del calentamiento global, cualquier cuenca oceánica despojada de lenguaje científico propio se vaciará de sus aguas (ciencia) y morirá asfixiada por falta de oxígeno (desarrollos científicos y tecnológicos) y materia orgánica científica.

Fuera del ámbito de la publicación académica, las políticas científicas nacionales también deberían promover la publicación de textos especializados en sus propias lenguas. En el caso de nuestro país, mantener la expresión científica en español es esencial y, por cierto, una de las tareas prioritarias del Instituto Cervantes en el año de su 30.º aniversario, porque según su director, Luis García Montero, basar el prestigio del español en su expansión demográfica es un error, porque es preferible buscarlo en su desarrollo científico, tecnológico, cultural y literario (Instituto Cervantes, 2022).

3.3. Parasitismo

En océano de la ciencia existe el parasitismo a muchos niveles. Por ejemplo, en la publicación académica, donde cada vez es mayor el número de firmantes de un artículo científico.

En océano de la ciencia existe el parasitismo a muchos niveles. Por ejemplo, en la publicación académica, donde cada vez es mayor el número de firmantes de un artículo científico, pues en la carrera por maximizar las citas a su trabajo de investigación, el científico se pliega a una jerarquía de firmantes «depredadores» que no trabajan o participan de modo marginal, pero otorgan prestigio. Esta práctica, que Manuel Ansede describe en un artículo de El País (2023) es, desde mi punto de vista, nefasta para la imagen de la ciencia dentro del propio ecosistema científico.

También el plagio es un modo de parasitismo, en el que un equipo o un investigador se beneficia de la creatividad científica de otro(s), todo ello con el telón de fondo de la presión por obtener resultados publicables en revistas de impacto.

Pero, como ya comenté en el apartado de los divulgadores-descomponedores, quizá el mayor parasitismo al que se enfrentan las aguas marinas de la ciencia sea la pseudociencia, que imita el formalismo científico para camuflar prácticas irracionales, supersticiones o engaños amparados en técnicas narrativas que se difunden muy rápidamente en la sociedad gracias a dos extraordinarios aliados: la falta de cultura y la capacidad de viralizar contenidos en las redes sociales. Sumergidos en un mar de noticias, no siempre es posible verificar o comprobar la fiabilidad de un contenido y se tiende a confundir popularidad y veracidad, cuando los contenidos más populares no tienen por qué ser ciertos.

Si se simplifica demasiado la ciencia al despojarla de su armazón de conceptos y lenguajes especializados, será más fácil que se confunda con la pseudociencia.

Decidir qué contenidos son fiables y cuáles no es difícil. Decidir es cada vez más complejo cuando la actividad humana genera una incertidumbre fabricada que se añade a los riesgos previsiblemente derivados de determinadas leyes de la ciencia y de los sistemas naturales. Hansson (1996) distingue cuatro generadores de incertidumbre: la demarcación (no sabemos a qué opciones nos enfrentamos), las consecuencias de ciertas opciones, la fiabilidad (si la decisión se basa en supuestos «expertos») y la incertidumbre valorativa (si no están claros los valores relevantes para la decisión). Además, la racionalidad queda «acotada» (Herbert Simon) por la información disponible, los límites cognoscitivos individuales y el tiempo disponible para tomar la decisión. Por eso, si se simplifica demasiado la ciencia al despojarla de su armazón de conceptos y lenguajes especializados, será más fácil que se confunda con la pseudociencia.

Otro punto importante es que, aunque la emita un científico, una opinión siempre es valorativa y dependiente del contexto en el que se da. Como la Caulerpa taxifolia, una especie invasora que en su hábitat natural no provoca ningún daño, pero que ha degradado durante décadas los fondos mediterráneos a los que llegó por accidente, los científicos que invaden campos que no son de su especialidad para opinar sobre temas cuyo contexto desconocen trastocan el equilibrio de confianza en la ciencia y pueden llegar a provocar la extinción de las especies autóctonas, que en nuestra metáfora son los investigadores expertos en el campo sobre el que opinan.

En ocasiones, el discurso pseudocientífico publicitario es tanto más eficaz cuanto más críptico es el significado de una palabra o de una expresión.

También la publicidad parasita la comunicación de la ciencia, con un lenguaje plagado de términos científicos cuya significación exacta carece de importancia porque solo buscan provocar ilusión de rigor, asepsia, tecnicidad, eficacia, sostenibilidad, etc. En ocasiones, el discurso pseudocientífico publicitario es tanto más eficaz cuanto más críptico es el significado de una palabra o de una expresión, lo que de nuevo apela a reforzar la instrucción científica del público en general.

3.4. Simbiosis, mutualismo y comensalismo

Es frecuente que en la naturaleza dos especies se asocien de modo más o menos íntimo para obtener beneficios que pueden ser mutuos o no, pero que en cualquier caso jamás son perjudiciales para ninguno de los participantes en la asociación.

En el océano existen muchos ejemplos de asociaciones, desde la simbiosis entre corales y algas microscópicas (zooxantelas) que aportan la materia orgánica que requiere el pólipo de cuyos desechos se alimentan, hasta el comensalismo de la anémona que protege al pez payaso con sus células urticantes (cnidocitos), pasando por el mutualismo de los crustáceos que se alimentan desparasitando a peces. Cualquier interacción no competitiva de este tipo redunda en beneficios, a medio o largo plazo, para el océano en su conjunto y, a corto plazo, para los implicados.

Autor y traductor crean estrechos lazos y ambos se benefician de una colaboración indispensable que mantiene la belleza viva del arrecife científico.

En el ecosistema de la ciencia, un buen ejemplo de simbiosis es la que se da entre los científicos que desean publicar artículos científicos en otro idioma y que, como los pólipos coralinos del ejemplo, necesitan la fotosíntesis de las «traductoras zooxantelas» especializadas. «Ambas actividades están interrelacionadas y tienen en común la dificultad de respetar los convencionalismos formales propios de la escritura académica», donde «el que redacta construye una representación mental para crear un texto nuevo y el que traduce debe comprender ese texto para construirse una representación mental que le permita crear un texto nuevo basado en el original» (Fernández Núñez, 2018). Autor y traductor crean estrechos lazos y ambos se benefician de una colaboración indispensable que mantiene la belleza viva del arrecife científico.

También los proyectos multidisciplinares, transdisciplinares e interdisciplinares permiten la colaboración de distintos equipos en los que se busca sinergia, complementariedad y una dinámica de trabajo que beneficia a todos los participantes. Las becas y proyectos que reciben financiación externa de administraciones o entidades privadas son buenos ejemplos de comensalismo, mientras que las iniciativas de ciencia cooperativa y la transferencia de conocimientos y saberes desde los laboratorios de investigación a las empresas pueden serlo de mutualismo.

EPÍLOGO

Las actividades humanas repercuten en los ecosistemas alterando los equilibrios naturales. Los mares de nuestra ciencia están fuertemente intervenidos por el ser humano, de modo que, desgraciadamente, no están libres de contaminación. Además de la acidificación de los océanos, nuestros mares y su vida silvestre están amenazados por los vertidos y la liberación de contaminantes tóxicos en el medio marino: eutrofización, vertidos tóxicos, sobreexplotación, contaminación por residuos sólidos, contaminación acústica… son el lado natural de la contaminación intelectual que está estrangulando la ciencia en las culturas occidentales.

Es en las zonas más productivas de los afloramientos costeros donde la contaminación mediática ha difundido un estereotipo de científico loco y aislado del mundo que es urgente desterrar.

Desgraciadamente, es en las zonas más productivas de los afloramientos costeros donde la contaminación mediática ha difundido un estereotipo de científico loco y aislado del mundo que es urgente desterrar. Los propios científicos no somos conscientes de la erosión que genera el flujo y el reflujo constante de «todo lo que no es ciencia, pero lo parece» en nuestra ¿cultura? ¿científica o mediática?

Lo que está ocurriendo con los consumidores secundarios y terciarios (carnívoros) es que, a medida que suben en las redes tróficas, su composición corporal va adulterándose con la concentración de metales pesados y microplásticos que nuestras sociedades arrojan al mar. No nos damos cuenta porque, como científicos, somos (o por lo menos lo éramos hasta la llegada de la cascada de reformas más ideológicas que educativas) perfectamente capaces de diferenciar el agua corriente (H2O) que bebemos, de los macro y micronutrientes que en disolución le confieren su especificidad científica al agua. Ahora el problema es que incluso los macro y micronutrientes que deberían enriquecerla están adulterados por una formación científico-técnica deficiente y un capitalismo salvaje capaz de teñir de propaganda cualquier discurso y que ha desviado los objetivos de la ciencia hacia un tecnocentrismo utilitarista nada sostenible.

La pseudociencia está enturbiando las aguas de la ciencia y adelgazando la capa a donde llega la luz.

También la pseudociencia está enturbiando las aguas de la ciencia y adelgazando la capa a donde llega la luz. Prolifera al amparo de la penumbra irracional de la zona afótica, desde la que contamina aguas cada vez más superficiales de ciencia pura y eficaz. Igualmente dañinos para el mar de la ciencia son todos los errores e imprecisiones conceptuales, científicos y lingüísticos que van difundiéndose poco a poco hacia cualquier forma de discurso sobre temas de ciencia y que, llevados por las grandes corrientes, se acumulan formando continentes de basura que algún día será necesario eliminar.

Tampoco el océano de la ciencia se libra del calentamiento global: el aumento de la temperatura superficial de los océanos al contacto con los medios de comunicación ha generado una anomalía denominada «ciencia mediática», que degrada los micro y macronutrientes científicos disueltos en las aguas oceánicas del conocimiento.

Por fortuna, la inmensidad del océano alberga muchas relaciones interespecíficas beneficiosas y una diversidad de recursos que seguro lograrán preservar suficientes parcelas de ciencia pura.

Por fortuna, la inmensidad del océano alberga muchas relaciones interespecíficas beneficiosas y una diversidad de recursos que seguro lograrán preservar suficientes parcelas de ciencia pura, no contaminada y a salvo del voraz apetito utilitarista, en espera de que bajen las temperaturas mediáticas y regresen vientos constantes y paralelos a la costa para permitir que aflore de nuevo el conocimiento y se restablezca la confianza en las perspectivas de progreso social que debe ayudar a construir la ciencia.

Mientras tanto, ocupémonos del próximo reclutamiento de juveniles que habrá que formar y alimentar con espíritu crítico y pequeños concentrados de ciencia fitoplanctónica, enriquecida con todo el alfabeto vitamínico de las letras que alimentan nuestra vida de traductores, intérpretes y correctores.

DEDICATORIA: A Mercedes Sánchez Marco, arquitecta y traductora cuya fuerza y optimismo siempre me inspiran.

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Mar Fernández
María del Mar Fernández Núñez
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Madrileña de nacimiento, Mar Fernández Núñez es bióloga especialista en medio ambiente, agronomía, oceanografía y pesquerías. Gran apasionada del mar, comenzó como investigadora del Ifremer francés primero y del Instituto Español de Oceanografía en Canarias después. Muchas campañas oceanográficas después, cambió de rumbo para navegar entre palabras. Desde 1999 es traductora independiente y colabora con investigadores que quieren publicar sus artículos de investigación en revistas especializadas. Socia de Asetrad, SFT y MET, actualmente compagina la traducción con la enseñanza del español en París, donde reside. Titulada del máster de Periodismo y Comunicación Científica de la UNED, ha entrado en el mundo de la divulgación científica con su proyecto «Neurobaraja» para el Instituto Cajal. En sus ratos libres le encanta crear, transformar cosas, nadar, montar en bici y caminar por cualquier entorno natural.

María del Mar Fernández Núñez
María del Mar Fernández Núñez
Madrileña de nacimiento, Mar Fernández Núñez es bióloga especialista en medio ambiente, agronomía, oceanografía y pesquerías. Gran apasionada del mar, comenzó como investigadora del Ifremer francés primero y del Instituto Español de Oceanografía en Canarias después. Muchas campañas oceanográficas después, cambió de rumbo para navegar entre palabras. Desde 1999 es traductora independiente y colabora con investigadores que quieren publicar sus artículos de investigación en revistas especializadas. Socia de Asetrad, SFT y MET, actualmente compagina la traducción con la enseñanza del español en París, donde reside. Titulada del máster de Periodismo y Comunicación Científica de la UNED, ha entrado en el mundo de la divulgación científica con su proyecto «Neurobaraja» para el Instituto Cajal. En sus ratos libres le encanta crear, transformar cosas, nadar, montar en bici y caminar por cualquier entorno natural.

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