La Linterna del Traductor
NÚMERO 10

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Mariano José de Larra, el traductor romántico

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CONTRAPORTADA

Colofón: Escritores traductores

Mariano José de Larra, el traductor romántico

Larra nació en Madrid el 24 de marzo de 1809 y murió, también en Madrid, el 13 de febrero de 1837. Fue, pues, coetáneo de Espronceda (1808-1842) y representante, junto a este y a Bécquer (1836-1870) del Romanticismo español. Con Espronceda y Bécquer comparte además la singularidad de una vida breve y prolífica, aunque en el caso de Larra fue el suicidio y no la enfermedad la causa de una muerte prematura y «romántica».

Hijo de un médico «afrancesado», Larra pasó en España su primera infancia, hasta los cinco años, pero la situación política del momento —en plena guerra de la independencia— hizo que su familia tuviera que salir del país y exilarse en Francia al terminar la guerra. Vivió en Francia otros cinco años, por lo que su formación primaria fue en francés. Más tarde, volvería a vivir en España y allí continuó su formación en castellano. Gracias a esa educación bilingüe, Larra consiguió dominar ambas lenguas y tener amplios conocimientos culturales no solo de España, sino también de Francia, país que siempre admiró y al que volvió ya de adulto.

Como escritor tocó muchos géneros distintos. Escribió ensayos, novela histórica, artículos periodísticos, crítica literaria y política, poemas herederos de la lírica dieciochesca y piezas teatrales de corte costumbrista. Buena parte de su obra está teñida con tintes irónicos y satíricos y se publicó bajo distintos pseudónimos: El Duende, Fígaro, Juan Pérez de Munguía y Ramón Arriala (este último, anagrama de Mariano Larra).

Un traductor «militante»

Su actividad como traductor se desarrolló gracias a su colaboración con Juan Grimaldi, llegado de Francia en 1823 y que prácticamente controlaba todas las salas de teatro madrileñas. Para él tradujo y adaptó piezas teatrales, entre otros, de Eugène Scribe (Felipe, El arte de conspirar, Partir a tiempo), Victor Ducange (Roberto Dillon, el católico de Irlanda), Casimir Delavigne (Don Juan de Austria o la vocación) y Felicité R. de Lamennais (El dogma de los hombres libres, una de sus traducciones más conocidas).

Larra traducía no tanto como medio de ganarse la vida, sino más bien como una forma de expresión y de hacer crítica política y social, un complemento a su actividad como periodista y a la producción de textos propios. Ese afán de transmitir ideas influía enormemente en él a la hora de elegir las piezas que traducía, ya que uno de los principales intereses de Larra como traductor se basa precisamente en su militancia como «traductor divulgador», sin ánimo de resultar invisible o transparente para el lector, como dejó patente en más de un escrito:

El traductor de Las palabras ha creído indispensable poner, al lado del pensamiento de Lamennais, pensamientos suyos, por más que los reconozca inferiores al que preside a la obra que ha tratado de vulgarizar en España.

Mariano José de Larra, «Cuatro palabras del traductor».

Esa negativa a permanecer al margen fue lo que lo llevó a escribir artículos como «Cuatro palabras del traductor», en el que, desde su perspectiva como traductor, justifica no solo su elección de traducir la obra de Lamennais Paroles d'un croyant, sino también algunos de los contenidos de la propia obra. De hecho, dicha obra es comúnmente conocida como Palabras de un creyente, pero él se tomó la libertad de ponerle en castellano el título El dogma de los hombres libres, lo cual, de por sí, es toda una declaración de intenciones. Larra, de fuertes convicciones políticas y sociales, entiende la traducción como un arma de divulgación, revolucionaria e influyente. Lo motiva su convicción de que la propagación de la palabra escrita es el antídoto a muchos males, entre ellos, la ignorancia. En sus propias palabras:

[...] sólo el sable es peligroso; la palabra nunca. Así es que la palabra no ha trastornado jamás de la noche a la mañana con la publicación de un libro la faz del mundo. [...]

En consecuencia he traducido este libro porque, sean cuales fueren sus doctrinas, pertenezcan al presente o al porvenir, creo que la palabra no puede ser jamás nociva. La mentira impresa y propalada cae por sí sola, y puede ser rebatida con la palabra misma. Por el contrario, la verdad impresa y propalada triunfa, pero triunfa a fuerza de convencer, triunfa sin violentar, y éste es el más bello triunfo posible.

Mariano José de Larra, «Cuatro palabras del traductor».

Asimismo, tenía muy claras las ideas acerca de cómo se debía traducir. Por eso mismo, tampoco se privó de hacer crítica mordaz y sangrante de las traducciones realizadas por otros, como en este artículo sobre la traducción de tres comedias nuevas:

Desde luego el traductor de Las fronteras de Saboya ha tenido brava elección: si es del ingenioso y fecundo Scribe, tanto peor para Scribe. ¡Qué títulos y qué analogía entre los dos títulos! Las fronteras de Saboya, o el marido de tres mujeres vale tanto como si dijéramos: El Peñón de Gibraltar, o el buey suelto bien se lame. [...] En conclusión, Las fronteras de Saboya o no debían haberse traducido, o debían haberse traducido bien, o debían haberse silbado. Desgraciadamente, ni se han silbado, ni se han dejado de traducir, ni se han traducido bien. [...]

Rigoleti es el último bufón, sin contar con el autor y el traductor de la piececilla, que son posteriores a él. (...) porque los traductores ni siquiera han caído en la cuenta de que esas comparsas numerosas del original son una exigencia forzada del canto; lo cual no existiendo en la traducción, y siendo casi siempre de mal efecto aquella aglomeración de personajes mudos y ridículamente ataviados, puede y debe las más veces suprimirse. [...] En fin, El último bufón es el último vaudeville traducido por el último traductor.

«Las fronteras de Saboya, o el marido de tres mujeres. El último bufón. Comedias nuevas traducidas». El Español. Diario de las Doctrinas y los Intereses Sociales [Madrid], núm. 131 (jueves 10 de marzo de 1836).

Para terminar, me gustaría destacar un artículo suyo, «De las traducciones»,  publicado en El Español. En él, con el pretexto de hacer la crítica de unos vodeviles, expone ante el lector sus ideas acerca de cómo hay que traducir una obra teatral. Algunas de las cuestiones que plantea siguen siendo objeto de debate en la actualidad, como la fidelidad al original y los requisitos del traductor respecto a la lengua de origen y la lengua meta. Terminamos, pues, con unas afirmaciones suyas y con la recomendación de profundizar en el tema con los enlaces que damos al final de este artículo:

Varias cosas se necesitan para traducir del francés al castellano una comedia. Primera, saber lo que son comedias; segunda, conocer el teatro y el público francés; tercera, conocer el teatro y el público español; cuarta, saber leer el francés; y quinta, saber escribir el castellano. Todo eso se necesita, y algo más, para traducir una comedia, se entiende, bien; porque para traducirla mal no se necesita más que atrevimiento y diccionario: por lo regular, el que tiene que servirse del segundo no anda escaso del primero.

Mariano José de Larra. «De las traducciones». El Español. Diario de las Doctrinas y los Intereses Sociales [Madrid], núm. 132 (viernes 11 de marzo de 1836).

Para ampliar información:

Páginas de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (consultadas a 30 de mayo de 2014):

Páginas sobre Larra. Índice general del contenido dedicado al autor (biografía, títulos, artículos...)

Mariano José de Larra: artículo «De las traducciones»

Mariano José de Larra: artículo «Cuatro palabras del traductor»

Mariano José de Larra: artículo «Las fronteras de Saboya, o el marido de tres mujeres. El último bufón. Comedias nuevas traducidas»

Russell P. Sebold: «Larra y la misión de Zorrilla»

Otras páginas:

José Zorrilla: poema fúnebre dedicado a Larra. Con este poema se da a conocer el joven José Zorrilla (consultada a 30 de mayo de 2014).

Citas de Larra, en Wikiquote (consultada a 30 de mayo de 2014).

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