8 julio 2026
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Capturar momentos de felicidad

La autora de las fotografías que ilustran este número respondió al llamamiento de esta revista, que tenía por finalidad descubrir nuevos talentos artísticos y darlos a conocer. En este artículo, Cristina nos cuenta cómo se inició en la fotografía y cómo consiguió incorporarla a otra de sus pasiones, el buceo. En sus propias palabras: «Contemplar una fotografía tomada por uno mismo es volver al instante en que se hizo. Y, si cierras los ojos, puedes llegar a sentir frío o calor, o incluso oír tu respiración al exhalar por el regulador».

Mi afición por la fotografía comenzó en Alemania. Me regalaron una cámara Cosina en la que debía ajustar manualmente todos los parámetros: la apertura del objetivo, la velocidad de obturación, el modo adecuado para cada situación, la sensibilidad ISO del carrete. Fue todo un desafío. Y estaba, además, la espera: ese tiempo eterno hasta recoger en la tienda el resultado, los logros o el desastre, de tus pruebas y experimentos. Como muchas veces no recordaba los ajustes de cada toma, acabé llevando una pequeña libreta en la que anotaba, sobre todo, la velocidad y la apertura. Engorroso, sin duda, pero me sirvió para aprender. Aunque, si soy del todo sincera, no lo hacía con cada fotografía, sino con aquellas que exigían una atención especial, como las nocturnas o las escenas en movimiento.

Contemplar una fotografía tomada por uno mismo es volver al instante en que se hizo.

Más adelante, abandoné el carrete y di el salto a la fotografía digital con una Olympus. Las posibilidades se volvieron casi infinitas. El dedo se me quedó pegado al disparador. No podía parar.

Una persona buceando en el fondo del mar con un traje de neopreno y una botella de oxígeno.
© Cristina Arranz.

Entonces llegó el buceo y, con él, la carcasa para aquella Olympus y, más tarde, para una Canon. Me inicié en este deporte porque, cuando nadaba, me gustaba sumergirme y disfrutar de esa sensación que experimentaba cuando aguantaba la respiración y recorría algunos metros. Decidí hacer un curso, y luego otro, y otro más. Fue una de esas decisiones que te cambian la vida, las vivencias, la forma de disfrutar, incluso el destino de las vacaciones, siempre pensando en posibles inmersiones. Así ocurrió, por ejemplo, en México. Pasé allí una semana y, en tierra, solo visité la pirámide de Chichén Itzá. Mi verdadero objetivo era descubrir y recorrer algunos cenotes. Un sueño cumplido que superó con creces todas mis expectativas.

Inspiras, espiras, el pulso desciende. Y empieza el juego de la ingravidez. Es como volar por el agua. Te deslizas entre el fondo y la superficie.

El buceo es un deporte que atrapa. Todo se olvida en el momento en que señalizas el okey a tu compañero de inmersión, empiezas a vaciar el jacket y solo queda el sonido de tu propia respiración por el regulador. Inspiras, espiras, el pulso desciende. Y empieza el juego de la ingravidez. Es como volar por el agua. Te deslizas entre el fondo y la superficie. A veces, en inmersiones profundas y con buena visibilidad, asoma incluso una leve sensación de vértigo al ver cómo las paredes de roca se pierden en la oscuridad. Allí abajo, todo adquiere otra dimensión. Durante cerca de una hora te conviertes en un ser distinto, rodeado de un entorno completamente ajeno a ti. Respiras de forma artificial, flotas, observas criaturas extrañas que no dejan de sorprenderte… Es como si el mundo se detuviera. Como si viajaras a otro planeta. Quien haya visto El gran azul reconocerá estas sensaciones. Es una película que, sin duda alguna, logra transmitir lo que es habitar por un instante bajo el agua.

En buceo no puedes ir solo. Es una actividad en la que siempre debes ir acompañado. Y si esas personas no llevan cámara, estás perdido.

Retomando la fotografía, hay otro aspecto, en cierto modo anecdótico, que seguramente comparten otros aficionados. Cuando vas acompañado y te gusta fotografiar, en la ciudad, en la montaña, en la playa, donde sea, quienes están contigo deben esperar a que captures esa imagen que te ha atrapado por su luz, su color o su composición, y sabes que en unos cinco segundos ya no será la misma. Y te esperan, o no… Si estás solo, no tienes ese problema. Dispones de todo el tiempo del mundo. PERO (y este pero quería escribirlo expresamente en mayúsculas) en buceo no puedes ir solo. Es una actividad en la que siempre debes ir acompañado. Y si esas personas no llevan cámara, estás perdido. Hay que actuar con rapidez, ajustar los parámetros en un instante. Porque con la Canon regresé, en cierto modo, a mi Cosina analógica: la fotografía submarina debe hacerse en modo manual si no quieres obtener una sucesión de tonos verdosos. Volví a ajustar la velocidad, la apertura, incluso el balance de blancos. A ello se suman las dificultades propias del medio: bajo el agua todo pierde color y predominan los verdes y azules, salvo que estés a poca profundidad o dispongas de un buen equipo de iluminación. El agua te mece constantemente, puede haber corriente, e incluso en calma hasta los nudibranquios parecen moverse. Cada movimiento es un pequeño desafío: mantener el enfoque, controlar la exposición y adaptarse a la luz que cambia con la profundidad. Si cuentas con la iluminación adecuada, emerge ante ti un inesperado universo de colores, y los verdes y azules se transforman en rojos, morados, amarillos… En más de una ocasión, durante inmersiones guiadas, he estado a punto de perder a mi grupo por entretenerme unos segundos más con un pez payaso, un pulpo o una morena. Pero nunca ha llegado la sangre al río, y aquí sigo. De hecho, esta experiencia me ha enseñado a fotografiar con mayor rapidez también fuera del agua, ya sea en la montaña o en la ciudad.

Contemplar esas imágenes, regresar a los instantes en que fueron tomadas, forma parte de esos pequeños momentos en los que, sin darnos cuenta, se esconde la felicidad.

Hoy en día resulta difícil hablar de fotografía sin mencionar las redes sociales. En mi caso, mi presencia es bastante discreta y apenas publico, salvo en ocasiones puntuales, como vacaciones o viajes con amigos. En cambio, en mi espacio privado, he reunido en el ordenador una selección de mis fotografías favoritas que se activa como fondo de pantalla tras un tiempo de inactividad. Entonces, si el tiempo lo permite, me recuesto en el respaldo de la silla, tomo un sorbo de café y sonrío. Porque contemplar esas imágenes, regresar a los instantes en que fueron tomadas, forma parte de esos pequeños momentos en los que, sin darnos cuenta, se esconde la felicidad.

Cristina Arranz
Cristina Arranz García
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Cristina, vallisoletana afincada en Barcelona, traduce de alemán e inglés desde hace más de veinte años. Licenciada en Filología Alemana por la Universidad de Valladolid y en Traducción e Interpretación por la Universitat Pompeu Fabra, es traductora jurada de alemán y trabaja principalmente con textos de derecho mercantil, así como con documentación empresarial y técnica, aunque en sus inicios también se asomó al mundo de la traducción literaria. Sus primeros pasos profesionales los dio en un bufete hispano-alemán, donde se familiarizó con el lenguaje jurídico. De ahí pasó a ser traductora autónoma y desde entonces no ha dejado de ejercer su profesión. Fuera del trabajo le gusta bucear, hacer senderismo y capturar en una imagen los distintos entornos, en las alturas y en las profundidades. Quizá porque, en el fondo, siempre soñó con viajar por el mundo como fotógrafa y redactora de National Geographic.

Cristina Arranz García
Cristina Arranz García
Cristina, vallisoletana afincada en Barcelona, traduce de alemán e inglés desde hace más de veinte años. Licenciada en Filología Alemana por la Universidad de Valladolid y en Traducción e Interpretación por la Universitat Pompeu Fabra, es traductora jurada de alemán y trabaja principalmente con textos de derecho mercantil, así como con documentación empresarial y técnica, aunque en sus inicios también se asomó al mundo de la traducción literaria. Sus primeros pasos profesionales los dio en un bufete hispano-alemán, donde se familiarizó con el lenguaje jurídico. De ahí pasó a ser traductora autónoma y desde entonces no ha dejado de ejercer su profesión. Fuera del trabajo le gusta bucear, hacer senderismo y capturar en una imagen los distintos entornos, en las alturas y en las profundidades. Quizá porque, en el fondo, siempre soñó con viajar por el mundo como fotógrafa y redactora de National Geographic.

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