Alicia Martorell, nuestra socia de honor, además de socia fundadora de Asetrad y socia número 1, ha sido la ganadora del XX Premio de Traducción Esther Benítez por la traducción del libro ¿Quién teme al género?, de Judith Butler. El premio lo otorga anualmente ACE Traductores por votación entre todas las personas afiliadas a esa asociación. Para Asetrad es un orgullo que se lo hayan concedido y tenemos claro que es un premio muy merecido. Alicia, como sabemos, tiene una amplia trayectoria como traductora. Además, quienes la conocemos sabemos que siempre está dispuesta para ayudar profesionalmente cuando se le pide. En esta entrevista veremos lo que ha tenido en cuenta y a lo que le ha dado más vueltas para hacer una buena traducción de este libro.

Alicia Martorell tiene una amplia experiencia como traductora de libros, entre los que se encuentra la traducción de autores como Julio Verne, Simone de Beauvoir y Marcel Proust, entre otros muchos. La traducción del libro de Judith Butler: ¿Quién teme al género? es la obra por la que ha recibido el XX Premio de Traducción Esther Benítez. Al leer el libro se aprecia la dificultad que entraña su traducción, ya que da mucha importancia a los términos que se utilizan para hablar de un tema tan complejo, mención aparte de que parte del inglés, un idioma en el que muchas palabras no tienen el género implícito, y tiene como lengua meta el español, idioma en que casi todas las palabras tienen marca de género. Como complejidad añadida, para conseguir como resultado un lenguaje no binario indirecto hay que tener un especial cuidado, ya que la tendencia es utilizar el masculino genérico. Además, es un libro que nos lleva a reflexionar sobre algunos temas que se ven muy distintos, dependiendo de la educación recibida.
Una traducción del inglés al español. Parece fácil decirlo, pero un libro que da mucha importancia al género y en el que se pasa del inglés, que es de los idiomas que menos género utilizan en su lenguaje habitual, al español, en el que casi todo tiene género.
Cuando en inglés se dice «biologist», en español nos vemos obligados a explicitar si se trata de un hombre o una mujer, aunque en el original fuera un dato irrelevante.
Efectivamente, es un problema. De hecho, Butler lo menciona en el capítulo 10 del libro, que está dedicado al género en un contexto multilingüe. Yo siempre había traducido del francés, que es un idioma que tiene una posición similar, aunque no idéntica, a la del español en cuanto a la expresión del género (o del binarismo de género, más bien). En inglés esta expresión diferente condiciona lo que se dice y lo que se oculta. Cuando en inglés se dice «biologist», en español nos vemos obligados a explicitar si se trata de un hombre o una mujer, aunque en el original fuera un dato irrelevante. En cambio, el uso del masculino genérico en español oculta sistemáticamente a las mujeres.
No obstante, debo decir que no soy en absoluto la primera en haberlo intentado. Hay mucha gente, y particularmente muchas traductoras, que han emprendido el mismo viaje y la misma reflexión. Yo he aprendido de todas ellas.
Además, un libro en el que en varios sitios aparece el comentario de que la palabra que se utiliza es muy importante para transmitir las ideas y que lleguen a las personas a las que van dirigidas. De hecho, hay un capítulo dedicado a la traducción.
En nuestras cabezas, independientemente de cómo hablemos, la mujer sigue siendo la costilla del hombre y eso tiene mucho más peso que cualquier forma de escribir.
Es el capítulo 10, que mencionaba más arriba. Butler es consciente de que cada idioma tiene una forma de expresión diferente y que corresponde a los hablantes de cada idioma encontrar una vía para decir lo que se quiere decir. Esto es así, no solo en cuanto al masculino genérico, que es lo que más problemas plantea cuando pasamos del inglés al español, sino también en cuanto a la existencia o inexistencia de un género neutro, las distintas declinaciones de los conceptos de «hombre» o «mujer», el peso de lo masculino o lo femenino en cada idioma… No obstante, aunque el lenguaje es la piedra de toque, porque es la forma de explicitar los conceptos, no hay que darle más importancia de la que tiene. La escritura excluyente (la que asume, como dice la Gramática de la RAE, que el femenino es el género marcado y, por lo tanto es innecesario mencionarlo) oculta a la mujer, pero es que, en nuestras cabezas, independientemente de cómo hablemos, la mujer sigue siendo la costilla del hombre y eso tiene mucho más peso que cualquier forma de escribir.
Dices que has utilizado en todo lo posible un lenguaje no binario indirecto. ¿Hasta qué punto crees que lo has conseguido? Y ¿cuántas vueltas has dado para conseguirlo?
Estoy razonablemente segura de que en mi texto no hay masculinos genéricos y de que la expresión del femenino y del masculino no es jerarquizante o exclusivista. Digo razonablemente porque, como decía en la pregunta anterior, el masculino genérico está marcado a fuego en nuestras cabezas, es muy insidioso y es muy difícil de evitar. Todas tenemos la experiencia de hablar de nosotras mismas en masculino, por ejemplo, lo que, obviamente, no tiene ningún sentido («Todos tenemos la experiencia…» he estado a punto de escribir). Y, sin embargo, es para lo que estamos programadas.
He salido con mucha más capacidad para abordar los problemas de forma diferente y para trabajar con conceptos más que con palabras.
Respecto a lo que me ha costado, en realidad no es tanto problema como nos quieren hacer creer. Siempre se puede reformular de modo que el femenino no se oculte de forma sistemática o no se coloque jerárquicamente por debajo del masculino y se puede hacer en general de forma fluida. Solo hay que reformular y eso es algo a lo que las traductoras estamos acostumbradas. He dado muchas vueltas, efectivamente, pero también he salido con mucha más capacidad para abordar los problemas de forma diferente y para trabajar con conceptos más que con palabras. Es un entrenamiento excelente para enriquecer nuestra forma de expresión.
En la nota de la traductora dices: «Sería muy largo mencionar los problemas que plantea la traducción». ¿Puedes contar alguno de los que más quebraderos de cabeza te han dado?
El problema principal ha sido el cambio de mentalidad. Eso es siempre lo más importante. No obstante, sería muy osado decir que el español está preparado para escribir sin marcas de género, porque no lo está y ni siquiera sabemos si lo estará algún día. Y eso es un problema objetivo muy gordo. Lo único que podemos hacer es intentarlo. Con un ensayo es posible con un poco de cuidado, pero no siempre es fácil. No se trata solo de reformular o de cambiar un nombre de persona por un concepto abstracto, o de añadir «personas» cada dos líneas. Voy a poner un ejemplo, que ha sido uno de los más difíciles: cuando en inglés te encuentras con «children», las opciones de traducción sin marcas de género que tienes son muy limitadas. Puedes usar (no siempre) «la infancia», puedes reduplicar «los niños y las niñas» (alternando con «las niñas y los niños» para no jerarquizar), puedes usar «menores», que no tiene marca de género, pero resulta que este último término tiene que llevar un artículo en el 99 % de los casos, y ese artículo sí que la tiene. Y no hay mucho más. Todo esto puede ser manejable, pero también te puedes encontrar con un texto en el que «children» salga veinte veces en media página. En ese caso, irás alternando soluciones, pero llegará un momento en el que la fluidez se empieza a resentir y tendrás que tomar otro tipo de decisión. Esos son los límites concretos con los que nos encontramos.

¿Quiere decir esto que hay que rendirse? No, la única forma de ir ensanchando esos límites es seguir intentándolo, seguir reflexionando, seguir planteándonos en cada frase si el lector va a asumir automáticamente que «niños» se refiere a los niños y las niñas y si las niñas estarán todo lo presentes que nos pide el texto en cada momento, de qué forma podemos ser fieles también a esa realidad.
Porque el problema no es lingüístico, o no es solo lingüístico. El problema es que la realidad ya no es la misma. El lenguaje cambia muy despacio, pero la sociedad no tanto. Ya no siempre nos vale asumir que «los padres» incluye a las madres, porque en la vida real «las madres» ya no son un apéndice. El enunciado «la custodia compartida crea muchos problemas logísticos para los padres» no quiere decir lo mismo en función de cómo interpretemos «padres»; donde antes no era necesario explicitar si ese masculino es genérico o específico ahora quizá sí lo sea, y ¿dónde queda aquí la economía del lenguaje, que es el argumento principal en contra de una escritura inclusiva? Los ejemplos de este tipo se multiplican porque es la sociedad la que cambia. El reto para las personas que tenemos el lenguaje como herramienta de trabajo no es tanto si la escritura inclusiva vale o no, sino cómo podemos dar cuenta de todos estos cambios.
El problema no es lingüístico, o no es solo lingüístico. El problema es que la realidad ya no es la misma.
En realidad no es que deba cambiar el lenguaje, es que la sociedad ha cambiado y al lenguaje se le revientan las costuras.
Volviendo a la pregunta, todo esto es para decir que el problema no es solo de formas de hablar o de no hablar, el problema es sociológico, antropológico, histórico, además de lingüístico. Debemos ser conscientes en nuestra cabeza de todas estas cuestiones antes de decidir cómo vamos a hablar.
¿Te costó decidirte a traducir este libro? ¿Qué motivó tu decisión?
Me dio muchísimo miedo, pero esta es mi profesión, llevo treinta años traduciendo filosofía y sociología, se supone que debería estar en condiciones de hacer frente a este tipo de retos.
Pocas veces he rechazado un libro; yo soy una traductora de infantería, traduzco lo que me piden que traduzca. No obstante, soy muy consciente de lo que representa traducir a Judith Butler, una figura fundamental del pensamiento del siglo xxi. Para mí fue un honor inmenso y una responsabilidad aplastante. Me dio muchísimo miedo, pero esta es mi profesión, llevo treinta años traduciendo filosofía y sociología, se supone que debería estar en condiciones de hacer frente a este tipo de retos. Es para lo que me llevo preparando todos los días de mi vida. En la práctica las cosas se pueden hacer mejor o peor, porque hay muchos imponderables y porque somos seres limitados e imperfectos, pero en teoría no me cuestioné si estaba preparada para hacerlo.
Era mi segundo Butler, ya había traducido otro sobre pragmática que se me hizo bastante más difícil. En realidad ¿Quién teme al género? es un texto divulgativo. Posteriormente he traducido un tercero, de tema más filosófico que resultó mucho más difícil que los dos primeros juntos. Con ese sí que me llegué a preguntar quién me mandaba a mí meterme en esos jardines…
La autora dice que a veces le complace ayudar a los traductores, ¿has tenido posibilidad de hablar con ella?
Yo estoy muy acostumbrada a traducir a autores muertos, así que no tengo el reflejo de consultar. No obstante, sí que le envié una pregunta a través de la editorial. Se refería a la palabra «feministas» en plural y al femenino genérico (ese que la RAE dice que no existe).
Le pregunté si ella consideraba que «feministas» era un sustantivo femenino por principio o si prefería que evitara también en este caso las marcas de género (usando «el feminismo», «las corrientes feministas» o reformulaciones similares). Me contestó que todo quedaba supeditado a lo que yo pensara que se podía hacer en la práctica en castellano, pero que pensaba que «feministas» se refería básicamente a mujeres.
Como anécdota diré que le planteé la misma pregunta a @RAEinforma y me contestó exactamente lo contrario, que «los feministas» incluye también a las mujeres feministas.
Como anécdota diré que le planteé la misma pregunta a @RAEinforma y me contestó exactamente lo contrario, que «los feministas» incluye también a las mujeres feministas. Me dejó bastante perpleja, porque me parece una evidencia que estamos frente a un caso de femenino genérico y que, de la misma forma que cuando nos dirigimos a una audiencia de mujeres usamos el femenino aunque subsumamos a uno o dos varones presentes (el caso habitual de una clase de traducción en la universidad), justamente bien pueden los feministas sentirse incluidos en el femenino, no pasa absolutamente nada.
La traducción de la palabra «género» no es fácil, ya que no significa lo mismo en todos los idiomas. ¿Crees que en español tiene un significado similar al que tiene en inglés? Si no es así, ¿cómo lo has resuelto en la traducción? ¿Crees que el significado de este término ha cambiado en España en los últimos tiempos?
El lenguaje cambia, de la mano de anglicismos a veces, pero sobre todo de la mano de los cambios sociales y los cambios en la percepción de las cosas.
Cuando traduje El segundo sexo (en 1998), la palabra género empezaba a usarse, con muchos cuestionamientos, especialmente en el ámbito de la lingüística (¡es un anglicismo!). Recuerdo perfectamente que aparecía en el prólogo que acompañó a mi traducción y me planteé la pertinencia de usarlo en algún contexto. No obstante, en ese caso, tras mucha reflexión, decidí que sería anacrónico usarlo para un libro de los años cincuenta.

Ahora mismo, en castellano, creo que ya no se considera que «género» es un anglicismo, está perfectamente asumido que corresponde a un concepto diferente de «sexo» y que sus usos y sus significados se han distanciado. No quieren decir la misma cosa, ni connotativa ni denotativamente, ni se emplean en los mismos registros. Eso dice mucho de la evolución, no tanto del lenguaje, como de los conceptos, y también de cómo muchas veces somos las traductoras las que nos resistimos a cualquier cambio aferrándonos al «siempre se ha dicho así» (puedo reconocer perfectamente a la Alicia de los años noventa en estas resistencias). El lenguaje cambia, de la mano de anglicismos a veces, pero sobre todo de la mano de los cambios sociales y los cambios en la percepción de las cosas. Está bien que así sea. Afortunadamente, las personas cambiamos también, porque, si no, el mundo sería muy triste.
Gracias, Alicia, por esta entrevista en la que nos has mostrado las consideraciones que has tenido en cuenta al hacer la traducción de un libro que no es un libro cualquiera, en el que es muy importante el lenguaje utilizado y transmitir las ideas de la autora. Seguro que tus respuestas ayudarán a enfrentarse a libros a quienes los vayan a traducir. Felicidades, celebramos contigo el premio recibido, que creemos tan merecido y seguiremos leyéndote y contando contigo como hemos hecho hasta ahora.

Alicia Martorell
Es traductora desde hace más de treinta años. Sus campos de especialización son las ciencias humanas y sociales, la comunicación financiera y empresarial y los textos institucionales. Es socia de Asetrad y de ACE Traductores. Ha traducido, entre otros autores, a Roland Barthes, Judith Butler, Simone de Beauvoir, Jules Verne, Jacqueline Harpman y Cioran. Ganó el XX Premio de Traducción Esther Benítez (2025) por ¿Quién teme al género?, de Judith Butler. Es socia de honor de Asetrad.

Concha Vargas
Concha es licenciada en Ciencias Químicas por la Universidad Complutense de Madrid. Después de realizar varios cursos sobre traducción, en el año 2000 empezó a trabajar como traductora autónoma de inglés a español. Traduce fundamentalmente temas científicos, técnicos, farmacológicos y médicos. Es socia de Asetrad casi desde que empezó su andadura, siempre ha estado implicada en las labores asociativas y, además, ha sido tesorera de la asociación en varias juntas. También es socia plena de Tremédica.

