La Linterna del Traductor
NÚMERO 10

EDITORIAL

LA VOZ DE ASETRAD

INTERPRETACIÓN

TECNOLOGÍA APLICADA A LA TRADUCCIÓN

Pildoritas tecnológicas

TRADUCCIÓN CIENTÍFICA Y TÉCNICA

TRADUCCIÓN JURÍDICA

TRADUCCIÓN LITERARIA

TRADUCCIÓN AUDIOVISUAL

TERMINOLOGÍA

TRIBUNA UNIVERSITARIA

La universidad en primera persona

PANORAMA

Otras asociaciones

El dedo en el ojo

¿Tanto monta, monta tanto? La polémica de las inversas

RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS

COLOFÓN

Escritores traductores

Vena literaria

No solo de pan vive el traductor

Las ilustraciones de este número

Contexto

CONTRAPORTADA

Panorama: El dedo en el ojo

¿Tanto monta, monta tanto? La polémica de las inversas

Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros.

Groucho Marx

Hasta hace unos años, muchos traductores basábamos nuestra conducta ética en algunas verdades que considerábamos universales, a saber: traducir siempre desde una lengua que conociéramos bien, no traducir a una lengua que no fuera nuestra lengua nativa y nunca traducir un texto de una especialidad que no dominásemos. Algunas asociaciones, como Asetrad, plasmaron hace años esos pilares fundamentales en su propio código deontológico (véase el recuadro). No digo que eso se cumpliera siempre a rajatabla, pero parecía haber un consenso generalizado acerca del tema, y aunque esos principios se trasgredían en una cierta medida, era algo que raras veces se justificaba en tertulias o foros, y siempre se evitaba en lo posible darle publicidad a las «transgresiones».

5. Rechazarán aquellos trabajos para los que no estén cualificados o cuya calidad no puedan garantizar. […]

6. Deberán tener un conocimiento adecuado de la lengua del texto de origen y conocer profundamente la lengua de destino. No aceptarán encargos para los que no cumplan estas condiciones, salvo que puedan garantizar una calidad óptima del trabajo final gracias a la colaboración de otros profesionales como, por ejemplo, revisores cualificados.

7. Tendrán una amplia cultura general y un conocimiento adecuado del tema del texto con el que trabajen y de la terminología utilizada en el sector. Se abstendrán de aceptar encargos si no dominan suficientemente la especialidad, salvo que puedan garantizar una calidad óptima del trabajo final gracias a la colaboración de otros profesionales cualificados.

Código deontológico de Asetrad,
artículo 2, «Deberes generales».

Pero… entonces, llegó la crisis, y con ella, los recortes en todos los sectores (administración pública, fabricación, servicios), y como consecuencia, la bajada generalizada de presupuestos, de tarifas y de ofertas de trabajo. En un entorno en el que cada vez había menos oportunidades de conseguir encargos remunerados (de los otros, siempre ha habido muchos), los límites de nuestra «zona de confort» y de los patrones establecidos se empezaron a difuminar al mismo ritmo que nuestros ingresos. Y, tal vez por eso, empezaron a tambalearse algunas de nuestras convicciones gremiales. Como aquella de que uno siempre tiene que traducir acerca de un tema que conozca bien, y a su lengua nativa, algo sobre lo que siempre hubo alguna polémica cíclica pero que, en general, se aceptaba como válido.

Todos somos conscientes de que, desde que empezó la crisis (un hecho que tal vez sirva de explicación, pero no de justificación), cada vez es más frecuente que traductores técnicos que nunca habían traducido ni media palabra de literaria fantaseen con ampliar horizontes y pasarse al bando editorial… y, a ser posible, llegar a traducir algún bombazo que les reporte jugosos cheques por derechos de autor y compensen la escasez de trabajo. Lo mismo es cierto, a la inversa: muchos otros que hasta ahora solo se dedicaban a la traducción literaria se atreven con textos médicos, jurídicos, financieros, de marketing, informáticos… (táchese lo que no proceda, aunque suele proceder todo). Sin red y sin anestesia, ni para ellos ni para los clientes. Cada vez hay menos escrúpulos y cada vez se rechazan menos encargos. La consigna es «hay que diversificarse, y si no encuentro trabajo por aquí, lo buscaré por allá», una estrategia muy válida, si uno se capacita bien para dar el salto y si se hace con un cierto buen criterio, pero que no es tan válida si se trata de una salida fácil o improvisada «para ir tirando». Ahí es donde me temo que hacer inversas empieza a ser una práctica «diversificante» más. Entendiendo por traducción inversa la que consiste en traducir de la lengua propia y que se domina con fluidez (lengua A) a la segunda lengua (lengua B); lengua esta última que, en la mayoría de los casos, no se domina a un nivel bilingüe… aunque todos conocemos —y envidiamos— alguno de esos casos excepcionales de colegas que tienen dos lenguas A y que son capaces de intercambiarlas con alegría.

Al hilo de lo anterior, un inciso: quede claro que, igual que hay colegas excepcionales, hay situaciones excepcionales; no me estoy metiendo aquí con quien hace una inversa como favor a un cliente o a un amigo que sabe perfectamente lo que está encargando y lo que obtendrá, como tampoco tengo nada que objetar si un colega acepta una inversa ES>EN y luego la subcontrata a un traductor anglohablante. Prácticamente todos nos hemos visto alguna vez en uno u otro caso.

El caso es que, de un tiempo a esta parte, se ha empezado a replantear lo que hasta hace poco era una verdad casi inamovible: que un traductor solo debe traducir a su lengua materna porque es esa la lengua en la que puede garantizar un nivel de expresión idóneo. En los foros y tertulias del sector, cada vez vemos más traductores que se ofrecen para hacer inversas para las que se consideran aptos; además, algunos lo justifican con argumentos geográficos (cuando, gracias a Internet, eso ya no es excusa), científicos o académicos. Que estos últimos existen, desde luego, pero no tan laxos ni generalistas como algunos querrían, aunque es bien sabido que desde la propia universidad hay voces que abogan por las inversas como algo más que meros ejercicios con finalidad académica y que sostienen que un traductor debería ser capaz de traducir en ambos sentidos, independientemente de cuál sea su lengua nativa.

Ilustración Llorenç Serrahima

Contaré una anécdota que viene que ni pintada. Hace un par de años, alguien ajeno a la profesión me preguntó a qué idiomas traducía. Cuando le dije que solo traduzco del inglés al castellano, me dijo: «¡Vaya! ¡Eso sí que es difícil, traducir al castellano!». Cuando le pregunté que si se estaba riendo de mí, me explicó su punto de vista: «Porque si lo haces mal, se nota mucho. Si te pido que traduzcas algo al inglés es porque ni hablo ni entiendo inglés, así que tampoco notaré si lo que escribes en inglés está bien o mal, pero si traduces algo al castellano y está mal escrito, lo notaré. Así que traducir al castellano es más difícil que traducir al inglés, porque tienes que dejarlo mejor».

Supongamos —es mucho suponer— que pudiera extraerse alguna conclusión válida de esa anécdota. Un poco sobre la marcha, se me ocurren varias: 1) que mi interlocutor daba por hecho que mi mercado es local y que mis clientes en teoría siempre son personas que entienden castellano pero no inglés (luego no se darían cuenta de posibles problemas de expresión en inglés, pero sí en castellano); 2) que mi interlocutor pensaba que una traducción inversa no tenía por qué estar perfecta, mientras se entendiera el mensaje; 3) que según él, sería válido que cualquiera con mucha cara dura, conocimientos intermedios de inglés y la ayuda de Google Translator se atreviera a hacer una traducción al inglés (inversa, a estos efectos), porque la calidad final del mensaje producido no es lo más importante, y 4) (mi favorita) que una traducción directa debería valer más que una traducción inversa, puesto que, según él, ¡es más difícil! Conclusión resumida: según esa persona, lo normal debería ser hacer inversas, y no directas.

Pero las cosas no funcionan así, aunque algunos de los argumentos que justifican la práctica profesional (no meramente académica) de las inversas recuerdan bastante a la opinión de aquella persona de la anécdota anterior. Uno de esos argumentos favoritos es que es más importante entender a la perfección el original que expresarse a la perfección en la lengua de llegada, y que es mejor dejar en manos de revisores «nativos» el perfeccionamiento del texto de llegada.

Argumentos traductológicos aparte, convengamos que, igual que no todo el mundo da con el registro que se necesita para una traducción literaria, tampoco todo el mundo está capacitado para hacer una inversa, incluso a pesar de que haya hecho cientos durante la carrera. Para hacer bien una inversa y seguir cumpliendo con el más elemental código deontológico, es requisito imprescindible dominar la «segunda lengua» a un nivel prácticamente nativo o, en su defecto, contratar a un traductor con dominio nativo de esa lengua para que la deje impecable. En cuyo caso, por cierto, es difícil comprender por qué no se le da la traducción directamente al traductor nativo. ¿Tal vez porque existe un mercado secundario en el que no nativos hacen traducciones inversas a precios de directa? Pensándolo bien, es el mismo caso por el que una agencia o un cliente final le encargan la traducción directa de un texto muy especializado a un traductor que no domina ese tema: en unos casos, porque no hay en ese momento nadie más disponible; en otros, porque ese traductor en concreto es más barato, y en otros, porque simplemente no son conscientes de que el resultado de la traducción dejará bastante que desear.

¿Será realmente la crisis la culpable de que cada vez más traductores se atrevan con lo que les llegue, sin importarles si es una inversa, un texto de ingeniería o un clásico de la literatura? ¿O es que la fuerte competencia nos está obligando a dar un giro hacia un ejercicio de la profesión con una ética profesional más laxa y en la que todo vale?

Dejo ahí la reflexión. Personalmente, me quedo con las palabras de Larra, que decía que para poder traducir una comedia del francés al castellano son necesarias varias cosas, entre otras, «saber leer el francés» y «saber escribir el castellano». Tan simple y tan vigente.

Volver arriba

Compartir
Reproducción parcial o total de contenidos o ilustraciones sólo con autorización por escrito de la redacción y citando autor y fuente.