4 diciembre 2021
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El chocolate: desde las tierras de Aztlán hasta las montañas helvéticas

Hasta hace poco, la literatura y la traducción gastronómicas se consideraban especialidades menores. Hoy en día, sin embargo, se han ganado su lugar como especialidades de pleno derecho. Este nuevo estatus de la traducción gastronómica conlleva el ascenso a subespecialidad de varias de sus vertientes hasta ahora ignoradas, como la traducción sobre el chocolate.

El ámbito de la gastronomía, en general, es tan complejo y diverso que su traducción exige el dominio de los conceptos atinentes a los procedimientos técnicos y químicos que conlleva cada una de sus facetas secundarias y, en lo que se refiere al mundo del chocolate, en particular, hablamos de procesamientos muy específicos, largos y complicados, cuyas técnicas llevan incluso nombre propio en determinadas ocasiones.

Por consiguiente, como cualquier traducción especializada, la exquisita y delicada traducción consagrada a cuestiones relacionadas con lo que un día se llamó alimento de los dioses requiere de conocimientos técnicos, culturales, químicos y terminológicos que no se pueden improvisar.

Aunque hasta hace poco la literatura y la traducción gastronómicas se han considerado especialidades menores o, incluso, subespecialidades, hoy en día han adquirido sin duda sus merecidas letras de nobleza y ganado su lugar como especialidades de pleno derecho, cabalmente integradas en los hábitos contemporáneos. No en vano las búsquedas relacionadas con alimentos y bebidas detentan desde 2016 un puesto destacado en Google, tendencia que supongo habrá aumentado durante estos meses de confinamiento en los que muchos descubrieron a su «cocinillas» interior.

En lo atinente a la traducción, y habida cuenta del universo infinito que representa el mundo de Deméter, diosa griega de los alimentos y la agricultura (debería ser patrona de la FAO), este nuevo estatus de la traducción gastronómica conlleva el ascenso a subespecialidad de varias de sus vertientes hasta ahora ignoradas, como la traducción sobre vinos, quesos, repostería, aceites, chocolate, té, café u otros múltiples aspectos del mundo alimentario que se merecen una atención particular.

Cualquiera que hable dos idiomas y sepa algo de cocina se considera calificado para emprender la tarea. ¡Craso error!

Sin embargo, salvo la traducción enológica, que ya se ha labrado una sólida reputación, las subespecialidades de la traducción gastronómica permanecen en un segundo plano, a veces ignoradas u otras veces tan despreciadas que cualquiera que hable dos idiomas y sepa algo de cocina se considera calificado para emprender la tarea. ¡Craso error! Como pasa con la medicina o con la tecnología, que se dividen en múltiples especialidades (nadie visita a un oculista si le duele la rodilla), el ámbito de la gastronomía es tan complejo y diverso que su traducción requiere conocimientos profundos respecto de todos los procedimientos técnicos y químicos que conlleva cada una de sus facetas secundarias.

Estos procedimientos conllevan técnicas con nombres muy específicos que muchas veces no tienen correspondencia directa en los distintos idiomas.

En lo que se refiere al chocolate, estos procedimientos no solo son muy particulares, largos y complicados (la producción del chocolate es una de las más largas y complejas en cuanto a transformación se refiere), sino que conllevan técnicas con nombres muy específicos que muchas veces no tienen correspondencia directa en los distintos idiomas.

Dibujo con plantas y productos elaborados de chocolate
Cacao y chocolate
© Yuriria Culebro París

Por consiguiente, cuando uno desea lanzarse a la traducción o interpretación de cualquier subespecialidad gastronómica, es indispensable que, amén de adquirir los conocimientos traductológicos generales en el ámbito culinario y alimentario con el fin de soslayar dificultades genéricas como las que plantean la conversión de medidas, los localismos, las sustituciones, los culturemas, etc., profundice aún más en las características propias del tema que pretende traducir. Nunca han sido tan pertinentes los versos de Boileau que me empeño en aplicar como lema de la traducción especializada:

« Ce que l’on conçoit bien s’énonce clairement,
Et les mots pour le dire arrivent aisément ».
(Lo que bien se conoce se enuncia con claridad,
Y las palabras, por ende, acuden con facilidad).

Emprendamos el recorrido temporal y espacial del chocolate, desde la semilla del árbol hasta las variadas exquisiteces (negro, amargo, con leche, blanco, gianduja, praliné, relleno, perfumado, a la taza, y tantos otros) que nos llevamos a la boca, desde sus inicios en la América precolombina hasta la culminación de su excelencia en la fábricas suizas, italianas o belgas. A lo largo de este recorrido encontraréis en negrita las palabras esenciales, cuya traducción al francés e inglés os facilito en un modesto glosario al final de este artículo.

En el caso del chocolate, si bien la definición no es necesaria, la etimología es aún objeto de muchas controversias (e incluso disputas).

Cuando he de traducir sobre un tema muy específico, suelo tomar como punto de partida la definición y etimología de la palabra clave, más allá (aunque también) de la facilitada por el diccionario de la RAE. En el caso del chocolate, si bien la definición no es necesaria, la etimología es aún objeto de muchas controversias (e incluso disputas) y no se ha llegado a ningún acuerdo al respecto, salvo que procede del náhuatl. Pero ahí terminan las certezas.

Aunque no se discute que el término cacao, que apareció por primera vez en 1605, procede de la voz náhuatl cacahuatl, que designaba la sustancia obtenida de las semillas, la palabra chocolate se ha visto sometida a tantas suposiciones y disquisiciones que hasta se han escrito innumerables tesis al respecto. Sí existe acuerdo en cuanto a que la palabra chocolate procede del náhuatl xocoatl, que los españoles reprodujeron fonéticamente como chocollatl, y parece claro que el elemento final –late procede de atl, que significa ‘agua’.

La bebida que entonces consumían los aztecas era amarga en grado sumo.

El que suscita todo tipo de conjeturas es el componente inicial choco-. Podría proceder de xócoc que significa ‘agrio’ o ‘amargo’. Por lo tanto, el chocolate sería un ‘agua amarga’ y ello tendría sentido, ya que la bebida que entonces consumían los aztecas era amarga en grado sumo (solo se empezó a añadir azúcar al chocolate cuando llegó a Europa), y esta es la versión que asume la RAE.

Otra teoría, defendida por Corominas en su Diccionario etimológico de la lengua castellana, es que chocolate derivaría de póchotl (‘ceiba’), cacahua (‘cacao’) y atl (‘agua’), ya que, según ese escrito, los antiguos mexicanos lo preparaban en agua con semillas de ceiba y cacao, es decir, que lo llamaban ‘agua de cacao y ceiba’. Más adelante, los españoles (que nunca fueron muy duchos con la pronunciación de las palabras náhuatl) abreviaron la palabra náhuatl póchotlcacauatl como chocollatl.

Molinillo de chocolate mexicano
Molinillo de chocolate mexicano
© Teresa París Pombo

En un breve sobrevuelo por las demás teorías, cabe mencionar la de la profesora Elena García Frazier de la Universidad de Massachusetts, quien en el Anuario de Filología Hispánica afirma que la palabra chocollatl significa ‘agua marrón’, pues procede de choco-, por chocoxtic, que se traduce por ‘color café y amarillento’, y –atl, que quiere decir ‘agua’. Otra versión, menos conocida, plantea que la palabra xocoatl significaría ‘agua picante’ y sería un derivado de xocoyac, que quiere decir ‘fermentar’. Por fin, otra de las muchas versiones que circulan por el mundo de las suposiciones, la que menos probable me parece, aunque fue largo tiempo la más aceptada por ingleses y franceses, es la hipótesis planteada por Thomas Gage, quien sostenía que la palabra chocolate sería la contracción de atl y tchoco, onomatopeya que reproduce el ruido del molinillo de chocolate que utilizaban los aztecas para disolver el cacao y sacarle espuma.

Tenemos la suerte de contar con un valioso aliado, el Codex Alimentarius, que publican la FAO y la OMS.

En la esfera de la traducción gastronómica tenemos, además, la suerte de contar con un valioso aliado, el Codex Alimentarius, que publican la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y la Organización Mundial de la Salud (OMS), en los idiomas de trabajo de las Naciones Unidas (árabe, chino, español, francés, inglés y ruso). Se trata de un compendio de «normas alimentarias, directrices y códigos de prácticas internacionales», aprobados por una comisión internacional de expertos «sobre todos los alimentos principales, ya sean elaborados, semielaborados o crudos, destinados a su distribución al consumidor», que «contiene disposiciones sobre higiene de los alimentos, aditivos alimentarios, residuos de plaguicidas y de medicamentos veterinarios, contaminantes, etiquetado y presentación, métodos de análisis y muestreo, e inspección y certificación de importaciones y exportaciones». En lo que a traducción gastronómica se refiere, constituye, por lo tanto, una fuente terminológica casi inagotable y muy fiable.

Así, las normas de producción y los requisitos de calidad del chocolate y sus derivados están reflejados en una norma específica del Codex Alimentarius, la CodexStan 87-1981, Norma para el chocolate y los productos del chocolate, adoptada en 1981, revisada en 2003 y enmendada en 2016. La mayor parte de las legislaciones nacionales en materia chocolatera derivan de esa norma (publicada en varios idiomas), que es la única forma de adaptarse al mercado internacional.

La historia

[Antes de Linneo] los botanistas lo llamaron Amygdala pecunaria (‘almendra monetaria’) porque los aztecas lo utilizaban como moneda de cambio.

El chocolate se elabora a partir de su principal componente: el cacao. Este se obtiene de la semilla que nace del árbol del cacao, una planta a la que, en 1753, el naturalista sueco Carlos Linneo (1707-1778) le confirió su nombre botánico, Theobroma cacao, que significa ‘alimento de los dioses’ o ‘alimento divino’. Sin embargo, antes de eso, los botanistas lo llamaron Amygdala pecunaria (‘almendra monetaria’) porque los aztecas lo utilizaban como moneda de cambio.

Aunque lo cultivaran los mayas y los aztecas, el árbol del cacao parece proceder de la selva ecuatorial del Amazonas. Tiene una historia fascinante que se remonta al siglo x, cuando Quetzalcóatl, rey sacerdote de los toltecas (que todavía no era dios), ofreció los granos del cacao a sus súbditos para que estuvieran bien alimentados y se pudieran dedicar a ser mejores hombres, estudiosos, sabios, arquitectos, artistas y artesanos. Desde ese momento el producto del Theobroma cacao cabalgó por una historia llena de leyendas, misterios y aventuras, pasando por la mesa de Moctezuma, Colón, Cortés, las reinas Ana y María Teresa de Austria (la cual, por cierto, tuvo una hija negra, cosa que atribuyeron a su afición al chocolate y no a su esclavo favorito), las amantes de los reyes de Francia madame de Maintenon y madame de Pompadour (que lo consideraban un poderoso afrodisiaco) y, por supuesto, los grandes chocolateros cuyos nombres han llegado hasta nuestros días, como Lindt, Caffarelli, Neuhaus, Suchard o Tobler, por nombrar algunas de las destacadas figuras que no solo lo consumieron, sino que además lo promovieron y perfeccionaron hasta hacer de ese producto un manjar cotidiano a la vez que lujoso (y a veces lujurioso).

Desgraciadamente, no le puedo dedicar más tiempo a una historia densa y apasionante, pues eso me llevaría varios miles de palabras más, y faltan por describir las características y el cultivo del cacao, así como la producción del chocolate, junto con toda la terminología atinente.

La planta

El árbol del cacao es una especie cauliflora, es decir, que las flores parten del tronco y no de las ramas.

El árbol del cacao es una especie cauliflora, es decir, que las flores, pequeñas, similares a orquídeas, con tonos entre blanco y rosado, parten del tronco y no de las ramas. El árbol tarda entre cinco y seis años en alcanzar su pleno desarrollo y el fruto madura en seis meses, por lo que se pueden hacer dos cosechas anuales. Un cacaotero produce al año unos 8 kg de cacao.

Hasta hace poco, se conocían tres variedades distintas de árbol del cacao: la criolla, la forastera y la trinitaria, y aunque en tiempos recientes los estudios genéticos de las distintas plantas han revelado o producido muchas más variedades, estas tres clásicas son las más representativas.

El fruto del cacao es alargado, con la forma de un pequeño balón de rugby de 15 a 30 cm de largo por entre 7 y 12 cm de ancho; pesa cerca de medio kilo. En muchas regiones se denomina mazorca y en otras, baya o vaina. Es curioso señalar que en francés para designar la mazorca se utiliza la palabra cabosse (de caboche, que quiere decir ‘cabeza’), pues los españoles en su día así la llamaban por su similitud con la cabeza de los niños mayas, a los que ponían una férula al nacer con el fin de deformarles el cráneo para que tuviera esa forma alargada. En español se dejó muy pronto de utilizar ese término, mientras que los franceses lo acuñaron en su vocabulario cacaotero.

A la teobromina (un tipo de cafeína) se debe la sensación de entusiasmo, animación o felicidad inducida por el consumo de cacao o chocolate.

Las vainas de cacao están compuestas por el exocarpio, el mesocarpio, el endocarpio, el funículo, las semillas y la pulpa. La semilla, que tiene forma de almendra, es la parte que se recoge y utiliza para producir el chocolate. Su parte externa se compone de una cobertura laminada rica en taninos. El germen, o interior, es bastante suave y llega a tener hasta un 54 % de manteca de cacao o materia grasa, al igual que proteínas o materias albuminoides, almidones, alcaloides, base xantánica (goma) y cafeína (en forma de teobromina), que le da su sabor amargo característico. A la teobromina (un tipo de cafeína) se debe la sensación de entusiasmo, animación o felicidad inducida por el consumo de cacao o chocolate. Cabe señalar, por cierto, que, si bien la teobromina es fuente de placer para el ser humano, resulta sumamente tóxica para algunos animales como los perros, los gatos o los conejos, cuyo hígado no tiene la capacidad de metabolizarla.

El cultivo del cacaotero

Antes de plantarlo, el cacaotero se suele cultivar en un vivero hasta los dos años. Para un crecimiento óptimo, este árbol necesita estar rodeado de otros árboles más altos que le den sombra y lo protejan del viento, de la lluvia y, sobre todo, del sol directo. Si bien esos árboles protectores pueden ser limoneros o bananos que se plantan al mismo tiempo que los cacaoteros a los que protegerán, en muchos sitios de América Latina los productores prefieren un árbol llamado cacahuananche (Gliricidia sepium), que se conoce como madre del cacao.

A lo largo del año crecen entre 3500 y 6000 pequeñas flores sobre el tronco del árbol, de las cuales solo un 1 % será fecundado por un insecto. Al final, apenas de 10 a 20 flores por árbol darán el fruto del cacao, que también crecerá adherido al tronco o a una de las ramas más gruesas del árbol.

La cosecha del cacao es una etapa crítica para lograr un buen proceso de fermentación, pues, al cortarlo con el machete o la desgarretadora, es esencial no herir el fruto (lo que dispararía la fermentación antes de tiempo) ni estropear las flores o capullos que lo rodean (lo que mermaría la cosecha siguiente).

El procesamiento del cacao

Para obtener un kilo de semillas útiles se necesitan al menos 20 frutos, es decir, la producción media anual de un cacaotero.

Para obtener un kilo de semillas útiles se necesitan al menos 20 frutos, es decir, la producción media anual de un cacaotero. Estas semillas se extraen con cuidado del fruto y luego arranca el primer paso en la elaboración del chocolate: el proceso de fermentación de las semillas del cacao.

La operación de fermentación consiste en juntar las semillas y los restos de pulpa durante cinco o seis días en montones o en grandes cestas o cajas de madera con una capacidad de 100 a 1000 kg, con el fin de: a) liberar las semillas de la pulpa mucilaginosa que las rodea; b) matar el embrión y destruir la capacidad de germinación de los granos para su óptima conservación; c) inducir la potenciación de precursores aromáticos. Los granos se deben remover cada 24 horas.

Tras la fermentación, se procede al secado de los frutos, su separación del funículo y la placenta y su selección, ya que solo los de mejor calidad serán enviados para su procesado final en las empresas productoras de cacao. El contenido de humedad de los granos fermentados se reduce del 60 % a menos del 8 %, con el fin de garantizar que el cacao se conserve en buenas condiciones y evitar el crecimiento de moho durante su almacenamiento. Existen diferentes tipos de secado, algunos de los cuales solo se aplican de manera local. En general, se pueden dividir entre secado natural o solar y secado artificial.

Estas dos operaciones (fermentación y secado) se suelen llevar a cabo en la misma plantación. Luego se empacan los granos y se exportan a las plantas de producción chocolatera.

La fabricación del chocolate

En las fábricas chocolateras, la metamorfosis se inicia con el tostado (natural) o la torrefacción (con azúcar), que resaltarán el sabor y el color de los granos.

Una vez tostado, el grano pasará por el descascarillado, operación que consiste en separar el grano de la cáscara que lo rodea.

Una vez tostado, el grano pasará por el descascarillado, operación que consiste en separar el grano de la cáscara que lo rodea, proceso muy delicado que se hacía a mano en el pasado (tradición que aún se mantiene para los chocolates de la más alta calidad y finura), aunque con la evolución de la tecnología se usan máquinas cada vez más fiables, llamadas aventadoras. Con esa operación se obtendrán unas pequeñas partículas de grano de cacao llamadas finos de cacao.

Pese a su nombre, el licor de cacao no tiene nada que ver con una bebida alcoholizada.

La mezcla de granos en las proporciones deseadas se muele en molturadoras a una temperatura de entre 60 y 80 °C, durante 18 a 72 horas. Este paso, determinante en lo referente a la calidad final del producto, se compone de dos partes, molienda gruesa y molienda fina, y permite obtener una masa molida que se llama pasta de cacao o licor de cacao. Pese a su nombre, el licor de cacao no tiene nada que ver con una bebida alcoholizada, ya que se trata simplemente del producto obtenido de la molienda, sin ningún aditivo. Este licor se utilizará sin más tratamiento en la fabricación del chocolate de calidad o se pasará por el prensado para conseguir la manteca de cacao y la torta de cacao, de la cual derivará el cacao en polvo.

Mediante el prensado se desengrasa el licor de cacao. Se somete la pasta molida a presiones de 900 kg/cm, a una temperatura de unos 40 °C, para separar la manteca de cacao (que funde a 37 °C) y la torta de cacao.

De los 800 kg de licor resultantes de la molienda de 1000 kg de cacao se consiguen unos 370 kg de manteca y unos 430 kg de torta.

La manteca de cacao se centrifuga, atempera o cristaliza y, por último, se moldea y empaca. Se trata de un producto intermedio y final a la vez, ya que se puede utilizar en estado líquido en una fase posterior del proceso industrial del chocolate o se puede ofrecer al consumidor final en estado sólido como manteca de cacao natural o desodorizada.

Después de ser enfriada, la torta de cacao se tritura para obtener el cacao en polvo que se utiliza para coberturas (del tiramisú, por ejemplo), rellenos, preparaciones prefabricadas de pastelería, polvos para bebidas o como producto final.

Por otro lado, con el licor de cacao se producirá el chocolate. El producto de la molienda se mezcla con manteca de cacao y otros ingredientes.

Por otro lado, con el licor de cacao se producirá el chocolate. El producto de la molienda se mezcla con manteca de cacao y otros ingredientes (vainilla, azúcar, especias, leche, emulgentes, lecitina de soja, etc.), que en distintas proporciones confieren su personalidad a cada chocolate.

Por lo general, para el chocolate negro se mezcla el licor de cacao con azúcar, vainilla y lecitina; para el chocolate con leche se añaden azúcar, leche en polvo y lecitina, y para el chocolate blanco se prensa la masa base para extraer la manteca de cacao, que mezclaremos con azúcar, leche en polvo y lecitina (es decir, que el chocolate blanco contiene cualquier cosa, salvo cacao).

A continuación, viene el conchado, un proceso de refinado del chocolate mediante malaxación a una temperatura que va de 49 °C para el chocolate con leche hasta 85 °C para la segunda fase (fase de plastificación) del chocolate blanco, lo que le confiere ese sabor caramelizado.

En esa fase se integran los sabores y las texturas de todos los ingredientes incorporados en la mezcla al objeto de homogeneizarla. Es un proceso largo que dura, en promedio, tres días. Durante esta etapa, la masa de cacao adquiere todo su sabor a chocolate, gana fluidez y pierde acidez, gracias a la eliminación de sustancias volátiles no deseadas.

El proceso de conchado fue inventado por el chocolatero suizo Rudolf Lindt en 1879. En realidad, el descubrimiento del proceso se debe a un error.

El proceso de conchado fue inventado por el chocolatero suizo Rudolf Lindt en 1879. En realidad, el descubrimiento del proceso se debe a un error. El joven Lindt acababa de comprar un antiguo molino para producir cacao en polvo. Una noche de fin de semana, dejó con prisas su taller para acudir a una cita importante y se olvidó de detener la muela que estaba reduciendo los granos de cacao a polvo. El lunes siguiente descubrió con asombro una pasta suave, brillante y cálida. Había descubierto un nuevo proceso que más tarde se llamaría conchado, palabra procedente del español concha, que se debe a la forma de la máquina que se utilizaba en ese procedimiento.

Tras el conchado, el chocolate se almacena en un tanque calentado a 40 °C antes de pasar por la máquina de templado para evitar la decoloración y la floración de grasa en el producto mediante la prevención de ciertas formas cristalinas de la manteca de cacao. Así se obtiene un aspecto brillante y lustroso y una textura crujiente, homogénea y suave.

Dos figuras humanas hechas de chocolate
Los amantes
© Willyam Bradberry, Shutterstock

Y por fin vienen los pasos finales: el moldeado y el enfriado. Una vez atemperado, el chocolate, a 30 °C, se vierte en moldes previamente calentados a la misma temperatura, que luego se introducen en un abatidor o un túnel de enfriamiento. Cuando el chocolate se enfría, se contrae, y es entonces fácil retirarlo del molde para su empaquetado y distribución.

En Europa, España detentó durante mucho tiempo el secreto (y consiguiente monopolio) de su fabricación.

Es mucho más lo que podría contaros sobre el chocolate. Datos extraños, como que los principales exportadores de chocolate (Alemania, Bélgica y Países Bajos) no son ni mucho menos los principales productores de cacao (Costa de Marfil, Ghana e Indonesia); datos históricos, como que, en Europa, España detentó durante mucho tiempo el secreto (y consiguiente monopolio) de su fabricación; datos curiosos, como que el chocolate era el instrumento que utilizaba el marqués de Sade para conquistar a las jovencitas; datos tristes y terribles, como que el cultivo del cacao es el que más recurre a la esclavitud infantil (sobre todo en las plantaciones del África occidental); datos positivos, como que el chocolate reduce el riesgo de enfermedades cardiovasculares y es bueno para la piel (gracias a su alto contenido en antioxidantes, como los flavonoides o los fenoles); datos científicos acerca de las diversas, raras y devastadoras enfermedades del cacaotero (la escoba, las bubas, el mal de machete, la mazorca negra); o, last but not least, datos tentadores, como los múltiples maridajes posibles entre chocolates y vinos o licores. Pero todo eso tendrá que esperar otra ocasión…

Enlace de interés

Chocolate de Paz, una película de Gwen Burnyeat y Pablo Mejía Trujillo sobre la Comunidad de Paz de San José de Apartadó


Glosario chocolatero

ESPAÑOLFRANCÉSINGLÉS
abatidorrefroidisseur rapideblast chiller
árbol del cacao, cacaoterocacaoyercacao tree, cocoa tree
atemperadoratempéreusetempering machine
aventadorasouffleusewinnowing
baya, mazorca, vainacabossepod
cacahuanachegliciridiagliciridia
conchadoraconche à chocolatconching, melanger
cosechacueillette, récolteharvest
criollocriollocriollo
descascarilladodécorticagehusking, hulling
desgarretadoraémondoirmachete
fermentaciónfermentationfermentation
finos de cacaogrué, éclats de fèvecocoa nibs
forasteroforasteroforastero
funículoradicelleradicula
germengermegerm
licor de cacao, pasta de cacaopâte de cacaococoa liquor
machete(la) machettemachete
madre del cacaomère du cacao, mère cacaoMother of Cocoa
malaxaciónmalaxagemalaxation
manteca de cacaobeurre de cacaococoa butter
mezcladomelangemixing (cuando son ingredientes diversos), blending (cuando son diferentes cacaos)
moldeadomoulagemoulding, forming
molienda, molturaciónconcassagegrinding
placentaplacentaplacenta
prensadopressagepressing
refinadoraffinage du chocolatrefining
secadoséchagedrying
semillafèveseed
teobrominathéobrominetheobromine
torrefaccióntorrefactiontorrefaction
torta de cacaotourteau de cacaococoa presscake
tostadotorrefactionroasting
trinitariotrinitario, trinitairetrinitario

Cursó Español, Francés, Inglés, Alemán y Latín en la Facultad de Letras de la Universidad de Ginebra (Suiza) y Administración de Empresas Turísticas, con especialización en alimentos y bebidas, en la Universidad Anahuac (Ciudad de México). Tras viajar por varios lugares en los que dejó un trocito de corazón a cambio de muchos conocimientos culinarios, ejerció en administración, cocina y comedor en diversos restaurantes de México y de Madrid y, desde hará unos veinte años, trabaja como traductora, revisora y editora autónoma para la OMPI, la OMT y la OIM, así como para varios clientes privados del mundo de la hostelería y el vino. Además, imparte cursos de traducción gastronómica y vitivinícola en AulaSIC y talleres sobre lengua y gastronomía en su web Pluma y fogones, en la que también publica artículos atinentes a esos ámbitos, que no solo son objeto de su profesión, sino también de su pasión.

Teresa París Pombo
Cursó Español, Francés, Inglés, Alemán y Latín en la Facultad de Letras de la Universidad de Ginebra (Suiza) y Administración de Empresas Turísticas, con especialización en alimentos y bebidas, en la Universidad Anahuac (Ciudad de México). Tras viajar por varios lugares en los que dejó un trocito de corazón a cambio de muchos conocimientos culinarios, ejerció en administración, cocina y comedor en diversos restaurantes de México y de Madrid y, desde hará unos veinte años, trabaja como traductora, revisora y editora autónoma para la OMPI, la OMT y la OIM, así como para varios clientes privados del mundo de la hostelería y el vino. Además, imparte cursos de traducción gastronómica y vitivinícola en AulaSIC y talleres sobre lengua y gastronomía en su web Pluma y fogones, en la que también publica artículos atinentes a esos ámbitos, que no solo son objeto de su profesión, sino también de su pasión.

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