8 julio 2026
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Cuidadora de personas y palabras

Cuidar y traducir son dos vocaciones que comparten mucho más que el rigor técnico. Ambos oficios se sostienen sobre la escucha, la atención al detalle y la responsabilidad hacia quien recibe un mensaje o una atención. En este segundo artículo, la autora nos propone una reflexión sobre el cuidado como eje ético y práctico de ambos ámbitos, y sobre la traducción entendida como una forma de acompañamiento y mediación responsable.

Nunca he sabido desconectar del todo de la enfermería; tampoco he querido. Durante años me iba a casa con el runrún del turno en la cabeza.

Nunca he sabido desconectar del todo de la enfermería; tampoco he querido. Durante años me iba a casa con el runrún del turno en la cabeza: nombres, apellidos, diagnósticos, tratamientos, rasgos faciales, datos familiares, la evolución de una patología concreta. La memoria no se apagaba al colgar el uniforme. Y no porque no supiera separarme de mi trabajo, sino porque cuidar, para mí, nunca fue un acto mecánico ni puntual, sino una forma de estar en el mundo.

He vivido la enfermería con pasión y con terquedad. He tenido la suerte de trabajar con compañeros excepcionales, profesionales en los que he creído y con los que no he sentido la necesidad de cuestionar tratamientos desde la desconfianza. Pero también he sido obstinada cuando alguien decía que ya no había nada que hacer. En aquellos momentos, siempre necesitaba remover Roma con Santiago con el apoyo del resto del equipo, buscar alternativas, explorar caminos que aún no se habían recorrido. Casi siempre aparecía un Sancho para mi Quijote, o yo misma me convertía en el Sancho de otra enfermera dispuesta a seguir en camino. Y es que nunca he entendido el cuidado como un trabajo de uno.

Mis compañeras me han animado a conservar mi voz en las traducciones, a no borrarme del todo. Me enseñaron que el traductor no desaparece del texto: se vuelve discreto, pero reconocible.

Con la experiencia, descubrí que esa misma lógica se reproducía en la traducción. Se habla mucho de la soledad del traductor, pero mi experiencia ha sido otra. Siempre ha habido alguien al otro lado de la pantalla para rebotar ideas, para pensar juntas en cómo dar sentido a una frase, para afinar la elección de una palabra. Mis compañeras me han animado a conservar mi voz en las traducciones, a no borrarme del todo. Me enseñaron que el traductor no desaparece del texto: se vuelve discreto, pero reconocible.

Foto del fonendoscopio pediátrico que me ha acompañado durante muchos años y que mi marido mandó grabar con mucho amor, y un montoncito de libros que por diversos motivos son importantes para mi familia y para mí. © Aina Pellicer.

Y, como en la enfermería, la memoria volvió a desempeñar su papel. Recuerdo cada giro que me enseñó algo nuevo, cada expresión que me obligó a pensar más despacio, cada corrección que me hizo crecer. Recuerdo comas señaladas, calcos que se me pasaron por alto, y también esas pequeñas burbujas que aparecen a veces en la revisión con un escueto pero luminoso «me encanta». Las recuerdo igual que recordaba apellidos y medicaciones, no como una lista, sino como los ladrillos de mi profesión.

Con el tiempo he entendido que mimar las palabras no es una cuestión de perfeccionismo, sino de respeto. No hace falta empatizar con la vida o las ideas del autor para traducir bien; basta con empatizar con su deseo de hacer llegar algo, con esa urgencia íntima de transformar un pensamiento en lenguaje y ofrecerlo al otro. Traducir es, en ese sentido, un acto de acompañamiento. Como cuando sujetas la mano de un paciente o como cuando ayudas a alguien a llegar a la cama o a la silla. No eres el protagonista de la escena, pero sin ti el trayecto no se completa. Eres un medio para un fin mucho más grande que tú.

Ese respeto por los matices de una frase siempre me ha recordado a ciertos momentos de la práctica clínica en los que comprendí que una fractura no es solo inmovilidad y dolor.

Ese respeto por los matices de una frase siempre me ha recordado a ciertos momentos de la práctica clínica en los que comprendí que una fractura no es solo inmovilidad y dolor. Es no ver a la familia, no poder ir a trabajar, no llegar solo al baño, no agacharte a saludar a tu perro. Es una constelación de pérdidas pequeñas y grandes que no caben en un diagnóstico. Del mismo modo, un texto nunca es solo información. Arrastra contexto, intención, tono y, a veces, consuelo.

Me dijeron una vez que hay textos más importantes que otros cuando se trata de traducir. No lo tengo tan claro. Así como la percepción del dolor y la enfermedad no es objetiva, tampoco lo es la relevancia de un texto. Hay informes médicos traducidos con precisión que pueden marcar una diferencia decisiva, incluso salvar una vida. Pero no deberíamos olvidar que, cuando alguien se siente solo, hay novelas que regalan aire. Y preservar ese aire, ese espacio de respiro que ofrece un texto, también forma parte de nuestro oficio.

Con los años entendí que a cuidar también había aprendido traduciendo. Traduciendo miradas, gestos, silencios, quejidos.

Traducir, como cuidar, no consiste solo en hacer bien las cosas, sino en comprender qué está realmente en juego. Personas y palabras no son tan distintas. Ambas requieren atención, sensibilidad y una ética que no siempre se ve, pero que sostiene todo lo demás.

Consulta y pictogramas. © Aina Pellicer.

En cierta ocasión, una profesora me explicó que a traducir se aprende traduciendo. Con los años entendí que a cuidar también había aprendido traduciendo. Traduciendo miradas, gestos, silencios, quejidos. Porque, a veces, escuchar atentamente una historia cotidiana aporta más información sobre lo que necesita un paciente que otra pastilla más. En ambos ámbitos, la enfermería y la traducción, he tenido docentes que han cambiado mi forma de ver las cosas y que, sin saberlo, me han ido colocando en el mismo camino.

Todo cuenta. Mirar a los ojos, observar la lengua, notar cómo se apergamina la piel, cómo se cierra una mano. También importa dónde van las comas, por qué esta palabra y no otra, por qué ese conector y no uno distinto. Qué llevó al autor a formular una frase de ese modo. Cómo mostrarle respeto reproduciendo ese gesto en tu propio idioma.

Como enfermera, aprendí a traducir el lenguaje médico para hacerlo comprensible a un paciente; como traductora, no esperaba descubrir que seguiría haciendo exactamente lo mismo cada vez que adapto un texto, cada vez que lo hago habitable para quien lo recibe.

Todavía recuerdo el tacto de la piel de las manos de cada uno de mis pacientes. Dentro de muchos años, recordaré la imagen de las palabras que traduje un día.

¿Es arte, es ciencia o es técnica? Durante mucho tiempo pensé que había que elegir. Ahora sé que es todo eso a la vez y mucho más. Es práctica, escucha y responsabilidad. A todas esas personas que me enseñaron a mirar así y que siguen presentes en mi forma de trabajar, les doy las gracias por haberme enseñado a cuidar palabras como antes cuidaba a mis pacientes: con delicadeza, sentido ético y compromiso.

Todavía recuerdo el tacto de la piel de las manos de cada uno de mis pacientes. Dentro de muchos años, recordaré la imagen de las palabras que traduje un día.

Cuidadora de pacientes y cuidadora de palabras.

Aina Pellicer
Aina Pellicer
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Aina es traductora y enfermera, especializada en traducción médico-sanitaria (informes, dictámenes, historias clínicas, textos heterofuncionales...), aunque también traduce textos literarios. Vive cuidando palabras y pacientes, traduciendo historias y también silencios. Escribe desde la sensibilidad, la curiosidad y la ironía de quien observa el mundo desde un punto distinto del mapa: una mirada marcada por la neurodivergencia y por la experiencia del cuidado como forma de estar en el mundo.

Aina Pellicer
Aina Pellicer
Aina es traductora y enfermera, especializada en traducción médico-sanitaria (informes, dictámenes, historias clínicas, textos heterofuncionales...), aunque también traduce textos literarios. Vive cuidando palabras y pacientes, traduciendo historias y también silencios. Escribe desde la sensibilidad, la curiosidad y la ironía de quien observa el mundo desde un punto distinto del mapa: una mirada marcada por la neurodivergencia y por la experiencia del cuidado como forma de estar en el mundo.
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