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¡Salvemos a las hadas!
(Traidor el traductor: un adagio cansino)

Reconozco que hoy utilizo esta columna para hablar de una fobia personal, con la esperanza y la sospecha —más bien, la certeza— de que será una fobia compartida por algunos, tal vez, por muchos.

Como el título indica, me refiero al tristemente famoso adagio «Traidor el traductor» o Traduttore, traditore. Un lugar común donde los haya (y no voy a hacer en este texto un análisis de su origen ni de su significado original), utilizado frecuentemente tanto por los medios ajenos a la profesión como dentro de nuestro propio sector, lo cual no deja de parecerme sorprendente e inquietante.

Puedo entender que desde fuera haga gracia, que a los legos en la materia les parezca ocurrente o incluso que a nuestro cerebro le encante la paronomasia de la expresión, más lograda, todo hay que decirlo, en sus versiones italiana e inglesa (translator, traitor), igual que nos parecen extrañamente atractivas frases como «donde dije digo, digo Diego» o «el casado, casa quiere»1.

Sin embargo, a no ser que se deba a una especie de complacencia masoquista colectiva por la pública denostación de nuestras profesiones, no me entra en la cabeza que nosotros mismos, como gremio, la repitamos tanto. Esta misma publicación desde la que escribo, al principio de su segunda época, no fue ajena a ese vicio culpable, y en ella la utilizábamos para dar nombre a una subsección, si bien en su día tuvimos el buen gusto de escribirla entre signos de interrogación, como distanciándonos de ella, y pronto tomamos la decisión editorial de retirarla. A pesar de eso, no hemos podido evitar que de vez en cuando nos llegue algún escrito en el que se aluda a ella explícitamente o parafraseándola, venga o no a cuento. La expresión, asumámoslo, es popular y se utiliza mucho, aunque no siempre adecuadamente. Así, la encontramos frecuentemente en Internet, en blogs y artículos relacionados con la profesión, con el problema añadido de que en internet las malas ideas se copian en igual o incluso mayor medida que las buenas, lo que la ha multiplicado hasta el infinito. No es una exageración: a la fecha en la que se escribe este artículo (octubre del 2015), una sencilla búsqueda en Google de "traduttore traditore" (con comillas) proporciona aproximadamente 90 000 resultados, sin contar las variantes en los distintos idiomas ni las apariciones con grafías incorrectas (solo los casos de "tradutore traditore" ya ascienden a varios miles). Concedamos que algunos de esos resultados consistirán en entradas de enciclopedias o diccionarios en los que se explique la expresión, pero es imposible que eso suceda en todos los casos.

¿Que por qué le tengo tanta manía? Podría citar multitud de razones, y la menor de ellas sería que se trata de un lugar común que ya cansa. En primer lugar, puedo aducir que no me parece, ni mucho menos, inofensiva. Profesionales de diversos campos, desde la psicología hasta la publicidad, pasando por la educación, saben que una idea se puede «plantar» subliminalmente a fuerza de repetir oportunamente las palabras adecuadas en el contexto adecuado. Así, mi humilde teoría es que, cada vez que alguien repite la expresión que nos ocupa, a fuerza de usarla para generalizar, se marca más profundamente en el subconsciente colectivo la idea de que los traductores no sabemos hacer nuestro trabajo, que ser traidores es una cualidad inherente a nuestra profesión, y que siempre —siempre— «traicionamos» tanto al emisor del texto de origen como al receptor del de llegada. Además, se nos tacha, no ya de inútiles o incompetentes —lo cual sería malo, pero relativamente pasable—, sino directamente de pérfidos y desleales que engañan a sabiendas al «cliente», es decir, que cometen traición (según el DLE: «Falta que se comete quebrantando la fidelidad o lealtad que se debe guardar o tener») y que lo hacen con alevosía; no es casual que la segunda acepción de esta última sea «traición, perfidia». Visto así parece menos divertido y ocurrente, ¿verdad?

En segundo lugar, la expresión siempre rebrota cuando se comenta algún episodio de incompetencia profesional —real o supuesta— en nuestro gremio. Puede tratarse de un intérprete que entienda mal las palabras de un presidente, de la mala traducción de unos subtítulos o un doblaje, de una errata en un libro o de que la editorial haya decidido traducir los nombres de las calles de una novela (ya, esos dos últimos casos no son culpa nuestra, pero da igual)… Siempre hay algún gracioso que la saca a relucir, metiéndonos a todos en el mismo saco. Y lo peor es que le reímos la gracia, nos hacemos eco del adagio y hasta lo hacemos propio. ¿Os imagináis que existiera una frase similar para, no sé, los dentistas, por poner un ejemplo, en la que se aludiera a una supuesta mala praxis generalizada de la profesión? ¿Y os imagináis a ese gremio haciéndola suya, repitiéndola, aplaudiendo la ocurrencia y multiplicando su aparición en las publicaciones especializadas en odontología e incluso mencionándola en el título de algún estudio sobre la terapia antibiótica de elección en el absceso periodontal (un suponer)? Yo, no.

Por supuesto, no siempre la frase está mal traída o no viene a cuento, pero desgraciadamente, como diría otro refrán que juega con parónimos: «lo poco encanta y lo mucho espanta», y ha llegado un punto en el que empieza a ser tan ubicua que para algunos —¿ya he dicho que sé que no estoy sola en esto?— empieza a ser un espanto.

Por eso, termino esta columna con un ruego, casi una súplica, dirigida a todos los colegas: que antes de volver a utilizar con alegría esa expresión en escritos o medios públicos, o incluso como chascarrillo delante de personas ajenas a la profesión, os lo penséis dos veces. Porque, cada vez que la utilizáis mal y caéis en el lugar común, de alguna forma, estáis menospreciando el trabajo de vuestro propio colectivo y tal vez seáis vosotros los que traicionéis a miles de colegas que realizan su trabajo de forma digna, eficiente y leal.

Por si lo anterior no os convence: además, tengo sospechas bien fundadas de que cada vez que alguien la dice, en algún lugar, se muere un hada…

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1 Publicistas de todo el mundo utilizan ese recurso literario para que sus eslóganes parezcan ocurrentes y atractivos y para que sean fáciles de recordar, y el recurso funciona: «El que sabe, Saba»; «Qué menos que Mónix»; «La llama que llama»… (Los ejemplos se citan a título ilustrativo.)

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