8 julio 2026
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José Martínez de Sousa, una autoridad en su contexto

Como no podía ser de otra manera, en los días posteriores al fallecimiento de nuestro querido maestro y socio de honor, José Martínez de Sousa, fueron muchas las semblanzas, obituarios y manifestaciones de cariño y reconocimiento que se le dedicaron en diferentes medios.

Esta revista, y en especial esta sección, quería continuar con esta corriente de admiración y homenaje, y qué mejor modo que visitar en estas páginas su obra. Antonio Martín nos trae un valioso —e imprescindible— resumen de los manuales de Sousa, esos que se convirtieron en el canon de un oficio gracias a que su autor, valiente, sabio y meticuloso, se puso palabras a la obra para dejarnos el legado de «un puerto seguro al que acudir en medio de nuestras tormentas de dudas». Gracias.

Unas palabras sobre la autoridad

Lejos de ser un reproche, lo resalto nada más empezar por la necesidad de que la obra de Sousa deberá tener quien la mantenga, amplíe y actualice.

La obra de Martínez de Sousa mantiene su vigencia hoy en día. No cabe duda de que los libros de esta categoría, por los temas que tratan, necesitan actualizarse para afrontar nuevos retos, nuevos conceptos, procesos y materiales. Ya le ocurrió al Diccionario de uso del español, de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos, en el que, nada más aparecer en el año 1999, no constaba la palabra «euro», pero sí «ecu». Lejos de ser un reproche, lo resalto nada más empezar por la necesidad de que la obra de Sousa deberá tener quien la mantenga, amplíe y actualice. Así ese otro gran diccionario, el de María Moliner, se desvirtuó al actualizarse cuando se saltaron su peculiar orden de las entradas. Del mismo modo, la obra de Sousa permanece en papel, pero necesitamos su consulta digital: el diccionario de Seco y compañía se mantiene, en abierto, en los servidores de la Fundación BBVA, mientras que el María Moliner es presa de la leyenda y solo puede consultarse en línea en un servidor ruso o de forma digital en su antigua versión en CD-ROM.

Pero vuelvo: la obra de Sousa mantiene su vigencia. Sigue siendo la referencia de quienes trabajamos con el texto, ya sea para traducir, corregir, componer o editarlo.

Ser una referencia en el ámbito de las Humanidades sigue debiéndose al papel de la autoridad y la tradición. Ha habido propuestas de racionalizar los usos propuestos en los libros y manuales de estilo basándonos en criterios contrastables —datos—, pero el peso de la autoridad y la tradición barren con fuerza cualquier propuesta de cambio. De ese modo, no me cabe otra opción que ser realista y confirmar que quienes se siguen erigiendo como la autoridad de referencia —para la inmensa mayoría de la población hispanohablante— son la RAE y la ASALE.

Sousa era la otra autoridad, como lo fue Roberto Zabala en México, y lo siguen siendo Jorge de Buen o Alicia Zorrilla y Nuria Gómez Belart en Argentina.

Sin embargo, entre los profesionales, no cabe duda de que la obra de Sousa sigue viva, tanto por su autoridad y su criterio, como por su conocimiento vivido en las distintas evoluciones del mundo editorial: Sousa era la tradición en persona. Fue, es y será una referencia porque demostraba que sus soluciones eran mejores que las de otras obras consultadas, al menos en la edición española; Sousa era la otra autoridad, como lo fue Roberto Zabala en México, y lo siguen siendo Jorge de Buen o Alicia Zorrilla y Nuria Gómez Belart en Argentina.

Primer plano de José Martínez de Sousa.
José Martínez de Sousa (fotografía de Xosé Castro).

Fuera de nuestro entorno profesional, citar a Sousa, a De Buen o incluso a Seco —quien sí era académico— poco vale cuando la única institución que se conoce es la RAE —ni tan siquiera la ASALE—. Hasta la Fundéu fue autoridad mientras mantuvo su propio criterio, antes de ser absorbida o canibalizada por la RAE.

¿Cuánto puede durar este modelo de autoridades? La nuevas academias de la lengua —como las llama Xosé Castro— imponen otros criterios más generalistas, menos precisos en el detalle de la ortotipografía. Google y su SEO —con sus herramientas, como Ngram Viewer o Trends— o las normas de accesibilidad, dictan cómo debe ser un texto en la web para que se lo vea y localice, por lo que sus normas tienen mucho más peso que las de las Academias. Las IA, que ya prescinden del SEO, están trayendo sus propias normas, que empiezan a permear: puede que sea el texto marcado la nueva y simple normativa de edición.

Así pues, en este entorno de transformación, nos queda la obra de Pepe, sus consejos y su autoridad, como puerto seguro al que acudir en medio de nuestras tormentas de dudas.

El Diccionario de tipografía y del libro

Si hubiera un museo de la tipografía y la edición (que podría asumir alguno de los de la imprenta y artes gráficas) veríamos el nombre de Sousa después de los de Juan Caramuel, Alonso Paredes, Joseph Blasi, Juan Sigüenza, José Palacios, Francisco Serra, Antonio Serra, José Famades, José Giráldez, Rafael Jover, Francisco Bollo, Juan Morato, Manuel Pich, Álvaro Fernández, Miguel Lozano, José Ara, Luis Ancinas, Francisco Fábregues, José Saavedra, Celestino Herrero, Pelegrín Melús, Francisco Millá, Fernando Huarte, José Camps y Vicente Martínez. La diferencia es que, aunque Sousa sigue esta tradición, la amplía casi creando tantas obras como autores tiene esta lista.

En 1974 apareció su primera obra: Diccionario de tipografía y del libro. Puso su pica en Flandes.

En 1974 apareció su primera obra: Diccionario de tipografía y del libro. Puso su pica en Flandes. No había otros referentes más que las obras, ya anticuadas, de los autores citados. Tampoco hubo discusión: se convirtió en la autoridad de referencia porque su experiencia era imbatible frente a cualquier otro argumento. Por otra parte, por aquel entonces, las Academias estaban muy lejos de preocuparse por estas cuestiones más cercanas a la imprenta —con el ruido de las máquinas y el olor a tinta— que al lenguaje.

Este primer libro vertebra toda su obra: sus definiciones crean escuela. En el despegue y expansión de la edición española entre los ochenta y noventa, sus palabras se incorporan al trabajo cotidiano de quienes van entrando en esta industria creciente. Es entonces cuando Sousa se vislumbra como autoridad. Pero su obra no había hecho más que empezar: irá publicando una docena de libros en Anaya, Biblograf, Bruguera, en la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, Labor, Paraninfo, Pirámide, Visor, hasta que en 1999 ficha por la editorial Trea. Es en Trea donde lo acogen y centra sus publicaciones, unificándolas y reeditándolas, con la idea de seguir publicando también nuevos títulos. Trea fue sin duda el caldo de cultivo necesario para que arraigara y se difundiera aún más el conocimiento de Sousa.

El canon de la edición de Sousa

Mi primer editor me encauzó como un pastor a una oveja desmandada: «Déjate de Chomsky y usa más el boli rojo».

Yo era un medio filólogo a mediados de los noventa, uno de esos «que saben poner bien las cosas en español», cuando preguntaban. Gracias a mi hermana, conseguí mi primer encargo de corrección de un texto de economía cuando aún estaba en la carrera. Como todos mis compañeros, era cinturón negro en gramática. Pensaba que para solucionar un error podía contrastar la gramática funcional con la generativa con disertaciones académicas dignas de un sobresaliente… pero mi primer editor me encauzó como un pastor a una oveja desmandada: «Déjate de Chomsky y usa más el boli rojo». Mi segundo editor, mi mentor, Rafael Díaz Santander, de la editorial Valdemar, es quien recondujo mi pasión por el libro y la corrección: si quería ser corrector, tenía que aprender a ser corrector, algo que podía hacer bajo su tutela a base de prueba y error, porque, obviamente, no había un curso de Cálamo al que apuntarme por aquel entonces. Por eso, vendí unos cuantos de los libros de mi estantería para conseguir una joya que acababa de aparecer en la vitrina de la librería de la Facultad de Filología de la Complutense: el Manual de edición y autoedición de un tal José Martínez de Sousa.

El Diccionario de ortografía de la lengua española y el Manual de estilo de la lengua española de José Martínez de Sousa sobre una mesa.
Foto de A. Cuadrado – AH Tríada.

El de Sousa no era la Biblia, pero casi. Explicaba cómo se hace un libro y quiénes participan, sus divisiones, cómo catalogar las fuentes, la composición… todo lo que no habíamos visto en una carrera dedicada a los libros. E incluso tenía las marcas de corrección.

Este libro marcó un antes y un después. Igual que lo fue para mí, no cabe duda de que lo fue para miles de personas como yo, que buscábamos orientación cuando íbamos poniendo rumbo al mundo de la edición sin unas directrices muy claras.

Sousa estableció un canon del proceso de edición. Lógico, limpio y sencillo. Este canon era la piedra de toque del mundo editorial, que necesitaba con urgencia estas obras.

Sousa estableció un canon del proceso de edición. Lógico, limpio y sencillo. Este canon era la piedra de toque del mundo editorial, que necesitaba con urgencia estas obras. De hecho, ese mismo año, en 1994, se reeditaba otro libro crucial ya publicado en 1972, de Alfonso Mangada, que estaría en toda estantería de un editor que se preciara: Cálculo editorial.

Muchos años después, alrededor del 2000, gracias a este canon, descubrí con asombro y espanto la realidad de nuestro sector.

Un canon para tres revoluciones

En los primerísimos años 2000 (…) los grandes grupos se forjaron y se consolidó una industria floreciente en la que o te adaptabas o caías en la precariedad.

En los primerísimos años 2000 ya se estaban notando los efectos secundarios de varias revoluciones que agitaban al sector del libro: por una parte, la edición digital, que venía a simplificar los procesos de redacción y composición: los programas de ofimática (Office) y los Ventura, QuarkXPress y cosas que venían de Adobe: Photoshop y algo llamado InDesign, que se miraba de reojo. Por otra parte, internet no iba a ser una moda pasajera: las webs, el envío y almacenamiento de información digital, el mail y el FTP reducían tiempos y costes. Mientras, otra revolución silenciosa se implantaba: lo contaba Jason Epstein en uno de los mejores libros del sector con el título más soso y desmotivador de la historia, La industria editorial. En él narraba cómo el poder de decisión en las editoriales pasó de los editores a los departamentos de marketing: se intensificó la producción no sostenible. Los grandes grupos se forjaron y se consolidó una industria floreciente en la que o te adaptabas o caías en la precariedad.

Seguir a Sousa era y es mejor, más sencillo y menos costoso.

Esa nueva maquinaria industrial requería nuevos profesionales dispuestos a seguir este nuevo modelo. Por eso, por la parte que me tocaba, decidí organizar un curso para formar editores que supieran dar respuesta a este reto. Con el objetivo de ajustarlo a la realidad del mercado y ser mucho más práctico, consulté a veinte editores de confianza para saber cuál era su proceso de edición en aquel momento y qué esperaban que supiera hacer quien se incorporara a su plantilla. Recuerdo que a esas entrevistas siempre llevaba una copia del esquema del canon del proceso editorial de Sousa. Y la respuesta común fue —y sigue siendo, veintiséis años después—: «Bueno, es que aquí hacemos las cosas de otra manera», como se puede comprobar en el informe Panorama de los perfiles profesionales de la edición. Sousa racionalizó el sistema, pero la ausencia de una formación común en la edición y unos criterios fijos sobre preedición, producción y postproducción, dejaron que esa «otra manera» evolucionara por caminos insospechados nada deseables, insostenibles y costosos, una «manera» que se alimenta sin fin de la vocación y pasión de sus profesionales. Seguir a Sousa era y es mejor, más sencillo y menos costoso.

Dudas

El DEU también lanzaba con regularidad actualizaciones de su Manual de español urgente, con las soluciones de las dudas más complejas de los periodistas, como neologismos y transliteraciones.

Unos años antes del 2000, en 1996, surgió la lista de correo Apuntes, capitaneada por Alberto Gómez Font, otra de las autoridades de referencia, miembro destacado del equipo de filólogos del Departamento de Español Urgente (DEU) de la Agencia EFE (luego Fundéu). En ese espacio podías encontrarte con un surtido de nombres que correspondían con los de los autores de los libros y artículos que rondaban por la mesa y estanterías. No puedo enumerarlos a todos, pero estaban los propios miembros de la Fundéu, las mentes más brillantes de la traducción —Xosé Castro—, el lenguaje —Leonardo Gómez Torrego—, la edición y la tipografía —Jorge de Buen—, diversos miembros numerarios de las academias de la lengua del mundo hispanohablante —porque la visión panamericana de nuestra lengua era esencial—, y, por supuesto, José Martínez de Sousa. Ese mismo año acababa de lanzar su Diccionario de dudas, al estilo del que Manuel Seco ya había lanzado en 1961. Ante la necesidad de resolver dudas para tener un idioma más sólido y común, el DEU también lanzaba con regularidad actualizaciones de su Manual de español urgente, con las soluciones de las dudas más complejas de los periodistas, como neologismos y transliteraciones.

Libros de José Martínez de Sousa entre el Diccionario de María Moliner y el Diccionario ideológico de Casares.
Foto de A. Cuadrado – AH Tríada.

Resolver dudas en aquel foro con semejante grupo de especialistas era un lujo. Los debates sobre algunos de los puntos tratados podrían editarse ahora como ejercicios de argumentación, pros y contras, con apoyos de distintas autoridades… y datos.

El Diccionario panhispánico de dudas de la RAE no aparecería hasta el 2005, por lo que consultar a Seco, Apuntes o a Sousa era el mejor método por aquel entonces para tener certezas. La lista Apuntes repercutió en la difusión del trabajo de Sousa entre todos los especialistas, no solo por sus consejos sino porque el hecho de que un autor respondiera en persona era algo inaudito hasta el momento. Uno podía consultar, por ejemplo, las páginas del manual de Melús y Millá, ¡pero nunca te responderían en persona —ni con ouija—!, y menos con el genio y figura de Sousa, quien rápidamente, tras conocerlo, te pedía que lo llamaras Pepe, que lo bajaras del pedestal. Para muchos fue la primera vez que podían hablar —y bromear— con una autoridad.

Descubrimos lo que era vox populi: que podías no estar de acuerdo con todas las normas de la RAE, como lo habían demostrado mucho antes otras personalidades —académicas o no—.

En ese espacio descubrimos lo que era vox populi: que podías no estar de acuerdo con todas las normas de la RAE, como lo habían demostrado mucho antes otras personalidades —académicas o no—. Y el Diccionario de dudas de Pepe estaba repleto de estas críticas y matizaciones. Si bien proporcionaban cierto regodeo, en otras ocasiones entorpecían la búsqueda eficaz de una respuesta. Precisamente en 1999 la RAE lanzó su reforma de la ortografía más polémica —güisqui, sangüis, cederrón…— que fue discutida, comentada y criticada a fondo en este foro y otro: el del Centro Virtual del Instituto Cervantes. En esos momentos también tuvimos la oportunidad de descubrir al Pepe articulista y epistolar, que expuso los aciertos pero, sobre todo, los errores de la Academia.

Pero de lo que no cabe duda es de que la RAE lo escuchaba y lo veía todo bajo su radar. Una cosa era hablar de tipografía, otra entrar en el terreno del lenguaje y cuestionar su autoridad.

Quizá la principal contradicción para quien se erige en autoridad en estos años es seguir ignorando el criterio científico —los datos—.

También cabe decir que esto que llamamos genéricamente «RAE» es un conjunto de personas que conforman esa organización, quienes no siguen el criterio único de sus normas tal y como demuestran en público y en sus propias obras —como fue el caso ejemplar de Manuel Seco—. Quizá la principal contradicción para quien se erige en autoridad en estos años es seguir ignorando el criterio científico —los datos— para argumentar y demostrar lo que no basta con la tradición y un edificio notable.

Un Manual de estilo para gobernarlos a todos

En ese contexto de cambio, interconexiones y de revolución digital, Pepe publicó en el año 2000 el Manual de estilo de la lengua española, el MELE. Cinco años antes, en 1995 se había lanzado el Manual d’estil, de Josep M. Mestres i Serra e Isidor Marí, publicado por la Associació de Mestres Rosa Sensat: el libro de referencia para publicaciones en catalán, que Pepe sin duda tuvo en mente cuando se enfrentó al MELE, nutriéndolo de sus anteriores obras.

El MELE de Pepe no era un libro de estilo, sino un manual, un detalle en el que él siempre insistió.

Hay que tener en cuenta que, durante décadas, el libro de consulta esencial había sido el Libro de estilo de El País, que se utilizaba para reinterpretar cualquier duda, pero cuyas normas se centran en una publicación, como pasa con el Chicago en el mundo estadounidense. Para añadir más detalles a este contexto, recordemos que el Libro de estilo de la RAE no apareció hasta 2018, por lo que dispuso de dieciocho años para asentarse como la principal autoridad y convertirse en la referencia esencial. Precisamente el MELE de Pepe no era un libro de estilo, sino un manual, un detalle en el que él siempre insistió. No se centraba en una publicación, sino en el castellano usado en España, con su ortografía, tipografía y ortotipografía. No tardó en propagarse por otros países hispanohablantes.

La tercera edición del Manual de estilo de la lengua española (MELE 3) en un atril de madera.
Foto de A. Cuadrado – AH Tríada.

El MELE ya ha alcanzado sus cinco ediciones, ampliadas, mejoradas, siempre adaptándose a los nuevos retos. Es el manual esencial que debe estar en la mesa de quienes se dedican de verdad al libro, la edición, la traducción, la corrección y la redacción profesional. Es el libro donde siempre hay respuesta para todo… o eso pensábamos, hasta que llegó su siguiente libro.

Intermedio: «Los anglicismos ortotipográficos en la traducción»

En este artículo alertaba de la expansión de usos anglosajones en nuestra ortotipografía, usos que no aportaban nada útil ni nuevo que no tuviéramos ya en los nuestros.

Este artículo, publicado en la revista Panace@ en marzo del 2003 fue un regalo a los traductores de inglés, que bien interpretado servía de aviso de navegantes para quienes traducían de otros idiomas, para que fueran conscientes de que también debían adaptar la ortotipografía de esos idiomas a la nuestra. En este artículo alertaba de la expansión de usos anglosajones en nuestra ortotipografía, usos que no aportaban nada útil ni nuevo que no tuviéramos ya en los nuestros. Visto desde la distancia, no quiero pensar que es una batalla perdida, pero Word —su falta de adaptación— ha hecho su trabajo: es realmente costoso demostrar que podemos seguir usando comillas latinas —como el Word de los francófonos— o el espacio de no separación entre cifras y el signo que lo sigue.

¿Qué es [~] y para qué sirve?: Ortografía y ortotipografía del español actual

La IA llega al texto marcado y ya. El libro de Sousa llega mucho más allá. Es nuestro vademécum, nuestro salvavidas, nuestro seguro de vida profesional.

Hasta 2004 nos apoyábamos en su anterior Diccionario de tipografía y del libro para consultar la mayoría de los usos, que debíamos complementar con el MELE. También podíamos recurrir al libro Ortotipografia, publicado en 1995, de Joan Solà y Josep Maria Pujol. La publicación de la OOTEA supuso el trabajo más exhaustivo de la ortografía —la usual y la técnica— y todos los elementos gráficos que componen la ortotipografía. Es difícil encontrar un caso que no se resuelva en este libro. Sería exagerado compararlo con una catedral, primero porque es una excesiva devoción para quien no le gustaban los pedestales y segundo porque, como me dijo una vez, esta obra era más parecida a una ferretería gigantesca donde quien la ha organizado conoce no solo el nombre de cualquier tornillo de cualquier medida y anchura, sino cómo usarlo, cuándo sí y cuándo no. ¿Elzevirianos? ¿Partición de fórmulas químicas? ¿Cómo se usan los filetes en los cuadros? ¿Cuántas clases de párrafos crees que existen en español? ¿Y esa pesadilla de combinaciones de signos dobles con recursos diacríticos? TODO. Para que alguien recién llegado a la edición comprendiera su magnitud, podríamos decirle que no hay modo de convencer ni enseñar a ninguna IA todo este saber, porque la IA no alcanza el control de la ortotipografía —por el momento— ni podría solventar casos más complejos basados en contextos. La IA llega al texto marcado y ya. El libro de Sousa llega mucho más allá. Es nuestro vademécum, nuestro salvavidas, nuestro seguro de vida profesional.

Un autor mayúsculo minusculista

Mientras tanto, en 2003, llegó la tercera ocasión en que la Academia le propuso a Pepe ser nombrado académico correspondiente en Cataluña. Lo rechazó. ¿Por qué ser un académico de segunda con semejante obra a sus espaldas? O lo aceptaban por sus méritos como numerario, con su propia silla, o nada.

Espero que sirva el recuerdo de sus mejores obras descrito en estas páginas para reconocerle como quien fijó los cimientos y el canon de la edición cabal en español.

Por este y otros motivos, le empezamos a dar homenajes, desde el reconocimiento de las asociaciones de bibliógrafos, traductores y correctores, hasta las cenas-homenaje de su lista, Apuntes, las Pepealias. En el año que publicó su Diccionario de uso de mayúsculas y minúsculas (2007) tuve la suerte de proponerle al Ateneo de Madrid para que le otorgaran su mayor distinción por el reconocimiento a su trabajo. Fue un acto en el que quienes asistimos celebramos su trabajo porque, a pesar de su humor, todos queríamos demostrarle nuestro agradecimiento por todas las veces que nos había dado su apoyo desde el silencio de sus páginas.

Espero que sirva el recuerdo de sus mejores obras descrito en estas páginas para reconocerle como quien fijó los cimientos y el canon de la edición cabal en español.

Bibliografía

Agencia EFE. Manual de español urgente. Cátedra, 1985.

De Buen Unna, Jorge. Manual de diseño editorial. Santillana, 2000.

Epstein, Jason. La industria editorial. Anagrama, 2002.

Mangada, Alfonso. Cálculo editorial. Anaya, 1972.

Martínez de Sousa, José. Diccionario de tipografía y del libro. Anaya, 1974.

—. Manual de edición y autoedición. Pirámide, 1994.

—. «Los anglicismos ortotipográficos en la traducción». En: Panace@, vol. 4, n.º 11, 2003.

—. Manual de estilo de la lengua española. Trea, 2000.

—. Diccionario de dudas. Paraninfo, 1996.

—. Ortografía y ortotipografía del español actual. Trea, 2004.

—. Diccionario de uso de mayúsculas y minúsculas. Trea, 2007.

Mestres i Serra, Josep M.; Marí, Isidor. Manual d’estil. Associació de Mestres Rosa Sensat, 1995.

Moliner, María. Diccionario de uso del español. Gredos, 1966.

Pujol, Josep M.; Solà, Joan. Ortotipografia. Manual de l’autor, l’autoeditor i el corrector. Columna, 1995.

Real Academia Española. Diccionario panhispánico de dudas. Santillana / Espasa, 2005.

Real Academia Española. Libro de estilo de la lengua española según la norma panhispánica. Espasa, 2018.

Seco, Manuel; Andrés, Olimpia; Ramos, Gabino. Diccionario de uso del español. Aguilar, 1961.

Libro de estilo de El País. Ediciones El País, 1977.

Panorama de los perfiles profesionales de la edición. Cálamo & Cran, 2024.

Antonio Martín
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CEO de la consultora y centro de aplicaciones profesionales del lenguaje y la edición Cálamo & Cran. Miembro de Palabras Mayores. Cofundador de UniCo y de SEA (Spanish Editors Association). Socio de honor de La Casa del Corrector, de la Fundación Litterae. Pertenece al Consejo Editorial de la revista Archiletras y de Publishers Weekly en español. Socio gerente de EnClaro. Es coautor de El libro rojo de C&C (Madrid: C&C, 2013), 199 recetas infalibles para expresarse bien (Barcelona: Vox, 2015), Dilo bien y dilo claro (Barcelona: Larousse, 2017), y autor de La mano invisible: confesiones de un corrector iconoclasta (Madrid: CSIC, 2019), y del Manual de lenguaje claro (Madrid: Pie de página, 2026). Formador de profesionales del lenguaje, la edición y la comunicación. Miembro de PLAIN y Plain Language Europe. Es actualmente el embajador de Plain en España.

Antonio Martín
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