La Linterna del Traductor
Traducción editorial: Reseñas

Un presidente demócrata en apuros

Isabel Hoyos Seijo
Isabel Hoyos Seijo
Isabel Hoyos Seijo es traductora autónoma desde 1990, a caballo entre la traducción técnica y la editorial. Dedica buena parte de su [cada vez más escaso] tiempo libre a su labor en esta publicación y a leer todo lo que cae en sus manos, aunque reconoce que tiene debilidad por la novela negra y la ciencia ficción.

Siempre he tenido fama de abogada de causas pobres y reconozco que siento un placer perverso, casi morboso, al imaginar que más de uno, al ver qué libro es objeto de esta reseña, habrá bufado con desdén y pensado que es un libro para gran consumo, producto del marketing, que posiblemente esconde un panfleto sobre los estadounidenses como guardianes de Occidente, etc., etc. Y no se equivocaría: el libro es todo eso. Pero ojo, porque es un panfleto de gran consumo y un producto de marketing bastante bien hecho y que consigue su finalidad de forma eficiente. Si además ese panfleto de gran consumo en el que el héroe es un presidente de los Estados Unidos lo han escrito mano a mano un autor avezado en las tramas de suspense y un expresidente de los EE. UU., uno se pregunta si no contendrá algo digno de leerse. En mi opinión, así es, y al parecer hay quien comparte mi criterio (por ejemplo, Anthony Lane, de The New Yorker). Por supuesto, quien quiera encontrar críticas atroces e incluso divertidas sobre este libro no tiene más que buscar un poco en Google.

El presidente ha desaparecido

Título: El presidente ha desaparecido
Autores: James Patterson y William Jefferson Clinton
Título original:
The President is Missing (2018)
Traducción de: Pilar de la Peña Minguell, María José Díez Pérez y Julio Hermoso
Barcelona, Editorial Planeta, 2018

Una buena edición y una honrosa traducción a seis manos

En España, el libro salió en cartoné, mientras que en Argentina se imprimió y publicó una edición de tapa blanda, que es la que tengo entre manos. La edición y la tipografía en especial están bastante cuidadas, lo que hace la lectura agradable y cómoda también en papel, aunque para llevarlo de viaje, recomiendo el formato electrónico, porque no es precisamente un libro de bolsillo. No he encontrado erratas, y si había alguna, era tan insignificante que no le he dado importancia.

Para la impecable traducción a seis manos —las prisas editoriales mandan— se reunió a tres traductores con amplia experiencia: Pilar de la Peña Minguell, María José Díez Pérez y Julio Hermoso. Con Pilar de la Peña hemos hablado largo y tendido en la entrevista que encontraréis al final de este artículo. María José Díez Pérez traduce del inglés y el alemán y cuenta en su historial con títulos como El código Da Vinci y El símbolo perdido (Dan Brown); Mi vida en África (Stefanie Zweig); La camarera (Markus Orths); Blackwing (Ed McDonald) o 28 días (David Safier). Por su parte, Julio Hermoso traduce novela, ensayo, infantil, juvenil... Algunos de sus títulos: El cuarto mono (J. D. Barker); El Gran Gigante Bonachón (Roal Dahl); El fuerte de las nueve torres (Qais Akbar Omar); Una historia de las imágenes (David Hockney y Martin Gayford); El pequeño vampiro (Angela Sommer-Bodenburg).

El resultado de la traducción es coherente, no hay estilos distintos que chirríen y se nota que ha habido por detrás una labor de corrección que ha homogeneizado las posibles diferencias.

El resultado de la traducción es coherente, no hay estilos distintos que chirríen y se nota que ha habido por detrás una labor de corrección que ha homogeneizado las posibles diferencias. El lenguaje es preciso cuando toca narrar aspectos técnicos, ágil en las escenas de acción y fresco cuando es necesario (sublime ese «A veces, todas las opciones son una mierda, y tengo que elegir la menos mierdosa de todas»). Un aplauso para los tres colegas que son los verdaderos héroes de este libro.

Primero, unos datos sobre los autores

A James Patterson (1947) se lo conoce por la gran cantidad de libros que ha publicado —poco menos de doscientos, si contamos los libros para jóvenes y niños—, entre los que destacan las novelas de suspense. Nunca ganará un premio Nobel, pero ya desde sus comienzos con el «thriller religioso» Virgin (1980, reeditada en el 2000 como Craddle and All) demostraba tener olfato para saber qué funciona y mantiene en vilo al lector. Tal vez su serie de novelas más celebrada es la que protagoniza el psicólogo forense Alex Cross (para los cinéfilos: encarnado en dos ocasiones por Morgan Freeman). Ha fundado, además, una editorial de libros infantiles (Jimmy Patterson) cuya finalidad es fomentar la lectura entre los niños.

Patterson también es conocido porque no hace ascos a escribir los libros «a cuatro manos». Bill Clinton es uno más de los muchos coautores que han trabajado con él, solo que, curiosamente, quienes susurran malévolamente que en sus demás novelas coescritas Patterson solo ha puesto el nombre son los mismos que deslizan la sospecha de que, en este caso, es Clinton quien se ha limitado a figurar en los créditos. Qué conveniente, pero no creo que sea tan acertado. ¿Para qué un animal político va a poner su nombre y su prestigio al servicio de algo tan trivial como una novela de suspense? Una posible contestación: tal vez, para explayarse y transmitir su mensaje o para exorcizar sus demonios interiores.

Clinton ha escrito cinco libros de no ficción, alguno de los cuales llegó a las listas de los más vendidos.

William Jefferson «Bill» Clinton (1946) fue presidente de los EE. UU. entre los años 1993 y 2001; antes de eso, fue gobernador de Arkansas (períodos 1979-1981 y 1983-1992). Lo que muchos no saben es que, aparte del que nos ocupa, Clinton ha escrito cinco libros de no ficción, alguno de los cuales llegó a las listas de los más vendidos (Mi vida, 2004, traducción de Claudia Casanova Pannon). No puedo opinar de primera mano sobre la calidad de esos textos, pero, aparentemente, le gusta escribir y se entrega a la causa con seriedad y fervor. Tampoco voy a entrar en valorar su carrera política, pero recordemos que desde 1979 hasta el 2001 ocupó dos cargos de máxima importancia y que durante ocho años fue el hombre más poderoso y conocido de este planeta (sin contar a Maradona). No olvidemos tampoco que su mujer (¡sí!, ¡voy a calificar a un hombre por ser «el marido de»!), Hillary Rodham Clinton, es una brillante política y mujer de estado que no se limitó a hacer de florero durante la presidencia de su marido, fue candidata a la presidencia de su nación hace un par de años y sigue dedicándose activamente a la política. De hecho, en el libro hay palabras de agradecimiento para ella, bastante reveladoras y que parecen indicar que su participación en la preparación del libro ha sido algo más que anecdótica:

«A Hillary Clinton, que ha convivido con esta amenaza y se ha enfrentado a ella y a las consecuencias de las advertencias desoídas, por su incesante apoyo y su empeño en que se ajustara a la realidad».

Agradecimiento de El presidente ha desaparecido.

La trama

Si te gusta la lectura ligera y entretenida y no esperas una joya literaria, sino algo palomitero, este es tu libro.

El argumento es el típico de cualquier thriller de este tipo: una amenaza terrorista se cierne sobre los Estados Unidos. Su presidente, Jon Duncan, que ya tiene bastante con enfrentarse a las intrigas palaciegas, a su posible proceso de destitución o impeachment y a sus propios problemas personales y de salud, se ve envuelto directamente en el asunto, pero esta vez no hay un Jack Ryan (La caza del Octubre Rojo) ni una Carrie Mathison (Homeland) en quien delegar la responsabilidad para que todo salga bien. Duncan, héroe de la guerra del Golfo, tiene que asumir el papel de salvapatrias. Mientras, una asesina profesional un tanto estrambótica —las peores críticas al libro vienen por ese lado— se prepara para cumplir el que espera que sea su último contrato. La amenaza terrorista puede dejar en jaque a todo el país, el reloj avanza inexorable, y Duncan sospecha que alguien de su círculo más íntimo le está —como decimos vulgarmente— haciendo la cama. ¿Logrará detener la amenaza, aunque sea a costa de tomar una decisión difícil? ¿Quién es el objetivo de la asesina? ¿Quién es el topo y a qué intereses sirven los terroristas? Si te gusta la lectura ligera y entretenida y no esperas una joya literaria, sino algo palomitero, este es tu libro. Solo que, en vez de tener que suspender la incredulidad para tragarte las sectas religiosas, los misterios arcanos y los mil artilugios similares que utiliza Dan Brown, en este caso todo es creíble. Muy llevado a sus últimas consecuencias y muy armagedónico (no lo busquéis, me lo acabo de inventar), pero plausible y, sobre todo, realizable. Imagino que ahí fue donde entró en juego el criterio de Hillary Clinton.

El subconsciente es un chivato

En efecto, a pesar de que el equipo de Duncan es predominantemente femenino, no hay ninguna Sra. Duncan dando vueltas ni haciéndole sombra en política.

Dos voces nos narran la historia: por un lado, la de Jon Duncan, y por otro, la de un observador omnisciente que narra los hechos siempre que son relativos a terceros. A través de la voz en primera persona conocemos los pensamientos de Duncan, protagonista absoluto de la historia, un alter ego de Bill Clinton que parece hacer bueno el refrán «Dime de qué presumes y te diré de qué careces». A las pruebas me remito: el presidente de ficción es un antiguo ranger del Ejército de los Estados Unidos y exveterano de la guerra del Golfo, mientras que Bill Clinton participó en las protestas contra la guerra de Vietnam e hizo todo lo posible para que no lo reclutaran (y lo consiguió). En la era del presidente Clinton, esa negativa a participar en la guerra de Vietnam pudo ser un punto a su favor, pero eso fue antes del 11-S... Y ya sabemos cómo han cambiado las cosas. A Clinton se lo acusó de «tibio» en sus decisiones de política internacional, mientras que Duncan toma decisiones difíciles y rompe relaciones con países enteros, como si fuera lo más natural del mundo. Otro detalle curioso es que el presidente Duncan está —convenientemente, diría yo— viudo. En efecto, a pesar de que el equipo de Duncan es predominantemente femenino, no hay ninguna Sra. Duncan dando vueltas ni haciéndole sombra en política, como tampoco hay un solo atisbo de coqueteo o frivolidad en todo el libro. Duncan es un devoto padre y fiel esposo viudo, un hombre inteligente y valiente que se dedica en cuerpo y alma a proteger a su país y que pena por la ausencia de su esposa. Las diferencias de personalidad entre ambos líderes, real y de ficción, son patentes y parecen cuidadosamente medidas para distanciar al personaje del autor.

Según quienes lo conocen, Clinton es un hombre de gran personalidad, magnético, amante de las artes, sensible, con un intelecto brillante y la capacidad de seducir, en persona, a sus interlocutores, aunque no estén de acuerdo con él. También fue un hombre capaz de cometer una estupidez tan grande que prácticamente terminó con su carrera política, y tendrán que pasar muchos años para que la historia lo juzgue por su labor como presidente y no por aquel desliz. Duncan, por su parte, es ante todo un hombre de acción que se rodea de asesores y que se deja aconsejar. Es un patriota apasionado que conoce los entresijos de la política mundial y que es capaz de dar su vida por su país y no se permite arrebatos hormonales que pongan en riesgo a la nación, pero sus reacciones son firmes e irrevocables. Aunque, tal vez, la diferencia más grande entre Duncan y Clinton sea la más obvia, pero también la más importante: el primero es presidente en activo y puede hacer realidad la política que desea hacer, mientras que el segundo ya no tiene la sartén por el mango y, además, se ve obligado a ser testigo de la era Trump y a ser «el marido de», y no solo en esta reseña. Malos tiempos para los demócratas (y que cada uno entienda eso como prefiera).

El verdadero interés del libro

La narración en primera persona da pie a que el presidente de ficción refleje lo que piensa en cada momento, y no hace falta ser muy listo para ver detrás los pensamientos del propio Clinton.

Para mí, el interés del libro no reside en la trama, a pesar de que es un buen entretenimiento; al menos, obtuve aquello por lo que pagué —un libro entretenido, una edición agradable, una traducción bien hecha—, lo que ya es mucho decir actualmente. El verdadero interés radica en que un expresidente de los EE. UU. nos deja entrever, por ejemplo, cómo funciona el día a día con sus asesores, cómo se preparan las comparecencias, cuál es la relación con las personas que lo custodian, hasta dónde llega su poder (que llega muy lejos, por si alguien lo dudaba) y cómo se toman ciertas decisiones internacionales. Todo eso lo hemos visto reflejado en series y películas, y es cierto que aquí no se dice nada especialmente nuevo, pero nunca nos lo habían contado de primera mano. La diferencia está en que la narración en primera persona da pie a que el presidente de ficción refleje lo que piensa en cada momento, y no hace falta ser muy listo para ver detrás los pensamientos del propio Clinton. Especialmente esclarecedoras son una escena inicial en la que se somete a un interrogatorio y la escena del discurso final, en la que se dirige a la Cámara de Representantes para hacerles un resumen de todo lo que ha sucedido (imagino que por si alguien se ha perdido) y, aprovechando la coyuntura, hace toda una declaración de intenciones. Ese discurso ficticio es, en realidad, el alegato político de un presidente del Partido Demócrata en el que repasa brevemente su postura —asumimos que afín a la de su partido— en varios temas de política nacional e internacional (drogas, inmigración, cambio climático, control de armas...) y en el que dice frases como la que cito en el recuadro. Y solo por eso, tan distinto del discurso que actualmente nos llega desde los círculos políticos de EE. UU., ya merece la pena leerlo con una cierta simpatía.

«Podríamos lograr una verdadera reforma de la inmigración, con una mejor seguridad en las fronteras pero sin cerrarlas ante los que vienen buscando la seguridad o un futuro mejor para ellos y para sus familias».

Alegato final de Jon Duncan en El presidente ha desaparecido

Pero ¿por qué arriesgarse a un fiasco?

Un libro ligero y de ficción coescrito con una máquina de hacer best sellers como Patterson le da la posibilidad de llegar a una variedad mucho mayor de público.

Ahora pensemos por un momento en la ventaja publicitaria del libro, y no para Patterson que, para bien o para mal, vende todo lo que publica (no olvidemos que hacia finales de junio el libro llevaba ya vendidos unos 400 000 ejemplares, solo en EE. UU.). Como preguntaba antes, ¿con qué motivo iba Clinton a arriesgarse a poner en entredicho su prestigio y su nombre, si no fuera para conseguir una ventaja competitiva? Clinton ha publicado ya otros libros en los que ha podido explayarse y hablar sobre su vida, su concepción de la política y sus ideas de lo que desea para el país. Incluso ha intentado reivindicar su imagen, tan lesionada para algunos votantes después del affaire Lewinsky, al contar que durante dos meses tuvo que dormir en el sofá presidencial porque su mujer lo echó de la cama. Pero ¿quién compra los libros biográficos o de ensayo de un presidente o expresidente demócrata? Aparte de los críticos que lo leen para ver si pueden despellejarlo vivo, los afines al pensamiento demócrata o las personas interesadas en la política, obviamente. Mientras que un libro ligero y de ficción coescrito con una máquina de hacer best sellers como Patterson, algo sin pretensiones más que de entretener, le da la posibilidad de llegar a una variedad mucho mayor de público, a esa ingente masa de votantes que, sin necesidad de ser republicanos, en un momento de disgusto y cabreo votaron masivamente por Trump. Esos lectores, mientras siguen las andanzas de Duncan, se encuentran con mensajes subliminales —bueno, a veces no tan subliminales— y con un presidente heroico que hace las veces de padre de todos. Esa es, en mi humilde opinión, la verdadera utilidad del libro y lo que lo reivindica y hace que su lectura sea interesante, a pesar de que nunca ganará un premio literario. Ni falta que le hace.

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