
El pasado 30 de diciembre, falleció nuestro socio Antonio Rivas, Gorinkai. Traductor, socio fundador y artífice en gran parte de los estatutos fundacionales, su nombre está para siempre ligado al de Asetrad. Como queremos dar una visión más amplia de su persona, sin limitarnos al punto de vista asociativo, hemos pedido a su amigo Christian Rodríguez que redacte esta semblanza. El autor es el fundador de Insólita Editorial, sello con el que Gorinkai colaboró estrechamente en los últimos años.
Hay noticias que nadie nos prepara para recibir, mensajes que irrumpen en la cotidianeidad del día a día con la contundencia de una pedrada en la boca. El 30 de diciembre de 2025 recibí uno de esos mensajes: un infarto cerebral masivo había puesto fin súbitamente a la vida de Antonio Rivas Gonzálvez mientras se encontraba en Madrid pasando las fiestas con su familia. Tenía sesenta años y su presencia era una constante en el mundillo de la literatura de género y el sector editorial español.
Conocido por todos por el alias de Gorinkai (Gorin para los amigos), un nombre de origen japonés que adoptó en los albores de Internet, Antonio Rivas era un pilar fundamental para el fandom y un humanista que unió la precisión de la física con la pasión por las letras. Pero, sobre todo, era uno de los mejores traductores literarios de este país y un corrector meticuloso (y generoso), cuyo ego se disolvía para que el trabajo de otras personas brillara.
Nacido en Madrid el 4 de enero de 1965, la trayectoria de Gorin fue, desde el comienzo, una encrucijada. Tan aficionado a la lectura como a las ciencias, en un principio optó por estas últimas; se licenció en Física y obtuvo un máster en Sistemas y Redes de Comunicaciones. Había dejado escrito como lema en algún sitio —puede que en alguno de los blogs que todavía hoy siguen online— esa cita de Heinlein de su novela Tiempo para amar que reza:
Heinlein, R. A. Tiempo para amar (Manuel Espín, trad.). Barcelona: Martínez Roca, 1979.
Un ser humano debería ser capaz de cambiar un pañal, planear una invasión, despiezar un cerdo, ensamblar una barca, diseñar un edificio, escribir un soneto, hacer un balance, levantar una pared, expresarse en otro idioma, remendar un hueso roto, confortar a un moribundo, obedecer órdenes, dar órdenes, cooperar, actuar en solitario, resolver ecuaciones, analizar un nuevo problema, esparcir estiércol, manejar un ordenador, cocinar una comida sabrosa, sufrir con entereza, luchar eficientemente. La especialización es para los insectos.
Si alguna vez he conocido a alguien capaz de hacer todo eso y mucho más, ese era él. Después de trabajar de informático durante años, el afán científico, combinado con la afición por la literatura, lo llevó a dar un giro a su trayectoria y a especializarse en la traducción de ciencia ficción. Su formación científica resultó no ser un desvío en su trayectoria vital, sino una herramienta que le proporcionó un rigor inusual para abordar las traducciones.

Muchos lectores han disfrutado de la prosa de Gorin quizá sin saber que era él quien se ocultaba entre bambalinas. Su trabajo brilló con luz propia al traducir y corregir para editoriales como Gigamesh, La Biblioteca de Carfax, La Magnífica e Insólita. Fue el responsable de traducir al castellano obras de autores de la talla de David Gemmel, Harry Harrison (Bill, héroe galáctico), George R. R. Martin, Charles Stross, Lisa Tuttle, Laird Barron y John Brunner. Entre sus trabajos más recientes, a título personal, me gustaría destacar su trabajo con la autora Fonda Lee en la Saga de los Huesos Verdes, originalmente publicada por Insólita. En ella, Gorin no solo volcó su saber hacer como traductor, sino también su profundo conocimiento de las artes marciales, y el resultado fue una simbiosis perfecta entre autora y traductor.
Un mes antes de su fallecimiento, durante el último Festival Sui Generis en Madrid, tuve la suerte de cenar una noche con Gorin y Fonda Lee. Recuerdo a Gorin mostrándole con entusiasmo la cocina local mientras planeaban nuevos proyectos. Para Fonda, él era mucho más que su traductor al español; era un amigo cercano. Al enterarse de su fallecimiento, compartió en sus redes sociales un emotivo mensaje en el que destacaba, por encima de todo, la amistad que los unía:
Mi traductor y amigo, Antonio Rivas, falleció ayer repentinamente. Antonio era mi voz en España. La Saga de los Huesos Verdes no sería lo que es sin él. Antonio no se limitó a traducir mis palabras: conocía mi mente y puso un cuidado y una atención excepcionales en su trabajo. Conectamos a través de nuestro amor por las historias, los animales y las artes marciales. Hace seis semanas estábamos cenando juntos en Madrid y hablando de más proyectos en los que colaborar en el futuro.
La comunidad española de lectores de ciencia ficción y fantasía ha perdido un alma especial. Mis pensamientos están con su familia. Me siento afortunada por haberlo conocido y haber trabajado con él, y lo echaré muchísimo de menos. Gracias de todo corazón, Antonio.
Además de su faceta como traductor, también fue coautor del ensayo Las 100 mejores novelas de ciencia ficción del siglo xx1, una obra de referencia para cualquier estudioso del género en español. En los noventa se erigió también como una figura central en el activismo cultural de la ciencia ficción y la fantasía en España, colaborando en revistas míticas de la época como Gigamesh, Solaris, Stalker y 2001. Además, fue coadministrador de la lista de correo del canal de IRC #cienciaficcion, en la que se daban cita multitud de escritores, traductores y editores del panorama de la cifi en español.

Su compromiso con el oficio lo llevó a ser uno de los socios fundadores de la Asociación Española de Traductores, Correctores e Intérpretes (Asetrad), donde fue, además, uno de los arquitectos principales de sus estatutos. También formó parte activa de la Junta Directiva de la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror (AEFCFT), donde participó seleccionando los cuentos para la antología Visiones del año 2007.
Más allá de sus traducciones y su activismo, el vacío que deja Antonio Rivas es eminentemente humano. En las redes sociales, donde era una presencia constante y acogedora, se lo recuerda por su sentido del humor, su afilado ingenio y su generosidad infinita. Era capaz de dedicar una tarde entera a ayudar a un colega con una duda terminológica o a aconsejar a un amigo acerca de cómo cuidar a su perro.
Sus intereses eran tan eclécticos como su biblioteca: desde el adiestramiento canino y el boxeo al festival de Eurovisión, que cada año comentaba en sus redes sociales («La especialización es para los insectos», recordemos). Fue, en palabras de quienes inundaron las redes sociales con un espontáneo homenaje al conocerse la trágica noticia, la persona que siempre daba la bienvenida a los recién llegados al mundo del fantástico, ofreciendo siempre el rostro más amable y empático de la profesión. Desde luego, ese es el rostro que yo siempre le conocí.
Gorin se ha marchado demasiado pronto, dejándonos huérfanos de muchas páginas que quedarán ahora sin escribir y en posesión de algunos archivos de correcciones que guardaremos como un tesoro. Se ha ido un friki que llevó siempre este apelativo con orgullo y que nos enseñó que, detrás de cada historia que tradujo, había un hombre que no solo entendía el significado de las palabras, sino también el alma de quien las había escrito.
1 Varios autores. Las 100 mejores novelas de ciencia ficción del siglo xx. La Factoría de Ideas, 2001.

Christian Rodríguez
Después de trabajar en grandes sellos y en editoriales independientes, Christian Rodríguez decidió apostar fuerte y embarcarse en un proyecto propio. De esa experiencia y su pasión por la literatura de género, nace Insólita Editorial.

