La Linterna del Traductor
NÚMERO 10

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LA VOZ DE ASETRAD

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CONTRAPORTADA

En memoria de Pedro Satué

Hemos querido recoger aquí las semblanzas que nos enviaron sus familiares y amigos y los mensajes que se recibieron en nuestro entorno de la traducción profesional tras el fallecimiento de nuestro compañero. Nuestro deseo al publicar estos testimonios es que quienes lo conocieron se regocijen de nuevo en su recuerdo, y que quienes no lo conocían sepan cuánto se estimaba a Pedro.

Con alegría por lo que dejaste y con tristeza porque te has ido, tu familia, tus amigos y tus compañeros te recuerdan, Pedro.

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Hablando de Pedro

Pedro SatuéPedro fue un gran tipo, un gran compañero, generoso, experimentado y muy sabio. Siempre tenía una respuesta atinada para cualquier duda de traducción. Tal parecía que él ya hubiera afrontado (y superado) todos los problemas que nos asaltan a diario a los traductores.

Después de leer sus mensajes por los foros durante años y saludarlo brevemente en congresos o asambleas, pude tratarlo más en persona cuando tuvo conmigo la enorme deferencia de organizar la comida navideña de traductores sevillanos de 2012 en el almuerzo y cerca de Santa Justa para que yo pudiera asistir. No pude sino acudir a su convocatoria y a fe que disfruté de su compañía y de los demás colegas.

Y siempre con humildad y quitándose importancia.

Como ya he dicho estos días, nos deja un poco huérfanos y desamparados.

José M. Izquierdo

 

Pedro Satué y su hijoMi padre era una persona peculiar. Muchos dirían que era un maestro excepcional, que si algo no sabía (cosa poco probable), no cesaba hasta hallar la respuesta. Otros dirían que era un gran observador, siempre buscando el mejor ángulo para la más extraña de las fotografías; atesorando las mejores estampas familiares. Era un curioso empedernido que se estrenó en los estudios universitarios en la facultad de matemáticas, pasando por la de arquitectura, para acabar siendo un apasionado de las lenguas y, en concreto, del inglés.

Para mí, Pedro Satué Ripoll era un padre atento desde la distancia, que siempre buscaba satisfacer todas las necesidades familiares a la vez que nos incitaba a sacar lo mejor de nosotros mismos. Además fue un mentor, que aparte de dejar huella con su ética particular, te transmitía todos los conocimientos que atesoraba; decía lo que tenía que decir, cuando tenía que decirlo. Fue también mi compañero de piso en Londres, donde compartí con él un año de momentos inolvidables, además de un escueto repertorio culinario. En cuanto a sus cualidades emocionales, era una persona amable, sincera, introvertida pero muy sociable, a la que jamás olvidaré. Ha sido una persona de las que te marcan de por vida, paciente y tranquilo donde los haya, muy seguro de sí mismo y siempre pendiente de expandir sus límites.

Guillermo Satué Rodríguez, hijo de Pedro

 

Pedro en Londres

 

Mi padre era, en mi opinión, el mejor padre del mundo.

Era un hombre increíblemente inteligente, capaz de solucionar cualquier problema, era divertido hasta el extremo, siempre sabía cómo sacarme una sonrisa hasta en mis peores días. Era comprensivo, amable, simpático y rara vez estaba de mal humor, y si lo estaba, no solía dejar que se notase, porque sabía cómo poner buena cara cuando hacía falta. Era una persona optimista y luchadora y jamás se rendía ante ningún problema, y además, cuando se comprometía en algo, sus promesas valían oro, aunque tardase años, pero siempre recordaba sus promesas, hasta cuando uno ya no lo hacía.

Familia SatuéMi padre me enseñó inglés, a usar un ordenador, a manejar cámaras de fotos, a ir en bici, y otras tantas e innumerables cosas más. Él me enseñó muchas de esas cosas que no te enseñan en el colegio, como a dar lo mejor de mí, a ser comprensiva, a nunca dirigir malas palabras a nadie así como así, a ser siempre cordial y simpática con todo el mundo siempre que pudiera, a exprimir la vida como lo hizo él hasta el último segundo. Era una de esas personas que hacen amigos allí donde van, ya sea el dependiente de una tienda o el fontanero, era amigo de todos, porque era amable con todos, y para él, todos éramos iguales. Nunca trató a nadie despectivamente, porque si existió una persona comprensiva de verdad en este mundo, fue él, y hasta cuando cometía él los errores, siempre sabía cuándo era el momento de disculparse. Además, era una persona con un corazón enormemente grande y noble, como demostró mil veces, y en concreto viene a mi mente el día en que mi gata llegó a casa, siendo una cachorrita que había vivido en la calle hasta ese día, y mi padre antes de pensar en nada, ya le estaba dando leche con un dedo, y cuidándola como a una más para, finalmente, aceptarla en nuestra casa y convertirla en un miembro más de la familia.

Podría decir miles de cosas buenas sobre mi padre, pero no cabrían ni en una novela. No cabrían los recuerdos bonitos, o el cariño y el amor que demostró siempre por todos nosotros, o el valor de sus sonrisas, o su enorme compasión por todo. Me limitaré a decir que no puedo más que estarle eternamente agradecida por todo, y sé que no hay forma de ser mejor de lo que el fue, y será siempre. Mi padre es insustituible, y toda su familia y sus amigos saben que con él se ha ido una de las pocas personas valiosas de verdad en el mundo.

Julia Satué, hija de Pedro

 

Hace cuatro años conocí a Pedro Satué personalmente. Se celebraba un congreso de Asetrad en Sevilla, en la Universidad Pablo de Olavide (UPO). Habíamos hablado varias veces telefónicamente, puesto que él vivía en la capital andaluza, donde yo me había criado desde los diez hasta los dieciocho años. Sin embargo, este trato telefónico previo no nos sirvió de mucho, ya que al entrar en el aula donde había de pronunciar una conferencia, acompañado de María-Fernanda Poblet, que tenía encargo semejante, los ocupantes de la última hilera de sillas nos hicieron un sitio para que nos acomodásemos. Así lo hicimos, mientras uno de los componentes decía al propio tiempo que alargaba su mano para que se la estrechásemos:

—Soy Pedro.

Yo lo saludé como si se tratara de un asistente más, estreché su mano y continué rectificando algún detalle del texto que había de tratar en público no tardando mucho. Hecha nuestra exposición, ambos, María-Fernanda y yo, salimos del aula y al poco se me acercó Pedro y me reiteró:

—Pepe, soy Pedro.

Pedro Satué

Efectivamente, era Pedro, Pedro Satué. Estuvimos charlando largo y tendido y llegamos a establecer una suerte de amistad que con el tiempo se hizo firme. Poco a poco, a medida que ambos nos sincerábamos, descubrí un Pedro buena persona, culto, hambriento de conocimientos. Ambos coincidíamos en la lista «Apuntes», creada y dirigida por el departamento de Español Urgente de la Agencia Efe. Daba gusto leer sus ponderadas respuestas, a veces teñidas de una sorna fina que ejercía su efecto sin molestia por parte del destinatario. Sabía llevar con elegancia sus escasos enfrentamientos con otros miembros de las lista, enfrentamientos a causa de los cuales la sangre nunca llegaba al río, aunque también es cierto que estaba dispuesto a defender sus ideas sin ceder un ápice de su posición si sabía que tenía la razón de su lado. Daba gusto leer sus ponderadas respuestas, en las que no sobraban ni faltaban palabras. Sus repuestas tenían dimensiones finamente calculadas. Normalmente ocupaban desde una hasta tres líneas, raramente más. Como él mismo decía: «Ya sabes que me gusta prescindir de formalidades e ir al grano». Un modelo de aplicación de esta tendencia lo tenemos en una respuesta que le dio a un compañero el 7 de enero del 2014 a propósito de la palabra descambiar: «Cuando empecé a oírla, en Sevilla no hace muchos años, pensé que era una suerte de confusión entre cambiar y devolver» (en el original ocupa una sola línea).

Últimamente hacía algún tiempo que no nos comunicábamos, absortos ambos, tal vez, en los exámenes y en los preparativos del inminente veraneo. Nada importante, puesto que la relación se retomaba en cualquier momento. Precisamente cuando ya había fallecido, aunque la  noticia aún no se conocía, le llamé dos veces por teléfono. La callada por respuesta. No quise intranquilizarme, puesto que situaciones semejantes se dan cada día en todo el mundo. Sin embargo, en esta ocasión resultó ser distinto. Más o menos a comienzos de la segunda mitad de junio, la noticia del fallecimiento de Pedro corrió como la pólvora y se estrelló con violencia en nuestros rostros: ha fallecido Pedro Satué.

La vida, que a veces es maravillosa, a veces es terriblemente cruel. Descansa en paz, querido amigo. 

José Martínez de Sousa, bibliólogo y socio de honor de Asetrad

 

Un cambio de orden

Conocí a Pedro cuando ambos coincidimos en la junta directiva de Asetrad, en 2011. Como nos dedicábamos a especialidades distintas y vivíamos en extremos opuestos del país, no habíamos coincidido antes de eso. Dos años después, los dos reincidimos y nos volvimos a presentar a las elecciones en la asamblea de Toledo, y ambos fuimos reelegidos. En la posterior organización de las funciones de los junteros decidimos que el presidente se encargaría, entre otras cosas, de las relaciones internacionales de Asetrad, pero que debía haber algún juntero que también estuviera al tanto de ellas, por si acaso. Esa función recayó en Pedro. Así fue como ambos fuimos a la reunión anual de la FIT que se celebró en Niza en noviembre de 2013. Al volver, quedé encargado de hacer un informe de la reunión que después revisaría y completaría él con los datos que a mí se me pudieran haber escapado. Así lo hice. En el encabezado anoté nuestros nombres para que quedara documentado, siguiendo el orden alfabético de los apellidos: Satué y Serrahima. Cuando Pedro me devolvió el informe después revisarlo y añadir alguna cosa que él tenía anotada, comprobé que su primera corrección había sido precisamente la de los apellidos. Puso el suyo en segundo lugar. Nunca hablamos del porqué de aquel cambio, pero ahora que lo contemplo retrospectivamente me doy cuenta de que era muy consecuente con su manera de ser. Pedro no pretendía aparentar, solamente echaba una mano donde se le pedía.

Llorenç Serrahima, presidente de Asetrad

 

Pedro y Asetrad

 

Hacía días que estaba nerviosa porque le había contestado a un correo justo después de ingresar y esperaba su respuesta. Esperaba con miedo. Al leer la noticia de su fallecimiento, me dio un vuelco el corazón y me puse a llorar de forma incontrolada. Extraño. Extraño porque no soy de lloro fácil y porque apenas lo conocía de unos cuantos trabajos y unos intercambios por correo sobre temas lingüísticos. Era como que no tenía derecho a llorarle y menos de aquella forma. En fin… Será que tenía muy reciente su contacto y que de verdad se hacía querer.

Os dejo con lo último que me dijo, el 27 de mayo, a horas de su ingreso:

La salud. Dentro de un rato vuelvo al hospital, a ver si mañana me dejan el pulmón como nuevo, según prometen. Lo peor de los hospitales es la comida y que te toque compartir habitación con gente jaleosa y con mucha familia y amigos: se instalan desde temprano, te quitan el aire, te aturden y no hay forma de que los echen. Ojalá repita la suerte de la semana pasada y me dan una habitación individual.

 

Tengo una frase que me escribió Pedro hace un año que me gusta mucho.

Contexto: vi que hacía unos años había aceptado a regañadientes una crítica que hizo Pedro de mi firma y, al verlo, le escribí para decirle que sentía si había sido un poco fría al aceptar la crítica, que estaba empezando en la profesión y aún me faltaba mucho por saber.

Sí, es divertido ver lo que uno ha escrito unos años atrás. A veces me encuentro cartas y otros escritos míos y me asombro del morro que podía echarle a los asuntos a mis veintitantos años. Creo que no deberíamos perder ese punto de frescura y atrevimiento con la edad.

Sigue disfrutando de tu trabajo. Un abrazo.

Bella Alhama Riego

 

Portacelli 71 - 25 años

 

Me presentaron a Pedro cuando, junto con otros compañeros, nos embarcamos en el proyecto de Lexía.

Inteligente, bueno, íntegro y con sentido del humor; lo echaré, como tantísimos otros, mucho de menos y considero un verdadero privilegio haberlo conocido.

Concha Abrio Odriozola

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